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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

'Casa Ecuatoriana', una entrañable crónica de la arquitectura ecuatoriana

Francisco Febres Cordero

Este es un libro de tapa dura y de papel cuché. Pero también es un libro de barro. De piedra y de carrizo. De caña y claridades. Y es un libro de macera y buganvillas. De horizontes y lumbre. De hierro y cal. De cornisas, de balcones y de tejas. De olores y colores. De urgencias y reposo. De nostalgias, recovecos, corredores y sombras. De recuerdos y de vientos. Este es un libro que evoca. Y que convoca.
¿Cuál era el aroma que salía de las entrañas de ese horno panzón y regordete situado a la entrada de esa casa campesina? ¿Cuál?
¿Y a qué huele, sino al desolado olor de las ausencias, el taller en que el artista muerto pasaba sus horas creativas?
Pero hay más en este libro: hay secretos. Por eso se vuelve, a momentos, tan íntimo. ¿Qué confidencias, que enigmas guardaban los múltiples cajones de ese bargueño que yace arrimado a esa pared por tanto tiempo? ¿Qué suspiros se escuchaban a través de esa larga ventana que, con gruesos barrotes, alejaba el amor y todos sus intentos? ¿Quién huyó por la puerta de ese balcón que, desde entonces, nunca más se cerró a la espera del regreso?
Hay secretos en el libro.
Y hay ecos.
Suenan, restallan en la memoria los cascos de los caballos sobre la piedra del patio de la hacienda.
Y suena, suave, el rumor de la fuente.
Suena el páramo: suena el páramo a todos sus silencios.
Y suena ­también suena con sonido de asombro- la mirada de esa muchacha que, enfundada en sus jeans, camina por el malecón.
Como suenan a brindis las copas de cristal sobre la mesa.
Y suenan, aunque apenas audibles, los arpegios de un pasillo en el salón.
Es un libro de casas. Pero casas tan morosa, tan delicada, tan artísticamente capturadas por la cámara, que hasta nos permiten vislumbrar su historia.
Algunas nos hablan desde sus fachadas.
Y otras, desde sus entrañas.
Porque todas ellas permanecen vivas. Ahí están esos detalles, esas mínimas huellas, apenas perceptibles, que nos revelan la personalidad de quienes las habitaron o aún las habitan: el gancho para colgar el sombrero, el rosario sobre la cabecera del lecho, el macetero con geranios en el corredor, el tapiz de signos indescifrables que bien pueden corresponder a antiguos blasones familiares o ser el testimonio de alguna vieja labor de cetrería, las pinturas murales elaboradas por manos mestizas cuyos destellos luminosos compiten con la lámpara de cristal de bacarat que, como una araña, teje su incandescente claridad pegada al techo.
Cada fotografía nos cuenta algo a través del ángulo secreto en que fue tomada.
Nos cuenta, primero, sobre el tiempo. Sobre ese tiempo de lento decurrir que hacia que los días se labraran pesadamente a golpes de cincel sobre la piedra o se enroscan alrededor de la madera en un movimiento circular tan monótono como el rezo del rosario con que se esperaba la llegada de la noche. Un tiempo en que las paredes escalaban sin apremio hacia lo alto mientras ventrudas anchas, aguardaban que la cal maquillara de blancores su epidermis imperfecta.
Un tiempo que se fue tornando cada vez más vertiginoso, que busca ahora correr lo más aprisa posible sobre la línea recta . Un tiempo que obedece a las urgencias del cemento. Un tiempo que sabe de su fugacidad y prefiere fundir todas sus conjugaciones en presente. Un tiempo de ángulos que puntiagudos rasgan el espacio con desparpajo y un innegable rictus de insolencia.
Y en medio de esos tiempos , el tiempo más hondo y, por eso, único e irrepetible: el de la intimidad.
El de la intimidad: ese es quizás el gran tiempo de misterio que nos revela "Casa ecuatoriana", imagen tras imagen.
Pero, de pronto, en ese incesante juego de recambio, llega el instante de los deslumbramientos ante el color enrojecido del ladrillo, el lustroso fulgor de la madera, la amarillenta sobriedad de un cortinaje, el encarnado terciopelo de una silla o el verdor encrespado de un helecho.
Al tener el libro entre sus manos, el lector, necesariamente (porque a eso nos llevan los editores sin pretender llevarnos), hará una introspección sobre el sitio en el que él habita. Verá como un elemento -¡Ah, el espejo tan maldito a la hora de escupirnos al rostro las verdades!- le hablará claramente sobre sus vanidades o sus frustraciones, en un diálogo profundo que no tiene intermediarios. Escuchará como el catre en el que duerme grita sus propios sueños. Y escrutará cómo la luz de la lámpara que enciende en una altanoche de desvelo el conduce al encuentro con sus propios fantasmas. Porque sí: porque este libro nos lleva imperceptiblemente hacia nuestra casa, que esta en ese otro libro que escribimos en la cotidianidad, en nuestra condición de hombres anónimos y arquitectos inéditos.
Por ahí podremos arribar a las páginas más abigarradas del tugurio, del zaguán maloliente y del hastío, a las sencillas de los barrios populosos, a las siempre coquetonas de los campos , o a aquellas impersonales levantadas sobre el terreno del derroche y trazadas según los planos del estatus.
Ante la arquitectura de los otros, terminamos por situarnos ante nuestra propia arquitectura.
Vuelvo al comienzo y observo en esa vasija de Jama Coaque a un hombre y a una mujer esculpidos con el mismo barro de su casa. Ambos, con la mirada perdida y actitud hierática, están sentados en lo alto de una alta gradería que conduce hacia lo que es más suyo y que, por eso, no es solo su casa sino es -ante todo- su hogar, es decir, el ámbito donde los dos prende el fuego en el que cocinan su amor y su alimento, en que engendran sus hijos y consumen sus promesas , en que hablan esas cosas que nadie más que los dos oyen, y donde ­si la suerte les es grata- esperan morir. Y por eso, porque están en su hogar, sabemos que allí solo podremos entrar con su permiso. Lo demás sería un acto de violación o de rapiña.
En la mayoría de las otra fotos no localizamos gente . Sin embargo, en todas se intuye la presencia de los dueños de esas casa, que nos permiten entrar. Con ese tono tan amablemente nuestro, con esa generosa calidez ecuatoriana, escuchamos que nos dicen "pasen", "bienvenidos", "adelante". Y nos dicen así al abrirnos sus hogares, en los que sentimos ese calor que viene del pasado, del más remoto recuerdo, pero cuyas brasas también abrigan el presente.
Nos dicen "pasen" y nos abren las puertas como si estuvieran abriéndonos un libro.
Que es este libro que ustedes tienen en sus manos.
Entonces, pasen.
Y sean bienvenidos.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador