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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Entrevista imaginaria: el Gabo en el anecdotario (II)

Músico, parrandero, cantante y farrista

José Villamarín Carrascal
jvillamarin@uamericas.edu.ec

Otra de las facetas poco conocidas del premio Nobel es la de músico y cantante. De joven, el sueño de su vida fue ser como su maestro de música y director de la banda municipal del pueblo. Luego, como buen músico, hizo pronta alianza con la farra y el alcohol, que le llevaron entre la perdición y la bohemia. De hecho, cuando adolescente, su padre le consideró "un caso perdido". Y en Barranquilla, cuando se iniciaba en las letras, participó con sus amigos literatos en "parrandas honradas y fructíferas", verdaderas "cátedras itinerantes" impartidas en cantinas donde la literatura, el fútbol o la política, eran el detonante de tres días de bohemia.

La música es otra de las facetas poco conocidas de usted. ¿Cómo se inició en este arte?

'Mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel, que contagiaron a medio mundo. (De niño) me hacían vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba demasiadas súplicas para que soltara un tango a todo pecho.

¿Nunca intentó hacerse músico?

En mis tiempos de Aracataca había soñado con la buena vida de ir cantando de feria en feria, con acordeón y buena voz. Si mi madre había renunciado al piano para tener hijos, y mi padre había colgado el violín para poder mantenernos, era apenas justo que el mayor de ellos sentara el buen precedente de morirse de hambre por la música.

Luis Enrique (su segundo hermano), que ya se perfilaba como el guitarrista inspirado que llegó a ser, me enseñó a tocar el tiple. Con otro amigo más, nos volvimos los reyes de las serenatas, con el premio mayor de que algunas agasajadas se vestían a las volandas, abrían la casa, despertaban a las vecinas y seguíamos la fiesta hasta el desayuno.

Para un buen bohemio, una farra sin alcohol no es farra ¿Cómo fue su encuentro con los tragos?

Había ensayo de músicos en la carpintería del maestro Valdés, a cuyo grupo pertenecía Luis Enrique. Me incorporé a ellos para tocar el tiple y cantar con sus seis maestros anónimos hasta el amanecer. No había conjunto mejor para una serenata de reconciliación o desagravio. Fue entonces cuando descubrí la lealtad del alcohol y aprendí a vivir al derecho, durmiendo de día y cantando de noche. Como decía mi madre: solté la perra.

¿Qué tan lejos se le fue la perra?

Sobre mí se dijo de todo. No volví a leer ni a sumarme a la rutina de la mesa familiar. Por Navidad me escapé con dos amigos cómplices para la población vecina de Majagual. Anuncié en casa que me iba por tres días, pero me quedé diez. La culpa fue de María Alejandrina Cervantes, una mujer inverosímil que conocí la primera noche, y con quien perdí la cabeza en la parranda más fragosa de mi vida. Hasta el domingo en que no amaneció en mi cama y desapareció para siempre. Años más tarde la rescaté de mis nostalgias, no tanto por sus gracias como por la resonancia de su nombre, y la reviví para proteger a otra en alguna de mis novelas, como dueña y señora de una casa de placer que nunca existió.

Mi madre me informó que mi padre, deprimido, había empezado a considerarme como un caso perdido, aunque nunca me lo dejó saber.

Mis gastos aumentaban tanto que resolví saquear las alcancías de mi madre. Luis Enrique me absolvió con su lógica de que la plata robada a los padres, si se usa para el cine y no para putear, es plata legítima. Sufrí con los apuros de mi madre para que mi padre no se diera cuenta de que yo andaba por malos rumbos.

Las vacaciones terminaban, pero no las farras; estas continuaban incluso en los buques, cuando viajaban de regreso a sus colegios...

En los buques fluviales los estudiantes terminábamos por parecer una sola familia, pues nos poníamos de acuerdo todos los años para coincidir en el viaje. A veces el buque encallaba hasta quince días en un banco de arena. Nadie se ocupaba, pues la fiesta seguía, y una carta del capitán sellada con el escudo de su anillo servía de excusa para llegar tarde al colegio.
Cada viaje dejaba grandes enseñanzas de vida que nos vinculaban de un modo efímero pero inolvidable a la de los pueblos de paso, donde muchos de nosotros se enredaron para siempre con su destino. Un renombrado estudiante de medicina se metió sin ser invitado en un baile de boda, bailó sin permiso con la mujer más bonita de la fiesta y el marido lo mató de un tiro. Otro se casó en una borrachera épica con la primera muchacha que le gustó en Puerto Berrío, y sigue feliz con ella y con sus nueve hijos.

¿Su cualidad de cantante también la puso en práctica en el colegio?

Participé eventualmente como cantante y tiplero en el grupo del liceo. No había velada patriótica o sesión solemne del liceo en que no estuviera mi mano de algún modo, siempre por la gracia del maestro Guillermo Quevedo Zornosa, director eterno de la banda municipal. Nunca supo el maestro, ni me atreví a decírselo, que el sueño de mi vida de aquellos años era ser como él.

Por supuesto que lo de bohemio, farrista y parrandero continuó también con su grupo de amigos literatos...

Las noches de los viernes estábamos a merced de la inspiración y a veces empalmábamos con el desayuno del lunes. Si el interés nos atrapaba, emprendíamos una peregrinación literaria sin freno ni medida. Empezaba en El Tercer Hombre con los artesanos del barrio y los mecánicos de un taller de automóviles, además de funcionarios públicos descarrilados y otros que lo eran menos.

El más raro de todos era un ladrón de domicilios que llegaba poco antes de la medianoche con el uniforme del oficio: pantalones de ballet, zapatos de tenis, gorra de pelotero y un maletín de herramientas ligeras. El ladrón tenía una vocación literaria bien asumida, no perdía palabra en las conversaciones sobre artes y libros, y sabíamos que era autor vergonzante de poemas de amor que declamaba para la clientela cuando no estábamos nosotros. Después de la medianoche se iba a robar en los barrios altos, como si fuera un empleo, y tres o cuatro horas después nos traía de regalo algunas baratijas apartadas del botín mayor. "Para las niñas", nos decía, sin preguntar siquiera si las teníamos. Cuando un libro le llamaba la atención nos lo llevaba de regalo.

Aquellas cátedras itinerantes nos habían merecido una reputación turbia entre las buenas comadres que encontrábamos al salir de la misa de cinco, y cambiaban de acera para no cruzarse con borrachos amanecidos. Pero la verdad es que no había parrandas más honradas y fructíferas. Si alguien lo supo de inmediato fui yo, que los acompañaba en sus gritos de los burdeles sobre la obra de John Dos Passos o los goles desperdiciados por el Deportivo Junior.

Ese grupo de amigos es el muy conocido 'Grupo de Barranquilla', con quienes usted se inició en las letras, tanto periodísticas como literarias.

¿Cómo estuvo conformado ese grupo?

Eran escritores y artistas jóvenes que ejercían un cierto liderazgo en la vida cultural de la ciudad

Alfonso Fuenmayor era un excelente escritor y periodista de 28 años que mantuvo por largo tiempo en El Heraldo una columna de actualidad.

Germán Vargas Cantillo era columnista del vespertino El Nacional, crítico literario certero y mordaz, con una prosa tan servicial que podía convencer al lector de que las cosas sucedían solo porque él las contaba; fue uno de los mejores locutores de radio y un ejemplo difícil del reportero natural que me habría gustado ser.

Álvaro Cepeda Samudio, en cambio, era un cuentista de los buenos, crítico magistral de cine, y sin duda el más culto, y promotor de polémicas atrevidas. Había hecho en El Nacional sus primeras letras de periodista, y publicado sus primeros cuentos

Alfonso era visto como un liberal ortodoxo, Germán como un librepensador a regañadientes, Álvaro como un anarquista arbitrario y yo como un comunista incrédulo y un suicida en potencia.

 
 
 
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