Entrevista
imaginaria: El Gabo en el anecdotario (IV)
Sus inicios en "el mejor
oficio del mundo"
José Villamarín
Carrascal
jvillamarin@uamericas.edu.ec
El periodismo, la lectura,
el cigarrillo, las mujeres... he aquí cuatro de las grandes
aficiones y adicciones de García Márquez (sin tomar
en cuenta, por supuesto, la literatura). En esta entrevista imaginaria,
realizada a partir de su autobiografía Vivir para contarla,
el nobel narra y relata algunos pormenores de estas las otras
facetas de su vida, en cuyos recovecos nos solazamos.
- ¿Cuándo
le entró el embeleco del periodismo?
Nunca había pensado
que llegara a interesarme, hasta cuando Elvira Mendoza, hermana
de Plinio Apuleyo Mendoza, le hizo a la declamadora argentina
Berta Singerman una entrevista de emergencia que me cambió
por completo los prejuicios contra el oficio y me descubrió
una vocación ignorada. Más que una entrevista clásica
de preguntas y respuestas fue una de las más originales
que se publicaron en Colombia.
La sangre fría y el
ingenio con que aprovechó la necedad de la declamadora
para revelar su personalidad verdadera, me puso a pensar en las
posibilidades del reportaje, no como medio estelar de información,
sino mucho más: como género literario. Hoy más
que nunca creo que novela y reportaje son hijos de una misma
madre.
- ¿Cómo fue
su ingreso a El Espectador?
Mi sueño era ser reportero.
Jamás se me hubiera pasado por la mente la ilusión
de ser redactor de planta de El Espectador. Entendía que
publicaran mis cuentos, por la escasez y la pobreza del género
en Colombia, pero la redacción diaria en un vespertino
era un desafío bien distinto para alguien poco curtido
en el periodismo de choque.
Así ingresé como
redactor de planta a El Espectador, donde consumí la mayor
cantidad de papel de mi vida en menos de dos años. Era
una época en la que el oficio no lo enseñaban en
las universidades sino que se aprendía al pie de la vaca,
respirando tinta de imprenta.
Creo que José Salgar
(jefe de redacción) no podía perdonarme que me
desperdiciara en malabarismos líricos, en una país
donde hacían falta tantos reporteros de choque. Yo pensaba,
en cambio, que ningún género de prensa estaba mejor
hecho que el reportaje para expresar la vida cotidiana.
- ¿Cuál fue
su producción periodística de aquella época?
En poco menos de dos años,
publiqué setenta y cinco notas críticas (sobre
cine), unas seiscientas notas editoriales, una noticia firmada
o sin firmar cada tres días, y por lo menos ochenta reportajes
entre firmados y anónimos. Las colaboraciones literarias
se publicaron desde entonces en el "Magazine Dominical",
del mismo periódico, entre ellas varios cuentos.
- ¿Cómo era
su rutina en El Espectador?
En una tarde normal en la redacción
del periódico podía escribir "La Jirafa"
(su columna periodística), un editorial, algunas de mis
tantas informaciones sin firma, condensar un cuento policíaco
y escribir las notas de última hora para el cierre de
Crónica (el semanario que él dirigía).
- Usted es periodista y,
sin embargo, siente fobia por las entrevistas.
Sigo teniendo un prejuicio
tal vez injusto contra las entrevistas, entendidas como una sesión
de preguntas y respuestas donde ambas partes hacen esfuerzos
por mantener una conversación reveladora.
Hoy es incontable el número
de entrevistas de que he sido víctima a lo largo de cincuenta
años y en medio mundo, y todavía no he logrado
convencerme de la eficacia del género. Estas deberán
considerarse como parte importante de mis obras de ficción,
porque solo son eso: fantasías sobre mi vida. En cambio,
las considero invaluables, no para publicar, sino como material
de base para el reportaje, que aprecio como el género
estelar del mejor oficio del mundo.
SUS TRES GRANDES ADICCIONES:
FUMAR, LEER Y LAS MUJERES
- Una de sus grandes adicciones
de su vida fue el cigarrillo ¿Cómo se inició
en este vicio?
Los maestros y condiscípulos
que me habían visto siempre como un estudiante retraído
empezaron a verme en el quinto año como un poeta maldito
heredero del ambiente informal que prosperó en el liceo.
¿No sería para parecerme más a esa imagen
por lo que empecé a fumar en el liceo a los quince años?
El primer golpe fue tremendo. Pasé media noche agonizando
sobre mis vómitos en el piso del baño. Amanecí
exhausto, pero la resaca del tabaco, en vez de repugnarme, me
provocó unos deseos irresistibles de seguir fumando. Así
empecé mi vida de tabaquista empedernido. En el liceo
solo estaba permitido fumar en los recreos, pero yo pedía
permiso para ir a los orinales dos y tres veces en cada clase,
solo por matar las ansias. Así llegué a tres cajetillas
de veinte cigarrillos el día, y pasaba de cuatro según
el fragor de la noche.
- ¿Algún momento
trató de dejar de fumar?
Por la pulmonía me habían
prohibido fumar, pero fumaba en el baño como escondido
de mí mismo. El médico se dio cuenta y me habló
en serio, pero no logré obedecerle. Encendía un
cigarrillo con la brasa del otro hasta que ya no podía
más, y mientras más trataba de dejarlo más
fumaba. Interrumpía las comidas para fumar y quemaba las
sábanas por quedarme dormido con el cigarrillo encendido.
El miedo de la muerte me despertaba a cualquier hora de la noche,
y solo fumando más podía sobrellevarlo, hasta que
resolví que prefería morirme a dejar de fumar.
- Pero ahora ya no fuma...
Más de veinte años
después, ya casado y con hijos, seguía fumando.
Un médico que me vio los pulmones en la pantalla me dijo
espantado que dos o tres años después no podría
respirar. Una noche cualquiera, durante una cena casual en Barcelona,
un amigo siquiatra les explicaba a otros que el tabaco era quizás
la adicción más difícil de erradicar. Me
atreví a preguntarle la razón, y su respuesta fue
de una simplicidad escalofriante.
"Porque dejar de fumar
sería para ti como matar a un ser querido".
Fue una deflagración de clarividencia. Nunca supe por
qué, ni quise saberlo, pero exprimí en el cenicero
el cigarrillo que acababa de encender, y no volví a fumar
uno más, sin ansiedad y remordimiento, en el resto de
mi vida.
- La lectura fue otra de
sus adicciones. ¿Desde cuándo le viene esta afición?
El vicio de leer todo lo que
me cayera en las manos ocupaba mi tiempo libre y casi todo el
de las clases. A mis dieciséis años, y con buena
ortografía o sin ella, podía repetir sin tomar
aliento los poemas que había aprendido en el colegio San
José. Los leía y releía, sin ayuda ni orden,
y casi siempre a escondidas durante las clases. Creo haber leído
completa la indescriptible biblioteca del liceo.
- ¿Cómo hacía
para leer en clases?
Con el libro abierto sobre
las rodillas, y con tal descaro que mi impunidad solo parecía
posible por la complicidad de los maestros.
- ¿En sus años
de madurez, leía por el placer de la lectura, por adicción
o por qué?
Empecé a leer como un
auténtico novelista artesanal, no solo por el placer,
sino por la curiosidad insaciable de descubrir cómo estaban
escritos los libros de los sabios. Los leía primero por
el derecho, luego por el revés, y los sometía a
una especie de destripamiento quirúrgico hasta desentrañar
los misterios más recónditos de su estructura.
Por lo mismo, mi biblioteca no ha sido nunca mucho más
que un instrumento de trabajo, donde puedo consultar al instante
un capítulo de Dostoievski, o precisar un dato sobre la
epilepsia de Julio César o sobre el mecanismo de un carburador
de automóvil. Tengo, incluso, un manual para cometer asesinatos
perfectos, por si lo necesitara alguno de mis personajes desvalidos.
- Las mujeres han sido su otra
adicción. Allí están Martina Fonseca, Nigromanta,
María Alejandrina Cervantes e incluso la misma Beatriz
Barcha, su esposa.
Pienso que mi intimidad con
la servidumbre de mi casa pudo ser el origen de un hilo de comunicación
secreta que creo tener con las mujeres, y que a lo largo de la
vida me ha permitido sentirme más cómodo y seguro
entre ellas que entre hombres. También de allí
puede venir mi convicción de que son ellas las que sostienen
el mundo, mientras los hombres lo desordenamos con nuestra brutalidad
histórica.
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