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Geodesias
y geopolíticas del siglo XVII
La polémica anglo-francesa
que se resolvió en Quito
Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec
En las primeras décadas
del siglo 18, la revolución científica se produjo
en medio de la presencia de antiguos métodos de observación
y, concomitantemente, junto al aparecimiento de nuevos instrumentos
de medida que, además, dieron como resultado el nacimiento
de la geografía, cuya precisión estuvo en consonancia
con las exigencias que planteaban los descubrimientos ultramarinos
y las expectativas que provenían de las actividades comerciales
que, entonces, se desarrollaban en el sistema económico
mundial.
En este entorno, también, se fue consolidando la geografía
científica, amparada en el prestigio de la astronomía
y de las matemáticas, alcanzando de esta manera autonomía
creciente, de tal suerte que pudo redefinir sus objetivos científicos
en torno a un programa de delimitación de perfiles y fronteras
con relación a las otras ciencias.
Fue en ese contexto cuando se alimentaron las exigencias, provenientes
desde las políticas estatales, respecto del levantamiento
de mapas y planos que permitiesen conocer las características
de los territorios y definir adecuadamente sus fronteras, las
posibilidades de comunicación con los "nuevos mundos",
así como el entendimiento cabal de las singularidades
de sus riquezas y recursos en la perspectiva de los intereses
comerciales. La geodesia y la astronomía náutica
fueron, así, -y debido a los requerimientos del poder-,
constituyéndose en técnicas sofisticadas de los
"saberes" geográficos que intentaban llenar
las aspiraciones de las metrópolis ávidas de conocer,
en suma, cuáles constituían sus territorios, cómo
llegar a ellos y con qué riquezas podían contar.
En medio de esos avances, la geografía y la astronomía
propiciaron una de las polémicas más trascendentes
de la humanidad, la misma que se desarrolló entre 1730
y 1740, teniendo como contendores de tan singular pleito a las
Academias de Ciencias de París y de Londres. Aquella polémica
versó sobre las tesis de Newton y de Huigens respecto
a la figura que supuestamente poseía la Tierra. Debido
a ello el debate central -debate apasionado-, se focalizó,
entonces, en las tesis de Newton y de Descartes. De esa forma,
las Academias de Londres, -cuyo núcleo científico
había propuesto la iniciativa de la discusión-,
y la de París emprendieron una confrontación que
buscaría su posterior dilucidación mediante viajes
de reconocimiento de la Tierra y de mediciones de ella a través
del uso de nuevos instrumentos que había logrado producir
la ciencia de la época.
Dichas contradicciones en litigio, tomaron cuerpo hacia 1730,
quedando efectivamente confrontados los seguidores de Newton
y de Descartes. Fue en Francia, sin embargo, donde los científicos
se mostraron más combativos. En esa línea sobresalieron
las figuras de Clairut, Maupertis y La Condamine. La Academia
de París, de esta manera y en este entorno, asumió
un enorme compromiso y curiosidad por el conocimiento del mundo,
además del afán por el estudio de sus singularidades
antropológicas y etnográficas, así como
por el propósito de aprehender sus particularidades naturales.
En 1733 la Academia de París aprobó la expedición
hacia América, transformándose dicha actividad
en una empresa científica estatal sobre la que España
y Francia combinaron sus intereses. Por un lado estuvo el proyecto
del Galo Luis Godin para medir un grado del meridiano en las
proximidades del Ecuador, asunto que se pondría en marcha
con el pleno respaldo del régimen francés, en tanto
la Corona Española, de otra parte, al acceder que en sus
territorios americanos se efectuase tal investigación,
aprovecharía, -gracias al acompañamiento oficial
que ofreció a los científicos-, para actualizar
el inventario de bienes y el estudio de las riquezas en sus colonias,
a más de emplear el desplazamiento para instruir a sus
súbditos sobre una serie de medidas dirigidas fundamentalmente
a recuperar el control administrativo, político y económico
sobre los territorios y poblaciones americanas que, para ese
entonces, le comenzaban a ser esquivos.
Por ello en 1734 la investigación que efectuarían
los franceses fue aprobada por España, cuya estructura
monárquica designó a Jorge Juan y Antonio de Ulloa
para que acompañasen a la Misión Geodésica
en su viaje, el mismo que ocurrió, finalmente, entre 1736
y 1743. El desplazamiento de la misión se produjo, asimismo,
como corolario de lo que ocurrió a comienzos del siglo
18 en Europa, cuando la ciencia se constituyó en una actividad
cuyos niveles de integración social y vertebración
institucional fueron escasos y en ese contexto las personas dedicadas
a la investigación y a la ciencia, de manera profesional,
conformaron círculos muy reducidos y de élite,
a los cuales el resto de la sociedad los reconoció como
núcleos de académicos que, en más de una
oportunidad, estuvieron articulados a las estructuras del poder.
Cuando los geodésicos arribaron a la Presidencia de Quito
en 1736, los expedicionarios, también, contribuyeron a
que se abrieran espacios de conocimiento y aprendizaje entre
determinados círculos de la población, legitimando
las inquietudes culturales de algunos criollos de la época
y alimentando, además, las necesidades científicas
locales. Su trabajo fue tesonero y el cumplimiento de su objetivo
central se cumplió históricamente de manera adecuada.
No obstante valga decir, con esta oportunidad, que el rol de
los mentalizadores del proyecto y líderes de la expedición
geodésica como Godin y La Condamine, han sido importantemente
estudiados, no habiendo ocurrido lo propio respecto de la participación
de los otros miembros que, por el protagonismo adquirido por
los jefes de la misión, se los ha mantenido en un bajo
perfil en la historiografía de la misión geodésica.
Esta deuda debe ser saldada por los investigadores e historiadores
nacionales, tanto más que hombres de la misión
como Hugot y Morainville se quedaron y murieron en nuestra Patria,
en la cual su tesonero esfuerzo estuvo al servicio de la investigación
habiendo contribuido, así, a la construcción de
la identidad cultural del hombre ecuatoriano.
De esta manera, la famosa polémica Anglo-Francesa del
siglo 18 que he referido en estas líneas, se constituyó
en el antecedente para que fuésemos visitados por talentosos
investigadores franceses cuyo recuerdo ya no solo puede estar
expresado en la piedra y el granito, sino en el conocimiento
pormenorizado que nuestra sociedad debe tener de sus actividades
y de sus contribuciones científicas, recuperando en la
memoria histórica el quehacer individual que cada uno
de ellos cumplió en una de las más formidables
tareas al servicio del género humano.
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