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Crónicas
de monstruos y salvajes
Christian León
En sus Notas sobre el cinematógrafo,
Robert Bresson sostiene que "el cine es un viaje de descubrimiento
a un planeta desconocido". A tono con esta concepción,
la tarea de un gran director es desmontar los lugares comunes
y los estereotipos que a diario usan la televisión, la
publicidad y las instituciones sociales. Con su filme Ratas,
ratones y rateros, Sebastián Cordero expuso con modestia
una vocación por esa tarea crítica. Su nueva película
Crónicas se alimenta de esa actitud cuestionadora al mostrar
sin maniqueísmo la crisis psicopática de un asesino
de infantes que siembra el pánico en Babahoyo. A pesar
de este acierto, el filme inevitablemente cae en una serie de
lugares comunes sobre la violencia.
Crónicas es un filme
que se sostiene por su guión. Cordero, fundamentalmente
preocupado por el relato, empareja acciones, administra suspenso
y construye la personalidad escindida de Vinicio, "El monstruo
de Babahoyo". A través de la investigación
del periodista Manolo Bonilla, reconstruye minuciosamente los
abismos subjetivos de este asesino. En uno de los momentos más
inquietantes del filme, Vinicio confiesa a Bonilla lo que siente
cuando estrangula a sus víctimas. Por un momento, el espectador
se encuentra con los conflictos interiores de aquel personaje
indescifrable que ama y asesina a los niños. Más
allá del simple repudio, el filme plantea una serie de
preguntas sobre los móviles de este hombre agobiado por
la soledad y el alcohol dentro del cual conviven los más
altos ideales junto con las pulsiones destructivas más
bajas. Frente a la estigmatización del criminal y del
asesino que hace el cine policial y la crónica roja, Cordero
plantea una mirada menos simplificadora. En lugar de presentar
al "monstruo" de Babahoyo como ese "otro"
lejano a nosotros, encarnación del mal absoluto, lo pinta
como el lado oculto del buen ciudadano.
A pesar no caer en la construcción
fácil del "monstruo", el estereotipo se afirma
por otro lado: ese personaje colectivo que es el pueblo resulta
víctima de una mirada estigmatizadora. Coincido con una
amiga cinefila para quien _a más del acartonado desempeño
de Leguízamo_ la escena inicial del linchamiento arruina
la limpieza del guión. En la escena mencionada, Vinicio,
considerado un cristiano ejemplar, atropella con su camioneta
a un muchacho. Intempestivamente y sin mediar una explicación
verosímil, el pueblo enfurecido decide matarlo. Lo golpean
brutalmente, tratan de incinerarlo vivo. Crueles imágenes
de golpes y patadas, son engrandecidas con el doblaje del griterío
de una turba enardecida. ¿Era necesario tanto truco? Más
aun, ¿era indispensable caracterizar al pueblo como una
turba de salvajes sedientos de sangre? Este tipo de montaje no
hace más que afirmar una serie de estereotipos que equiparan
pobreza con violencia. Crónicas, a lo argo de todo su
metraje, tiende a caracterizar a la población de las periferias
como predispuesta a la violencia, fácilmente manipulable
y sin capacidad de pensamiento. ¿No son estos los mismos
estereotipos con los cuales el cine de Hollywood nos retrata
a los latinoamericanos? ¿No son estos mismo clichés
los que el mejor cine del realismo sucio de América Latina
se ha empeñado en cuestionar?
Frente al carácter modesto
y personal de Ratas, ratones y rateros, Crónicas es una
producción mucho más ambiciosa, calza dentro del
cine de equipo _como lo ha reconocido el propio director_. No
sé si por esta razón o por simple descuido, el
filme construye una historia potente y heterodoxa asechada por
la afirmación de estereotipos. Hoy por hoy, el cine de
Cordero alterna viajes hacia lo desconocido y cómodos
paseos por el mundo repetitivo del clichés.
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