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Mientras llega Ese día...
Juan Pablo Castro Rodas
jpcastror@hotmail.com
¿Cuán importante
puede ser el cine a la hora de construir imaginarios sociales?
¿Tiene un compromiso político o es un ejercicio
exclusivamente artístico? Me hago estas preguntas después
de mirar la más reciente película de Camilo Luzuriaga
1809-1810 'Mientras llega el día', quizás indagando
-tal cual me sugirió el propio Camilo en alguna ocasión-
en mí mismo, preguntándome qué es lo que
me molesta, qué es lo que me impide salir satisfecho de
la sala. Edgar Morín, inteligente pensador italiano, decía
que una de las cualidad del cine es crear una relación
de proyección-identificación entre el espectador
y la película. De tal suerte que debido a implicaciones
del universo inconsciente del ser humano, los sucesos que se
desarrollan en un film impulsan una conexión con los arquetipos
universales. Y se crea la fascinación: ese estado en que
se conjugan la realidad y la fantasía, con fronteras apenas
perceptibles.
Eso es lo primero que se derrumba
en 'Mientras llega el día'. Las incompresibles deficiencias
narrativas (Senel Paz, guionista de la exitosa Fresa y chocolate,
contaba que se hicieron más de siete copias de su guión
con la ayuda no solamente de dramaturgos sino de dramaturgistas.
¿Se concibe esa posibilidad en nuestro cine?), las impávidas
actuaciones (¿hay alguien que se cree la historia de amor?),
un cigarrillo que no debe estar, un retrato inexplicable, una
mescolanza de personajes, me regresan con violencia a la realidad.
Me hacen recordar que estoy frente a un película. Pero
no me distancian como concebía en su momento Brecht alrededor
del teatro político, si no que me alejan. Ese espacio
delicioso de enajenación termina por diluirse.
Sin embargo estas objeciones
no son las que más me preocupan. De hecho la película
se deja ver. A pesar de un ritmo, a veces excesivamente parsimonioso,
hay momentos de intensidad dramática, solventados en la
recreación verosímil de los escenarios epocales.
Lo que me conmina a cuestionarme es la posibilidad de que el
cine permite la creación de imaginarios sociales.
La historia de una país
constituye una posibilidad de remirar el pasado para impulsarnos
hacia el futuro. Este principio no cuenta en 'Mientras llega
el día'. Las voces revolucionarias de los próceres,
así como las participaciones de un colectivo que apenas
se agrupa, incluso una iglesia progresista terminan por disiparse
en un cañonazo que lo destruye todo.
Las muertes -victimizadas,
inútiles, inocentes- resultan una especie de designio
divino. Nada se pudo hacer, nada se puede hacer. El orden que
en principio se cuestiona termina por vencer. Queda una sensación
de desconcierto, de desconsuelo.
La idea de la emancipación
se vacía de sentido, en la medida en que como suceso resulta
aislado, sin capacidad de potenciar hechos siguientes -que, como
sabemos, en la historia del Ecuador sí continuaron a la
masacre del 2 de agosto de 1810-, a tal punto de perderse en
la nada. ¿Dónde radica la sustancia del error?
En la misma concepción del hecho cinematográfico
(dejemos de lado el problema de la adaptación de un texto
literario, pues eso supone otras implicaciones), al que se entiende
como un ejercicio individual, sin compromiso con un colectivo
simbólico -extraña paradoja en un film histórico,
estrenado en un fecha cívica, con ineludibles implicaciones
sociales-. Al final el pueblo derrotado pierde su sangre, esperando
que llegue 'ese' día. Y la incapacidad de 'tomar' la historia
por las propias manos parece legitimarse otra vez. En ese sentido
'Mientras llega el día' reafirma ese imaginario del dominado,
cuya mínima voluntad de insurrección se enfrenta
a un poder omnímodo, eternizado y cínico.
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