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La homosexualidad 'ac(in)cidental'
de Almodóvar:
La mala educación
Efraín Villacís
Fatuo diálogo acerca
de 'La mala educación': Ya estoy harto del recurso gay
en las películas de Almodóvar, sentenció
alguno, sentado con incuria delante de un trago. Otro respondió
que nada que ver. La sensibilidad del cineasta español
está in cressendo. Sus personajes son inteligentes, sensibles
casi hasta el ridículo, en el buen sentido, y más.
Los relatos de pasión y crimen o muerte natural de Pedro
contienen todos los elementos profundos de la condición
humana, son historias que suceden y que no las podemos ver en
nuestra miope realidad cotidiana. Es Almodóvar el único,
capaz, genio, creador, que logra entregarnos estas soberbias
cintas. Preñadas de homosexuales, travestis y similares,
ironiza otro. No, dice el segundo, los homosexuales en las almodovarianas
películas son incidentales. Casi le creí, arriesgo
yo a continuación.
'La mala educación'
es una película decente -entiéndase que su realizador
sabe lo que hace con profesionalismo-, bien actuada, sus personajes
son creíbles.
El montaje, la luz y escenografía funcionan. El grado
de patetismo sentimentaloide está a la par de Pedro Almodóvar
paseando por las calles de Madrid con su mente viajando a mil
por hora, es decir con una lentitud, necesaria para la risa o
el llanto, escena a escena, cuadro a cuadro, canción a
canción. El motivo central de la trama es algo que sucede
desde que el mundo es mundo: el acoso, estupro y violación
de menores de edad por
parte de ciertos adultos cariñosos. Cuando la víctima
ha crecido, madurado, flota y reflota el trauma, todo se desencadena
en el crimen y en los bajos instintos de los protagonistas, para
que la vida, al final, siga igual, como aquella baladita famosa
en la voz impostada y empalagosa de
Julio Iglesias.
Si en lugar de ser Ignacio,
el niño con talento de escritor, abusado por el cura profesor,
en la escuela, fuera una niña, Mariela, y su hermano no
fuera Juan sino, digamos, Meche. Y que Mariela jugaba a tocarse
sus intimidades en el cine con Enrique; concluiríamos,
siguiendo la línea almodovariana, en que Mariela llega
a la pubertad siendo más cachonda que una mesalina de
la antigua Roma y que tendrá que fugarse del pequeño
infierno de su pueblo para viajar a la libertad de la gran ciudad,
donde ejercerá de prostituta, mandará dinero a
su madre, tía y hermana quienes viven avergonzadas de
la mala vida de la muchacha que, para variar, ha caído
en las drogas y todos los vicios posibles. Meche tiene dotes
de actriz y vive bajo la sombra de la fama, de su hermana puta
y escritora -¿oficios sinónimos?- y viajará
a la ciudad a estudiar actuación y para cuidar de la adicta
descarriada.
Mariela, escritora de cuentos, ha decidido dejar la droga y mejorar
su aspecto físico a través de la cirugía
y decide chantajear a su violador infantil, excura, ahora un
serio y responsable padre de familia. Meche se confabula con
el viejo verde y terminan matándola para ser libres. Meche
para seguir su vida de actriz en una película dirigida
por Enrique, el amor infantil de Mariela, amante actual de Meche.
Y el ex cura convencido de que
seguirá su gran idilio con la hermana de su víctima
de pedofilia. Qué agotador, este culebrón es culpa
de Almodóvar.
La mala educación, de Pedro Almodóvar, se ha promocionado
como la película más controversial de su carrera
porque se trata de la mala educación
ejercida por un cura de escuela a un niño, quien termina
de travesti y muere en su ley de narco-dependiente. Ahí
radica la controversia: en el mundo homosexual. Todos los personajes,
parece, miden la existencia según el diámetro de
su esfínter, y no del mundo en el que viven. Hablando
del derecho de contar historias, de crearlas a partir de los
propios demonios del creador, es totalmente válido, pero
cuando estas historias manipulan el
universo homosexual para conseguir el éxito de las mismas
no necesariamente entre los miembros de ese mundo sino en otro,
en aquel que sería timorato, ingenuo, con una moral torpe,
por ignorancia del mundo en el que habitan, termina siendo una
apología de lo anormal.
Los grandes personajes
de Almodóvar, aparte de ser gays, son filósofos,
tiernos geniales y eternas víctimas a pesar de las atrocidades
que son
capaces de realizar. Los espectadores salen, del cine, conmovidos,
repitiéndose: qué sensibles, inteligentes y normales,
han sido los homosexuales. Si fueran heterosexuales -los personajes-
no serían tan interesantes, y las historias, bien contadas
o no -ésta lo es-, serían otras tantas del cine
negro, kitsh, o del realismo sucio u otros membretes cinematográficos.
El boom de los últimos filmes de Almodóvar está
más en el
golpe de efecto de sus personajes que en los artificios creativos
para construirlos. Don Pedro ha cometido el más grande
camelo logrado por el cine
independiente, de los últimos tiempos. No es un genio,
es un buen cineasta, con algún toque genial, que ha conseguido
que la anormalidad de sus
personajes calen en el espectador como normales, habitantes de
calles desconocidas, más allá de la eficacia del
relato.
Esa visión de normalidad,
sólo se logra en los minutos que necesita el público
para llegar a un café, comerse un sánduche y continuar
con su
anormal, cotidianidad. La mala educación es, quizás,
grito y denuncia de lo que sucede en las escuelas, católicas
para ser más específicos. Quizás en pro
del derecho a la libertad de expresión, de opción
sexual, y otras similares. Pero la propuesta, reincidente según
otras realizaciones del español, está que en que
el mundo gay es divinamente tan anormal como cualquier otro.
Sí, porque la atrocidad como la ternura, el heroísmo
como la
cobardía, son inherentes en todos los seres humanos sin
importar su opción sexual. Los exóticos, personajes
de Almodóvar son anormales porque son extremos, llevados
a la exacerbación por el autor que ficciona con su propia
y artificiosa condición de ser social y gay en un mundo
donde todo lo atroz, lamentablemente, se está tornando
en normal.
Aparte de ciertos grupos de
fanáticos y reprimidos, la homosexualidad es una opción
del individuo que es respetada por los demás, como los
fetiches,
deseos y ansias que cualquiera tiene en una habitación
cerrada, entre sábanas, bajo la sombra de un árbol
en un parque público, con su pareja.
Todo lo que no entre en las fronteras de nuestras opciones será
anormal. El homosexualismo, y sus facetas, en la cinematografía
de Almodóvar no es
accidental, para nada. No es un incidente fortuito dentro de
la trama de una historia acerca de la condición humana,
no. Es simplemente el recurso de un atento cineasta que ha logrado
explotar un espectáculo en el arte de la cinematografía,
y va cayendo en el peor defecto de un peluquero de barrio: imponer
la artificial gelatina de sus glúteos, al cliente, en
lugar de cortarle bien el cabello.
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