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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

La homosexualidad 'ac(in)cidental' de Almodóvar:

La mala educación

Efraín Villacís

Fatuo diálogo acerca de 'La mala educación': Ya estoy harto del recurso gay en las películas de Almodóvar, sentenció alguno, sentado con incuria delante de un trago. Otro respondió que nada que ver. La sensibilidad del cineasta español está in cressendo. Sus personajes son inteligentes, sensibles casi hasta el ridículo, en el buen sentido, y más. Los relatos de pasión y crimen o muerte natural de Pedro contienen todos los elementos profundos de la condición humana, son historias que suceden y que no las podemos ver en nuestra miope realidad cotidiana. Es Almodóvar el único, capaz, genio, creador, que logra entregarnos estas soberbias cintas. Preñadas de homosexuales, travestis y similares, ironiza otro. No, dice el segundo, los homosexuales en las almodovarianas películas son incidentales. Casi le creí, arriesgo yo a continuación.

'La mala educación' es una película decente -entiéndase que su realizador sabe lo que hace con profesionalismo-, bien actuada, sus personajes son creíbles.
El montaje, la luz y escenografía funcionan. El grado de patetismo sentimentaloide está a la par de Pedro Almodóvar paseando por las calles de Madrid con su mente viajando a mil por hora, es decir con una lentitud, necesaria para la risa o el llanto, escena a escena, cuadro a cuadro, canción a canción. El motivo central de la trama es algo que sucede desde que el mundo es mundo: el acoso, estupro y violación de menores de edad por
parte de ciertos adultos cariñosos. Cuando la víctima ha crecido, madurado, flota y reflota el trauma, todo se desencadena en el crimen y en los bajos instintos de los protagonistas, para que la vida, al final, siga igual, como aquella baladita famosa en la voz impostada y empalagosa de
Julio Iglesias.

Si en lugar de ser Ignacio, el niño con talento de escritor, abusado por el cura profesor, en la escuela, fuera una niña, Mariela, y su hermano no fuera Juan sino, digamos, Meche. Y que Mariela jugaba a tocarse sus intimidades en el cine con Enrique; concluiríamos, siguiendo la línea almodovariana, en que Mariela llega a la pubertad siendo más cachonda que una mesalina de la antigua Roma y que tendrá que fugarse del pequeño infierno de su pueblo para viajar a la libertad de la gran ciudad, donde ejercerá de prostituta, mandará dinero a su madre, tía y hermana quienes viven avergonzadas de la mala vida de la muchacha que, para variar, ha caído en las drogas y todos los vicios posibles. Meche tiene dotes de actriz y vive bajo la sombra de la fama, de su hermana puta y escritora -¿oficios sinónimos?- y viajará a la ciudad a estudiar actuación y para cuidar de la adicta descarriada.
Mariela, escritora de cuentos, ha decidido dejar la droga y mejorar su aspecto físico a través de la cirugía y decide chantajear a su violador infantil, excura, ahora un serio y responsable padre de familia. Meche se confabula con el viejo verde y terminan matándola para ser libres. Meche para seguir su vida de actriz en una película dirigida por Enrique, el amor infantil de Mariela, amante actual de Meche. Y el ex cura convencido de que
seguirá su gran idilio con la hermana de su víctima de pedofilia. Qué agotador, este culebrón es culpa de Almodóvar.
La mala educación, de Pedro Almodóvar, se ha promocionado como la película más controversial de su carrera porque se trata de la mala educación
ejercida por un cura de escuela a un niño, quien termina de travesti y muere en su ley de narco-dependiente. Ahí radica la controversia: en el mundo homosexual. Todos los personajes, parece, miden la existencia según el diámetro de su esfínter, y no del mundo en el que viven. Hablando del derecho de contar historias, de crearlas a partir de los propios demonios del creador, es totalmente válido, pero cuando estas historias manipulan el
universo homosexual para conseguir el éxito de las mismas no necesariamente entre los miembros de ese mundo sino en otro, en aquel que sería timorato, ingenuo, con una moral torpe, por ignorancia del mundo en el que habitan, termina siendo una apología de lo anormal.

 Los grandes personajes de Almodóvar, aparte de ser gays, son filósofos, tiernos geniales y eternas víctimas a pesar de las atrocidades que son
capaces de realizar. Los espectadores salen, del cine, conmovidos, repitiéndose: qué sensibles, inteligentes y normales, han sido los homosexuales. Si fueran heterosexuales -los personajes- no serían tan interesantes, y las historias, bien contadas o no -ésta lo es-, serían otras tantas del cine negro, kitsh, o del realismo sucio u otros membretes cinematográficos. El boom de los últimos filmes de Almodóvar está más en el
golpe de efecto de sus personajes que en los artificios creativos para construirlos. Don Pedro ha cometido el más grande camelo logrado por el cine
independiente, de los últimos tiempos. No es un genio, es un buen cineasta, con algún toque genial, que ha conseguido que la anormalidad de sus
personajes calen en el espectador como normales, habitantes de calles desconocidas, más allá de la eficacia del relato.

Esa visión de normalidad, sólo se logra en los minutos que necesita el público para llegar a un café, comerse un sánduche y continuar con su
anormal, cotidianidad. La mala educación es, quizás, grito y denuncia de lo que sucede en las escuelas, católicas para ser más específicos. Quizás en pro del derecho a la libertad de expresión, de opción sexual, y otras similares. Pero la propuesta, reincidente según otras realizaciones del español, está que en que el mundo gay es divinamente tan anormal como cualquier otro. Sí, porque la atrocidad como la ternura, el heroísmo como la
cobardía, son inherentes en todos los seres humanos sin importar su opción sexual. Los exóticos, personajes de Almodóvar son anormales porque son extremos, llevados a la exacerbación por el autor que ficciona con su propia y artificiosa condición de ser social y gay en un mundo donde todo lo atroz, lamentablemente, se está tornando en normal.

Aparte de ciertos grupos de fanáticos y reprimidos, la homosexualidad es una opción del individuo que es respetada por los demás, como los fetiches,
deseos y ansias que cualquiera tiene en una habitación cerrada, entre sábanas, bajo la sombra de un árbol en un parque público, con su pareja.
Todo lo que no entre en las fronteras de nuestras opciones será anormal. El homosexualismo, y sus facetas, en la cinematografía de Almodóvar no es
accidental, para nada. No es un incidente fortuito dentro de la trama de una historia acerca de la condición humana, no. Es simplemente el recurso de un atento cineasta que ha logrado explotar un espectáculo en el arte de la cinematografía, y va cayendo en el peor defecto de un peluquero de barrio: imponer la artificial gelatina de sus glúteos, al cliente, en lugar de cortarle bien el cabello.

 
 
 
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