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Y nos sucedió el cine
Impresiones de un espectador
de la VII Muestra Iberoamericana de Cine Cultural, organizada
por la Cinemateca Nacional de la CCE.
Efraín Villacís
Hacemos planes metódicamente
para tratar de cumplir nuestras múltiples actividades:
qué apurados y absurdamente ocupados. Autómatas
urbanos que recurrimos a la cartelera cinematográfica
de los periódicos para quitarnos ese invento 'postmoderno'
llamado 'estres', creo que llega a cien según la asfixia
del que lo sufre, y vamos al cine automáticamente, con
información previa, porque sí, por conquista, por
huir, raras veces por encontrarnos: llorar, reír, soñar,
pensar o imaginar que no es lo mismo, dormir, comer...
El cine, como el amor o la
amistad no es una opción entre otras que debe tomarse
por cultura general o salud-, nos sucede y aunque lo abandonemos
nunca podremos quitárnoslo de encima. A un amigo le sucedió
en el teatro improvisado de su pueblo natal de la costa; a otro
mirando el televisor, escondido debajo de una mesa, a media noche;
a un conocido en la pared blanca de una casa del barrio; a mí
en la galería de un cine quiteño donde me quedé
dormido y me despertaron las ratas y un fuerte olor a DDT, un
nuevo miedo, otro placer.
A muchos, en esta ciudad, les
ha sucedido el cine de la mano de Ulises Estrella, su club y
Cinemateca. Ha creado un público adicto, entre ellos algunos
'monstruos, críticos y otros casi invisibles, por solitarios,
que se sientan en la última fila para disfrutar o vomitar
como de un acto privado de odio o amor. Es mejor no hablar de
Ulises y su institución cinematográfica porque
el silencio otorga más.
La VII Muestra Iberoamericana
de Cine Cultural organizada por la Cinemateca Nacional coincidió
con el Festival Internacional de Cine Documental, válidas
y promisorias ofertas pero, como la cabra tira al monte más
la ficción que el documento- me decidí por la primera
con la promesa de volver al valle en otra estación.
Nueve países iberoamericanos
aportaron a la muestra, no se si lo mejor de cada uno el
análisis técnico objetivo dentro de la teoría
de vanguardia pertenece a los expertos-, pero hubo más
de un par de películas soberbias. No faltaron los chascarrillos
remozados como buenas bromas fílmicas; algún documental
acertado, otro pretendidamente artístico e innovador que
requiere explicación externa por cada fotograma; alguna
desmesurada ficción andina; un 'performance' fotográficamente
excelente aunque al tema no le conviniera... temas, idiosincrasias,
puntos de vista y sensaciones como en una buena viña del
Señor. No obstante, por lo general, el centro de atención
de los cineastas parece ser la inclinación narrativo-fílmica
del momento actual ¿de siempre?- es el lado oscuro aunque
obvio por su constante tratamiento- de la condición humana
cuyas historias son contadas a través de los avatares
atroces de su existencia, salvadas claro está por el manejo
de un buen humor. No faltaron las conferencias convincentes,
concretas, una de ellas cautivadora y diferente.
Es normal que uno ame las cosas
que hace, más si crea o construye aunque parezca
anormal porque andamos con la queja en los labios y eternamente
resentidos-; el público que asistió fue variopinto
y disfrutó por su particular apetencia y a su modo, de
cada una de las películas y siempre aplaudió: por
generosidad, justicia, patriotismo, cultura o inercia.
No dejó de llamarme
la atención el número de asistentes con promedio
de cincuenta personas por función; algunas veces la sala
se llenó.
Esa es la muestra que dio validez
a la VII Muestra porque el cine nacional digo esto no solo
por los ecuatorianos sino por los extranjeros que asistieron-
no es sólo el que se hace en casa, y se reclame condescendencia
en lugar de objetiva atención y visión, sino también
el que se proyecta en ella. En el cine se aprende, comprende
o no se entiende nada; pero siempre hará pensar, soñar,
crear y nunca aun en la tristeza- dejará de divertir.
El cine es eso: viaje, giros, montaña rusa, casa del terror,
país de maravillas, ritual que dura lo que la cinta; deja
un vértigo en el interior que impele a vivir aun en el
suicidio de la cotidianidad.
Vayamos al cine, no a todo,
porque sí o por prestigio, dejemos que nos suceda, total
podremos convertirnos en sabios, en astronautas o reyes; en niños
felices o en atroces asesinos; en damas de ligeros cascos o heroínas
de la historia; demiurgos de un universo que nace y se extingue
en algo más de noventa minutos.
Podemos ser cómplices,
jueces o beligerantes; reclamar o conceder; quedarnos o irnos,
es un derecho del espectador en un mundo de 'siniestros' y hacer
lo que Ionesco, en París, la noche del estreno de 'Los
negros de Genet': la sala abarrotada, el público volcado
a favor de la raza negra vilipendiada por los europeos; Ionesco
se levanta en la mitad de la función y sale diciendo "el
único blanco aquí soy yo".
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