Entrevista
imaginaria: el Gabo en el anecdotario (II)
Músico, parrandero,
cantante y farrista
José Villamarín
Carrascal
jvillamarin@uamericas.edu.ec
Otra de las facetas poco conocidas
del premio Nobel es la de músico y cantante. De joven,
el sueño de su vida fue ser como su maestro de música
y director de la banda municipal del pueblo. Luego, como buen
músico, hizo pronta alianza con la farra y el alcohol,
que le llevaron entre la perdición y la bohemia. De hecho,
cuando adolescente, su padre le consideró "un caso
perdido". Y en Barranquilla, cuando se iniciaba en las letras,
participó con sus amigos literatos en "parrandas
honradas y fructíferas", verdaderas "cátedras
itinerantes" impartidas en cantinas donde la literatura,
el fútbol o la política, eran el detonante de tres
días de bohemia.
La música es otra
de las facetas poco conocidas de usted. ¿Cómo se
inició en este arte?
'Mi urgencia de cantar para
sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel,
que contagiaron a medio mundo. (De niño) me hacían
vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda,
y no necesitaba demasiadas súplicas para que soltara un
tango a todo pecho.
¿Nunca intentó
hacerse músico?
En mis tiempos de Aracataca
había soñado con la buena vida de ir cantando de
feria en feria, con acordeón y buena voz. Si mi madre
había renunciado al piano para tener hijos, y mi padre
había colgado el violín para poder mantenernos,
era apenas justo que el mayor de ellos sentara el buen precedente
de morirse de hambre por la música.
Luis Enrique (su segundo hermano),
que ya se perfilaba como el guitarrista inspirado que llegó
a ser, me enseñó a tocar el tiple. Con otro amigo
más, nos volvimos los reyes de las serenatas, con el premio
mayor de que algunas agasajadas se vestían a las volandas,
abrían la casa, despertaban a las vecinas y seguíamos
la fiesta hasta el desayuno.
Para un buen bohemio, una
farra sin alcohol no es farra ¿Cómo fue su encuentro
con los tragos?
Había ensayo de músicos
en la carpintería del maestro Valdés, a cuyo grupo
pertenecía Luis Enrique. Me incorporé a ellos para
tocar el tiple y cantar con sus seis maestros anónimos
hasta el amanecer. No había conjunto mejor para una serenata
de reconciliación o desagravio. Fue entonces cuando descubrí
la lealtad del alcohol y aprendí a vivir al derecho, durmiendo
de día y cantando de noche. Como decía mi madre:
solté la perra.
¿Qué tan lejos
se le fue la perra?
Sobre mí se dijo de
todo. No volví a leer ni a sumarme a la rutina de la mesa
familiar. Por Navidad me escapé con dos amigos cómplices
para la población vecina de Majagual. Anuncié en
casa que me iba por tres días, pero me quedé diez.
La culpa fue de María Alejandrina Cervantes, una mujer
inverosímil que conocí la primera noche, y con
quien perdí la cabeza en la parranda más fragosa
de mi vida. Hasta el domingo en que no amaneció en mi
cama y desapareció para siempre. Años más
tarde la rescaté de mis nostalgias, no tanto por sus gracias
como por la resonancia de su nombre, y la reviví para
proteger a otra en alguna de mis novelas, como dueña y
señora de una casa de placer que nunca existió.
Mi madre me informó
que mi padre, deprimido, había empezado a considerarme
como un caso perdido, aunque nunca me lo dejó saber.
Mis gastos aumentaban tanto
que resolví saquear las alcancías de mi madre.
Luis Enrique me absolvió con su lógica de que la
plata robada a los padres, si se usa para el cine y no para putear,
es plata legítima. Sufrí con los apuros de mi madre
para que mi padre no se diera cuenta de que yo andaba por malos
rumbos.
Las vacaciones terminaban,
pero no las farras; estas continuaban incluso en los buques,
cuando viajaban de regreso a sus colegios...
En los buques fluviales los
estudiantes terminábamos por parecer una sola familia,
pues nos poníamos de acuerdo todos los años para
coincidir en el viaje. A veces el buque encallaba hasta quince
días en un banco de arena. Nadie se ocupaba, pues la fiesta
seguía, y una carta del capitán sellada con el
escudo de su anillo servía de excusa para llegar tarde
al colegio.
Cada viaje dejaba grandes enseñanzas de vida que nos vinculaban
de un modo efímero pero inolvidable a la de los pueblos
de paso, donde muchos de nosotros se enredaron para siempre
con su destino. Un renombrado estudiante de medicina se metió
sin ser invitado en un baile de boda, bailó sin permiso
con la mujer más bonita de la fiesta y el marido lo mató
de un tiro. Otro se casó en una borrachera épica
con la primera muchacha que le gustó en Puerto Berrío,
y sigue feliz con ella y con sus nueve hijos.
¿Su cualidad de cantante
también la puso en práctica en el colegio?
Participé eventualmente
como cantante y tiplero en el grupo del liceo. No había
velada patriótica o sesión solemne del liceo en
que no estuviera mi mano de algún modo, siempre por la
gracia del maestro Guillermo Quevedo Zornosa, director eterno
de la banda municipal. Nunca supo el maestro, ni me atreví
a decírselo, que el sueño de mi vida de aquellos
años era ser como él.
Por supuesto que lo de bohemio,
farrista y parrandero continuó también con su grupo
de amigos literatos...
Las noches de los viernes estábamos
a merced de la inspiración y a veces empalmábamos
con el desayuno del lunes. Si el interés nos atrapaba,
emprendíamos una peregrinación literaria sin freno
ni medida. Empezaba en El Tercer Hombre con los artesanos del
barrio y los mecánicos de un taller de automóviles,
además de funcionarios públicos descarrilados y
otros que lo eran menos.
El más raro de todos
era un ladrón de domicilios que llegaba poco antes de
la medianoche con el uniforme del oficio: pantalones de ballet,
zapatos de tenis, gorra de pelotero y un maletín de herramientas
ligeras. El ladrón tenía una vocación literaria
bien asumida, no perdía palabra en las conversaciones
sobre artes y libros, y sabíamos que era autor vergonzante
de poemas de amor que declamaba para la clientela cuando no estábamos
nosotros. Después de la medianoche se iba a robar en los
barrios altos, como si fuera un empleo, y tres o cuatro horas
después nos traía de regalo algunas baratijas apartadas
del botín mayor. "Para las niñas", nos
decía, sin preguntar siquiera si las teníamos.
Cuando un libro le llamaba la atención nos lo llevaba
de regalo.
Aquellas cátedras itinerantes
nos habían merecido una reputación turbia entre
las buenas comadres que encontrábamos al salir de la misa
de cinco, y cambiaban de acera para no cruzarse con borrachos
amanecidos. Pero la verdad es que no había parrandas más
honradas y fructíferas. Si alguien lo supo de inmediato
fui yo, que los acompañaba en sus gritos de los burdeles
sobre la obra de John Dos Passos o los goles desperdiciados por
el Deportivo Junior.
Ese grupo de amigos es el muy
conocido 'Grupo de Barranquilla', con quienes usted se inició
en las letras, tanto periodísticas como literarias.
¿Cómo estuvo
conformado ese grupo?
Eran escritores y artistas
jóvenes que ejercían un cierto liderazgo en la
vida cultural de la ciudad
Alfonso Fuenmayor era un excelente
escritor y periodista de 28 años que mantuvo por largo
tiempo en El Heraldo una columna de actualidad.
Germán Vargas Cantillo
era columnista del vespertino El Nacional, crítico literario
certero y mordaz, con una prosa tan servicial que podía
convencer al lector de que las cosas sucedían solo porque
él las contaba; fue uno de los mejores locutores de radio
y un ejemplo difícil del reportero natural que me habría
gustado ser.
Álvaro Cepeda Samudio,
en cambio, era un cuentista de los buenos, crítico magistral
de cine, y sin duda el más culto, y promotor de polémicas
atrevidas. Había hecho en El Nacional sus primeras letras
de periodista, y publicado sus primeros cuentos
Alfonso era visto como un liberal
ortodoxo, Germán como un librepensador a regañadientes,
Álvaro como un anarquista arbitrario y yo como un comunista
incrédulo y un suicida en potencia.
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