Poemas

  MANUEL FEDERICO PONCE

Poemas de Amor

Balcón

Barandas dormidas...
Las hojas besan rejas que aprisionan el olvido.
El silencio hundido en cristales vacíos.
Luna que siempre alumbras puertas siempre cerradas
Pasos que escucho solo
imágenes que solo albergo.

Y penando repaso la quimera y la ausencia.

13

Rescatando mis arenas voy
fiel zarandera de las horas.

Sin temor riego la fe en ti mi nave única

Repaso tu corazón bajo el viento
y te siento en mis sitios con el polvo a solas.

Te amara en lejanía

Tu recuerdo colagdo y todas las hojas sin brisa.

En sombras de tarde nueva se va cobijando el parque.

14

Mi amor vagabundo, te mira. Y tu
don es tan grande que desnuda tu alegría

Y te entrego del Amor.

Y el beso nos vacía, y nos rezuma, como
una fuente, siempre en busca de agua nueva.

15

Tus manos desfloradas, van regadas por un
erial en busca de querencia.
Manos secas, manos blancas; como frías, como ciegas.
Tus manos renacidas.

En gesto de ruego, van deteniendo su desvarío
y enraízan en el yermo, abiertas a la prófuga
limosna. Holocaustas.

Tú riegas voces ocultas en mi camino, sin
ser aún mi camino y mi lugar.
Blanqueas el arco que persiguen mis brazos, sin
ser tú el arco mismo.
Eres sólo luz en que agoniza mi tarde. Desierto
en donde termina mi senda.
Eres tú, apenas, el cielo que recibe mis vuelos.

Tus lágrimas tardecidas, rescatas cuando amanece.
Pacientemente las pierdes y pacientemente las buscas.
Como la noche incuba el rocío, recogidas las últimas lluvias.
Lágrimas de culpa, solas...
Parten inocentes, sin saberlo.
Y tornan sabias de amor, perdonadas.

16

Te recojo en el beso, amada, y tu cuerpo ya
no siente y tu alma no vive: Todo tu ser se ha
empequeñecido en tus labios Así la tierra sume
gota a gota las entrañas de las nubes.

Dádivas que enfloran.

Te anclo en el beso, amada, y tus labios se
hacen aves recién nacidas.
Implumes.
Ávidas de vuelo.

Extraviada entre mis días, esposa y desvarío .

Errante en mi corazón, amor
¿Buscas una lágrima secreta?
Mi corazón no guarda tesoros
Todas tus lágrimas están en mis manos
¡Y siempre mis manos están llenas!

17

Todo el polvo del camino, todas sus huellas,
todas sus lejanías, se hunden en el arco blanco.

Y apenas dos caminos se miran y juntan sus
arcos vivos, se entregan mutuamente todos
sus peregrinos, y se unen entre sí todos sus vientos.

18

Calles viejas de recuerdo

Van mis pasos brumosos
Piedras perennes me ensombran
Atardece inmensamente.
Las techumbres encorvadas adormecen la tarde,
entre farolillos de luces difundidas apenas en
sí mismas, cuando los balcones han muerto.

Voy en busca del amor sembrado.

la Ronda l8

Tus ojos peregrinaron sobre desiertos y mares.
Tu mirar heráldico mendigo.
El mar contrito y compasivo, entregó la fría
limosna de sus ondas.
Tu ser remontó ardientes arenales
y lánguidamente las predijo y acogió.
Las nubes ofrendaron sus lazarillos blancos.
Mendiganza que tendió su manto de sendas
y llegó a mi atajo.
Y tu hora estaba obscura.

Y tus ojos colmados en mi encuentro, amaron mi historia
Como una flor de sol que espera.

19

Al fondo en el horizonte disperso de la multitud
trista tu infancia un amor.
La plaza turbada en colorido la brisa en la piedra vacía
el muro retocando su misterio viejo.

Muros blancos izadas las manos del tiempo
se aquietan, renaciendo.

Tardes angustiadas de lluvia, eternamente tristes.
Caminantes de ayer, caminantes de mañana.
Piedras silentes remiradas por el siglo.

Vago en busca del amor perdido.

20

La noche yace negra.

Una ola se invade a sí misma, y la arena ha dormido en sus yermos.
Más tú y yo, amada,
no sabemos si estamos juntos, o lejanos Una
tendida ala inmensa nos besa pesadamente.
Un pájaro de viento embarcado en el vacío.

Un amor ha nacido
para nunca ser.

21

Tú deambulas a distancia en mi camino, que he desandado.
Amas en silencio el polvo sembrado por mis manos.
Vago en tu busca, y no te encuentro. Y
agonizan mis senderos.
Vas tu segadora de mieses dormidas,
llevada por el brazo de la tarde hacia una
era inmensa, vieja de iris.
Parece que partieras, quietamente.
Miras ausente el ocaso, pasajera del sueño,
embriagada quizá por mi imagen solitaria.
Tu cintura andina
He dejado una ruta perdida. Lleva la simiente
que no acaban de sementar mis manos.

22

Cuando la noche nos done su tibia negrura,
estarás conmigo, Amor Y te deshojaré, pena a pena, el corazón.

23

Bogando el remero va en altas aguas,
meciendo su canoa inconstante.
Así, yo enrumbaré tu andanza, desconocida
sembradora de mis pasos.

Te amo inmensamente. Como el alba ama su
propia noche, como la tarde ama su día vencido.
Te amo desde siempre.

Aletargado este andar, inmensa la sombra
mientras tú, peregrina en la ausencia, recorres
tibiamente las huellas de la vida.

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