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Oscar Niemeyer o la utopía
realizada
Galo Galarza
Para LA HORA
Desde París
En una crónica anterior
dije que los surrealistas se habían tomado la ciudad y,
entre tanto entusiasmo por imágenes recuperadas de la
adolescencia y evocaciones de "cadáveres exquisitos",
no mencioné o no me alcanzó el espacio para mencionar
otra excelente muestra que también, en estos días
de marzo, se presenta en la galería "Jeu de Paume",
situada en plena Plaza de La Concordia, a pocos metros de donde
estuvo colocada en el período llamado "Del Terror",
la tristemente célebre guillotina con la cual se cercenó
la cabeza de aristócratas, religiosos y revolucionarios
arrepentidos en esa verdadera orgía de sangre y lágrimas
que fue aquella etapa de la revolución francesa, la misma
que se produjo, por cierto, como consecuencia de los abusos y
excesos sin nombre de las monarquías absolutas.
Amarga lección que todavía
no se asimila del todo en el mundo "posmoderno" de
principios del siglo XXI, cuando los monarcas absolutos de ahora
se han dormido en los laureles de su soberbia con la seguridad
pletórica y estúpida de que la historia ha terminado
y que los pobres y miserables de la tierra ya nunca más
se rebelarán.
Un mirador
En esta galería parisina
desde la cual se puede mirar los bellos jardines de las Tullerías
y el palacio de Louvre, está expuesta, como digo, una
exposición-homenaje a uno de los grandes arquitectos de
nuestro tiempo, el brasileño Oscar Niemeyer, nacido en
la bahía de Guarabao (Río de Janeiro) el año
1907. Discípulo de Le Courbosier y figura emblemática
de la renovación de la arquitectura del siglo XX, quien,
después de los años treinta hasta nuestros días,
es decir en casi setenta años de carrera, ha enriquecido
el patrimonio mundial de Brasil y de Francia, pasando por Italia,
Argelia o Nueva York, entre otros lugares, como se menciona con
acierto en el catálogo. Figura respetada en todo el mundo.
La revista estadounidense "Newskeek" le dedica también
un amplio espacio en su último número (el 13/2002),
bajo el título: "Skyline Sculptor" (escultor
del perfil del cielo).
La fuerza de la curva
Lo primero que impresiona de
la muestra en el "Jeu de Paume" es la frase de este
casi centenario arquitecto latinoamericano a la cual los organizadores
han colocado, tal si fuera un mural de letras, en la pared principal
del ingreso: "No es el ángulo derecho el que me atrae
o que me inspira, ni la línea derecha dura, inflexible,
inventada por el hombre. Sólo me atrae la curva libre
y sensual, la curva que se encuentra en las montañas de
mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las
olas del mar, en el cuerpo de la mujer amada. Las curvas, en
fin del universo, el universo curvo de Einstein".
Y es que con esta verdadera declaración de principios,
Oscar Niemeyer revolucionó la arquitectura de su país
y, en alguna medida, la arquitectura del mundo. Con esa idea
diseñó ciudades, catedrales, mezquitas, casas y
museos.
Con esa idea creó Brasilia, la gran utopía realizada
por el pueblo carioca después del impulso que le diera
el presidente Juscelino Kubitsheck, quien confió desde
un primer momento en Niemeyer entregándole importantes
proyectos en la alcaldía de Bello Horizonte y después
en la ciudad-idea de Brasilia. Sin embargo no todos los sueños
de este brasileño universal se hicieron siempre realidad,
como él mismo cuenta en un excelente filme documental
que se pasa cada hora en el interior de la muestra, no siempre
sus catedrales sirvieron de refugio a los ángeles ni sus
palacios de gobierno dieron albergue a los trabajadores y campesinos,
como él aspiraba.
Niemeyer vio con dolor como su país caía, más
pronto de lo esperado, bajo las botas de dictaduras sangrientas
y despiadadas; y como sus palacios de justicia se llenaban de
jueces banales o de burócratas insensibles, como sus amigos
iban a parar en cárceles inmundas o en fosas sin nombre.
Por ello tuvo que optar por el duro camino del exilio y llegó
a Francia donde le dieron la acogida que merecía y le
permitieron trabajar como arquitecto invitado. Aquí diseñó
la sede del Partido Comunista en París, la Bolsa del Trabajo
en Bobigny, la Casa de la Cultura en el puerto de Le Havre.
Mezquitas demasiado revolucionarias
En Argelia, donde también
vivió una temporada durante su exilio, diseñó
una mezquita al filo del mar que nunca pudo construirse (porque
los gobernantes de ese país la consideraron "demasiado
revolucionaria") y la universidad de Constantino.
En Italia, los amplios locales de la editorial Mondadori de Milán
(actualmente bajo el control del Primer Ministro Berlusconi,
nadie sabe para quién trabaja, amigo Niemeyer). En Nueva
York, casas y edificios donde la curva, siempre la curva, juega
un rol fundamental. De regreso al Brasil, cuando los saludables
aires de la democracia volvieron a implantarse, al tiempo que
reasumía la cátedra en la universidad de Río
de Janeiro en 1987, realizó en Sao Paulo el "Memorial
de la América Latina" (en cuya entrada aparece una
América Latina sangrante en forma de puño cerrado)
y, en 1991, el Museo de Arte Moderno de Niterói. Ese museo
que parece una gigantesca nave espacial que se hubiera posado
sobre el maravilloso paisaje de la ciudad de Río de Janeiro
o una flor descomunal que habría brotado de las entrañas
de la tierra, como en verdad la concibió el arquitecto.
Desde una nave espacial
Es precisamente la imagen de
una enorme nave espacial la que utilizan los realizadores del
filme sobre la vida del arquitecto brasileño, al que antes
me he referido, para comenzar su historia: una nave blanca (el
Museo de Arte Moderno) que surca los aires exuberantes de la
amazonía brasileña y se posa sobre la bahía
de Niterói, de allí sale, cual si fuera un extraterrestre,
un hombre bajito, moreno, de enorme frente y ojos hundidos, un
hombre que con ese acento melodioso del idioma portugués
dice: "Mi nombre en verdad es Oscar Ribeiro de Almeida de
Niemeyer Soares. Ribeiro y Soares
de Portugal, Almeida árabe y Niemeyer alemán. Sin
contar un poco de sangre negra o india, que como todos saben,
forma parte de toda familia brasileña, una mezcla de razas
que me integra plenamente en el mestizaje de mi pueblo".
Así comienza la narración de su vida y de su obra,
una vida ejemplar y brillante, siempre al lado de los humillados
y ofendidos de la tierra, o de los sin tierra, para quienes diseñó
el logotipo de su movimiento que ahora está más
cerca que nunca de entrar, al menos entrar, en la ciudad de la
utopía realizada.
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