Para
refrescar la memoria
Flotan las cruces sobre el
agua
Jorge Miño
jorgemino14@hotmail.com
Por entretenerse habrá
tirado usted guijarros sobre el agua; puede incluso conseguir
que reboten, dos o tres veces, antes de sumergirse definitivamente,
y sonría con el efecto serpenteante. Pero, si lo hace
los días 15 de noviembre sobre el lomo transpirante del
manso Guayas, ¡tenga cuidado!; debe, esquivar alguna de
las cruces sobre el agua.
¿Qué significan
esas cruces?
¿Cómo, no
sabe jefe? ¿No es de aquí?
Le refresco la memoria; siéntese,
pierda su mirada en lontananza y escuche:
El piquete
Para sofocar un levantamiento
de los empleados del ferrocarril es que se acantonaron en Guayaquil
los "Cazadores de los Ríos", y tuvieron que
prolongar su estadía porque luego les llegó el
turno de atender a una nueva turba enfurecida y tuvieron que
"defenderse", pero; disparar contra el pueblo es lo
mismo que apedrear la cara de uno en el espejo.
Dicen que a la hora mágica,
de 4 a 6 de la tarde, si se aguza el oído sobre el lomo
rugoso del Guayas, se puede escuchar con claridad las consignas:
¡Viva el paro obrero carajo! ¡Abajo los explotadores¡
¡No al alza del dólar¡ ¡Fuera banqueros
corruptos!
La soldadesca trató
de apagar los cuerpos de los obreros como si hundieran filamentos
de fuego en el agua, buscando en ese cruel chasquido apagar las
voces; pero no lo han conseguido. Mientras haya un obrero explotado,
un jornalero desposeído de sus elementales derechos de
recibir una paga justa por la riqueza que él ayuda a crear;
mientras el empresario esté empeñado en considerar
a su empleado mero rulimán de su engranaje para exclusivamente
hacer dinero, las voces seguirán flotando como las cruces,
aún más, se elevarán a oídos del
Supremo para que remedie sus desdichas.
Amanece, es 15 de noviembre
de 1922. La Confederación Obrera del Guayas ejecuta el
anunciado paro general, al extremo de impedir la venta de víveres.
Hasta los hospitales quedan en la imposibilidad de aprovisionarse
de carne por lo que deben contentar los estómagos de los
enfermos derribando unos cabritos. El celeste que ostenta el
cielo se riega desde la bandera del Guayas, lo hacen también
las franjas blancas solamente para convertirse en aborregadas
nubes distantes. El fervoroso desfile obrero se despliega, con
la soltura de una crisálida bostezante para entrar en
la vida de mariposa, a que la dejen vivir de colores. Se detiene
frente a la Gobernación y sucede lo inevitable, los telegramas
hablan de que la turba enfurecida hiere a un teniente, un sargento
y a un soldado. En definitiva, las fuerzas son desiguales: Guarnición
de la Plaza de Guayaquil, Regimiento de Artillería Sucre,
Batallones Vencedores y Marañón, Cuerpo de Policía
con 600 de a pie. Del otro bando está la carne del pueblo
que huele a zapateros, panaderos, sastres, jornaleros... apenas
armados con la pólvora de su voz y la razón de
su garganta. Se escuchan disparos del lado de El Salado y las
tropas repelen el ataque.
Los huelguistas saquean los
comercios. Las casas Solá, Casinelli, Moeller, González,
Miranda, entre otras, les proveen de gatillos para responder
con el mismo plomo que les acribillan. De 4 a 6 de la tarde el
saldo es tenebroso, unos cinco mil muertos, los militares que
saben mejor su oficio quiebran los cuerpos cimbreantes y los
apilan. Acudo a la voz de Joaquín Gallegos Lara para que
me asista:
"Los ojos le rebosaron
de luz. El soldado dijo:
¡Hemos sudado, mi
teniente, con estos pendejos! ¿Para botarlos al agua es
que los hemos acarreado acá a la orilla?
¡Claro pues bruto!
Es por si acaso no hallen donde ponerlos en el panteón.
¿Pero van a flotar?
¿No ve que para
eso, antes de largarlos, les abrimos la panza".
Y los arrojaron sobre las lechugas de agua que lengüeteaban
suavemente sobre la pleamar".
Se equivocaron. Les abrieron
el vientre, pero no se han hundido; ellos flotan en la saliva
de toda aquella consigna laboral que defiende lo justo.
El día es de un azul calcado de la bandera del Guayas,
de ese tono túnica de serafines, así que aproveche
el tiempo, los militares ahora duermen.
Así que, ¿por
qué esperar hasta el 15? Provéase de una de las
cruces de las noveladas por Joaquín Gallegos Lara: "...
cruces altas, de palo pintado de alquitrán, ceñidas
por esas moradas flores del cerro.", luego atraviese el
espejeante pavimento del malecón, llegue a la barandilla
final y aviente su cruz sobre el vaciante. Pero si no tiene una
cruz de madera a mano, constrúyase una de aire, con una
persignación en memoria de los cinco mil obreros que cayeron
el 15 de noviembre de 1922...
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