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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Canto desesperado por la Paz

Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec

Fue como si inmediatamente después de la celebración del día del amor y la amistad, el género humano hubiese comprendido que la única y auténtica manera de rendir tributo a dichos sentimientos consistía en enarbolar la bandera de la paz. Entonces fuimos testigos, -tal cual nos evidenciaron las informaciones de todo el mundo-, de gigantescas movilizaciones sociales, las mismas que se produjeron el 15 de febrero en todos los continentes del planeta, pregonando, sin reservas, la necesidad de precautelar la integridad del ser humano y, a contrapelo, fustigando los afanes guerreristas que solo pueden desembocar en el holocausto de los pueblos.

EL CLAMOR DE LA HUMANIDAD

Hombres y mujeres de toda condición y raza, de diverso credo político y religioso provocaron, en todo el mundo, alrededor de un millar de actos multitudinarios contrarios a cualquier confrontación armada. En efecto, sacerdotes, clérigos, jubilados, jóvenes, ecologistas, profesionales, mujeres, trabajadores, intelectuales y académicos, campesinos, comerciantes, entre muchos otros, se tomaron las calles de las principales ciudades del orbe para demandar de los omnipotentes del universo, el que se agotaran todos los esfuerzos para impedir que a nombre de la civilización, la cultura y otras entelequias, se precipite el drama de la muerte, la persecución, la orfandad, la desesperanza....

Y no podía ser de otra manera si todavía se hallan frescos en la memoria los recuerdos horripilantes de las bombas atómicas lanzadas sobre las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki, de la tragedia provocada a causa de las guerras de Vietnam y de Corea del Norte ­a cuyas redes de destrucción fueron arrastrados aún aquellos pueblos que pretendieron ignorar la realidad desde la falacia de la neutralidad-, circunstancias todas estas que han determinado el que hoy, urgentemente, nos planteemos la necesidad ineludible de luchar por la paz y, al mismo tiempo, por desenmascarar los auténticos objetivos de la confrontación militar en ciernes.

UN MUNDO PARA POCOS

En efecto, luego del fatídico 11 de septiembre de 2001, y a raíz de la instauración en el mundo de un proyecto económico y militar unipolar, -que se consolidó como tal después de la caída de los regímenes estalinistas de Europa Oriental-, hemos sido mudos testigos de la construcción de un sistema social que a costa de todo intenta fabricar una realidad para beneficio de determinados grupos industriales, los mismos que para su desarrollo requieren estructurar específicas condiciones económicas articuladas, entre otras cosas, en base del control de fuentes energéticas, como el petróleo, fenómeno particular que se erige hoy en la causa fundamental del hostigamiento a diversos países y regiones del mundo.

Desde esta particular visión geopolítica, el pretexto de la defensa de la paz incluye, paradójica y perversamente, la provocación de la guerra a gran escala. La excusa de combatir al terrorismo, -mediante "la guerra infinita" y gracias a todos los imaginarios posibles-, promueve, en el fondo, la aniquilación de todos cuantos puedan objetar el predominio de quienes han construido un mundo injusto. Las contradicciones entre los países y los grupos de poder intentan ser solucionadas mediante el uso de la fuerza. El control de los recursos naturales, realidad inequívoca de la crisis mundial actual, busca solaparse en conceptos subjetivos aplicados sobre el comportamiento ético y moral de los Estados. La verdad de los acontecimientos, que ponen en primer plano las apetencias del poder político y económico, procuran disfrazarse en la alquimia del engaño colectivo.

EL DESPERTAR COLECTIVO

Frente a una realidad que corroe y desmorona cualquier principio, que afrenta y estigmatiza, por ejemplo, las propuestas de paz del Vaticano, que hiere la inteligencia y la razón, ha surgido la acción colectiva de las masas por su supervivencia. Ha sido éste, el de la persistencia a vivir, una exigencia global a los que ejercen el poder, para que sean capaces de fortalecer el diálogo como camino ineludible en la búsqueda de soluciones a los conflictos. Pero ante todo, este despertar colectivo de las conciencias, se ha constituido en un grito para impedir que los pretextos banales escondan las causas reales de las posibles confrontaciones, lo cual supone, además, el reclamo para que la verdad retorne como principio inalienable en la conducta de los más poderosos, y para que los intereses del hombre común prevalezcan sobre la mezquindad que ignora el dolor y la injusticia.

LOS CAMINOS DE LA PAZ

La búsqueda de la paz, -que es lo mismo que la lucha porque el bien más preciado del hombre no se escape de su control y de su racionalidad-, así como la censura de la guerra y el baladro en contra de la muerte, entre otros sucesos de los últimos días, me hacen soñar, -conjuntamente con el resto de los que aman la vida-, en la posibilidad de que nuevas utopías invadan el mundo para guiarlo por caminos distintos al frenesí del terror que asalta en estas horas. Si aquello es posible, ciertamente, habremos conquistado el derecho a pertenecer al género humano.

Si la mesura retorna al cerebro y a la conciencia de los gobernantes, habremos demostrado que los tiempos de la caverna de verdad han sido superados y que los ingentes gastos para destruir pueden ser optimizados a favor de los que menos tienen.

La palingenesia de nuestras sociedades debe abrir el surco para que proliferen los ideales y perviva la continuidad del tiempo. La historia de los pueblos no puede ser sepultada por la insaciable voracidad de los poderosos. Es la hora de la vigilia para hacer de los días y de las noches, -de los otoños y de las primaveras-, el canto desesperado por la paz.

 
 
 
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La Hora 2002
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