Poemas

 

  MANUEL FEDERICO PONCE

la Ronda l8

La noche yace negra.

Una ola se invade a sí misma, y la arena ha
dormido en sus yermos.
Más tú y yo, amada,
no sabemos si estamos juntos, o lejanos Una
tendida ala inmensa nos besa pesadamente.
Un pájaro de viento embarcado en el vacío.

Un amor ha nacido para nunca ser.

21

Tú deambulas a distancia en mi camino,
que he desandado.
Amas en silencio el polvo sembrado por mis
manos.
Vago en tu busca, y no te encuentro. Y
agonizan mis senderos.
Vas tu segadora de mieses dormidas,
llevada por el brazo de la tarde hacia una
era inmensa, vieja de iris.

Parece que partieras, quietamente.
Miras ausente el ocaso, pasajera del sueño,
embriagada quizá por mi imagen solitaria.
Tu cintura andina

He dejado una ruta distante. Lleva la simiente
que no acaban de sementar mis manos.
22

Bogando el remero va en altas aguas,
meciendo su canoa inconstante.
Así, yo enrumbaré tu andanza, desconocida
sembradora de mis pasos.

Te amo inmensamente. Como el alba ama su
propia noche, como la tarde ama su
día vencido.
Te amo desde siempre.

Aletargado este andar, inmensa la sombra
mientras tú, peregrina en la ausencia, recorres
tibiamente las huellas de la vida.

23

Halina tú, la tarde morena.
Reposada en el tronco dormido, desde las
hojas últimas, me acongojas.

Al fondo, los montes sepultan la luz,
amortajados.
Asido apenas el velo de novia.
La mortaja inmensa.
Árboles deshojados rasgan con sus canas el
cielo manso, al temblor instantáneo de sus
días.

En espejismo dócil, garzas de espectro blanco
escuchan mansísimas la voz eterna que
desmaya el lago.

Un nido de pájaro tierno guarda la
yedra bajo sus brazos azulados
madre que rescata el rostro de hijo sobre el seno caído

33

Sabor a distancia larga, en quieta rumia.
La ciudad, ajena.

El último ciprés oscura solitario su
quietumbre pregonera: lluvia y niebla.
Calidez de aguaje.
Mansura de musgo y fruto.
Dulcedumbre de tarde vieja.

Mi amada está quieta, en la distancia de lo
que no se ve, de lo que no se escucha, de lo que no se besa.
En la distancia única:
tu ausencia.

La ansiedad de todas mi tardes yerra en un no sé qué de lejanía.
Hoy, mi lejanía va llevando un rumor de
tardecer
Mi último poema de amor, mi última amargura.


Endulzada en la hora, ella renombra mis palabras dejadas.
Mientras, sestean los vientos de verano. Y el
mirlo, dejador de sombra, escarda el tronco solo en cadencias negras.

34

El sexo te deletrea el cuerpo
sin más razón que la vida.

35

Redescubro el milenario amor
en la innata claridez de tu sexo.
Nuevamente soy
hombre de río espuma límpida
de humedad, de selva.

La razón suspensa
pervive al tomar el fruto
reandar la floración el sendero.
Me siento pequeño
como un arañal, una corteza, un navío.
Sé que apenas soy
un silencio más entre las hojas
un respiro más de la cascada.
Únicamente hombre
en este vegetal.
Sin espacio para el viento
la idea, el rumbo.

Y el rayo de sol agobioso nos renueva.

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