La fotografía,
prolongación de nuestro YO
Víctor Manuel Guzmán
Villena
Gracias al invento de la fotografía,
podría decirse que no morimos del todo. Gracias a ella
nuestra imagen perdura en unos papeles o cartones, más
o menos resitentes, o en el disco duro resultado de una cámara
digital, que con el paso del tiempo permite reconstruir nuestra
peripecie persona.
Según las ocasiones,
aparecemos en blanco y negro o en color, con cara de ángel
o de delincuente común, aniñados o envejecidos.
Alguien escribió que los mejores y más objetivos
biógrafos son los álbumes de fotografías
familiares.
Por los demás, dichos
álbumes, según sea nuestra edad cronológica,
podrían calificarse de activos cementerios, puesto que
la mayoría de las personas que figuran en ellos han desaparecido.
Su ventaja consiste en que nos permiten reencontrar, tal como
fueron, a nuestros padres , a nuestros abuelo, a nuestros bisabuelos.
Los ahora chicos pueden retroceder más aún y establecer
toda suerte de paralelismos en torno a los caprichos y los saltos
de de la genética.
Un amigo mío descubrió
hace poco que con solo dejarse el bigote y la barba era la viva
estampa de uno de sus antepasados maternos, muy famoso en la
política liberal de antaño en nuestro país.
El cine, por su parte -y lo
mismo cabe decir de la televisión- introducen en otra
dimensión. ahí ya no se trata de la fotografía
estática, sino del ser humano en movimiento, con sus características
posturales.
Hasta un determinado momento
el cine servía para perpetuar la imagen de lso artistas
que aparecían en él; de un tiempo a esta parte
proliferan pro doquier las cámaras domésticas,
donde gracias a ellas nosotros morimos menos aún. A mayor
abundamietnto, la radio, los discos, las cintas magnetofónicas,
los CD perpetúan nuestra voz.
Realidades, todas ellas, que
denotan una consciente intención de pellizcar la inmortalidad,
aunque el sujeto no pueda ser testigo del hecho.
"Nos prolongamos en nuestros
hijos y en nuestras obras", se decía antaño;
pero, he aquí que el ingenio humano ha encontrado fórmulas
menos alegóricas, más eficaces: lo que se prolonga
es nuestra propia identidad.
Ojalá hubieran existido
al fotografía, el cine y el vídeo en la época
de los patriarcas bíblicos, de los filósofos griegos,
de los conquistadores romanops o en nuestro caso de los Incas,
Mayas o Aztecas. en la época de Buda, Confucio, Cristo
o Mahoma. De los compositores como Bach y Mozart, de los pintores
como Miguel Angel o el Greco.
Las esculturas y el pincel
nos han legado el rostro o el cuerpo entero de esos prohombres
que marcaron una época o cambiaron el ritmo de la historia;
pero de la mayoría de ellos no tenemos el menor apunte
válido. A lo sumo, contamos con alguna que otra descripción
escrita, más o menos aduladora o hagiográfica,
sin la menor veracidad. Y, por supuesto, su movimientos están
vedados, así como el color y el brillo de la mirada.
¡La mirada¡ dato
fundamental. ¿Cómo eran los ojos de Jesús?
¿Qué rayos despedían los ojos de Calígula
y de Galileo Galilei? También son fundamentalmente la
manera de asombrase y la manera de caminar.
En cierto sentido podríamos
afirmar que la auténtica historia de los grandes personajes
empieza con la aparición de la fotografía y del
cine. Lo anterior es oscurantismo, especulación. Nadie
puede demostrar la realidad de los acontecimientos. Nadie puesde
demostrar siquiera que quienes protagonizaron las antiguas hazañas
existieron verdaderamente; podría muy bien tratarse de
legendarias encarnaciones llevadas a cabo por el pueblo llano
o por los jefes tribales del momento.
La fotografía y el cine
son fenómenos capitales, que lo mismo nos acercan a lo
infinitamente grande que a lo infinitamente pequeño. Gracias
a uno y otro sabemos algo de la piel de las serpientes o del
plumaje de las aves, y al propio tiempo de las manchas del sol
o de la superficie de Venus. Y de nuestro mundo intestinal.
De todo lo dicho podría
inferirise que desde que inventaron la fotografía y el
cine no solo no morimos del todo, sino que vivimos un tanto desnudos
y a merced del oportunista de turno.
Por fortuna, la ventajas compensan
con creces. Tales inventos, al permitirnos reconstruir nuestra
peripecie personal, nos presta un señalado servicio: son
espejos de carácter retroactivo.
Podemos vernos en pañales;
vestidos para la primera comunión; en el colegio; haciendo
el servicio militar; embobados con nuestro primer amor, recibiéndonos
de profesionales; entrando a la etapa de los serios, o, luego,
al volante de nuestro pirmer vehículo, nuestra primera
mesa de trabajo y de nuestra primera secretaria.
Todo un mundo de recuerdos
-propios y ajenos- que, a lo mejor, se habrían perdido
para siempre.
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