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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Un hombre muerto a puntapiés: la mordacidad de una investigación

Efraín Villacís

Titulares de prensa truculentos, extraños, hilarantes nos llaman la atención y dejamos de lado cualquier cosa para leer el contenido del artículo. Mucho más si vienen acompañados de fotografías tan concluyentes que explican más que el texto mismo. Muchos hombres y mujeres, socialmente, manifestamos nuestro pundonor y negamos la inclinación intelectual o física hacia ciertos actos cometidos por otros individuos. Esto no quiere decir que todos deseemos lo extraño y oculto aunque la mayoría tenemos secretos fetiches o anhelos que, posiblemente, nunca se practicarán o saldrán a la luz. Todavía no es tan natural el andar exponiendo públicamente las llamadas desviaciones que sólo pertenecen a la intimidad de cada uno.
En 1927, Pablo Palacio publicó 'Un hombre muerto a puntapiés'. Texto muy conocido por nosotros y también citado, aunque muchos no lo hayan leído en realidad. Mucho se ha comentado y escrito alrededor de este cuento y de la obra palaciana, en especial del volumen homónimo que contiene varios de los mejores textos de toda la obra del escritor lojano.
Le preguntaban a una escritora, qué era, dentro de lo cotidiano, lo que más le hacía reír. Ella contestó que era muy clásica: la cáscara del plátano; no podía contener la carcajada cuando era testigo de la caída accidental de alguien gracias al resbalón por la corteza inoportuna u otra similar. El sentido del humor es muy extraño y diferente según la región y los individuos. El narrador de 'Un hombre muerto a puntapiés' luego de permitirnos leer la crónica roja del Diario de la tarde acerca de la muerte de un tal Ramírez, nos manifiesta que no pudo evitar reír ante tan gracioso hecho: un hombre asesinado a patadas. El personaje es un cínico, parece no importarle el hecho de la muerte y los medios de ejecución, sino el conocimiento intelectual de las razones que motivaron tal suceso.
Obsesionado, decide por su cuenta resolver un crimen al cual no le une ningún lazo aparente, excepto el deseo casi morboso de conocer las motivaciones de tal crimen, a causa, por supuesto, de su tácita predilección intelectual por lo abyecto. Quizás algún lector habrá visto en televisión la serie norteamericana 'Escena del crimen', donde el personaje más logrado es el jefe del equipo de investigadores, quien tiene una obsesión por el crimen, según él por la búsqueda de la verdad, encontrar al culpable y hacer justicia, no obstante en el desarrollo de los capítulos nos percatamos que, más que la verdad y la justicia, al científico investigador, lo que lo mueve es la parte oscura e insondable del ser humano que le obliga a cometer ciertas atrocidades; y otros detalles como el descubrir en sí mismo sus propios límites.
El epígrafe de este cuento son dos frases entrecomilladas: una interrogación acerca de proliferación de vulgares eventos callejeros y una sentencia que es un reclamo a la indiferencia general ante la decadencia de los seres humanos. La nota de prensa con que se inicia el relato es un guiño del autor al entregarnos un perfecto, en el sentido literario, texto informativo acerca de un deleznable asesinato. El narrador ya devenido en detective, no sólo que investiga con cierta prolijidad los entretelones del crimen sino que adquiere una personalidad detectivesca digna de mejor causa con un humor nada fino, frontal, para desenmascarar tanto al lector como al mismo personaje.
El narrador nos habla de deducción e inducción y nos remite a Aristóteles y Bacon; un quiebre irónico e intelectual al lector porque lo más cercano a la literatura y al humor mismo del relato está directamente relacionado con los detectives Augusto Dupin de Allan Poe y Sherlock Holmes de Conan Doyle. La deducción es atributo de los dos, pero la inducción le corresponde más al francés como la pipa y el ceño fruncido al inglés. La muerte es tan ridícula que en muchas ocasiones provoca risa: cuántos no hemos visto sorprendentes videos caseros, por televisión, donde los protagonistas, sin ser actores, sufren 'accidentes', tan hilarantes como atroces, que en la risa o el morbo se nos queda la imagen del ridículo, no sus consecuencias.
Nuestro personaje con pose de adusto e inteligente detective inicia las investigaciones analizando la crónica de prensa con humorísticos clisés acerca de los límites de su ignorancia para abordar con eficacia la indagación. La frase 'era vicioso' brota como un rótulo fluorescente en la relectura del artículo. Induce primero ante los posibles vicios sociales de los hombres y luego deduce y determina el vicio. No nos dice de qué tipo es, pero todos sabemos a cual se refiere. Más, para la época en que fue escrito el relato, hablar del vicio de la sodomía era un asunto del antiguo testamento y del diablo, nada que tenga que ver con la creyente feligresía de la ciudad, aunque entre sus miembros existieran 'viciosos' que todos no quieren ver ni aceptar para evitar un posible contagio.
Convencido de lo acertado de su deducción, el detective se emociona y decide llegar a las últimas consecuencias aunque se encuentra en un callejón sin salida por falta de información al respecto. Será el Comisario de turno quien le entregará unas fotografías del cadáver y que serán, luego de observadas y dibujadas una y otra vez, el resorte que resuelva el crimen desde la mente inductiva del detective y de la deducción a partir de hechos similares conocidos por el narrador. La razón que le mueve a descubrir las motivaciones del crimen es la curiosidad; la necesidad de conocer la maquinaria que moviliza los bajos instintos del hombre: una simple afición como otra cualquiera. Sin embargo dirá que lo único que le interesa es la justicia, mordaz aseveración que busca burlarse de los adalides de la diosa ciega y de los hipócritas y oportunistas.
La cara destrozada del difunto Ramírez es transformada a través del dibujo para darle una imagen anterior a la de la muerte. Reconstrucción de facciones que va armando la historia, costumbres y vicios del victimado. Al dibujo del rostro lo complementa con un busto, imaginado, débil, coherente con la vida ignominiosa del individuo. Qué fascinación y alegría causa ir armando la imagen de un hombre sórdido y componer su tránsito terrible por el mundo. Sólo un ser infrahumano merecería morir como Ramírez porque otras posibles razones justificarían un crimen tan atroz y hasta otorgarían a la víctima un rango de heroísmo.
Finalmente nuestro héroe reconstruye los hechos posibles e ingresamos a la situación desesperada que vivió, las últimas horas de una noche común y normal, don Octavio Ramírez. Muerto a puntapiés por el obrero Epaminondas quien, enfurecido ante el intento de seducción por parte del vicioso a su hijo adolescente, descarga su ira masculina y social en contra de una víctima que sólo buscaba un poco de amor y aceptación. La búsqueda de un hombre por parte de Ramírez por calles oscuras, que describe el narrador, es la intemporal y desesperada necesidad del ser humano, abandonado de Dios y rechazado por los hombres, de ser aceptado como tal y conseguir su espacio en el mundo. Situación que es actual aun con las libertades de querencias y apetencias en las cuales, supuestamente, nos desenvolvemos. Existen todavía deseos que nos torturan.
La paliza que recibe Ramírez no tiene símil, no hay metáfora que la resuelva o explique mejor que el mismo acto. El desahogo de Epaminondas va a la par con la satisfacción del narrador al describir los puntapiés. Son espléndidos y maravillosos nos dice. Y avanzamos hacia los zapatazos que otorga al balón, un recio futbolista, mientras practica, uno tras otro, los tiros libres. Qué soberbias ejecuciones, el vértigo de la emoción es casi insoportable. Y el narrador va más allá, escribe las onomatopeyas de cada golpe, con si fuera el silencio entre un verso y otro, entre canto y canto, hasta que, como una fuga de Bach, el trémolo vertiginoso llega a su fin con la explosión de fuegos artificiales. Este es el fin de una mordaz investigación que, en su relectura o nuevas lecturas, permite atisbar otras aristas, nuevos caminos para sorprendernos con un relato que es un manotazo abierto para despertarnos.

 
 
 
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