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Canto
desesperado por la Paz
Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec
Fue como si inmediatamente
después de la celebración del día del amor
y la amistad, el género humano hubiese comprendido que
la única y auténtica manera de rendir tributo a
dichos sentimientos consistía en enarbolar la bandera
de la paz. Entonces fuimos testigos, -tal cual nos evidenciaron
las informaciones de todo el mundo-, de gigantescas movilizaciones
sociales, las mismas que se produjeron el 15 de febrero en todos
los continentes del planeta, pregonando, sin reservas, la necesidad
de precautelar la integridad del ser humano y, a contrapelo,
fustigando los afanes guerreristas que solo pueden desembocar
en el holocausto de los pueblos.
EL CLAMOR DE LA HUMANIDAD
Hombres y mujeres de toda condición
y raza, de diverso credo político y religioso provocaron,
en todo el mundo, alrededor de un millar de actos multitudinarios
contrarios a cualquier confrontación armada. En efecto,
sacerdotes, clérigos, jubilados, jóvenes, ecologistas,
profesionales, mujeres, trabajadores, intelectuales y académicos,
campesinos, comerciantes, entre muchos otros, se tomaron las
calles de las principales ciudades del orbe para demandar de
los omnipotentes del universo, el que se agotaran todos los esfuerzos
para impedir que a nombre de la civilización, la cultura
y otras entelequias, se precipite el drama de la muerte, la persecución,
la orfandad, la desesperanza....
Y no podía ser de otra
manera si todavía se hallan frescos en la memoria los
recuerdos horripilantes de las bombas atómicas lanzadas
sobre las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki, de la
tragedia provocada a causa de las guerras de Vietnam y de Corea
del Norte a cuyas redes de destrucción fueron arrastrados
aún aquellos pueblos que pretendieron ignorar la realidad
desde la falacia de la neutralidad-, circunstancias todas estas
que han determinado el que hoy, urgentemente, nos planteemos
la necesidad ineludible de luchar por la paz y, al mismo tiempo,
por desenmascarar los auténticos objetivos de la confrontación
militar en ciernes.
UN MUNDO PARA POCOS
En efecto, luego del fatídico
11 de septiembre de 2001, y a raíz de la instauración
en el mundo de un proyecto económico y militar unipolar,
-que se consolidó como tal después de la caída
de los regímenes estalinistas de Europa Oriental-, hemos
sido mudos testigos de la construcción de un sistema social
que a costa de todo intenta fabricar una realidad para beneficio
de determinados grupos industriales, los mismos que para su desarrollo
requieren estructurar específicas condiciones económicas
articuladas, entre otras cosas, en base del control de fuentes
energéticas, como el petróleo, fenómeno
particular que se erige hoy en la causa fundamental del hostigamiento
a diversos países y regiones del mundo.
Desde esta particular visión
geopolítica, el pretexto de la defensa de la paz incluye,
paradójica y perversamente, la provocación de la
guerra a gran escala. La excusa de combatir al terrorismo, -mediante
"la guerra infinita" y gracias a todos los imaginarios
posibles-, promueve, en el fondo, la aniquilación de todos
cuantos puedan objetar el predominio de quienes han construido
un mundo injusto. Las contradicciones entre los países
y los grupos de poder intentan ser solucionadas mediante el uso
de la fuerza. El control de los recursos naturales, realidad
inequívoca de la crisis mundial actual, busca solaparse
en conceptos subjetivos aplicados sobre el comportamiento ético
y moral de los Estados. La verdad de los acontecimientos, que
ponen en primer plano las apetencias del poder político
y económico, procuran disfrazarse en la alquimia del engaño
colectivo.
EL DESPERTAR COLECTIVO
Frente a una realidad que corroe
y desmorona cualquier principio, que afrenta y estigmatiza, por
ejemplo, las propuestas de paz del Vaticano, que hiere la inteligencia
y la razón, ha surgido la acción colectiva de las
masas por su supervivencia. Ha sido éste, el de la persistencia
a vivir, una exigencia global a los que ejercen el poder, para
que sean capaces de fortalecer el diálogo como camino
ineludible en la búsqueda de soluciones a los conflictos.
Pero ante todo, este despertar colectivo de las conciencias,
se ha constituido en un grito para impedir que los pretextos
banales escondan las causas reales de las posibles confrontaciones,
lo cual supone, además, el reclamo para que la verdad
retorne como principio inalienable en la conducta de los más
poderosos, y para que los intereses del hombre común prevalezcan
sobre la mezquindad que ignora el dolor y la injusticia.
LOS CAMINOS DE LA PAZ
La búsqueda de la paz,
-que es lo mismo que la lucha porque el bien más preciado
del hombre no se escape de su control y de su racionalidad-,
así como la censura de la guerra y el baladro en contra
de la muerte, entre otros sucesos de los últimos días,
me hacen soñar, -conjuntamente con el resto de los que
aman la vida-, en la posibilidad de que nuevas utopías
invadan el mundo para guiarlo por caminos distintos al frenesí
del terror que asalta en estas horas. Si aquello es posible,
ciertamente, habremos conquistado el derecho a pertenecer al
género humano.
Si la mesura retorna al cerebro
y a la conciencia de los gobernantes, habremos demostrado que
los tiempos de la caverna de verdad han sido superados y que
los ingentes gastos para destruir pueden ser optimizados a favor
de los que menos tienen.
La palingenesia de nuestras
sociedades debe abrir el surco para que proliferen los ideales
y perviva la continuidad del tiempo. La historia de los pueblos
no puede ser sepultada por la insaciable voracidad de los poderosos.
Es la hora de la vigilia para hacer de los días y de
las noches, -de los otoños y de las primaveras-, el canto
desesperado por la paz.
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