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Un
hombre muerto a puntapiés: la mordacidad de una investigación
Efraín Villacís
Titulares de prensa truculentos,
extraños, hilarantes nos llaman la atención y dejamos
de lado cualquier cosa para leer el contenido del artículo.
Mucho más si vienen acompañados de fotografías
tan concluyentes que explican más que el texto mismo.
Muchos hombres y mujeres, socialmente, manifestamos nuestro pundonor
y negamos la inclinación intelectual o física hacia
ciertos actos cometidos por otros individuos. Esto no quiere
decir que todos deseemos lo extraño y oculto aunque la
mayoría tenemos secretos fetiches o anhelos que, posiblemente,
nunca se practicarán o saldrán a la luz. Todavía
no es tan natural el andar exponiendo públicamente las
llamadas desviaciones que sólo pertenecen a la intimidad
de cada uno.
En 1927, Pablo Palacio publicó 'Un hombre muerto a puntapiés'.
Texto muy conocido por nosotros y también citado, aunque
muchos no lo hayan leído en realidad. Mucho se ha comentado
y escrito alrededor de este cuento y de la obra palaciana, en
especial del volumen homónimo que contiene varios de los
mejores textos de toda la obra del escritor lojano.
Le preguntaban a una escritora, qué era, dentro de lo
cotidiano, lo que más le hacía reír. Ella
contestó que era muy clásica: la cáscara
del plátano; no podía contener la carcajada cuando
era testigo de la caída accidental de alguien gracias
al resbalón por la corteza inoportuna u otra similar.
El sentido del humor es muy extraño y diferente según
la región y los individuos. El narrador de 'Un hombre
muerto a puntapiés' luego de permitirnos leer la crónica
roja del Diario de la tarde acerca de la muerte de un tal Ramírez,
nos manifiesta que no pudo evitar reír ante tan gracioso
hecho: un hombre asesinado a patadas. El personaje es un cínico,
parece no importarle el hecho de la muerte y los medios de ejecución,
sino el conocimiento intelectual de las razones que motivaron
tal suceso.
Obsesionado, decide por su cuenta resolver un crimen al cual
no le une ningún lazo aparente, excepto el deseo casi
morboso de conocer las motivaciones de tal crimen, a causa, por
supuesto, de su tácita predilección intelectual
por lo abyecto. Quizás algún lector habrá
visto en televisión la serie norteamericana 'Escena del
crimen', donde el personaje más logrado es el jefe del
equipo de investigadores, quien tiene una obsesión por
el crimen, según él por la búsqueda de la
verdad, encontrar al culpable y hacer justicia, no obstante en
el desarrollo de los capítulos nos percatamos que, más
que la verdad y la justicia, al científico investigador,
lo que lo mueve es la parte oscura e insondable del ser humano
que le obliga a cometer ciertas atrocidades; y otros detalles
como el descubrir en sí mismo sus propios límites.
El epígrafe de este cuento son dos frases entrecomilladas:
una interrogación acerca de proliferación de vulgares
eventos callejeros y una sentencia que es un reclamo a la indiferencia
general ante la decadencia de los seres humanos. La nota de prensa
con que se inicia el relato es un guiño del autor al entregarnos
un perfecto, en el sentido literario, texto informativo acerca
de un deleznable asesinato. El narrador ya devenido en detective,
no sólo que investiga con cierta prolijidad los entretelones
del crimen sino que adquiere una personalidad detectivesca digna
de mejor causa con un humor nada fino, frontal, para desenmascarar
tanto al lector como al mismo personaje.
El narrador nos habla de deducción e inducción
y nos remite a Aristóteles y Bacon; un quiebre irónico
e intelectual al lector porque lo más cercano a la literatura
y al humor mismo del relato está directamente relacionado
con los detectives Augusto Dupin de Allan Poe y Sherlock Holmes
de Conan Doyle. La deducción es atributo de los dos, pero
la inducción le corresponde más al francés
como la pipa y el ceño fruncido al inglés. La muerte
es tan ridícula que en muchas ocasiones provoca risa:
cuántos no hemos visto sorprendentes videos caseros, por
televisión, donde los protagonistas, sin ser actores,
sufren 'accidentes', tan hilarantes como atroces, que en la risa
o el morbo se nos queda la imagen del ridículo, no sus
consecuencias.
Nuestro personaje con pose de adusto e inteligente detective
inicia las investigaciones analizando la crónica de prensa
con humorísticos clisés acerca de los límites
de su ignorancia para abordar con eficacia la indagación.
La frase 'era vicioso' brota como un rótulo fluorescente
en la relectura del artículo. Induce primero ante los
posibles vicios sociales de los hombres y luego deduce y determina
el vicio. No nos dice de qué tipo es, pero todos sabemos
a cual se refiere. Más, para la época en que fue
escrito el relato, hablar del vicio de la sodomía era
un asunto del antiguo testamento y del diablo, nada que tenga
que ver con la creyente feligresía de la ciudad, aunque
entre sus miembros existieran 'viciosos' que todos no quieren
ver ni aceptar para evitar un posible contagio.
Convencido de lo acertado de su deducción, el detective
se emociona y decide llegar a las últimas consecuencias
aunque se encuentra en un callejón sin salida por falta
de información al respecto. Será el Comisario de
turno quien le entregará unas fotografías del cadáver
y que serán, luego de observadas y dibujadas una y otra
vez, el resorte que resuelva el crimen desde la mente inductiva
del detective y de la deducción a partir de hechos similares
conocidos por el narrador. La razón que le mueve a descubrir
las motivaciones del crimen es la curiosidad; la necesidad de
conocer la maquinaria que moviliza los bajos instintos del hombre:
una simple afición como otra cualquiera. Sin embargo dirá
que lo único que le interesa es la justicia, mordaz aseveración
que busca burlarse de los adalides de la diosa ciega y de los
hipócritas y oportunistas.
La cara destrozada del difunto Ramírez es transformada
a través del dibujo para darle una imagen anterior a la
de la muerte. Reconstrucción de facciones que va armando
la historia, costumbres y vicios del victimado. Al dibujo del
rostro lo complementa con un busto, imaginado, débil,
coherente con la vida ignominiosa del individuo. Qué fascinación
y alegría causa ir armando la imagen de un hombre sórdido
y componer su tránsito terrible por el mundo. Sólo
un ser infrahumano merecería morir como Ramírez
porque otras posibles razones justificarían un crimen
tan atroz y hasta otorgarían a la víctima un rango
de heroísmo.
Finalmente nuestro héroe reconstruye los hechos posibles
e ingresamos a la situación desesperada que vivió,
las últimas horas de una noche común y normal,
don Octavio Ramírez. Muerto a puntapiés por el
obrero Epaminondas quien, enfurecido ante el intento de seducción
por parte del vicioso a su hijo adolescente, descarga su ira
masculina y social en contra de una víctima que sólo
buscaba un poco de amor y aceptación. La búsqueda
de un hombre por parte de Ramírez por calles oscuras,
que describe el narrador, es la intemporal y desesperada necesidad
del ser humano, abandonado de Dios y rechazado por los hombres,
de ser aceptado como tal y conseguir su espacio en el mundo.
Situación que es actual aun con las libertades de querencias
y apetencias en las cuales, supuestamente, nos desenvolvemos.
Existen todavía deseos que nos torturan.
La paliza que recibe Ramírez no tiene símil, no
hay metáfora que la resuelva o explique mejor que el mismo
acto. El desahogo de Epaminondas va a la par con la satisfacción
del narrador al describir los puntapiés. Son espléndidos
y maravillosos nos dice. Y avanzamos hacia los zapatazos que
otorga al balón, un recio futbolista, mientras practica,
uno tras otro, los tiros libres. Qué soberbias ejecuciones,
el vértigo de la emoción es casi insoportable.
Y el narrador va más allá, escribe las onomatopeyas
de cada golpe, con si fuera el silencio entre un verso y otro,
entre canto y canto, hasta que, como una fuga de Bach, el trémolo
vertiginoso llega a su fin con la explosión de fuegos
artificiales. Este es el fin de una mordaz investigación
que, en su relectura o nuevas lecturas, permite atisbar otras
aristas, nuevos caminos para sorprendernos con un relato que
es un manotazo abierto para despertarnos.
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