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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

El Gran Hermano: El circo romano postmoderno

José Villamarín Carrascal
jvillamarin@uamericas.edu.ec

'Pop stars', 'Quiere ser millonario' y últimamente 'el Gran Hermano' son algunos de los programas-franquicias (comprados en el exterior) que están en la boca de todos. De hecho, cuando Vanessa Passelague presentó en TC Televisión escenas de este último programa, rodado en España el año anterior, nadie quiso perderse un detalle.

La novedad está en el siguiente formato: se trata de que 12 concursantes ecuatorianos mayores de edad pasen encerrados en una casa, en Argentina, durante 116 días, sin comunicación con el exterior, sin radio, sin periódicos, sin TV, conviviendo entre ellos, hombres y mujeres, todos desconocidos entre sí, con expectativas y formas de ser distintas. Y hasta en los más inauditos rincones de la casa ­el baño incluido, no faltaba más-, cámaras vigilando sus más mínimos movimientos... ¡y todo eso transmitiéndose en vivo y en directo a través de la TV a millones de morbosos televidentes que quieren ver qué pasa entre esos postmodernos 'conejillos de indias'!

Cada cierto tiempo, los participantes deben elegir a dos de sus compañeros para que abandonen el programa. Lo hacen mediante votación directa y razonada. Pero es el público quien, mediante llamadas telefónicas o mail, decide en última instancia quién sale del programa. El que quede hasta el final, gana una suma millonaria.

Para las periodistas Castro y Portilla, el Gran Hermano (GH) "es un producto global que nos obliga a pensar que en realidad no hay nada nuevo, desde siempre la gente ha buscado mirarse, mirar al otro y también tener el poder de decidir sobre la vida de otros. Es el circo romano postmoderno en su versión 'light' llamo, tengo la oportunidad de ganar dinero y además decido quién se va. Y todo desde la comodidad del sofá de mi casa".

Como se ve, es una sopa marinera de cartas, mail, páginas web, teléfono, televisión, internet, todo en una revolución mediática que acapara audiencias, críticas, detractores y fieles seguidores, por un programa mezcla de concurso, confesionario, culebrón y 'reality show'. Y que a sus organizadores les provee de varios millones de dólares por publicidad, venta de productos, venta de franquicias, etc.

No es el perro del hortelano

Este es el formato televisivo globalizado llamado Gran Hermano GH, originalmente conocido como Big Brother (BB). Se originó en Holanda, en 1999, y paseó su éxito en otros nueve países europeos y dos americanos, Estado Unidos y Argentina. Desde este último se emitió a Uruguay y, ahora, se lo hará a Ecuador.
Alemania, Portugal, Holanda y Argentina van por su tercera edición.

España por la segunda. Fue el fenómeno mediático de 2000 que despertó pasiones encontradas, y que, solo en España, atrajo a un promedio de cuatro millones de televidentes por programa, que llegaban a 11 millones en días de eliminación de los candidatos. Lo que ni el fútbol, el rey de los deportes, pudo lograrlo.

Durante los tres meses que estuvo al aire el programa, Telecinco pasó del tercero al segundo lugar, desplazando a su rival Antena 3. Pero el GH no es como el perro del hortelano. Este come y deja comer. Revistas famosas (Interviú y Pronto), la prensa grande (El País, La Vanguardia, El ABC) y hasta la propia competencia (Telecinco), se hicieron de nada despreciables réditos económicos con solo hablar del GH, sea en bien o en mal. Como dice el refrán, "no importa que hablen mal de uno, lo que importa es que hablen". Y no satisfechos con eso, los organizadores editaron de inmediato la revista Gran Hermano.

Gente de ninguna importancia haciendo cosas de ninguna importancia.

Cómo cocinan, de qué conversan, a qué hora van al baño, cómo duermen, qué pijama usan, cómo se duchan... ¿y si se enamoran?... cómo pasan el tiempo, entre quiénes se hacen más amigos, quién lava, quien plancha... ¿y si se enamoran del mismo o de la misma?... cómo se sientan en el baño, cómo se ponen de acuerdo para el aseo, quién lava los platos, quién protesta, quién es el vago, quién el dicharachero... ¿y los celos?... quien es el imprudente, quien el molestoso, quien el impaciente, quien el solidario, quien el pana y buen amigo, quien el mala gente ...¿y si quieren hacer el amor?... a qué hora se despiertan, si lo hacen con bueno o mal genio, si, si, si...

¿Y solo por esto tanta alharaca? ¿11 millones de personas viendo a gente común y corriente haciendo cosas comunes y corrientes? Y a veces hasta "aburridamente normales". Esta es, justamente, una de las críticas al programa: gente de ninguna importancia haciendo cosas de ninguna importancia.

Según la revista Interviú, cuatro de los participantes de GH en España tenían un cociente inferior a la media española. Uno de los chicos -dice- no habría superado las pruebas para entrar en el Ejército profesional, pues tenía cociente de 65 -el límite más bajo de lo considerado normal es 60-. Una chica tenía 75 y otras dos 80. La media española está entre 90 y 100. Eran chicos universitarios de nivel medio... o menos que medio.

¿Y quiénes son los políticos? ¿Acaso la mayoría de ellos no son gente poco importante haciendo, casi siempre, cosas poco importantes? E igual son seguidos por una respetable audiencia.

Cuando lo privado se convierte en público

Cuando las audiencias se identifican con los protagonistas, el nivel de sintonía es elevado. ¿Acaso en la vida real, los jóvenes que ven GH no pasan por las mismas condiciones que la de los concursantes? A criterio del filósofo español Gustavo Bueno, este es el (triste) motivo por el que el programa cobra un gran interés. "Gracias a él podemos comprobar en vivo y en directo cómo se comportan en estado puro los representantes de la mayor lacra social de este país: los universitarios españoles, que están exactamente en su misma situación (padre y Estado pagándoles unos estudios que solo les interesan como modo de pasar el rato y a los que dedican el mínimo esfuerzo ... patetismo intelectual, fraude social).
En este sentido, el Gran Hermano es como un espejo de la realidad, del día a día, una suerte de laboratorio donde se mira el comportamiento humano en su estado más natural: en la privacidad del hogar.

Para sus detractores, en este mismo hecho radica el conflicto. No hay un espacio privado más acogedor que el hogar. Allí uno hace con entera libertad lo que desea. Si quiere puede caminar en interiores; qué importa si las medias están rotas o el pantalón sucio. Y qué decir de la intimidad de lo que se hace en el dormitorio o en el baño.

Pero cuando la cotidianidad, el hacer diario es hecho público por la TV, el espacio privado del hogar se convierte en espacio público. Ese ojo impertinente de la cámara de televisión que vigila las 24 horas trastoca los valores. Si no hay ni un solo espacio de privacidad porque el Gran Hermano nos vigila, si se viola la intimidad, ¿qué puede ser del individuo?
Para Bueno, no se trata de defender o atacar al Gran Hermano en sí. Se trata de no despreciarlo como en su momento se hizo con las telenovelas, pues viene avalado por una audiencia muy respetable. Ese solo hecho amerita analizarlo. "Lo encuentro interés como observatorio de la sociedad española, no por Gran Hermano en sí mismo, sino por los 11 millones de espectadores que lo ven", dice.

¿Y cómo será el laboratorio de la sociedad ecuatoriana? ¿Quiénes serán los cobayos criollos? Esperemos a que se inicie el programa en Argentina, que al parecer la audiencia está asegurada.

 
 
 
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