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El Gran
Hermano: El circo romano postmoderno
José Villamarín
Carrascal
jvillamarin@uamericas.edu.ec
'Pop stars', 'Quiere ser millonario'
y últimamente 'el Gran Hermano' son algunos de los programas-franquicias
(comprados en el exterior) que están en la boca de todos.
De hecho, cuando Vanessa Passelague presentó en TC Televisión
escenas de este último programa, rodado en España
el año anterior, nadie quiso perderse un detalle.
La novedad está en el
siguiente formato: se trata de que 12 concursantes ecuatorianos
mayores de edad pasen encerrados en una casa, en Argentina, durante
116 días, sin comunicación con el exterior, sin
radio, sin periódicos, sin TV, conviviendo entre ellos,
hombres y mujeres, todos desconocidos entre sí, con expectativas
y formas de ser distintas. Y hasta en los más inauditos
rincones de la casa el baño incluido, no faltaba
más-, cámaras vigilando sus más mínimos
movimientos... ¡y todo eso transmitiéndose en vivo
y en directo a través de la TV a millones de morbosos
televidentes que quieren ver qué pasa entre esos postmodernos
'conejillos de indias'!
Cada cierto tiempo, los participantes
deben elegir a dos de sus compañeros para que abandonen
el programa. Lo hacen mediante votación directa y razonada.
Pero es el público quien, mediante llamadas telefónicas
o mail, decide en última instancia quién sale del
programa. El que quede hasta el final, gana una suma millonaria.
Para las periodistas Castro
y Portilla, el Gran Hermano (GH) "es un producto global
que nos obliga a pensar que en realidad no hay nada nuevo, desde
siempre la gente ha buscado mirarse, mirar al otro y también
tener el poder de decidir sobre la vida de otros. Es el circo
romano postmoderno en su versión 'light' llamo, tengo
la oportunidad de ganar dinero y además decido quién
se va. Y todo desde la comodidad del sofá de mi casa".
Como se ve, es una sopa marinera
de cartas, mail, páginas web, teléfono, televisión,
internet, todo en una revolución mediática que
acapara audiencias, críticas, detractores y fieles seguidores,
por un programa mezcla de concurso, confesionario, culebrón
y 'reality show'. Y que a sus organizadores les provee de varios
millones de dólares por publicidad, venta de productos,
venta de franquicias, etc.
No es el perro del hortelano
Este es el formato televisivo
globalizado llamado Gran Hermano GH, originalmente conocido como
Big Brother (BB). Se originó en Holanda, en 1999, y paseó
su éxito en otros nueve países europeos y dos americanos,
Estado Unidos y Argentina. Desde este último se emitió
a Uruguay y, ahora, se lo hará a Ecuador.
Alemania, Portugal, Holanda y Argentina van por su tercera edición.
España por la segunda.
Fue el fenómeno mediático de 2000 que despertó
pasiones encontradas, y que, solo en España, atrajo a
un promedio de cuatro millones de televidentes por programa,
que llegaban a 11 millones en días de eliminación
de los candidatos. Lo que ni el fútbol, el rey de los
deportes, pudo lograrlo.
Durante los tres meses que
estuvo al aire el programa, Telecinco pasó del tercero
al segundo lugar, desplazando a su rival Antena 3. Pero el GH
no es como el perro del hortelano. Este come y deja comer. Revistas
famosas (Interviú y Pronto), la prensa grande (El País,
La Vanguardia, El ABC) y hasta la propia competencia (Telecinco),
se hicieron de nada despreciables réditos económicos
con solo hablar del GH, sea en bien o en mal. Como dice el refrán,
"no importa que hablen mal de uno, lo que importa es que
hablen". Y no satisfechos con eso, los organizadores editaron
de inmediato la revista Gran Hermano.
Gente de ninguna importancia
haciendo cosas de ninguna importancia.
Cómo cocinan, de qué
conversan, a qué hora van al baño, cómo
duermen, qué pijama usan, cómo se duchan... ¿y
si se enamoran?... cómo pasan el tiempo, entre quiénes
se hacen más amigos, quién lava, quien plancha...
¿y si se enamoran del mismo o de la misma?... cómo
se sientan en el baño, cómo se ponen de acuerdo
para el aseo, quién lava los platos, quién protesta,
quién es el vago, quién el dicharachero... ¿y
los celos?... quien es el imprudente, quien el molestoso, quien
el impaciente, quien el solidario, quien el pana y buen amigo,
quien el mala gente ...¿y si quieren hacer el amor?...
a qué hora se despiertan, si lo hacen con bueno o mal
genio, si, si, si...
¿Y solo por esto tanta
alharaca? ¿11 millones de personas viendo a gente común
y corriente haciendo cosas comunes y corrientes? Y a veces hasta
"aburridamente normales". Esta es, justamente, una
de las críticas al programa: gente de ninguna importancia
haciendo cosas de ninguna importancia.
Según la revista Interviú,
cuatro de los participantes de GH en España tenían
un cociente inferior a la media española. Uno de los chicos
-dice- no habría superado las pruebas para entrar en el
Ejército profesional, pues tenía cociente de 65
-el límite más bajo de lo considerado normal es
60-. Una chica tenía 75 y otras dos 80. La media española
está entre 90 y 100. Eran chicos universitarios de nivel
medio... o menos que medio.
¿Y quiénes son
los políticos? ¿Acaso la mayoría de ellos
no son gente poco importante haciendo, casi siempre, cosas poco
importantes? E igual son seguidos por una respetable audiencia.
Cuando lo privado se convierte
en público
Cuando las audiencias se identifican
con los protagonistas, el nivel de sintonía es elevado.
¿Acaso en la vida real, los jóvenes que ven GH
no pasan por las mismas condiciones que la de los concursantes?
A criterio del filósofo español Gustavo Bueno,
este es el (triste) motivo por el que el programa cobra un gran
interés. "Gracias a él podemos comprobar en
vivo y en directo cómo se comportan en estado puro los
representantes de la mayor lacra social de este país:
los universitarios españoles, que están exactamente
en su misma situación (padre y Estado pagándoles
unos estudios que solo les interesan como modo de pasar el rato
y a los que dedican el mínimo esfuerzo ... patetismo intelectual,
fraude social).
En este sentido, el Gran Hermano es como un espejo de la realidad,
del día a día, una suerte de laboratorio donde
se mira el comportamiento humano en su estado más natural:
en la privacidad del hogar.
Para sus detractores, en este
mismo hecho radica el conflicto. No hay un espacio privado más
acogedor que el hogar. Allí uno hace con entera libertad
lo que desea. Si quiere puede caminar en interiores; qué
importa si las medias están rotas o el pantalón
sucio. Y qué decir de la intimidad de lo que se hace en
el dormitorio o en el baño.
Pero cuando la cotidianidad,
el hacer diario es hecho público por la TV, el espacio
privado del hogar se convierte en espacio público. Ese
ojo impertinente de la cámara de televisión que
vigila las 24 horas trastoca los valores. Si no hay ni un solo
espacio de privacidad porque el Gran Hermano nos vigila, si se
viola la intimidad, ¿qué puede ser del individuo?
Para Bueno, no se trata de defender o atacar al Gran Hermano
en sí. Se trata de no despreciarlo como en su momento
se hizo con las telenovelas, pues viene avalado por una audiencia
muy respetable. Ese solo hecho amerita analizarlo. "Lo encuentro
interés como observatorio de la sociedad española,
no por Gran Hermano en sí mismo, sino por los 11 millones
de espectadores que lo ven", dice.
¿Y cómo será
el laboratorio de la sociedad ecuatoriana? ¿Quiénes
serán los cobayos criollos? Esperemos a que se inicie
el programa en Argentina, que al parecer la audiencia está
asegurada.
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