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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

La fotografía, prolongación de nuestro YO

Víctor Manuel Guzmán Villena

Gracias al invento de la fotografía, podría decirse que no morimos del todo. Gracias a ella nuestra imagen perdura en unos papeles o cartones, más o menos resitentes, o en el disco duro resultado de una cámara digital, que con el paso del tiempo permite reconstruir nuestra peripecie persona.

Según las ocasiones, aparecemos en blanco y negro o en color, con cara de ángel o de delincuente común, aniñados o envejecidos. Alguien escribió que los mejores y más objetivos biógrafos son los álbumes de fotografías familiares.

Por los demás, dichos álbumes, según sea nuestra edad cronológica, podrían calificarse de activos cementerios, puesto que la mayoría de las personas que figuran en ellos han desaparecido. Su ventaja consiste en que nos permiten reencontrar, tal como fueron, a nuestros padres , a nuestros abuelo, a nuestros bisabuelos. Los ahora chicos pueden retroceder más aún y establecer toda suerte de paralelismos en torno a los caprichos y los saltos de de la genética.

Un amigo mío descubrió hace poco que con solo dejarse el bigote y la barba era la viva estampa de uno de sus antepasados maternos, muy famoso en la política liberal de antaño en nuestro país.

El cine, por su parte -y lo mismo cabe decir de la televisión- introducen en otra dimensión. ahí ya no se trata de la fotografía estática, sino del ser humano en movimiento, con sus características posturales.

Hasta un determinado momento el cine servía para perpetuar la imagen de lso artistas que aparecían en él; de un tiempo a esta parte proliferan pro doquier las cámaras domésticas, donde gracias a ellas nosotros morimos menos aún. A mayor abundamietnto, la radio, los discos, las cintas magnetofónicas, los CD perpetúan nuestra voz.

Realidades, todas ellas, que denotan una consciente intención de pellizcar la inmortalidad, aunque el sujeto no pueda ser testigo del hecho.

"Nos prolongamos en nuestros hijos y en nuestras obras", se decía antaño; pero, he aquí que el ingenio humano ha encontrado fórmulas menos alegóricas, más eficaces: lo que se prolonga es nuestra propia identidad.

Ojalá hubieran existido al fotografía, el cine y el vídeo en la época de los patriarcas bíblicos, de los filósofos griegos, de los conquistadores romanops o en nuestro caso de los Incas, Mayas o Aztecas. en la época de Buda, Confucio, Cristo o Mahoma. De los compositores como Bach y Mozart, de los pintores como Miguel Angel o el Greco.

Las esculturas y el pincel nos han legado el rostro o el cuerpo entero de esos prohombres que marcaron una época o cambiaron el ritmo de la historia; pero de la mayoría de ellos no tenemos el menor apunte válido. A lo sumo, contamos con alguna que otra descripción escrita, más o menos aduladora o hagiográfica, sin la menor veracidad. Y, por supuesto, su movimientos están vedados, así como el color y el brillo de la mirada.

¡La mirada¡ dato fundamental. ¿Cómo eran los ojos de Jesús? ¿Qué rayos despedían los ojos de Calígula y de Galileo Galilei? También son fundamentalmente la manera de asombrase y la manera de caminar.

En cierto sentido podríamos afirmar que la auténtica historia de los grandes personajes empieza con la aparición de la fotografía y del cine. Lo anterior es oscurantismo, especulación. Nadie puede demostrar la realidad de los acontecimientos. Nadie puesde demostrar siquiera que quienes protagonizaron las antiguas hazañas existieron verdaderamente; podría muy bien tratarse de legendarias encarnaciones llevadas a cabo por el pueblo llano o por los jefes tribales del momento.

La fotografía y el cine son fenómenos capitales, que lo mismo nos acercan a lo infinitamente grande que a lo infinitamente pequeño. Gracias a uno y otro sabemos algo de la piel de las serpientes o del plumaje de las aves, y al propio tiempo de las manchas del sol o de la superficie de Venus. Y de nuestro mundo intestinal.

De todo lo dicho podría inferirise que desde que inventaron la fotografía y el cine no solo no morimos del todo, sino que vivimos un tanto desnudos y a merced del oportunista de turno.

Por fortuna, la ventajas compensan con creces. Tales inventos, al permitirnos reconstruir nuestra peripecie personal, nos presta un señalado servicio: son espejos de carácter retroactivo.

Podemos vernos en pañales; vestidos para la primera comunión; en el colegio; haciendo el servicio militar; embobados con nuestro primer amor, recibiéndonos de profesionales; entrando a la etapa de los serios, o, luego, al volante de nuestro pirmer vehículo, nuestra primera mesa de trabajo y de nuestra primera secretaria.

Todo un mundo de recuerdos -propios y ajenos- que, a lo mejor, se habrían perdido para siempre.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador