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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Para refrescar la memoria

Flotan las cruces sobre el agua

Jorge Miño
jorgemino14@hotmail.com

Por entretenerse habrá tirado usted guijarros sobre el agua; puede incluso conseguir que reboten, dos o tres veces, antes de sumergirse definitivamente, y sonría con el efecto serpenteante. Pero, si lo hace los días 15 de noviembre sobre el lomo transpirante del manso Guayas, ¡tenga cuidado!; debe, esquivar alguna de las cruces sobre el agua.

­¿Qué significan esas cruces?

­¿Cómo, no sabe jefe? ¿No es de aquí?

Le refresco la memoria; siéntese, pierda su mirada en lontananza y escuche:

El piquete

Para sofocar un levantamiento de los empleados del ferrocarril es que se acantonaron en Guayaquil los "Cazadores de los Ríos", y tuvieron que prolongar su estadía porque luego les llegó el turno de atender a una nueva turba enfurecida y tuvieron que "defenderse", pero; disparar contra el pueblo es lo mismo que apedrear la cara de uno en el espejo.

Dicen que a la hora mágica, de 4 a 6 de la tarde, si se aguza el oído sobre el lomo rugoso del Guayas, se puede escuchar con claridad las consignas: ¡Viva el paro obrero carajo! ¡Abajo los explotadores¡ ¡No al alza del dólar¡ ¡Fuera banqueros corruptos!

La soldadesca trató de apagar los cuerpos de los obreros como si hundieran filamentos de fuego en el agua, buscando en ese cruel chasquido apagar las voces; pero no lo han conseguido. Mientras haya un obrero explotado, un jornalero desposeído de sus elementales derechos de recibir una paga justa por la riqueza que él ayuda a crear; mientras el empresario esté empeñado en considerar a su empleado mero rulimán de su engranaje para exclusivamente hacer dinero, las voces seguirán flotando como las cruces, aún más, se elevarán a oídos del Supremo para que remedie sus desdichas.

Amanece, es 15 de noviembre de 1922. La Confederación Obrera del Guayas ejecuta el anunciado paro general, al extremo de impedir la venta de víveres. Hasta los hospitales quedan en la imposibilidad de aprovisionarse de carne por lo que deben contentar los estómagos de los enfermos derribando unos cabritos. El celeste que ostenta el cielo se riega desde la bandera del Guayas, lo hacen también las franjas blancas solamente para convertirse en aborregadas nubes distantes. El fervoroso desfile obrero se despliega, con la soltura de una crisálida bostezante para entrar en la vida de mariposa, a que la dejen vivir de colores. Se detiene frente a la Gobernación y sucede lo inevitable, los telegramas hablan de que la turba enfurecida hiere a un teniente, un sargento y a un soldado. En definitiva, las fuerzas son desiguales: Guarnición de la Plaza de Guayaquil, Regimiento de Artillería Sucre, Batallones Vencedores y Marañón, Cuerpo de Policía con 600 de a pie. Del otro bando está la carne del pueblo que huele a zapateros, panaderos, sastres, jornaleros... apenas armados con la pólvora de su voz y la razón de su garganta. Se escuchan disparos del lado de El Salado y las tropas repelen el ataque.

Los huelguistas saquean los comercios. Las casas Solá, Casinelli, Moeller, González, Miranda, entre otras, les proveen de gatillos para responder con el mismo plomo que les acribillan. De 4 a 6 de la tarde el saldo es tenebroso, unos cinco mil muertos, los militares que saben mejor su oficio quiebran los cuerpos cimbreantes y los apilan. Acudo a la voz de Joaquín Gallegos Lara para que me asista:

"Los ojos le rebosaron de luz. El soldado dijo:

­¡Hemos sudado, mi teniente, con estos pendejos! ¿Para botarlos al agua es que los hemos acarreado acá a la orilla?

­¡Claro pues bruto! Es por si acaso no hallen donde ponerlos en el panteón.

­¿Pero van a flotar?

­¿No ve que para eso, antes de largarlos, les abrimos la panza".
Y los arrojaron sobre las lechugas de agua que lengüeteaban suavemente sobre la pleamar".

Se equivocaron. Les abrieron el vientre, pero no se han hundido; ellos flotan en la saliva de toda aquella consigna laboral que defiende lo justo.
El día es de un azul calcado de la bandera del Guayas, de ese tono túnica de serafines, así que aproveche el tiempo, los militares ahora duermen.

Así que, ¿por qué esperar hasta el 15? Provéase de una de las cruces de las noveladas por Joaquín Gallegos Lara: "... cruces altas, de palo pintado de alquitrán, ceñidas por esas moradas flores del cerro.", luego atraviese el espejeante pavimento del malecón, llegue a la barandilla final y aviente su cruz sobre el vaciante. Pero si no tiene una cruz de madera a mano, constrúyase una de aire, con una persignación en memoria de los cinco mil obreros que cayeron el 15 de noviembre de 1922...

 
 
 
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La Hora 2002
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