| |
Andres Caicedo: 'Alguien que
anda por ahí'
Edison Duvan Avalos
duvanflo@yahoo.com
A principios de 1970, cuando
contaba con 17 años, Andrés Caicedo abandonó
su hogar para vivir en Ciudad Solar, una casa cultural ubicada
cerca del Teatro Municipal de Cali, a pocos pasos de la calle
Quinta. Lo primero que hizo al llegar fue ir al centro a comprar
las dos únicas cosas que necesitaba para sobrevivir: una
mesa de madera rústica y un butaco forrado en cuero de
vaca con remaches en botones de cobre. Al regresar instaló
su vieja máquina Brother sobre la mesa y se sentó
en el butaco a escribir. Tres años después había
finalizado los cuentos de los libros 'Calicalabozo' y 'El Atravesado',
además de una gran cantidad de cartas y artículos
sobre cine.
DE PASEO POR LA CALLE QUINTA
El único día
en que no realizaba su jornada de escritura era el sábado,
porque atendía las obligaciones del cine club que había
fundado en Ciudad Solar.
Pilar Villamizar, que era la encargada de la taquilla, recuerda
que ahí se presentaban las mejores películas del
cine europeo y norteamericano. "Habían ciclos de
Bergman, Fellini, Arthur Penn, Polansky, Vittorio de Sicca, Pasolini".
Lo mejor, sin embargo, sucedía al medio día, cuando
finalizaba la función. Entonces Andrés Caicedo
se iba a caminar por la calle Quinta junto con sus amigos, hasta
llegar a algún restaurante cuyo menú ofreciera
su plato favorito, el tamal valluno. Luego seguían bajando
hacia el Teatro San Fernando donde -escribió en el cuento
'Calibanismo'- "después de una señal se apagan
las luces y entonces uno entra en ese sueño,en ese viaje
colectivo de búsqueda de recuerdos que es el cine".
Al salir se devolvían por la calle Quinta bajo las luces
de los primeros postes que se habían encendido. Iban hasta
el Parque Alameda donde aún hoy sigue abierto El Bar de
Libaniel. Ahí, Andrés Caicedo escuchaba con gusto
a los clásicos de la salsa. No obstante, su música
favorita pertenecía a otro género. "El mejor
L.P. -le escribió en septiembre de 1975 al crítico
de cine Miguel Marías- en la historia digamos del rock'n
roll y del blues y si quieres aún del folk, es Let It
Bleed, de The Rolling Stones, seguido de los lados Uno, Dos y
Cuatro de 'Exile On Main Street', de The Rolling Stones, y en
tercer lugar 'The Rolling Stones Now!' de 1965, eso es como haber
vivido en la época de Mozart o Bach o Beethoven y tener
oportunidad de escuchar sus composiciones a la semana de creadas".
EL FUNDADOR DEL CINE
En esa misma carta Andrés
Caicedo le cuenta a su amigo español que acaba de diseñar
un curso de cine para la Universidad del Valle. Apenas tiene
23 años pero ya es un especialista en la materia. Su revista
'Ojo Al Cine', aunque carece de un respaldo económico,
ha puesto a circular en toda Colombia tres números de
muy buena calidad. Además, cuenta con la experiencia que
le dejó el haber sido director de cine.
Recordemos que entre 1971 y 1972 filmó un cortometraje
titulado 'Angelita y Miguel Ángel'. El papel protagónico
lo interpretó Pilar Villamizar, quien sufrió unos
terribles cólicos por culpa del perfeccionismo obsesivo
de Andrés Caicedo. Resulta que en cierta ocasión
la obligó a comer 16 huevos fritos, hasta quedar satisfecho
con una escena en la que ella aparecía desayunando.
La película, a pesar de todos los esfuerzos estéticos
y económicos, quedó inconclusa y archivada, hasta
que Poncho Ospina la rescató como material histórico.
Lo importante de este fracaso es que cimentó las bases
de una producción audiovisual con carácter local.
Del mismo modo logró agrupar a los artistas caleños
más sobresalientes de aquella generación. El espacio
de encuentro siempre fue Ciudad Solar, que con su galería
de arte y su almacén de artesanías y su cine club
se convirtió en un emblema de la calle Quinta. Ahí,
entre otros, se reunían Carlos Mayolo, Luis Ospina, Pakico
Ordóñez, Ramiro Arbelaez, Jorge Herrera y la Rata
Carvajal. Sin embargo, el artista que gozaba de mayor reconocimiento
era Andrés Caicedo. De ahí que un diario capitalino
lo haya contratado para que escribiera sobre las películas
que habían en cartelera.
EL SUFRIMIENTO DE SU GLORIA
LITERARIA
Su vida aparentemente marcha
bien en Bogotá ("Tabogo de ahora en adelante, ¿eh?,
como le decimos nosotros los caleños", le escribió
a Miguel Marías en octubre de 1975). Por un lado su situación
económica se ha estabilizado. El sueldo que le pagan en
el periódico 'El Pueblo', sumado a lo que recibe por la
venta de su revista y de su libro "'El Atravesado', le alcanza
para vivir en un apartamento cómodo e independiente. Por
otra parte su producción intelectual cada día goza
de mayor prestigio. Las editoriales Colcultura y Crisis de Argentina
van a publicar su novela '¡Que Viva La Música!',
y un grupo de teatro de Tabogo está montando su adaptación
de "La Ciudad y Los Perros", la novela de Mario Vargas
Llosa. Sin embargo, "estoy muerto", le confiesa en
una carta a su amigo Miguel Marías.
Es verdad: todas las noches sufre pesadillas, sus ganglios se
inflaman y padece altas fiebres. La revista, por su parte, está
a punto de desaparecer pues "yo estoy agotado de hacerlo
todo, la diagramación, la distribución, la recogida
y las cuentas". Tampoco quiere seguir publicando en 'El
Pueblo' ya que los editores rechazan su estilo trasgresor. Pero
lo peor de todo es que no puede ver ninguna película,
porque en el XVI Festival de Cine de Cartagena perdió
sus lentes. Allá -según le cuenta al poeta Jaime
Manrique en una carta de abril de 1976- "me emborrachaba
desde las 9 de la mañana y así logré escribir
unas crónicas perfectamente delirantes y esquizofrénicas".
NOSTALGIAS
El frío de la capital
lo agobia. "Ya quisiera estar en Cali, son muchas las cosas
que me hacen falta y aquí hacen unos días horribles",
le escribe a Miguel Marías. Seguramente lo que más
extraña son las aventuras juveniles que vivió en
la Avenida Sexta, esas mismas que quedaron plasmadas en gran
parte de su obra literaria.
Asimismo la nostalgia le trae recuerdos de la calle Quinta y
Ciudad Solar, un lugar que poco a poco iría quedando abandonado
hasta desaparecer. Su único consuelo son las drogas. "Marihuana
en especial, cocaína por joder la vida porque no me gusta,
benzedrina, vitalina y sobretodo Valium que me quita la tartamudeadera
de la que padezco", le escribió a Isaac León
Frías, director de la revista peruana 'Hablemos de Cine'.
NACE LA LEYENDA
A principios de mayo de 1976,
después de permanecer varias semanas encerrado en su apartamento
de Tabogo, se tomó 25 Valiums y se cortó las venas
con un cuchillo de cocina. Lo único que consiguió
fue perder la memoria durante cuatro días. El segundo
intento de suicidio lo realizó el 26 de mayo del mismo
año. Esta vez se tomó una dosis mortal de 125 Valiums.
Nuevamente se salvó, pero esta vez su familia decidió
internarlo en una clínica de reposo en Cali. El 28 de
julio anotó en su diario: "No puedo demostrar afecto,
no puedo hacer el amor, soy como un ente que tiene dentro de
sí una droga destinada a pensar bien". Meses después,
en una carta que le envió al peruano Isaac León
Frías, escribió: "Este que ahora dice llamarse
Andrés Caicedo no lo es más". Por fin, el
4 de marzo de 1977, a los 25 años de edad, en un apartamento
ubicado sobre la Avenida Sexta, se tomó 200 Valiums que
acabaron con su vida y consagraron su obra.
*Alusión al título
del cuento de Julio Cortazar
|
|