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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Geodesias y geopolíticas del siglo XVII

La polémica anglo-francesa que se resolvió en Quito

Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec

En las primeras décadas del siglo 18, la revolución científica se produjo en medio de la presencia de antiguos métodos de observación y, concomitantemente, junto al aparecimiento de nuevos instrumentos de medida que, además, dieron como resultado el nacimiento de la geografía, cuya precisión estuvo en consonancia con las exigencias que planteaban los descubrimientos ultramarinos y las expectativas que provenían de las actividades comerciales que, entonces, se desarrollaban en el sistema económico mundial.
En este entorno, también, se fue consolidando la geografía científica, amparada en el prestigio de la astronomía y de las matemáticas, alcanzando de esta manera autonomía creciente, de tal suerte que pudo redefinir sus objetivos científicos en torno a un programa de delimitación de perfiles y fronteras con relación a las otras ciencias.
Fue en ese contexto cuando se alimentaron las exigencias, provenientes desde las políticas estatales, respecto del levantamiento de mapas y planos que permitiesen conocer las características de los territorios y definir adecuadamente sus fronteras, las posibilidades de comunicación con los "nuevos mundos", así como el entendimiento cabal de las singularidades de sus riquezas y recursos en la perspectiva de los intereses comerciales. La geodesia y la astronomía náutica fueron, así, -y debido a los requerimientos del poder-, constituyéndose en técnicas sofisticadas de los "saberes" geográficos que intentaban llenar las aspiraciones de las metrópolis ávidas de conocer, en suma, cuáles constituían sus territorios, cómo llegar a ellos y con qué riquezas podían contar.
En medio de esos avances, la geografía y la astronomía propiciaron una de las polémicas más trascendentes de la humanidad, la misma que se desarrolló entre 1730 y 1740, teniendo como contendores de tan singular pleito a las Academias de Ciencias de París y de Londres. Aquella polémica versó sobre las tesis de Newton y de Huigens respecto a la figura que supuestamente poseía la Tierra. Debido a ello el debate central -debate apasionado-, se focalizó, entonces, en las tesis de Newton y de Descartes. De esa forma, las Academias de Londres, -cuyo núcleo científico había propuesto la iniciativa de la discusión-, y la de París emprendieron una confrontación que buscaría su posterior dilucidación mediante viajes de reconocimiento de la Tierra y de mediciones de ella a través del uso de nuevos instrumentos que había logrado producir la ciencia de la época.
Dichas contradicciones en litigio, tomaron cuerpo hacia 1730, quedando efectivamente confrontados los seguidores de Newton y de Descartes. Fue en Francia, sin embargo, donde los científicos se mostraron más combativos. En esa línea sobresalieron las figuras de Clairut, Maupertis y La Condamine. La Academia de París, de esta manera y en este entorno, asumió un enorme compromiso y curiosidad por el conocimiento del mundo, además del afán por el estudio de sus singularidades antropológicas y etnográficas, así como por el propósito de aprehender sus particularidades naturales.
En 1733 la Academia de París aprobó la expedición hacia América, transformándose dicha actividad en una empresa científica estatal sobre la que España y Francia combinaron sus intereses. Por un lado estuvo el proyecto del Galo Luis Godin para medir un grado del meridiano en las proximidades del Ecuador, asunto que se pondría en marcha con el pleno respaldo del régimen francés, en tanto la Corona Española, de otra parte, al acceder que en sus territorios americanos se efectuase tal investigación, aprovecharía, -gracias al acompañamiento oficial que ofreció a los científicos-, para actualizar el inventario de bienes y el estudio de las riquezas en sus colonias, a más de emplear el desplazamiento para instruir a sus súbditos sobre una serie de medidas dirigidas fundamentalmente a recuperar el control administrativo, político y económico sobre los territorios y poblaciones americanas que, para ese entonces, le comenzaban a ser esquivos.
Por ello en 1734 la investigación que efectuarían los franceses fue aprobada por España, cuya estructura monárquica designó a Jorge Juan y Antonio de Ulloa para que acompañasen a la Misión Geodésica en su viaje, el mismo que ocurrió, finalmente, entre 1736 y 1743. El desplazamiento de la misión se produjo, asimismo, como corolario de lo que ocurrió a comienzos del siglo 18 en Europa, cuando la ciencia se constituyó en una actividad cuyos niveles de integración social y vertebración institucional fueron escasos y en ese contexto las personas dedicadas a la investigación y a la ciencia, de manera profesional, conformaron círculos muy reducidos y de élite, a los cuales el resto de la sociedad los reconoció como núcleos de académicos que, en más de una oportunidad, estuvieron articulados a las estructuras del poder.
Cuando los geodésicos arribaron a la Presidencia de Quito en 1736, los expedicionarios, también, contribuyeron a que se abrieran espacios de conocimiento y aprendizaje entre determinados círculos de la población, legitimando las inquietudes culturales de algunos criollos de la época y alimentando, además, las necesidades científicas locales. Su trabajo fue tesonero y el cumplimiento de su objetivo central se cumplió históricamente de manera adecuada.
No obstante valga decir, con esta oportunidad, que el rol de los mentalizadores del proyecto y líderes de la expedición geodésica como Godin y La Condamine, han sido importantemente estudiados, no habiendo ocurrido lo propio respecto de la participación de los otros miembros que, por el protagonismo adquirido por los jefes de la misión, se los ha mantenido en un bajo perfil en la historiografía de la misión geodésica. Esta deuda debe ser saldada por los investigadores e historiadores nacionales, tanto más que hombres de la misión como Hugot y Morainville se quedaron y murieron en nuestra Patria, en la cual su tesonero esfuerzo estuvo al servicio de la investigación habiendo contribuido, así, a la construcción de la identidad cultural del hombre ecuatoriano.
De esta manera, la famosa polémica Anglo-Francesa del siglo 18 que he referido en estas líneas, se constituyó en el antecedente para que fuésemos visitados por talentosos investigadores franceses cuyo recuerdo ya no solo puede estar expresado en la piedra y el granito, sino en el conocimiento pormenorizado que nuestra sociedad debe tener de sus actividades y de sus contribuciones científicas, recuperando en la memoria histórica el quehacer individual que cada uno de ellos cumplió en una de las más formidables tareas al servicio del género humano.

 
 
 
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