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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

La catarsis de José Hernández

A propósito del machismo/feminismo

Efraín Villacís

'Nadie sabe lo de nadie' se repite cuando alguien pretende juzgar a otro, o cuando se entera de algo que se creía imposible en aquel. Quién pudiera conocer al otro, más y mejor, profundamente, para amarlo de verdad y sin condiciones, nadie. En realidad es al revés, o eso parece, a mayor conocimiento, mayor la decepción, preferimos la soledad o la resignación, gracias al autoengaño, que es uno de los eufemismos de la cobardía y de la acidia también. O, valga la ironía, todos sabemos lo de todos y por eso juzgamos tan fácilmente, en apariencia, gracias a que compartimos las mismas iniquidades y virtudes; seres de la misma especie con diferencia de género, experiencias, temperamentos, calenturas y aspavientos.
Ana ­dama virtual, profesional y bella, podría ser fea y ama de casa real, o viceversa- es una feminista que defiende, en la práctica, la lucha de la mujer por ganar más espacios cada día en un mundo manejado por hombres, cuyo 99% somos machistas abusivos, pretenciosos, incoherentes y faltos de cerebro; por tal hecho el mundo anda ­si es que lo hace- como anda, de mal en peor. La mujer a lo largo del siglo XX ha luchado tanto que viene consiguiendo a grandes pasos la cuotas de poder, producción y derechos debido a su tenacidad, inteligencia y talento en las bregas cotidianas frente a los hombres; tanto es así que ahora está de moda la publicación de artículos, escritos paradójicamente por mujeres, que dicen que damas profesionales de altísimo nivel, están volviendo al hogar, a criar a sus a hijos, al círculo doméstico que ha estipulado la madre naturaleza para la mujer. Esto, dice Ana, no es más que el pataleo de los machos que se defienden, como gatos panza arriba, ante la supremacía femenina.
Manuel ­caballero profesional y de buen porte, podría ser un 'guiñapo' enano y albañil- dice que la igualdad de derechos es letra muerta en todos los sentidos y en todas las épocas en las cuales se haya planteado su validez y que el feminismo como el machismo, con las distancias del caso y de género, sólo son las disculpas de los cobardes o la retórica de los oportunistas; casi siempre el individuo, hombre o mujer, termina adaptándose a lo que le conviene o uniéndose con lo que no puede irse en contra. Que más allá de las protestas y luchas por cualquiera de esos ismos, incluyendo al ecologismo y otras lides, lo importante será la lucha por una especie en extinción que es la humana porque cada grupo defiende su trinchera olvidándose que son parte de un todo. La lucha debe ser por una supervivencia más justa entre los seres humanos en un planeta donde ya no queda espacio ni para enterrarnos. Concluye que los resentidos sociales existen desde el principio de los tiempos, con buenas o malas razones, y que sin duda se debe a que la historia ha sido escrita por hombres pero el supuesto de que lo hubieran hecho las mujeres o lo empiecen a hacer desde ahora no pasa de ser un albur, una esperanza ciega como cada día que empieza. O semejante a aquella premisa de que todo lo bueno que les sucede a los seres humanos viene del creador y todo lo malo de sí mismos.
La feminista señora manifiesta que los hombres y mujeres seremos iguales al reconocer que no lo somos, es decir que el ser humano será libre cuando acepte que no lo es, curvas más, giros menos. Pero que sólo a un machista fanático se le puede ocurrir que el feminismo es letra muerta y compararlo con el machismo, o que la lucha por los derechos humanos, los árboles o ballenas, la pobreza sean luchas ínfimas. Prefiere que exista gente que proteste y luche por esas y otras razones porque el no hacerlo es muestra de la inicua indiferencia en la que viven quienes detentan el poder. Al único tipo de hombre que acepta esta dama es aquel que se declara feminista.
Ficción o no, a mi modo de leer, José Hernández se declara feminista en su última publicación: De seis a seis (Paradiso editores), entregada como novela "que sorprende por su intensidad, su penetración sicológica de la mujer y su capacidad para poner en escena los conflictos del amor posmoderno" vaya usted y lea, bemoles hay y muchos. José Saramago sostiene que un escritor debe estar tan comprometido con lo social como con la literatura. En lo social se ubica Hernández con su obra, centrada en la problemática de la mujer actual, el amor, el matrimonio, el feminismo, machismo... que le son inherentes a la mujer, no sólo por género, sino por su condición de ser humano.
En el plano de la ficción todo es posible con todos los imposibles que la realidad provee, pero esos 'posibles' tienen que ser verosímiles dentro de un universo creado y, los 'reales imposibles' deben ser manejados con talento gracias al arduo trabajo de construcción con el lenguaje, por parte del autor, para dar a un texto la forma de novela, para que los lectores podamos creer en ella.
"De seis a seis" es un monólogo torrencial, atiborrado, de ideas, conceptos, protestas, proclamas en la voz de una dama sexagenaria quien, más que narrar su vida, da cuenta de sus impresiones, elucubraciones y resentimientos sociales ante una existencia vacua, salpicados de sumarias anécdotas puntuales. A lo largo de esta incontenible confesión, con chispazos inteligentes, la dama da pistas intelectuales, cronológicas y hasta sugerencias de lectura entre líneas y guiños accesorios a un interlocutor mudo ­no opina en toda la obra-, un estudiante de periodismo, contratado para cuidar a un enfermo terminal ­inválido-, marido de la protagonista y motivo básico de su larga diatriba.
El periodista y editor colombiano ­residente en el Ecuador- José Hernández justifica el monólogo "De seis a seis" como una novela porque supone el relato de algo más de cuatro décadas de la vida de una mujer, producto de su resentimiento por lo vivido con un hombre imposible y culpable de todos sus infortunios. La dama debe gritar todo aquello que se le anuda en la garganta, no es posible un monólogo interior, debe sacarlo todo afuera. Hernández resuelve el dilema de la señora poniéndole delante a un joven, todo orejas, con capacidad de cinta magnetofónica, que le escucha espantado y sin rechistar. Ante la sorpresa de la queja, el personaje sin gracia, entrega el monólogo memorizado y transcrito a una editorial mediante una carta -que no hace ninguna gracia, aunque la pida- que da paso a la propuesta literaria del autor.
Este recurso de contar lo escuchado, o dar a la luz un manuscrito encontrado, ha sido manoseado o manejado con maestría desde hace mucho. Su validez está en la verosimilitud de la historia que se propone y de la capacidad recursiva del autor en la recreación de su relato, evitando que el recurso sea un defecto. Hernández se sacó el clavo de la narrativa demasiado rápido, es decir, su texto tiene muchas posibilidades de ser una novela ­aunque se me dirá que con los experimentalismos actuales y renovaciones estilísticas, cualquier cosa puede ser una novela, donde entre ensayo, poesía, crónica y un largo etc.-. El texto entregado a los lectores es una represa con un caudal que sobrepasa su capacidad y no hay quien la desfogue para evitar su colapso.
"De seis a seis" es un conjunto de buenas ideas, de interesantes protestas sociales, una valiente defensa de la mujer, la valiosa catarsis de un periodista, preocupado por la crisis social en la que vivimos, quien, ante la falta de libertad de expresión o de espacios para hacerlo, termina diciéndonos todo de una vez, maniqueo ­hombre o mujer, blanco o negro-, sin rigor literario pues el discurso narrativo debe defenderse en sí mismo sin el apoyo de terceros, un sistema social o nicho comercial, porque eso es otra cosa. Podría ser un ensayo, es una buena diatriba a la actualidad, está bien escrito con algún acierto en el manejo coloquial de la única voz, pero novela no es.

 
 
 
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