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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Y nos sucedió el cine

Impresiones de un espectador de la VII Muestra Iberoamericana de Cine Cultural, organizada por la Cinemateca Nacional de la CCE.

Efraín Villacís

Hacemos planes metódicamente para tratar de cumplir nuestras múltiples actividades: qué apurados y absurdamente ocupados. Autómatas urbanos que recurrimos a la cartelera cinematográfica de los periódicos para quitarnos ese invento 'postmoderno' llamado 'estres', creo que llega a cien según la asfixia del que lo sufre, y vamos al cine automáticamente, con información previa, porque sí, por conquista, por huir, raras veces por encontrarnos: llorar, reír, soñar, pensar o imaginar que no es lo mismo, dormir, comer...

El cine, como el amor o la amistad ­no es una opción entre otras que debe tomarse por cultura general o salud-, nos sucede y aunque lo abandonemos nunca podremos quitárnoslo de encima. A un amigo le sucedió en el teatro improvisado de su pueblo natal de la costa; a otro mirando el televisor, escondido debajo de una mesa, a media noche; a un conocido en la pared blanca de una casa del barrio; a mí en la galería de un cine quiteño donde me quedé dormido y me despertaron las ratas y un fuerte olor a DDT, un nuevo miedo, otro placer.

A muchos, en esta ciudad, les ha sucedido el cine de la mano de Ulises Estrella, su club y Cinemateca. Ha creado un público adicto, entre ellos algunos 'monstruos, críticos y otros casi invisibles, por solitarios, que se sientan en la última fila para disfrutar o vomitar como de un acto privado de odio o amor. Es mejor no hablar de Ulises y su institución cinematográfica porque el silencio otorga más.

La VII Muestra Iberoamericana de Cine Cultural organizada por la Cinemateca Nacional coincidió con el Festival Internacional de Cine Documental, válidas y promisorias ofertas pero, como la cabra tira al monte ­más la ficción que el documento- me decidí por la primera con la promesa de volver al valle en otra estación.

Nueve países iberoamericanos aportaron a la muestra, no se si lo mejor de cada uno ­el análisis técnico objetivo dentro de la teoría de vanguardia pertenece a los expertos-, pero hubo más de un par de películas soberbias. No faltaron los chascarrillos remozados como buenas bromas fílmicas; algún documental acertado, otro pretendidamente artístico e innovador que requiere explicación externa por cada fotograma; alguna desmesurada ficción andina; un 'performance' fotográficamente excelente aunque al tema no le conviniera... temas, idiosincrasias, puntos de vista y sensaciones como en una buena viña del Señor. No obstante, por lo general, el centro de atención de los cineastas ­parece ser la inclinación narrativo-fílmica del momento actual ¿de siempre?- es el lado oscuro ­aunque obvio por su constante tratamiento- de la condición humana cuyas historias son contadas a través de los avatares atroces de su existencia, salvadas claro está por el manejo de un buen humor. No faltaron las conferencias convincentes, concretas, una de ellas cautivadora y diferente.

Es normal que uno ame las cosas que hace, más si crea o construye ­aunque parezca anormal porque andamos con la queja en los labios y eternamente resentidos-; el público que asistió fue variopinto y disfrutó por su particular apetencia y a su modo, de cada una de las películas y siempre aplaudió: por generosidad, justicia, patriotismo, cultura o inercia.

No dejó de llamarme la atención el número de asistentes con promedio de cincuenta personas por función; algunas veces la sala se llenó.

Esa es la muestra que dio validez a la VII Muestra porque el cine nacional ­digo esto no solo por los ecuatorianos sino por los extranjeros que asistieron- no es sólo el que se hace en casa, y se reclame condescendencia en lugar de objetiva atención y visión, sino también el que se proyecta en ella. En el cine se aprende, comprende o no se entiende nada; pero siempre hará pensar, soñar, crear y nunca ­aun en la tristeza- dejará de divertir. El cine es eso: viaje, giros, montaña rusa, casa del terror, país de maravillas, ritual que dura lo que la cinta; deja un vértigo en el interior que impele a vivir aun en el suicidio de la cotidianidad.

Vayamos al cine, no a todo, porque sí o por prestigio, dejemos que nos suceda, total podremos convertirnos en sabios, en astronautas o reyes; en niños felices o en atroces asesinos; en damas de ligeros cascos o heroínas de la historia; demiurgos de un universo que nace y se extingue en algo más de noventa minutos.

Podemos ser cómplices, jueces o beligerantes; reclamar o conceder; quedarnos o irnos, es un derecho del espectador en un mundo de 'siniestros' y hacer lo que Ionesco, en París, la noche del estreno de 'Los negros de Genet': la sala abarrotada, el público volcado a favor de la raza negra vilipendiada por los europeos; Ionesco se levanta en la mitad de la función y sale diciendo "el único blanco aquí soy yo".

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador