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David Ledesma, Poeta de altos
méritos
Javier de la Torre Prado
Con grata satisfacción,
he visto ya en los estantes de las librerías, la publicación
de la Obra Poética de David Ledesma, cuencano nacido en
1934; Ledesma debe figurar necesariamente en cualquier antología
de la poesía ecuatoriana ya que, si bien es cierto por
la brevedad de su tránsito en la vida, ya que optó
por "la muerte propia" se encuentra a la altura de
poetas como Gonzalo Escudero, Jorge Carrera Andrade, Arturo Borja
o Ernesto Noboa y Caamaño.
Su poesía no fue la
simple opción de la metáfora fácil o de
la frustración versificada; por el contrario, cada línea,
cada verso refrenda una postura de intransigencia ante una existencia
que se presentaba como absurda, marcada por el sino de lo cruel
y del vacío.
David Ledesma utilizó
el sorteo y la rima de tal manera que cada creación era
un alfanje que cortaba al viento con la exactitud con que corta
el bisturí en manos del cirujano.
No ejemplificaré utilizando
los versos de Ledesma en forma prorrateada, ya que sugiero a
los lectores de la buena poesía, se remitan a los textos
de este grande de la Literatura Ecuatoriana, básteme decir
que ya hace algún tiempo Alejandro Carrión, dentro
de las pequeñas biografías que solía utilizar
en sus retablos, dedicó una de ellas al poeta cuencano.
Intransigente ante la vida,
en muchas ocasiones aquellos contemporáneos suyos, que
presentían su destino fatal, trataron de darle la racionalidad
marxista en la que, en esa época, se trataba de flotar,
ante un país destinado a la opresión y al desafuero;
el poeta llegó incluso a realizar un viaje a la naciente
República Socialista Cubana, pero ni la alegría
de la victoria de los "Barbudos", encabezados por un
líder carismático, que había aprendido de
Gaitán y de Martí la oratoria y la sublimización
de la conciencia, pudo frenar en el vate esa lucha inconmesurable
en el infinito, y su disposición siempre frontal de entregase
ante la vida sin ninguna otra arma que la palabra, la misma que
no fue suficiente para mantenerlo con vida, en desmedro de lo
que hubiera podido producir este joven poeta ecuatoriano, que
transgredió la existencia a los 27 años de edad;
y lo hizo como lo había prometido en uno de sus versos:
en vilo, con su cuerpo aferrado a una corbata amarilla, que fue
el dogal que puso fin a sus días.
Quizás ese amarillo,
tan refulgente en las obras de Van Gogh y tan fijo en la rima
de Ledesma, no era sino un símbolo del trigo que quiere
fructificar temprano, o del girasol que ansía el sol en
infinito.
Creo yo que todos aquellos
que buscamos buena poesía, deberíamos adquirir
esta pequeña obra, pero grande en su expresión
lírica, para darnos cuenta de que no solamente debemos
remitirnos a los poetas extranjeros para encontrar una lírica
de primera calidad, sino a aquellos quienes hacen tinta en nuestro
país y están llamados a seguir.
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