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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Decadencia de las espinas

Jorge Miño
jorgemino14@hotmail.com

La atmósfera artificial rica en oxígeno cubría el valle circular, los árboles de ciprés de la periferia proyectaban sus largas sombras hacia el centro de la esfera, como si se tratara de manecillas de un reloj de sombra señalando hacia el corazón de la colonia. Una cúpula invisible se encargaba de proteger la vida permitiendo el paso de la luz de un centenar de soles lejanos. A esa hora, la nebulosa del Tilacino cruzaba la bóveda y los ciudadanos invadidos por la poesía, detenían sus labores en la cosecha o tareas de oficina para alzar la vista y contemplar su esplendor.

Tilacino surca con rapidez; unos dicen que se asemeja a una gran esponja de mar estrujada por la mano de Neptuno para disponerse a refregar el bronce de miles de copas imaginarias; otros que el paso de Tilacino semeja a la tinta desflemada por un gran pulpo, cuajando su huida, pero, que por equivocación el octópodo no solo ha expulsado su tinta sino que se le han ido en el puje sus sesos, sus vísceras, sus glándulas y hasta la mucosidad de los tentáculos... en esto consiste la manifestación literaria de esta colonia humana; en abrir amplios foros para dar lectura a miles de metáforas que se han creado en torno al paso de Tilacino.

Una sandalia levantó la arena al iniciar la caminata. Su dueña, cubierta por una amplia toga de pigmento lila, exudaba un profundo olor a rosas a través de la jaula de tela. La forma de esta flor, a la que debía su fragancia, le era desconocida porque muchos archivos de la vida terrestre se arruinaron en el "cambio de casa": protocolos desconfigurados, pérdida de vagones, colapso de invernaderos... Amenop, apenas salida del poliedro en que vivía, marcó dos pasos sobre la arena y también se detuvo para elevar la vista. Ajena al paso de Tilacino halló cobijo en un trozo de oscuridad para tratar de imaginar, sobre ese mosaico negro, la forma que podría haber tenido la rosa de la que había derivado el perfume que usaba, para eso tomó como referencia la apariencia de los claveles, que perfectamente conocía y poblaban sus jardines. Le dio giros a la idea, como si colocara los pétalos en medio de un torbellino de éter y en esa mezcla las corolas ganaban un orden diferente, pero, halló desencanto al sentir su imaginación muy pobre para asignar el grosor de los pétalos, tersura, superposición de los estambres, peso... y sobre todo colores. Amenop hundió su nariz bajo su clámide para olerse a sí misma y recoger información que leer de esa fragancia a rosas que vertía el bálsamo artificial aplicado sobre su cuerpo. El aroma, ya a esa hora, interactuaba con las hormonas y un toque de su intimidad teñía la loción.

Rió, con la idea que le surcaba ese instante: "Un día, podría alguna mujer en otra colonia ­resbaló la vista para amasar un puñado de estrellas desconocidas­ ¡allí mismo! alguna mujer podría oler a mí, oler a Amenop, cuando yo haya desaparecido y ella no sepa que forma tuve, e imaginar mi contextura y forma con sus referencias de Danae o Shina Easton. Nada mejor que un perfume para consagrar la memoria de una reina.

­¿Hacia qué lado quedaba la Tierra? ­preguntó a uno de sus científicos apenas hubo vuelto sobre sus pasos.

­En esa dirección mi reina. ­contestó un pequeño hombre servicial, señalando la parte superior de Tilacino que estaba ya por perderse de vista. Los ciudadanos volvían lentamente a su labores, bajando la vista y sumergiéndola en sus rutinas.

Esa noche, Amenop, se acostó con inquietud y durmió con sobresaltos. A la mañana siguiente despertó con el sueño fresco de que se había espinado un dedo. Miró su mano y en efecto, un punto de sangre se había coagulado en la yema de su índice central derecho.
Pensó, viendo ese bonito punto rojo coronado en su dedo, que podía bien pasar por la corona de una reina de cabeza pequeña. Es un bonito color para una flor ­pensó­, llevando el dedo hacia su boca y chupándolo con fuerza para borrar la marca.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador