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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Mientras llega Ese día...

Juan Pablo Castro Rodas
jpcastror@hotmail.com

¿Cuán importante puede ser el cine a la hora de construir imaginarios sociales? ¿Tiene un compromiso político o es un ejercicio exclusivamente artístico? Me hago estas preguntas después de mirar la más reciente película de Camilo Luzuriaga 1809-1810 'Mientras llega el día', quizás indagando -tal cual me sugirió el propio Camilo en alguna ocasión- en mí mismo, preguntándome qué es lo que me molesta, qué es lo que me impide salir satisfecho de la sala. Edgar Morín, inteligente pensador italiano, decía que una de las cualidad del cine es crear una relación de proyección-identificación entre el espectador y la película. De tal suerte que debido a implicaciones del universo inconsciente del ser humano, los sucesos que se desarrollan en un film impulsan una conexión con los arquetipos universales. Y se crea la fascinación: ese estado en que se conjugan la realidad y la fantasía, con fronteras apenas perceptibles.

Eso es lo primero que se derrumba en 'Mientras llega el día'. Las incompresibles deficiencias narrativas (Senel Paz, guionista de la exitosa Fresa y chocolate, contaba que se hicieron más de siete copias de su guión con la ayuda no solamente de dramaturgos sino de dramaturgistas. ¿Se concibe esa posibilidad en nuestro cine?), las impávidas actuaciones (¿hay alguien que se cree la historia de amor?), un cigarrillo que no debe estar, un retrato inexplicable, una mescolanza de personajes, me regresan con violencia a la realidad. Me hacen recordar que estoy frente a un película. Pero no me distancian como concebía en su momento Brecht alrededor del teatro político, si no que me alejan. Ese espacio delicioso de enajenación termina por diluirse.

Sin embargo estas objeciones no son las que más me preocupan. De hecho la película se deja ver. A pesar de un ritmo, a veces excesivamente parsimonioso, hay momentos de intensidad dramática, solventados en la recreación verosímil de los escenarios epocales. Lo que me conmina a cuestionarme es la posibilidad de que el cine permite la creación de imaginarios sociales.

La historia de una país constituye una posibilidad de remirar el pasado para impulsarnos hacia el futuro. Este principio no cuenta en 'Mientras llega el día'. Las voces revolucionarias de los próceres, así como las participaciones de un colectivo que apenas se agrupa, incluso una iglesia progresista terminan por disiparse en un cañonazo que lo destruye todo.

Las muertes -victimizadas, inútiles, inocentes- resultan una especie de designio divino. Nada se pudo hacer, nada se puede hacer. El orden que en principio se cuestiona termina por vencer. Queda una sensación de desconcierto, de desconsuelo.

La idea de la emancipación se vacía de sentido, en la medida en que como suceso resulta aislado, sin capacidad de potenciar hechos siguientes -que, como sabemos, en la historia del Ecuador sí continuaron a la masacre del 2 de agosto de 1810-, a tal punto de perderse en la nada. ¿Dónde radica la sustancia del error? En la misma concepción del hecho cinematográfico (dejemos de lado el problema de la adaptación de un texto literario, pues eso supone otras implicaciones), al que se entiende como un ejercicio individual, sin compromiso con un colectivo simbólico -extraña paradoja en un film histórico, estrenado en un fecha cívica, con ineludibles implicaciones sociales-. Al final el pueblo derrotado pierde su sangre, esperando que llegue 'ese' día. Y la incapacidad de 'tomar' la historia por las propias manos parece legitimarse otra vez. En ese sentido 'Mientras llega el día' reafirma ese imaginario del dominado, cuya mínima voluntad de insurrección se enfrenta a un poder omnímodo, eternizado y cínico.

 
 
 
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