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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Crónicas de monstruos y salvajes

Christian León

En sus Notas sobre el cinematógrafo, Robert Bresson sostiene que "el cine es un viaje de descubrimiento a un planeta desconocido". A tono con esta concepción, la tarea de un gran director es desmontar los lugares comunes y los estereotipos que a diario usan la televisión, la publicidad y las instituciones sociales. Con su filme Ratas, ratones y rateros, Sebastián Cordero expuso con modestia una vocación por esa tarea crítica. Su nueva película Crónicas se alimenta de esa actitud cuestionadora al mostrar sin maniqueísmo la crisis psicopática de un asesino de infantes que siembra el pánico en Babahoyo. A pesar de este acierto, el filme inevitablemente cae en una serie de lugares comunes sobre la violencia.

Crónicas es un filme que se sostiene por su guión. Cordero, fundamentalmente preocupado por el relato, empareja acciones, administra suspenso y construye la personalidad escindida de Vinicio, "El monstruo de Babahoyo". A través de la investigación del periodista Manolo Bonilla, reconstruye minuciosamente los abismos subjetivos de este asesino. En uno de los momentos más inquietantes del filme, Vinicio confiesa a Bonilla lo que siente cuando estrangula a sus víctimas. Por un momento, el espectador se encuentra con los conflictos interiores de aquel personaje indescifrable que ama y asesina a los niños. Más allá del simple repudio, el filme plantea una serie de preguntas sobre los móviles de este hombre agobiado por la soledad y el alcohol dentro del cual conviven los más altos ideales junto con las pulsiones destructivas más bajas. Frente a la estigmatización del criminal y del asesino que hace el cine policial y la crónica roja, Cordero plantea una mirada menos simplificadora. En lugar de presentar al "monstruo" de Babahoyo como ese "otro" lejano a nosotros, encarnación del mal absoluto, lo pinta como el lado oculto del buen ciudadano.

A pesar no caer en la construcción fácil del "monstruo", el estereotipo se afirma por otro lado: ese personaje colectivo que es el pueblo resulta víctima de una mirada estigmatizadora. Coincido con una amiga cinefila para quien _a más del acartonado desempeño de Leguízamo_ la escena inicial del linchamiento arruina la limpieza del guión. En la escena mencionada, Vinicio, considerado un cristiano ejemplar, atropella con su camioneta a un muchacho. Intempestivamente y sin mediar una explicación verosímil, el pueblo enfurecido decide matarlo. Lo golpean brutalmente, tratan de incinerarlo vivo. Crueles imágenes de golpes y patadas, son engrandecidas con el doblaje del griterío de una turba enardecida. ¿Era necesario tanto truco? Más aun, ¿era indispensable caracterizar al pueblo como una turba de salvajes sedientos de sangre? Este tipo de montaje no hace más que afirmar una serie de estereotipos que equiparan pobreza con violencia. Crónicas, a lo argo de todo su metraje, tiende a caracterizar a la población de las periferias como predispuesta a la violencia, fácilmente manipulable y sin capacidad de pensamiento. ¿No son estos los mismos estereotipos con los cuales el cine de Hollywood nos retrata a los latinoamericanos? ¿No son estos mismo clichés los que el mejor cine del realismo sucio de América Latina se ha empeñado en cuestionar?

Frente al carácter modesto y personal de Ratas, ratones y rateros, Crónicas es una producción mucho más ambiciosa, calza dentro del cine de equipo _como lo ha reconocido el propio director_. No sé si por esta razón o por simple descuido, el filme construye una historia potente y heterodoxa asechada por la afirmación de estereotipos. Hoy por hoy, el cine de Cordero alterna viajes hacia lo desconocido y cómodos paseos por el mundo repetitivo del clichés.

 
 
 
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