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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Entrevista imaginaria: El Gabo en el anecdotario (IV)

Sus inicios en "el mejor oficio del mundo"

José Villamarín Carrascal
jvillamarin@uamericas.edu.ec

El periodismo, la lectura, el cigarrillo, las mujeres... he aquí cuatro de las grandes aficiones y adicciones de García Márquez (sin tomar en cuenta, por supuesto, la literatura). En esta entrevista imaginaria, realizada a partir de su autobiografía Vivir para contarla, el nobel narra y relata algunos pormenores de estas las otras facetas de su vida, en cuyos recovecos nos solazamos.

- ¿Cuándo le entró el embeleco del periodismo?

Nunca había pensado que llegara a interesarme, hasta cuando Elvira Mendoza, hermana de Plinio Apuleyo Mendoza, le hizo a la declamadora argentina Berta Singerman una entrevista de emergencia que me cambió por completo los prejuicios contra el oficio y me descubrió una vocación ignorada. Más que una entrevista clásica de preguntas y respuestas fue una de las más originales que se publicaron en Colombia.

La sangre fría y el ingenio con que aprovechó la necedad de la declamadora para revelar su personalidad verdadera, me puso a pensar en las posibilidades del reportaje, no como medio estelar de información, sino mucho más: como género literario. Hoy más que nunca creo que novela y reportaje son hijos de una misma madre.

- ¿Cómo fue su ingreso a El Espectador?

Mi sueño era ser reportero. Jamás se me hubiera pasado por la mente la ilusión de ser redactor de planta de El Espectador. Entendía que publicaran mis cuentos, por la escasez y la pobreza del género en Colombia, pero la redacción diaria en un vespertino era un desafío bien distinto para alguien poco curtido en el periodismo de choque.

Así ingresé como redactor de planta a El Espectador, donde consumí la mayor cantidad de papel de mi vida en menos de dos años. Era una época en la que el oficio no lo enseñaban en las universidades sino que se aprendía al pie de la vaca, respirando tinta de imprenta.

Creo que José Salgar (jefe de redacción) no podía perdonarme que me desperdiciara en malabarismos líricos, en una país donde hacían falta tantos reporteros de choque. Yo pensaba, en cambio, que ningún género de prensa estaba mejor hecho que el reportaje para expresar la vida cotidiana.

- ¿Cuál fue su producción periodística de aquella época?

En poco menos de dos años, publiqué setenta y cinco notas críticas (sobre cine), unas seiscientas notas editoriales, una noticia firmada o sin firmar cada tres días, y por lo menos ochenta reportajes entre firmados y anónimos. Las colaboraciones literarias se publicaron desde entonces en el "Magazine Dominical", del mismo periódico, entre ellas varios cuentos.

- ¿Cómo era su rutina en El Espectador?

En una tarde normal en la redacción del periódico podía escribir "La Jirafa" (su columna periodística), un editorial, algunas de mis tantas informaciones sin firma, condensar un cuento policíaco y escribir las notas de última hora para el cierre de Crónica (el semanario que él dirigía).

- Usted es periodista y, sin embargo, siente fobia por las entrevistas.

Sigo teniendo un prejuicio tal vez injusto contra las entrevistas, entendidas como una sesión de preguntas y respuestas donde ambas partes hacen esfuerzos por mantener una conversación reveladora.

Hoy es incontable el número de entrevistas de que he sido víctima a lo largo de cincuenta años y en medio mundo, y todavía no he logrado convencerme de la eficacia del género. Estas deberán considerarse como parte importante de mis obras de ficción, porque solo son eso: fantasías sobre mi vida. En cambio, las considero invaluables, no para publicar, sino como material de base para el reportaje, que aprecio como el género estelar del mejor oficio del mundo.

SUS TRES GRANDES ADICCIONES: FUMAR, LEER Y LAS MUJERES

- Una de sus grandes adicciones de su vida fue el cigarrillo ¿Cómo se inició en este vicio?

Los maestros y condiscípulos que me habían visto siempre como un estudiante retraído empezaron a verme en el quinto año como un poeta maldito heredero del ambiente informal que prosperó en el liceo. ¿No sería para parecerme más a esa imagen por lo que empecé a fumar en el liceo a los quince años? El primer golpe fue tremendo. Pasé media noche agonizando sobre mis vómitos en el piso del baño. Amanecí exhausto, pero la resaca del tabaco, en vez de repugnarme, me provocó unos deseos irresistibles de seguir fumando. Así empecé mi vida de tabaquista empedernido. En el liceo solo estaba permitido fumar en los recreos, pero yo pedía permiso para ir a los orinales dos y tres veces en cada clase, solo por matar las ansias. Así llegué a tres cajetillas de veinte cigarrillos el día, y pasaba de cuatro según el fragor de la noche.

- ¿Algún momento trató de dejar de fumar?

Por la pulmonía me habían prohibido fumar, pero fumaba en el baño como escondido de mí mismo. El médico se dio cuenta y me habló en serio, pero no logré obedecerle. Encendía un cigarrillo con la brasa del otro hasta que ya no podía más, y mientras más trataba de dejarlo más fumaba. Interrumpía las comidas para fumar y quemaba las sábanas por quedarme dormido con el cigarrillo encendido. El miedo de la muerte me despertaba a cualquier hora de la noche, y solo fumando más podía sobrellevarlo, hasta que resolví que prefería morirme a dejar de fumar.

- Pero ahora ya no fuma...

Más de veinte años después, ya casado y con hijos, seguía fumando. Un médico que me vio los pulmones en la pantalla me dijo espantado que dos o tres años después no podría respirar. Una noche cualquiera, durante una cena casual en Barcelona, un amigo siquiatra les explicaba a otros que el tabaco era quizás la adicción más difícil de erradicar. Me atreví a preguntarle la razón, y su respuesta fue de una simplicidad escalofriante.

"Porque dejar de fumar sería para ti como matar a un ser querido".
Fue una deflagración de clarividencia. Nunca supe por qué, ni quise saberlo, pero exprimí en el cenicero el cigarrillo que acababa de encender, y no volví a fumar uno más, sin ansiedad y remordimiento, en el resto de mi vida.

- La lectura fue otra de sus adicciones. ¿Desde cuándo le viene esta afición?

El vicio de leer todo lo que me cayera en las manos ocupaba mi tiempo libre y casi todo el de las clases. A mis dieciséis años, y con buena ortografía o sin ella, podía repetir sin tomar aliento los poemas que había aprendido en el colegio San José. Los leía y releía, sin ayuda ni orden, y casi siempre a escondidas durante las clases. Creo haber leído completa la indescriptible biblioteca del liceo.

- ¿Cómo hacía para leer en clases?

Con el libro abierto sobre las rodillas, y con tal descaro que mi impunidad solo parecía posible por la complicidad de los maestros.

- ¿En sus años de madurez, leía por el placer de la lectura, por adicción o por qué?

Empecé a leer como un auténtico novelista artesanal, no solo por el placer, sino por la curiosidad insaciable de descubrir cómo estaban escritos los libros de los sabios. Los leía primero por el derecho, luego por el revés, y los sometía a una especie de destripamiento quirúrgico hasta desentrañar los misterios más recónditos de su estructura. Por lo mismo, mi biblioteca no ha sido nunca mucho más que un instrumento de trabajo, donde puedo consultar al instante un capítulo de Dostoievski, o precisar un dato sobre la epilepsia de Julio César o sobre el mecanismo de un carburador de automóvil. Tengo, incluso, un manual para cometer asesinatos perfectos, por si lo necesitara alguno de mis personajes desvalidos.

- Las mujeres han sido su otra adicción. Allí están Martina Fonseca, Nigromanta, María Alejandrina Cervantes e incluso la misma Beatriz Barcha, su esposa.

Pienso que mi intimidad con la servidumbre de mi casa pudo ser el origen de un hilo de comunicación secreta que creo tener con las mujeres, y que a lo largo de la vida me ha permitido sentirme más cómodo y seguro entre ellas que entre hombres. También de allí puede venir mi convicción de que son ellas las que sostienen el mundo, mientras los hombres lo desordenamos con nuestra brutalidad histórica.

 
 
 
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