Secciones

Nacional
Local
Cultural
Economía
Mundo
Farándula
Artículos de Opinión
Portadas Impresas

Vida Social
Obituarios
Caricatura del Día
Todos los Titulares
Avisos Judiciales

 Revistas

Judicial
Artes
Humor Político
Chasqui
Ecuador DEBATE
Ciencia y Tecnología
Autos y Velocidad
Autonomías
La Descentralización
en Ecuador
Cuadernos sobre Descentralización
Quito Capital de
la Cultura
Especial de Aniversario
Todo Manabí
en el mismo sitio

 Pasatiempos

Cocina
Horóscopo
Horóscopo Sexual
Cines y Carteleras
Cine por TvCable
Guía de Televisión
Lotería Nacional
Embrujos y Hechizos

 Cultura

Cultura del Ecuador
Historia del Ecuador
Palabra e Imagen
Pintores del Ecuador
Galería virtual de Arte
Lectura, literatura y educación
Clásicos de la Poesía

 Servicios

Diarios del Mundo
Museos del Mundo
Webs del Ecuador
Universidades
Bibliotecas
Becas Estudiantiles
Idioma Gratis
Entidades
Financieras
Licitaciones
Recupere su
Vehículo
Turismo
Un país para todos
Ayuda a Migrantes
Ayuda con un click
Consultas Médicas
Consultas
Oftalmólogicas
Buscadores
Consulta Padrón Electoral - TSE

MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Oscar Niemeyer o la utopía realizada

Galo Galarza
Para LA HORA
Desde París

En una crónica anterior dije que los surrealistas se habían tomado la ciudad y, entre tanto entusiasmo por imágenes recuperadas de la adolescencia y evocaciones de "cadáveres exquisitos", no mencioné o no me alcanzó el espacio para mencionar otra excelente muestra que también, en estos días de marzo, se presenta en la galería "Jeu de Paume", situada en plena Plaza de La Concordia, a pocos metros de donde estuvo colocada en el período llamado "Del Terror", la tristemente célebre guillotina con la cual se cercenó la cabeza de aristócratas, religiosos y revolucionarios arrepentidos en esa verdadera orgía de sangre y lágrimas que fue aquella etapa de la revolución francesa, la misma que se produjo, por cierto, como consecuencia de los abusos y excesos sin nombre de las monarquías absolutas.

Amarga lección que todavía no se asimila del todo en el mundo "posmoderno" de principios del siglo XXI, cuando los monarcas absolutos de ahora se han dormido en los laureles de su soberbia con la seguridad pletórica y estúpida de que la historia ha terminado y que los pobres y miserables de la tierra ya nunca más se rebelarán.

Un mirador

En esta galería parisina desde la cual se puede mirar los bellos jardines de las Tullerías y el palacio de Louvre, está expuesta, como digo, una exposición-homenaje a uno de los grandes arquitectos de nuestro tiempo, el brasileño Oscar Niemeyer, nacido en la bahía de Guarabao (Río de Janeiro) el año 1907. Discípulo de Le Courbosier y figura emblemática de la renovación de la arquitectura del siglo XX, quien, después de los años treinta hasta nuestros días, es decir en casi setenta años de carrera, ha enriquecido el patrimonio mundial de Brasil y de Francia, pasando por Italia, Argelia o Nueva York, entre otros lugares, como se menciona con acierto en el catálogo. Figura respetada en todo el mundo. La revista estadounidense "Newskeek" le dedica también un amplio espacio en su último número (el 13/2002), bajo el título: "Skyline Sculptor" (escultor del perfil del cielo).

La fuerza de la curva

Lo primero que impresiona de la muestra en el "Jeu de Paume" es la frase de este casi centenario arquitecto latinoamericano a la cual los organizadores han colocado, tal si fuera un mural de letras, en la pared principal del ingreso: "No es el ángulo derecho el que me atrae o que me inspira, ni la línea derecha dura, inflexible, inventada por el hombre. Sólo me atrae la curva libre y sensual, la curva que se encuentra en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer amada. Las curvas, en fin del universo, el universo curvo de Einstein".
Y es que con esta verdadera declaración de principios, Oscar Niemeyer revolucionó la arquitectura de su país y, en alguna medida, la arquitectura del mundo. Con esa idea diseñó ciudades, catedrales, mezquitas, casas y museos.
Con esa idea creó Brasilia, la gran utopía realizada por el pueblo carioca después del impulso que le diera el presidente Juscelino Kubitsheck, quien confió desde un primer momento en Niemeyer entregándole importantes proyectos en la alcaldía de Bello Horizonte y después en la ciudad-idea de Brasilia. Sin embargo no todos los sueños de este brasileño universal se hicieron siempre realidad, como él mismo cuenta en un excelente filme documental que se pasa cada hora en el interior de la muestra, no siempre sus catedrales sirvieron de refugio a los ángeles ni sus palacios de gobierno dieron albergue a los trabajadores y campesinos, como él aspiraba.
Niemeyer vio con dolor como su país caía, más pronto de lo esperado, bajo las botas de dictaduras sangrientas y despiadadas; y como sus palacios de justicia se llenaban de jueces banales o de burócratas insensibles, como sus amigos iban a parar en cárceles inmundas o en fosas sin nombre. Por ello tuvo que optar por el duro camino del exilio y llegó a Francia donde le dieron la acogida que merecía y le permitieron trabajar como arquitecto invitado. Aquí diseñó la sede del Partido Comunista en París, la Bolsa del Trabajo en Bobigny, la Casa de la Cultura en el puerto de Le Havre.

Mezquitas demasiado revolucionarias

En Argelia, donde también vivió una temporada durante su exilio, diseñó una mezquita al filo del mar que nunca pudo construirse (porque los gobernantes de ese país la consideraron "demasiado revolucionaria") y la universidad de Constantino.
En Italia, los amplios locales de la editorial Mondadori de Milán (actualmente bajo el control del Primer Ministro Berlusconi, nadie sabe para quién trabaja, amigo Niemeyer). En Nueva York, casas y edificios donde la curva, siempre la curva, juega un rol fundamental. De regreso al Brasil, cuando los saludables aires de la democracia volvieron a implantarse, al tiempo que reasumía la cátedra en la universidad de Río de Janeiro en 1987, realizó en Sao Paulo el "Memorial de la América Latina" (en cuya entrada aparece una América Latina sangrante en forma de puño cerrado) y, en 1991, el Museo de Arte Moderno de Niterói. Ese museo que parece una gigantesca nave espacial que se hubiera posado sobre el maravilloso paisaje de la ciudad de Río de Janeiro o una flor descomunal que habría brotado de las entrañas de la tierra, como en verdad la concibió el arquitecto.

Desde una nave espacial

Es precisamente la imagen de una enorme nave espacial la que utilizan los realizadores del filme sobre la vida del arquitecto brasileño, al que antes me he referido, para comenzar su historia: una nave blanca (el Museo de Arte Moderno) que surca los aires exuberantes de la amazonía brasileña y se posa sobre la bahía de Niterói, de allí sale, cual si fuera un extraterrestre, un hombre bajito, moreno, de enorme frente y ojos hundidos, un hombre que con ese acento melodioso del idioma portugués dice: "Mi nombre en verdad es Oscar Ribeiro de Almeida de Niemeyer Soares. Ribeiro y Soares
de Portugal, Almeida árabe y Niemeyer alemán. Sin contar un poco de sangre negra o india, que como todos saben, forma parte de toda familia brasileña, una mezcla de razas que me integra plenamente en el mestizaje de mi pueblo".
Así comienza la narración de su vida y de su obra, una vida ejemplar y brillante, siempre al lado de los humillados y ofendidos de la tierra, o de los sin tierra, para quienes diseñó el logotipo de su movimiento que ahora está más cerca que nunca de entrar, al menos entrar, en la ciudad de la utopía realizada.

 
 
 
 Temas
Arquitectura
Caleidoscopio
Ciencia
Cine
Danza
Escaparates
Filosofía
Historia
Música
Museos
Talentos
Teatro
Plástica
Plumas
Variaciones
 
 
 
 

La Hora 2002
- Quito - Ecuador