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Una
crónica que no hay que olvidar
La cultura de un pueblo
es su alma, y está compuesta de Filosofía, Arte
y Ciencia. El indio ecuatoriano lo sabe es casi genético-,
ha debido crear filosofía y ciencia para aplicar día
a día, durante siglos, el arte de vivir, y sobre todo
de sobrevivir.
Leopoldo Tobar
Salazar
Tlf. 2583825 - 2289214
Conocí a los indios
en el proceso de reforma agraria en Ecuador y compartí
con ellos la lucha por esa causa, en tanto responsable del departamento
jurídico de la Federación Nacional de Organizaciones
Campesinas Fenoc, hoy Fenocin.
ASESINOS Y HÉROES
Desde la década de los
setenta, los indios, los negros, los montubios, tenían
hambre de tierra y sed de justicia. Así lo entendió
el gobierno militar de Rodríguez Lara, que emitió
un nuevo régimen jurídico agrario y coordinó
acciones con el campesinado. A su vez, los hacendados alquilaron
asesinos sin rostro que apagaron las vidas de inolvidables líderes
indios: Cristóbal Pajuña, Lázaro Condo,
Rafael Perugachi, la del afroecuatoriano Mardoqueo León,
entre otras vidas
A los páramos de Cayambe
concurría a las asambleas o a las trillas de cebada. Concluido
el informe jurídico, adjuntos a la máquina, abrían
sus canastillas de mote, mellocos con sal y galones de chicha
y a mí, apartado del grupo, envueltos en un sucio mantel
me pasaban dos panes y una coca-cola.
Entre la ventisca y la neblina,
en el camino de retorno pensaba que el Ecuador no era una república,
sino una parodia de república, porque el pretérito
colonial aún pesa con dureza. Encendía mi pequeña
grabadora para oír a los Beattles, los Queens, Víctor
Manuel (Nunca te cases con un ferroviario, Hotel California,
Nábido, La Puerta de Alcalá, eran mis canciones
favoritas).
PUEBLO CONTRA PUEBLO
Con ley o sin ley haremos reforma
agraria, proclamaba la gente. A los hijos e hijas de huasipungueros
organizados en la Asociación "La Dolorosa" les
acompañé a tomar la tierra de una hacienda en Chillogallo,
al sur de Quito. A la mañana arribó un pelotón
militar, las mujeres eran firmes estatuas contemplando el vacío,
ellas les mostraron los papeles del trámite y advino una
tregua: el comandante del pelotón puso su arma en bandolera,
a una madre le pidió un niño tierno y lo mantuvo
en brazos.
Supe que él había dicho ser también hijo
de huasipungueros, pero que a sus padres nada les dieron y aunque
tendría problemas con el Ministerio de Gobierno, no cumpliría
la orden de desalojo.
La toma de tierras era la vía
más idónea para recuperarlas: así entraron
Florentino Ramos y centenares de indios en Quinchuquí,
Otavalo, a la hacienda de los Álvarez Barba.
HUMILLACIONES
A la madrugada, bajo carpa,
yo permanecía ataviado con mi terno de estudiante de Derecho
(cursaba tercer año) y afuera, en torno a una hoguera,
practicaban un ritual de gratitud: volvían a ser los dueños
de su tierra!
El día en que a los
de Tolontag les entregaron en adjudicación 300 hectáreas,
les pregunté si las ocuparían en agricultura, ganadería
o forestación y ellos me respondieron que no, en nada,
porque en ese páramo a causa del frío no volaban
ni los pájaros, que su lucha de siete años fue
un reto contra una hacendada que los había humillado.
Se me hizo trizas aquella comprensión que sobre la propiedad
privada difundía el materialismo histórico. Ese
páramo no era un medio de producción, era un paisaje.
Entendí que este país
es geográficamente hermoso, económicamente miserable,
humanamente llagado.
Para mi comprensión
los indios eran sombras de árboles, no pensaban ni actuaban
por sí mismos. En la Fenoc, el querido sindicalista Fabián
Zurita era quien redactaba los textos de los manifiestos, de
las hojas volantes. Por los indios hablaban novelistas, antropólogos,
historiadores, lingüistas, ideólogos, sociólogos,
políticos, folcloristas. Ellos guardaban silencio a la
espera de algo.
'PARA CUANDO TE MATEN'
La historia fluía vertiginosa,
desde el 13 de mayo de 1981 y marzo de 1983 se realizaron cinco
huelgas nacionales, encabezadas por los obreros sindicalistas.
Si alguna novia lo permitía, el amor había que
hacerlo de pie, porque había que correr junto a la historia
y conocerla. Entre estudios, amores, tomas de tierra, huelgas,
Julio García, el fotógrafo chileno radicado en
Ecuador, me fotografiaba, y cierta vez le pregunté por
qué y para qué y él simplemente me dijo:
para cuando te maten.
Durante 15 años me refugié
en mí mismo y en la soledad de los libros. A la 'Sombra
de las Muchachas en Flor', Marcel Proust me encaminaba 'En Busca
del Tiempo Perdido'. El 20 de octubre de 1999, a pedido de la
Cámara de Agricultura de la Amazonia, contribuí
a coordinar la marcha 'A Pie y a Caballo en Contra del Olvido'
con indios, colonos, mujeres y shamanes, en contra del indiferente
gobierno de Mahuad. La tercera semana de enero de 2000 divagué
por las calles entre la multitud de la Conaie, tragando algunos
sorbos del agua amarga y heroica de la historia: "-uno de
mis hijos murió de hambre en la montaña y si debo
morir hoy con mi otro hijo, moriremos", proclamó
una mujer india, y los suyos avanzaron a tomar el Palacio Legislativo.
EL HUMO DE LA ESPERANZA
El 21 de enero, en el salón
de sesiones, el humo de la esperanza que se elevaba desde las
vasijas shamánicas, unía a los indios, a los jóvenes
militares y al pueblo. La historia no obedece a leyes científicas
me dije a mí mismo- sino a las pasiones humanas.
En noviembre de 2001 asistí,
en condición de oyente, a la primera asamblea de los indios
residentes en el Distrito Metropolitano de Quito (Jatun Ayllu),
en donde 500 personas, en 7 mesas de trabajo expusieron con certeza
su problemática económica y social. Fue mi asombro:
los indios ya no eran sombras de árboles, son árboles
enraizados en la cruda realidad y en el corazón de esa
nación que siglos atrás la vislumbraron Juan de
Velasco, Eugenio Espejo y el Marquez de Selva Alegre (el primer
presidente de la América revolucionaria).
FRENTE AL GRAN ESPÍRITU
Tal vez porque hay días
en que somos una pluma de ave halada por el viento, una noche
de viernes y un amanecer de sábado (diciembre, 2001),
durante 12 horas participé en una ceremonia con Don Carlitos
y otros rostros, el de Teresa Simbaña, el de Salvador
Quishpe, el de un estudiante norteamericano que filmaba el acto,
entre otros.
Por presunción, el Taita
me reconoció como 'iniciado' y me hizo beber dos mates
de San Pedrito. Ante el Gran Espíritu los escuché
pronunciar palabras de sabiduría, pero mi mente se mantuvo
autónoma, con frialdad reflexiva a lo Cioran, a lo Heidegger.
No sé, era la primera vez que yo participaba en una ceremonia
así, propia de la cultura andina.
Meses después, José
Nahula, el de la Justicia Cósmica, me conversó
que Lucio Gutiérrez y Ximena Bohórquez han participado
en estos rituales y los han escuchado. Entiendo ahora, 1 de enero
de 2003, a las 7h15 de la mañana, mientras troto solitario
en el parque de la Carolina, que esas ceremonias son una comunión
con el Ser, con los seres; y, al instante, se esclarece para
mí una frase que Lucio Gutiérrez, ya Presidente
electo, le dijo a un periodista: si avanzamos en positivo, hasta
la naturaleza nos ayuda.
EL EJE DE LA PATRIA
En Ecuador conviven dos historias,
la visible y la invisible. Este escrito es, simultáneamente,
un texto egocéntrico y un testimonio, en retazos, de esa
historia invisible.
Nací, crecí en
una provincia en donde los indios se aculturizaron (Carchi) y
a fines del siglo XIX se extinguieron como etnia, tal vez por
esta y otras razones no me es fácil asimilar la cosmovisión
andina, pero sí puedo afirmar que ¡hoy los indios
son la única fuerza natural y espiritual del Ecuador,
la columna vertebral de esa Patria que todos anhelamos poseer!.
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