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Decadencia
de las espinas
Jorge Miño
jorgemino14@hotmail.com
La atmósfera artificial
rica en oxígeno cubría el valle circular, los árboles
de ciprés de la periferia proyectaban sus largas sombras
hacia el centro de la esfera, como si se tratara de manecillas
de un reloj de sombra señalando hacia el corazón
de la colonia. Una cúpula invisible se encargaba de proteger
la vida permitiendo el paso de la luz de un centenar de soles
lejanos. A esa hora, la nebulosa del Tilacino cruzaba la bóveda
y los ciudadanos invadidos por la poesía, detenían
sus labores en la cosecha o tareas de oficina para alzar la
vista y contemplar su esplendor.
Tilacino surca con rapidez;
unos dicen que se asemeja a una gran esponja de mar estrujada
por la mano de Neptuno para disponerse a refregar el bronce de
miles de copas imaginarias; otros que el paso de Tilacino semeja
a la tinta desflemada por un gran pulpo, cuajando su huida, pero,
que por equivocación el octópodo no solo ha expulsado
su tinta sino que se le han ido en el puje sus sesos, sus vísceras,
sus glándulas y hasta la mucosidad de los tentáculos...
en esto consiste la manifestación literaria de esta colonia
humana; en abrir amplios foros para dar lectura a miles de metáforas
que se han creado en torno al paso de Tilacino.
Una sandalia levantó
la arena al iniciar la caminata. Su dueña, cubierta por
una amplia toga de pigmento lila, exudaba un profundo olor a
rosas a través de la jaula de tela. La forma de esta flor,
a la que debía su fragancia, le era desconocida porque
muchos archivos de la vida terrestre se arruinaron en el "cambio
de casa": protocolos desconfigurados, pérdida de
vagones, colapso de invernaderos... Amenop, apenas salida del
poliedro en que vivía, marcó dos pasos sobre la
arena y también se detuvo para elevar la vista. Ajena
al paso de Tilacino halló cobijo en un trozo de oscuridad
para tratar de imaginar, sobre ese mosaico negro, la forma que
podría haber tenido la rosa de la que había derivado
el perfume que usaba, para eso tomó como referencia la
apariencia de los claveles, que perfectamente conocía
y poblaban sus jardines. Le dio giros a la idea, como si colocara
los pétalos en medio de un torbellino de éter y
en esa mezcla las corolas ganaban un orden diferente, pero, halló
desencanto al sentir su imaginación muy pobre para asignar
el grosor de los pétalos, tersura, superposición
de los estambres, peso... y sobre todo colores. Amenop hundió
su nariz bajo su clámide para olerse a sí misma
y recoger información que leer de esa fragancia a rosas
que vertía el bálsamo artificial aplicado sobre
su cuerpo. El aroma, ya a esa hora, interactuaba con las hormonas
y un toque de su intimidad teñía la loción.
Rió, con la idea que
le surcaba ese instante: "Un día, podría alguna
mujer en otra colonia resbaló la vista para amasar
un puñado de estrellas desconocidas ¡allí
mismo! alguna mujer podría oler a mí, oler a Amenop,
cuando yo haya desaparecido y ella no sepa que forma tuve, e
imaginar mi contextura y forma con sus referencias de Danae o
Shina Easton. Nada mejor que un perfume para consagrar la memoria
de una reina.
¿Hacia qué
lado quedaba la Tierra? preguntó a uno de sus científicos
apenas hubo vuelto sobre sus pasos.
En esa dirección
mi reina. contestó un pequeño hombre servicial,
señalando la parte superior de Tilacino que estaba ya
por perderse de vista. Los ciudadanos volvían lentamente
a su labores, bajando la vista y sumergiéndola en sus
rutinas.
Esa noche, Amenop, se acostó
con inquietud y durmió con sobresaltos. A la mañana
siguiente despertó con el sueño fresco de que se
había espinado un dedo. Miró su mano y en efecto,
un punto de sangre se había coagulado en la yema de su
índice central derecho.
Pensó, viendo ese bonito punto rojo coronado en su dedo,
que podía bien pasar por la corona de una reina de cabeza
pequeña. Es un bonito color para una flor pensó,
llevando el dedo hacia su boca y chupándolo con fuerza
para borrar la marca.
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