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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

A propósito del 1er Festival Iberoamericano de Cine 'Cero Latitud'

Cuadro a cuadro

Juan Pablo Castro Rodas

En Quito, en un centro reconfeccionado desde la política municipal, con restaurantes acogedores pero caros, con el renacimiento de un teatro elitista de frac y alfombra roja... bajo la lluvia constante y fiel, a veces leve a veces trepidante, en Quito, a pocos meses del final del 2003 se desarrolló el I Festival Iberoamericano de Cine "Cero Latitud". ¿Qué decir de este evento que no suene a una crítica en contra del entusiasmo? ¿Cómo contar sucesos, encuentros, películas sin parecer corrosivo?

Primer cuadro
Un estreno, un lanzamiento, y no se diga un primer festival, merecen un acercamiento más generoso al concepto del glamour, a la idea del espectáculo, no solo a través de la calidad de la película se construye hoy el espectáculo. Hacen falta despliegues escénicos, belleza, marketing como dirían nuestros estudiantes del nuevo siglo, lo saben en La Habana, lo ha dicho Pedro Juan Gutiérrez. De eso ¡nada! en nuestro primer festival: frío, triste, excesivamente pobre. Una camisa manchada de rojo, diez, veinte, treinta velas atrapadas en esferas de cartón con colores brillantes señalaban la entrada. Algunos adornos concebidos desde la estética de lo reciclable colgados por aquí por allá. Un presentador jadeante, despistado que comunica los problemas, que no da la bienvenida. Unos bailarines-acróbatas ceñidos a sus trajes brillantes casi traídos desde una erótica de show de streptease y luego de la belleza de Detrás del sol (Walter Salles, Brasil-Suiza-Francia) la sensación agobiante del humo y el vino en medio de la diminuta farándula del cine nacional que se junta, se conmina a las caricias de un ego vagabundo.

Segundo cuadro
El siguiente día y el siguiente, sillas vacías, duras, incómodas que se pierden entre la humedad y el suelo zigzagueante de las salas. Tres personas asistimos a la primera función de La pelota de trapo (Leopoldo Torre Nilsson, Argentina). Quince quizás, miramos Un día de suerte (Sandra Gugkiotta, Argentina) y los...... segundos en que se quemó la película, como en los buenos y queridos viejos tiempos cuando el cine se acercaba a la linterna mágica. Con Perfume de violeta, nadie te oye (Maryse Sistach, México) otra vez el entusiasmo, el encuentro con la densidad agobiante y luminosa del cine mexicano. Con más espectadores, adaptados ya al aroma del incienso que disimula la humedad que la modernidad no ha podido ocultar, termina el segundo, el tercer día. Las entradas bajan de precio, pero la promoción se mantiene inerte. Queda la gratitud en el trato, el grupo todavía entusiasta de estudiantes de la Universidad Salesiana que conforman el equipo de soporte y una estela en la que se mezclan buenas películas con algunos cortos apenas decentes y el aroma de dulces enconfitados de las cafeterías aledañas.

Tercer cuadro
Una noche ­noche maldita-, luego de caminar bajo el amparo de las iglesias, con el sabor todavía del café y los dulces de higo, regreso al estreno mundial de 90 Kilos, la sonoridad rimbombante de lo mundial apenas se mira en las 20 personas que a la hora señalada estamos en la cola. 30 minutos después -¿importa si fueron 35, 28, 25?- y bajo la protesta de dos o tres defensores de respeto al público empieza la proyección. Se puede aceptar una afirmación como: es una película tan mala que hace reír. Parecería que sí, de la desesperación inicial, se pasa a la vergüenza ajena, a la ira, y finalmente a la risa. Si no, de qué otra manera un espectador medianamente inteligente puede soportar ­como no lo hicieron dos o tres que se salieron a los diez minutos, o cinco o seis que caminamos por los pasillos, entre miembros del jurado y organizadores. El film se compone de una catarata de diálogos encerrados en lo peor de la deformación teatral, de interminables enfrentamientos con un espejo que ni siquiera la villana de Blancanieves hubiese deseado. Los planos vacíos de sentido, apenas congruentes por el uso del racconto, o los doblajes apurados de una serrana que interpreta o mejor reproduce el peor estereotipo de la costeña. Los escenarios pseudo reales, o los tropiezos de la acción de una trama que no tiene pies ni cabeza; ni cuerpo ni espíritu. ¿Nos reímos de la caricatura que suponen los dos agentes de policía? ¿Nos quedamos con el uso del habla quiteña tratada desde la mirada distante? ¿Preguntamos si realmente hubo un filtro en la selección, o simplemente porque es made in casa, se debe pasar porque se debe pasar? ¿Aceptamos los aplausos y los vivas de los más de 20 invitados del director? O decimos, ya para terminar, que hemos visto la peor película de la historia del cine nacional. Pero eso la haría pasar a los libros. Mejor caminamos con la tristeza que supone el mirar el cine argentino, el mexicano, el colombiano que hemos visto antes y comparar con el nuestro. Es mucho descaro ¡qué caray!

Cuarto cuadro
Otra tarde, la siguiente quizás, el centro de la ciudad muestra la gente habitual de los sábados que se reconoce y se saluda. En la esquina de San Francisco dos borrachos pelean mientras una mujer trata de separarlos. El cielo luce despejado. Camino hacia el Salón de la Ciudad, a las 15h30. Lombardi debe hablar de fútbol y cine. Faltan dos minutos. Cuando salgo de la plaza reconozco a una de las organizadores del festival. Camina como despistada, parece una turista sin prisa. Detrás de ella, vestido con un impecable terno negro, está el cineasta peruano. Luce serio, distante. Vamos luego, me dice, estamos haciendo tiempo para que haya más gente. Chistoso, ¿no? El Salón de la Ciudad luce inmenso. 25 personas dispersas, luego más juntas, a petición del delgado y entusiasta Cueva. Un antropólogo encerrado en los lugares comunes, más chuchaqui que nada, un Lombardi aburrido, apenas comprometido con las palabras, un Cabrera que si no fuera por el ritmo propio de su acento colombiano parecería más un zombi, y un Carlos Valencia creando analogías extrañas entre su oficio de actor y sus pasos de futbolista de barrio ­como todos, o sea-. Hora larga, pero siempre quedan las películas, y para eso estamos. Quizás otro año, en otro país, un Lombardi diferente nos conmueva con sus palabras, como lo ha hecho con sus películas.
Entre un hiperrealismo mejicano con Pachito Rex, me voy pero no del todo (Fabián Hoffman, México) y una tarde colmada de agua, termina el sábado. Todavía quedan en la memoria los escenarios oscuros y decadentes, los personajes entrampados en las disputas del poder, el amor desgajado y la megalomanía, de esta singular película.

Quinto cuadro
Los días han pasado, pronto las frías salas de los Metrocines regresan a su habitual programación, dejamos de mirarnos las caras, un poco ya cansados de ser siempre los mismos. Aunque las funciones dejan un saldo, según los organizadores, de 6 mil asistentes, resulta poco Y claro, a un primer festival se le perdona todo, desde las carencias en la organización, hasta los desajustes en la programación, y las caras largas de algunos invitados. Se destaca el ideal visionario de los organizadores. El interés por desarrollar lo que todos amamos: el cine. El riesgo de construir cultura en tiempos de la posmodernidad. Pero, ¿debe también uno hacerse el loco, el despistado, el que no mira, cuando la vergüenza de nuestro cine nacional nos empuja al desconcierto? ¿Cómo podemos mirarnos de frente, con alegría, después de asistir a funciones de películas como Una casa frente al mar (Alberto Arvelo, Venezuela), a pesar de su edulcorada melancolía, o de La primera noche (Luis Alberto Restrepo, Colombia), aun cuando la bella actriz invitada Carolina Lisarazo demostró cierta ingenuidad política en la conversación con el público, o de Bicho de siete cabezas (Lais Bodanzky,Brasil)? ¿Cómo enfrentar las miradas de los otros cines latinoamericanos, si luego tenemos que apretar los dientes para soportar melodramas asfixiantes, interminables y aburridos como El diario de Julieta (Juan Carlos Barahona, Ecuador) o mezclas inverosímiles entre la realidad y cierto realismo maravilloso en Un hombre y un río (Néstor Cobos/Franklin Briones, Ecuador), a pesar de que la aparición de una nuevo actor-psicópata (para tristeza de Carlos Valencia) llegue a las pantallas, o el suplicio hecho imágenes, de 90 Kilos. ¿Nos callamos, dejamos pasar, nos adscribimos al consabido y absurdo concepto de apoyar lo nacional, simplemente por ser nacional, sin que importe la calidad, el respeto al público, la búsqueda de la belleza? ¿O miramos otra vez Manito (Eric Eason, Estados Unidos) no sin ligera gracia surrealista por ser la ganadora de un festival "iberoamericano" ­a pesar de tratar el tema de lo hispano- o compramos otra entrada, esta vez una mágica que nos transporte al mundo profundo y divertido, doloroso y esperanzador de nuestro anhelado cine nacional?

 
 
 
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