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A propósito del 1er
Festival Iberoamericano de Cine 'Cero Latitud'
Cuadro a cuadro
Juan Pablo Castro Rodas
En Quito, en un centro reconfeccionado
desde la política municipal, con restaurantes acogedores
pero caros, con el renacimiento de un teatro elitista de frac
y alfombra roja... bajo la lluvia constante y fiel, a veces leve
a veces trepidante, en Quito, a pocos meses del final del 2003
se desarrolló el I Festival Iberoamericano de Cine "Cero
Latitud". ¿Qué decir de este evento que no
suene a una crítica en contra del entusiasmo? ¿Cómo
contar sucesos, encuentros, películas sin parecer corrosivo?
Primer cuadro
Un estreno, un lanzamiento, y no se diga un primer festival,
merecen un acercamiento más generoso al concepto del glamour,
a la idea del espectáculo, no solo a través de
la calidad de la película se construye hoy el espectáculo.
Hacen falta despliegues escénicos, belleza, marketing
como dirían nuestros estudiantes del nuevo siglo, lo saben
en La Habana, lo ha dicho Pedro Juan Gutiérrez. De eso
¡nada! en nuestro primer festival: frío, triste,
excesivamente pobre. Una camisa manchada de rojo, diez, veinte,
treinta velas atrapadas en esferas de cartón con colores
brillantes señalaban la entrada. Algunos adornos concebidos
desde la estética de lo reciclable colgados por aquí
por allá. Un presentador jadeante, despistado que comunica
los problemas, que no da la bienvenida. Unos bailarines-acróbatas
ceñidos a sus trajes brillantes casi traídos desde
una erótica de show de streptease y luego de la belleza
de Detrás del sol (Walter Salles, Brasil-Suiza-Francia)
la sensación agobiante del humo y el vino en medio de
la diminuta farándula del cine nacional que se junta,
se conmina a las caricias de un ego vagabundo.
Segundo cuadro
El siguiente día y el siguiente, sillas vacías,
duras, incómodas que se pierden entre la humedad y el
suelo zigzagueante de las salas. Tres personas asistimos a la
primera función de La pelota de trapo (Leopoldo Torre
Nilsson, Argentina). Quince quizás, miramos Un día
de suerte (Sandra Gugkiotta, Argentina) y los...... segundos
en que se quemó la película, como en los buenos
y queridos viejos tiempos cuando el cine se acercaba a la linterna
mágica. Con Perfume de violeta, nadie te oye (Maryse Sistach,
México) otra vez el entusiasmo, el encuentro con la densidad
agobiante y luminosa del cine mexicano. Con más espectadores,
adaptados ya al aroma del incienso que disimula la humedad que
la modernidad no ha podido ocultar, termina el segundo, el tercer
día. Las entradas bajan de precio, pero la promoción
se mantiene inerte. Queda la gratitud en el trato, el grupo todavía
entusiasta de estudiantes de la Universidad Salesiana que conforman
el equipo de soporte y una estela en la que se mezclan buenas
películas con algunos cortos apenas decentes y el aroma
de dulces enconfitados de las cafeterías aledañas.
Tercer cuadro
Una noche noche maldita-, luego de caminar bajo el amparo
de las iglesias, con el sabor todavía del café
y los dulces de higo, regreso al estreno mundial de 90 Kilos,
la sonoridad rimbombante de lo mundial apenas se mira en las
20 personas que a la hora señalada estamos en la cola.
30 minutos después -¿importa si fueron 35, 28,
25?- y bajo la protesta de dos o tres defensores de respeto al
público empieza la proyección. Se puede aceptar
una afirmación como: es una película tan mala que
hace reír. Parecería que sí, de la desesperación
inicial, se pasa a la vergüenza ajena, a la ira, y finalmente
a la risa. Si no, de qué otra manera un espectador medianamente
inteligente puede soportar como no lo hicieron dos o tres
que se salieron a los diez minutos, o cinco o seis que caminamos
por los pasillos, entre miembros del jurado y organizadores.
El film se compone de una catarata de diálogos encerrados
en lo peor de la deformación teatral, de interminables
enfrentamientos con un espejo que ni siquiera la villana de Blancanieves
hubiese deseado. Los planos vacíos de sentido, apenas
congruentes por el uso del racconto, o los doblajes apurados
de una serrana que interpreta o mejor reproduce el peor estereotipo
de la costeña. Los escenarios pseudo reales, o los tropiezos
de la acción de una trama que no tiene pies ni cabeza;
ni cuerpo ni espíritu. ¿Nos reímos de la
caricatura que suponen los dos agentes de policía? ¿Nos
quedamos con el uso del habla quiteña tratada desde la
mirada distante? ¿Preguntamos si realmente hubo un filtro
en la selección, o simplemente porque es made in casa,
se debe pasar porque se debe pasar? ¿Aceptamos los aplausos
y los vivas de los más de 20 invitados del director? O
decimos, ya para terminar, que hemos visto la peor película
de la historia del cine nacional. Pero eso la haría pasar
a los libros. Mejor caminamos con la tristeza que supone el
mirar el cine argentino, el mexicano, el colombiano que hemos
visto antes y comparar con el nuestro. Es mucho descaro ¡qué
caray!
Cuarto cuadro
Otra tarde, la siguiente quizás, el centro de la ciudad
muestra la gente habitual de los sábados que se reconoce
y se saluda. En la esquina de San Francisco dos borrachos pelean
mientras una mujer trata de separarlos. El cielo luce despejado.
Camino hacia el Salón de la Ciudad, a las 15h30. Lombardi
debe hablar de fútbol y cine. Faltan dos minutos. Cuando
salgo de la plaza reconozco a una de las organizadores del festival.
Camina como despistada, parece una turista sin prisa. Detrás
de ella, vestido con un impecable terno negro, está el
cineasta peruano. Luce serio, distante. Vamos luego, me dice,
estamos haciendo tiempo para que haya más gente. Chistoso,
¿no? El Salón de la Ciudad luce inmenso. 25 personas
dispersas, luego más juntas, a petición del delgado
y entusiasta Cueva. Un antropólogo encerrado en los lugares
comunes, más chuchaqui que nada, un Lombardi aburrido,
apenas comprometido con las palabras, un Cabrera que si no fuera
por el ritmo propio de su acento colombiano parecería
más un zombi, y un Carlos Valencia creando analogías
extrañas entre su oficio de actor y sus pasos de futbolista
de barrio como todos, o sea-. Hora larga, pero siempre quedan
las películas, y para eso estamos. Quizás otro
año, en otro país, un Lombardi diferente nos conmueva
con sus palabras, como lo ha hecho con sus películas.
Entre un hiperrealismo mejicano con Pachito Rex, me voy pero
no del todo (Fabián Hoffman, México) y una tarde
colmada de agua, termina el sábado. Todavía quedan
en la memoria los escenarios oscuros y decadentes, los personajes
entrampados en las disputas del poder, el amor desgajado y la
megalomanía, de esta singular película.
Quinto cuadro
Los días han pasado, pronto las frías salas de
los Metrocines regresan a su habitual programación, dejamos
de mirarnos las caras, un poco ya cansados de ser siempre los
mismos. Aunque las funciones dejan un saldo, según los
organizadores, de 6 mil asistentes, resulta poco Y claro, a
un primer festival se le perdona todo, desde las carencias en
la organización, hasta los desajustes en la programación,
y las caras largas de algunos invitados. Se destaca el ideal
visionario de los organizadores. El interés por desarrollar
lo que todos amamos: el cine. El riesgo de construir cultura
en tiempos de la posmodernidad. Pero, ¿debe también
uno hacerse el loco, el despistado, el que no mira, cuando la
vergüenza de nuestro cine nacional nos empuja al desconcierto?
¿Cómo podemos mirarnos de frente, con alegría,
después de asistir a funciones de películas como
Una casa frente al mar (Alberto Arvelo, Venezuela), a pesar de
su edulcorada melancolía, o de La primera noche (Luis
Alberto Restrepo, Colombia), aun cuando la bella actriz invitada
Carolina Lisarazo demostró cierta ingenuidad política
en la conversación con el público, o de Bicho de
siete cabezas (Lais Bodanzky,Brasil)? ¿Cómo enfrentar
las miradas de los otros cines latinoamericanos, si luego tenemos
que apretar los dientes para soportar melodramas asfixiantes,
interminables y aburridos como El diario de Julieta (Juan Carlos
Barahona, Ecuador) o mezclas inverosímiles entre la realidad
y cierto realismo maravilloso en Un hombre y un río (Néstor
Cobos/Franklin Briones, Ecuador), a pesar de que la aparición
de una nuevo actor-psicópata (para tristeza de Carlos
Valencia) llegue a las pantallas, o el suplicio hecho imágenes,
de 90 Kilos. ¿Nos callamos, dejamos pasar, nos adscribimos
al consabido y absurdo concepto de apoyar lo nacional, simplemente
por ser nacional, sin que importe la calidad, el respeto al público,
la búsqueda de la belleza? ¿O miramos otra vez
Manito (Eric Eason, Estados Unidos) no sin ligera gracia surrealista
por ser la ganadora de un festival "iberoamericano"
a pesar de tratar el tema de lo hispano- o compramos otra
entrada, esta vez una mágica que nos transporte al mundo
profundo y divertido, doloroso y esperanzador de nuestro anhelado
cine nacional?
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