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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Carlos Suárez Veintimilla, presente

Victor Manuel Guzman Villena
victormanuelguzman@yahoo.com

"Si la realidad te obliga a reinventar la vida", como escribe el poeta asturiano Angel González, varios son los hechos que obligaron a Roberto Morales Almeida a tomar la decisión de escribir sobre "Presencia de Carlos Suárez Veintimilla", quien marcó profundamente una trayectoria vital y literaria. El estudio viene ha constituirse en la más seria investigación de la vida de este sencillo, austero y sensible sacerdote, que siempre se caracterizó por su creatividad en buscar el bienestar de los desposeídos, y por otro en entregar el pan espiritual a través de su creación literaria.
El libro analiza su vida y hace referencias a la poética de Carlos Suárez. Y vemos que la poesía existe. Tal vez no sepamos entenderla, tal vez la vida que llevamos no nos deje sentirla, tal vez la vivamos sin darnos cuenta o dándonos cuenta, tal vez que la poesía existe, así como existe la violencia, lo mismo que existe el amor. Vivimos entre años-oscuridad y años-luz y sin embargo la poesía existe y un día tendremos que comprenderla.
Si desciendes a sus entrañas, verás que el corazón del poeta Suárez Veintimilla es un injerto de desierto y luna. Amigo de la sombra y sus caudales, de la sombra difusa de la muerte, de las maneras de morir al día. Revelarás el triunfo del poeta: de saberse polvo, polvo enamorado de la vida, velando a pensamiento desatados. Vive fuera de sí o muy adentro. Sabe el tamaño exacto de la pena. Conoce el lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. De lumbre en lumbre, en orfandad suprema -hijas de los trigales y las piedras-. Vigilia del asombro detenido, marchándose de prisa sin moverse, estatua en soledad, en estampida. Remontando hacia adentro de la lumbre, entre umbrales, abrojos y neblinas, subterránea fuente al descubierto.
El poeta representa el drama angustioso que se realiza entre el mundo y el cerebro humano, entre el mundo y su representación. El que no haya sentido el drama que se juega entre la cosa y la palabra, no podrá comprenderlo. El poeta conoce el eco de los llamados de las cosas a las palabras, ve los lazos sutiles que se tienden las cosas entre sí, oye las voces secretas que se lanzan unas a otras palabras separadas por distancias inconmensurables. Hace darse la mano a vocablos enemigos desde el principio del mundo, los agrupa y los obliga a marchar en su rebaño por rebeldes que sean, descubre las alusiones más misteriosas del verbo y las condensa en un plano superior, las entreteje en su discurso, en donde lo arbitrario pasa a tomar un rol encantatorio.
El poeta nos tiende la mano para conducirnos más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extiende más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de la vida y de la muerte, más allá del espacio y del tiempo, más allá de la razón y la fantasía, más allá del espíritu y la materia. Allí ha plantado el árbol de sus ojos y desde allí contempla el mundo, desde allí nos habla y nos descubre los secretos del mundo. En tanto que el investigador nos da un caudal de indicios necesarios para conocerlo aún más a nuestro poeta.La poesía se explica sola; si no, no se explica. Todo comentario a una poesía se refiere a elementos circundantes de ella, estilo, lenguaje, sentimientos, aspiración, pero no a la poesía misma. La poesía es una aventura hacia lo absoluto.
BUS

"Señor de mi bus de a dos reales,
te doy gracias porque estoy cansado
y he hallado asiento junto a la ventana
que lame, como un perro amigo, la luz del ocaso.
Si fuera manejando un automóvil,
no pudiera estarme así tranquilo, mirando
los guiños de los letreros luminosos,
los brazos estirados/ de la ciudad que bosteza,
los ojos fijos y duros de los autos,
las pupilas veladas de la gente cansada,
la mano gris de la tarde sobre el paisaje despintado.
Aquí adentro, los pobres, con la tarde en los ojos
vamos un poco apretados;
una mujer con la canasta vacía
y una sombra de ausencia en los ojos helados;
la sonrisa de una niña
-sobre tanta cosa marchita, ¡rosa de milagro!-
¡Cierro los ojos y pienso!
que te tengo a mi lado cuando viajo,
olvidado de que eres Dios, para sentarte
junto a mí, como hermano.
Pero hoy me cuesta trabajo descubrirte
en el que va junto a mí, un poco borracho
pero tranquilo y silencioso,
las manos juntas y los ojos bajos;
me cuesta prescindir, para sentirte, del vago olor del trago.
Pero, al fin, en la penumbra
del bus, tu rostro poco a poco se va iluminando;
y te veo a través de la pobreza
del dolor de los ojos fatigados, de la vieja camisa de marca inglesa,
de los callos que ennoblecen esas manos.
Él ha alzado la frente;
nos vemos, nos entendemos sin hablarnos.
Tengo que bajarme en la próxima parada:
como te agradezco por haber viajado
por dos reales, los dos
¡juntos, cómo dos hermanos!."

El autor

 
 
 
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