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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

El tesoro de la Casa de los Siete Patios

Gregorio César de Larrea

Se trata del Quito de principios del siglo XX. El próspero comerciante don Ursulino López era propietario de dos casas en la ciudad: La "De los Siete Patios" y otra en la calle "De los Plateros"; residía en la primera. Fue compadre de Don Manuel Eloy de Larrea y Cisneros, personaje nacido en 1858, muy orgulloso de su ancestro noble español, severo, de gran oratoria y cultura, con sobrada postura física: fornido, más bien alto, de piel blanca cual leche, ojos celestes muy vivos, nariz recta y puntiaguda, bigote y cejas pobladísimas, frente amplia, cabello negro lacio ligeramente ondulado. Usó chaqué y frac hasta su muerte, al estilo de los caballeros de la época, y fue compadre del Presidente Eloy Alfaro.

Don Manuel Eloy de Larrea, que estaba casado desde 1890 con Doña Carmen Segovia Leyva, había procreado varios hijos; residía en la "Casa de los Siete Patios", propiedad de su compadre, quien por el gran aprecio que le tenía, incluso se negaba a cobrarle renta o alquiler alguno. Esta casa, Larrea, la quería comprar a plazos razón por la que tenía entregada en adelanto a López cierta considerable cantidad de pesos.

En alguno de los patios del inmueble, junto a un viejo horno de pan, estaba plantado un árbol. Ocurría que, con cierta frecuencia, en las noches, se lo veía iluminar a manera de incendio pero, al acercarse la gente a apagar el fuego, desaparecía- Esto intrigaba a los moradores quienes no sabían a qué se debía el fenómeno.

Fue así como los amigos sugirieron a López que ello acontecía cuando había tesoros enterrados, que los aparentes incendios se debían al fuego de santelmo, que había que desenterrar el tesoro a la media noche, alternando el cavado con la toma de aguardiente, "para que no se corra la plata" y se esfume, según arcaica tradición.

Entonces, Don Ursulino López se dirigió a su compadre. Don Manuel Eloy de Larrea, y le propuso que una noche determinada le acompañe, a él y a sus peones, para desenterrar el supuesto tesoro.

Llegó el día indicado. Larrea había ido previamente a casa de un amigo, a visitarlo, quien le ofreció algunas copas de licor mientras dialogaban. Endulzado en la amena conversación, llegó la noche y continuó libando hasta el amanecer, olvidándose del compromiso que tenía para la excavación.

Mientras tanto, López ordenaba a las 12 en punto de la noche que los peones inicien la búsqueda. Cavaban y tomaban aguardiente. Al poco rato, dieron con material duro. Se trataba de un baúl de cuero envejecido de unos dos metros de largo. Don Ursulino López se abalanzó sobre él y desesperado lo abrió. Todos miraron joyas, candelabros y adornos de oro, plata y piedras preciosas que habían sido enterrados por algún rico habitante en tiempos de la colonia. López acariciaba los objetos, mientras los limpiaba y disponía a sus sirvientes que los carguen en mulas para llevarlos a su otra casa, en la calle de los Plateros.

Al día siguiente, López, el afortunado, se sintió muy mal y a los dos días murió. El médico expresó que la causa fue los gases tóxicos, especialmente de Antimonio, que la víctima inhaló cuando abrió el baúl, muchos años enterrado.

Al enterarse don Manuel Eloy de Larrea se dirigió a la Iglesia de San Francisco y oró dando gracias a Dios, pues si él hubiera participado en la excavación del tesoro, también habría muerto por ambicioso.

Al poco, en 1917, Doña Carmen Segovia falleció al dar a luz, quedando Don Manuel Eloy de Larrea con varios hijos pequeños- La viuda de López, ante la apostura y apellido de su compadre, Larrea, se le acercó y le dijo: Manuel, acaba de fallecer tu esposa y tienes varios hijos que necesitan una madre- Tu sabes que yo también estoy viuda. Te propongo: no me pagues el resto de dinero para comprar la casa- Mejor casémonos y de esta forma pasamos a compartir mi propiedad.

Larrea respondió: Gracias por la propuesta pero no pienso volver a contraer matrimonio. Es mejor que me devuelvas la suma que te tengo adelantada- Ya no me interesa comprarte la casa.

Su comadre así lo hizo y Larrea se la gastó apostando en las carreras de caballos.

Don Manuel Eloy de Larrea murió en 1950 y fue sepultado en el Cementerio de San Diego, en el sector de los 'Ilustres'.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador