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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Una crónica que no hay que olvidar

La cultura de un pueblo es su alma, y está compuesta de Filosofía, Arte y Ciencia. El indio ecuatoriano lo sabe ­es casi genético-, ha debido crear filosofía y ciencia para aplicar día a día, durante siglos, el arte de vivir, y sobre todo de sobrevivir.

Leopoldo Tobar Salazar
Tlf. 2583825 - 2289214

Conocí a los indios en el proceso de reforma agraria en Ecuador y compartí con ellos la lucha por esa causa, en tanto responsable del departamento jurídico de la Federación Nacional de Organizaciones Campesinas Fenoc, hoy Fenocin.

ASESINOS Y HÉROES

Desde la década de los setenta, los indios, los negros, los montubios, tenían hambre de tierra y sed de justicia. Así lo entendió el gobierno militar de Rodríguez Lara, que emitió un nuevo régimen jurídico agrario y coordinó acciones con el campesinado. A su vez, los hacendados alquilaron asesinos sin rostro que apagaron las vidas de inolvidables líderes indios: Cristóbal Pajuña, Lázaro Condo, Rafael Perugachi, la del afroecuatoriano Mardoqueo León, entre otras vidas

A los páramos de Cayambe concurría a las asambleas o a las trillas de cebada. Concluido el informe jurídico, adjuntos a la máquina, abrían sus canastillas de mote, mellocos con sal y galones de chicha y a mí, apartado del grupo, envueltos en un sucio mantel me pasaban dos panes y una coca-cola.

Entre la ventisca y la neblina, en el camino de retorno pensaba que el Ecuador no era una república, sino una parodia de república, porque el pretérito colonial aún pesa con dureza. Encendía mi pequeña grabadora para oír a los Beattles, los Queens, Víctor Manuel (Nunca te cases con un ferroviario, Hotel California, Nábido, La Puerta de Alcalá, eran mis canciones favoritas).

PUEBLO CONTRA PUEBLO

Con ley o sin ley haremos reforma agraria, proclamaba la gente. A los hijos e hijas de huasipungueros organizados en la Asociación "La Dolorosa" les acompañé a tomar la tierra de una hacienda en Chillogallo, al sur de Quito. A la mañana arribó un pelotón militar, las mujeres eran firmes estatuas contemplando el vacío, ellas les mostraron los papeles del trámite y advino una tregua: el comandante del pelotón puso su arma en bandolera, a una madre le pidió un niño tierno y lo mantuvo en brazos.
Supe que él había dicho ser también hijo de huasipungueros, pero que a sus padres nada les dieron y aunque tendría problemas con el Ministerio de Gobierno, no cumpliría la orden de desalojo.

La toma de tierras era la vía más idónea para recuperarlas: así entraron Florentino Ramos y centenares de indios en Quinchuquí, Otavalo, a la hacienda de los Álvarez Barba.

HUMILLACIONES

A la madrugada, bajo carpa, yo permanecía ataviado con mi terno de estudiante de Derecho (cursaba tercer año) y afuera, en torno a una hoguera, practicaban un ritual de gratitud: volvían a ser los dueños de su tierra!

El día en que a los de Tolontag les entregaron en adjudicación 300 hectáreas, les pregunté si las ocuparían en agricultura, ganadería o forestación y ellos me respondieron que no, en nada, porque en ese páramo a causa del frío no volaban ni los pájaros, que su lucha de siete años fue un reto contra una hacendada que los había humillado. Se me hizo trizas aquella comprensión que sobre la propiedad privada difundía el materialismo histórico. Ese páramo no era un medio de producción, era un paisaje.

Entendí que este país es geográficamente hermoso, económicamente miserable, humanamente llagado.

Para mi comprensión los indios eran sombras de árboles, no pensaban ni actuaban por sí mismos. En la Fenoc, el querido sindicalista Fabián Zurita era quien redactaba los textos de los manifiestos, de las hojas volantes. Por los indios hablaban novelistas, antropólogos, historiadores, lingüistas, ideólogos, sociólogos, políticos, folcloristas. Ellos guardaban silencio a la espera de algo.

'PARA CUANDO TE MATEN'

La historia fluía vertiginosa, desde el 13 de mayo de 1981 y marzo de 1983 se realizaron cinco huelgas nacionales, encabezadas por los obreros sindicalistas. Si alguna novia lo permitía, el amor había que hacerlo de pie, porque había que correr junto a la historia y conocerla. Entre estudios, amores, tomas de tierra, huelgas, Julio García, el fotógrafo chileno radicado en Ecuador, me fotografiaba, y cierta vez le pregunté por qué y para qué y él simplemente me dijo: para cuando te maten.

Durante 15 años me refugié en mí mismo y en la soledad de los libros. A la 'Sombra de las Muchachas en Flor', Marcel Proust me encaminaba 'En Busca del Tiempo Perdido'. El 20 de octubre de 1999, a pedido de la Cámara de Agricultura de la Amazonia, contribuí a coordinar la marcha 'A Pie y a Caballo en Contra del Olvido' con indios, colonos, mujeres y shamanes, en contra del indiferente gobierno de Mahuad. La tercera semana de enero de 2000 divagué por las calles entre la multitud de la Conaie, tragando algunos sorbos del agua amarga y heroica de la historia: "-uno de mis hijos murió de hambre en la montaña y si debo morir hoy con mi otro hijo, moriremos", proclamó una mujer india, y los suyos avanzaron a tomar el Palacio Legislativo.

EL HUMO DE LA ESPERANZA

El 21 de enero, en el salón de sesiones, el humo de la esperanza que se elevaba desde las vasijas shamánicas, unía a los indios, a los jóvenes militares y al pueblo. La historia no obedece a leyes científicas ­me dije a mí mismo- sino a las pasiones humanas.

En noviembre de 2001 asistí, en condición de oyente, a la primera asamblea de los indios residentes en el Distrito Metropolitano de Quito (Jatun Ayllu), en donde 500 personas, en 7 mesas de trabajo expusieron con certeza su problemática económica y social. Fue mi asombro: los indios ya no eran sombras de árboles, son árboles enraizados en la cruda realidad y en el corazón de esa nación que siglos atrás la vislumbraron Juan de Velasco, Eugenio Espejo y el Marquez de Selva Alegre (el primer presidente de la América revolucionaria).

FRENTE AL GRAN ESPÍRITU

Tal vez porque hay días en que somos una pluma de ave halada por el viento, una noche de viernes y un amanecer de sábado (diciembre, 2001), durante 12 horas participé en una ceremonia con Don Carlitos y otros rostros, el de Teresa Simbaña, el de Salvador Quishpe, el de un estudiante norteamericano que filmaba el acto, entre otros.

Por presunción, el Taita me reconoció como 'iniciado' y me hizo beber dos mates de San Pedrito. Ante el Gran Espíritu los escuché pronunciar palabras de sabiduría, pero mi mente se mantuvo autónoma, con frialdad reflexiva a lo Cioran, a lo Heidegger. No sé, era la primera vez que yo participaba en una ceremonia así, propia de la cultura andina.

Meses después, José Nahula, el de la Justicia Cósmica, me conversó que Lucio Gutiérrez y Ximena Bohórquez han participado en estos rituales y los han escuchado. Entiendo ahora, 1 de enero de 2003, a las 7h15 de la mañana, mientras troto solitario en el parque de la Carolina, que esas ceremonias son una comunión con el Ser, con los seres; y, al instante, se esclarece para mí una frase que Lucio Gutiérrez, ya Presidente electo, le dijo a un periodista: si avanzamos en positivo, hasta la naturaleza nos ayuda.

EL EJE DE LA PATRIA

En Ecuador conviven dos historias, la visible y la invisible. Este escrito es, simultáneamente, un texto egocéntrico y un testimonio, en retazos, de esa historia invisible.

Nací, crecí en una provincia en donde los indios se aculturizaron (Carchi) y a fines del siglo XIX se extinguieron como etnia, tal vez por esta y otras razones no me es fácil asimilar la cosmovisión andina, pero sí puedo afirmar que ¡hoy los indios son la única fuerza natural y espiritual del Ecuador, la columna vertebral de esa Patria que todos anhelamos poseer!.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador