| |
'Casa Ecuatoriana', una entrañable crónica
de la arquitectura ecuatoriana
Francisco Febres Cordero
Este es un libro de tapa dura
y de papel cuché. Pero también es un libro de barro.
De piedra y de carrizo. De caña y claridades. Y es un
libro de macera y buganvillas. De horizontes y lumbre. De hierro
y cal. De cornisas, de balcones y de tejas. De olores y colores.
De urgencias y reposo. De nostalgias, recovecos, corredores y
sombras. De recuerdos y de vientos. Este es un libro que evoca.
Y que convoca.
¿Cuál era el aroma que salía de las entrañas
de ese horno panzón y regordete situado a la entrada de
esa casa campesina? ¿Cuál?
¿Y a qué huele, sino al desolado olor de las ausencias,
el taller en que el artista muerto pasaba sus horas creativas?
Pero hay más en este libro: hay secretos. Por eso se vuelve,
a momentos, tan íntimo. ¿Qué confidencias,
que enigmas guardaban los múltiples cajones de ese bargueño
que yace arrimado a esa pared por tanto tiempo? ¿Qué
suspiros se escuchaban a través de esa larga ventana que,
con gruesos barrotes, alejaba el amor y todos sus intentos? ¿Quién
huyó por la puerta de ese balcón que, desde entonces,
nunca más se cerró a la espera del regreso?
Hay secretos en el libro.
Y hay ecos.
Suenan, restallan en la memoria los cascos de los caballos sobre
la piedra del patio de la hacienda.
Y suena, suave, el rumor de la fuente.
Suena el páramo: suena el páramo a todos sus silencios.
Y suena también suena con sonido de asombro- la mirada
de esa muchacha que, enfundada en sus jeans, camina por el malecón.
Como suenan a brindis las copas de cristal sobre la mesa.
Y suenan, aunque apenas audibles, los arpegios de un pasillo
en el salón.
Es un libro de casas. Pero casas tan morosa, tan delicada, tan
artísticamente capturadas por la cámara, que hasta
nos permiten vislumbrar su historia.
Algunas nos hablan desde sus fachadas.
Y otras, desde sus entrañas.
Porque todas ellas permanecen vivas. Ahí están
esos detalles, esas mínimas huellas, apenas perceptibles,
que nos revelan la personalidad de quienes las habitaron o aún
las habitan: el gancho para colgar el sombrero, el rosario sobre
la cabecera del lecho, el macetero con geranios en el corredor,
el tapiz de signos indescifrables que bien pueden corresponder
a antiguos blasones familiares o ser el testimonio de alguna
vieja labor de cetrería, las pinturas murales elaboradas
por manos mestizas cuyos destellos luminosos compiten con la
lámpara de cristal de bacarat que, como una araña,
teje su incandescente claridad pegada al techo.
Cada fotografía nos cuenta algo a través del ángulo
secreto en que fue tomada.
Nos cuenta, primero, sobre el tiempo. Sobre ese tiempo de lento
decurrir que hacia que los días se labraran pesadamente
a golpes de cincel sobre la piedra o se enroscan alrededor de
la madera en un movimiento circular tan monótono como
el rezo del rosario con que se esperaba la llegada de la noche.
Un tiempo en que las paredes escalaban sin apremio hacia lo alto
mientras ventrudas anchas, aguardaban que la cal maquillara de
blancores su epidermis imperfecta.
Un tiempo que se fue tornando cada vez más vertiginoso,
que busca ahora correr lo más aprisa posible sobre la
línea recta . Un tiempo que obedece a las urgencias del
cemento. Un tiempo que sabe de su fugacidad y prefiere fundir
todas sus conjugaciones en presente. Un tiempo de ángulos
que puntiagudos rasgan el espacio con desparpajo y un innegable
rictus de insolencia.
Y en medio de esos tiempos , el tiempo más hondo y, por
eso, único e irrepetible: el de la intimidad.
El de la intimidad: ese es quizás el gran tiempo de misterio
que nos revela "Casa ecuatoriana", imagen tras imagen.
Pero, de pronto, en ese incesante juego de recambio, llega el
instante de los deslumbramientos ante el color enrojecido del
ladrillo, el lustroso fulgor de la madera, la amarillenta sobriedad
de un cortinaje, el encarnado terciopelo de una silla o el verdor
encrespado de un helecho.
Al tener el libro entre sus manos, el lector, necesariamente
(porque a eso nos llevan los editores sin pretender llevarnos),
hará una introspección sobre el sitio en el que
él habita. Verá como un elemento -¡Ah, el
espejo tan maldito a la hora de escupirnos al rostro las verdades!-
le hablará claramente sobre sus vanidades o sus frustraciones,
en un diálogo profundo que no tiene intermediarios. Escuchará
como el catre en el que duerme grita sus propios sueños.
Y escrutará cómo la luz de la lámpara que
enciende en una altanoche de desvelo el conduce al encuentro
con sus propios fantasmas. Porque sí: porque este libro
nos lleva imperceptiblemente hacia nuestra casa, que esta en
ese otro libro que escribimos en la cotidianidad, en nuestra
condición de hombres anónimos y arquitectos inéditos.
Por ahí podremos arribar a las páginas más
abigarradas del tugurio, del zaguán maloliente y del hastío,
a las sencillas de los barrios populosos, a las siempre coquetonas
de los campos , o a aquellas impersonales levantadas sobre el
terreno del derroche y trazadas según los planos del estatus.
Ante la arquitectura de los otros, terminamos por situarnos ante
nuestra propia arquitectura.
Vuelvo al comienzo y observo en esa vasija de Jama Coaque a un
hombre y a una mujer esculpidos con el mismo barro de su casa.
Ambos, con la mirada perdida y actitud hierática, están
sentados en lo alto de una alta gradería que conduce hacia
lo que es más suyo y que, por eso, no es solo su casa
sino es -ante todo- su hogar, es decir, el ámbito donde
los dos prende el fuego en el que cocinan su amor y su alimento,
en que engendran sus hijos y consumen sus promesas , en que hablan
esas cosas que nadie más que los dos oyen, y donde si
la suerte les es grata- esperan morir. Y por eso, porque están
en su hogar, sabemos que allí solo podremos entrar con
su permiso. Lo demás sería un acto de violación
o de rapiña.
En la mayoría de las otra fotos no localizamos gente .
Sin embargo, en todas se intuye la presencia de los dueños
de esas casa, que nos permiten entrar. Con ese tono tan amablemente
nuestro, con esa generosa calidez ecuatoriana, escuchamos que
nos dicen "pasen", "bienvenidos", "adelante".
Y nos dicen así al abrirnos sus hogares, en los que sentimos
ese calor que viene del pasado, del más remoto recuerdo,
pero cuyas brasas también abrigan el presente.
Nos dicen "pasen" y nos abren las puertas como si estuvieran
abriéndonos un libro.
Que es este libro que ustedes tienen en sus manos.
Entonces, pasen.
Y sean bienvenidos.
|
|