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Cine del Ecuador: entre el
delirio y la incertidumbre
Juan Pablo Castro Rodas
El 2004 fue un año peculiar
en la más reciente historia de cine ecuatoriano. Se estrenaron
dos largometrajes de singular importancia. El primero Mientras
llega el día de Camilo Luzuriaga, de corte histórico.
El segundo Crónicas de Sebastián Cordero, primera
super producción. La producción de cortos aumentó
compitiendo con la sabiduría de los conejos. Además,
los festivales de cine de Cuenca, de Quito (el Cero latitud,
particularmente) apuntan un paso a la consolidación. También
el MACC en Guayaquil crece con las aguas cercanas de la ría.
Ha sido un tiempo nuevo para el cine. Los ojos ávidos
de los espectadores acudieron al encuentro con la oscuridad y
la fascinación. Las historias proyectadas en la pantalla
generaron palabras, ideas, emociones encontradas. Pero como suele
ser en nuestro país del delirio pasamos a la incertidumbre.
En ese tránsito nos distanciamos de lo que vimos, de lo
que sentimos. La euforia que supone el acercamiento a las películas
se desvanece por las sombras que siempre llegan. Así somos.
A ello acudimos.
Los largometrajes
Nuestro cine, en crecimiento
indudable, exige responsabilidad. Son pocas las películas
que se estrenan por año. Son pocos los cineastas que trabajan
permanentemente. Debido a esto sus películas deben soportar
todo el peso de la crítica. No solo de aquella que busca
descifrar los signos que están más allá
de lo evidente. Si no, y sobre todo, la del gran público.
Ese colectivo de miradas que buscan en las historias encontrarse
con algo de lo que supone esta simulación llamada nación.
De ahí que Mientras llega el día haya resultado
un desencuentro, una versión apurada de un pedazo de nuestra
historia. La sensación de vacío, de malestar no
pudo disimularse ni con la espléndida construcción
de los escenarios. Aunque se mantuvo durante varias semanas en
cartelera (siempre importante, desde luego) hubo una generalizada,
y a veces descarnada, demanda a los creadores.
En el caso de Crónicas el nacimiento de una relación
con productoras internacionales, así como su participación
en Cannes como la primera cinta ecuatoriana, constituyen puntos
a destacarse. Esta, para nosotros todavía, superproducción
marcó gran expectativa. La llegada de los actores Damián
Alcázar y Jhon Legízamo supuso una creciente emoción
en una país acostumbrado a una débil y apenas llamativa
farándula. Sin embargo el encuentro con un universo violento,
mediatizado por el sensacionalismo, así como una pobreza
convertida en el gran motivo estético apenas resultó
sorprendente. Así vivimos en el día a día.
Los noticieros de toda Latinoamérica están plagados
de historias similares. Los marginales y sus desdichas sensualizadas
en la lente se hallan en cada barrio. El poder, el cinismo nos
patean a todos. Esta película es otra más. Quizás
la menos ecuatoriana de los últimos años.
Los cortometrajes
Desde hace algunos años
este es un país de cortos. La creación de carreras
universitarias ha impulsado a un grupo de jóvenes realizadores.
Decenas de producciones se han podido mirar en los distintos
foros. Pero no necesariamente esta superpoblación de imágenes
determina en encuentro con la alegría. Llama la atención
en este sentido que el festival de cine de Cuenca haya declarado
desierto el premio en esta categoría.
En el caso del festival Cero Latitud también tuvimos que
enfrentarnos a trabajos de desafortunada presencia. La mayoría
(no cabe nombrarlos) se encuentran en una evidente fase de formalismo.
Las historias se subordinan a la puesta en escena, a la construcción
del discurso narrativo. Es como si importase cómo se cuentan,
nada más. Las tazas, los zapatos, los árboles como
motivos estéticos no logran converger en un todo organizado
y armónico. La impresión de frases edulcoradas,
cursis, sobre escenarios andinos resulta casi insoportable. En
el otro caso están las historias que acuden a los lugares
comunes como los atavismos a las drogas, a la seducción,
al engaño. Historias inverosímiles, que rompen
al instante la fascinación del cine, apretadas en una
puesta en escena desaliñada, con una sintaxis ofensiva.
¿Hay curadores exigentes que potencien el desarrollo de
los cortometrajes nacionales sin importar el consabido y patético
impulso al talento nacional? ¿Los jóvenes cineastas
conciben a su ejercicio como una búsqueda de una estética
propia, alejada de lo obvio, singular, íntima? Talvez
sea el momento de mirar lo que estamos produciendo. Alejarnos
de la solvencia técnica y enfrentarnos a las preguntas.
Los festivales
El de Cuenca, entre ríos.
Todavía distante del egocéntrico afán quiteño.
Pero necesario precisamente porque retoma y justifica la tan
venida a menos idea de una ciudad de cultura. Este año
pasado con un mini escándalo por la decisión del
jurado de declarar desierto el premio para los cortometrajes.
De eso se tratan los festivales: de mover las aguas empantanadas.
Las decisiones casi siempre están en contra de lo que
opinan los públicos. Ahí está la gracia.
Las palabras surgen entonces para cuestionar lo que los otros
miran. Los descontentos permiten que el mundo se mueva.
Los festivales de Quito, entre montañas. Quito T Muestra,
eficiente y frío. La selección de películas
resulta siempre atractiva. Demasiado próximo al Cero Latitud.Los
espectadores demandan una organización que conlleva apoyo
mutuo.
El segundo año del Cero Latitud caminó hacia delante.
La organización mejoró, aunque el tema de la prensa
todavía les resultó complicado de manejar. La creación
de un jurado de la crítica y la prensa resultó
un enunciado. En la práctica se perdió en los vericuetos.
La selección de los cortos se mostró excesivamente
generosa, apenas exigente. La de las películas en competencia
debe también repensar hacia dónde quiere que vaya
el festival. Las muestras paralelas fueron abundantes y persuasivas.
El cambio de sede principal constituyó un acierto. La
presencia de un centro acogedor y cercano al mundo de los espectadores
permitió mantener un flujo constante de cinéfilos.
Aunque la noche inicial el encanto se derrumbó, por una
inconcebible falla técnica, con el paso de los días
el festival fluyó. Claro lo que nos interesa ver son las
películas. Lo que está atrás de las cámaras
es apenas anecdótico.
La película ganadora La espera nos lleva a preguntarnos
qué cine estamos haciendo en este lado del mundo. No solamente
en Uruguay, de donde proviene esta cinta, sino en Perú,
en Venezuela, en Brasil, en México, en Chile. Las historiasnos
someten a un permanente dolor, a una suerte de universos devastados
de los cuales casi no es posible escapar. La esperanza aparece
como un muñeco tirado a la basura. ¿Eso es lo que
somos? ¿Este es un continente así, en el abismo,
en el desconcierto, en la agonía? ¿Realmente nuestro
cine nos retrata o hace de nosotros un imaginario? ¿Qué
le interesa proyectar a este festival, qué miran los jurados?
Este festival debe generar mesas de discusión más
amplias que superen el hecho cinematográfico y trasciendan
a un compromiso político.
Las preguntas que lanzamos
tienen la intención de generar una mirada aguda de lo
que somos, de los que pretendemos ser. El arte, el cine, permiten
la construcción de un mundo. A través del lenguaje
es posible reorganizar las estructuras de la sociedad. Al menos
mientras la película se proyecta. En cada uno de los cuadros
cabe la posibilidad del sueño, de la fantasía,
de la sorpresa. No queremos un cine que nos mienta, que invente
historias con hadas y superhéroes, con divas salvajes
y finales felices. No queremos un cine que nos enajene, que nos
alucine, que nos invada. Pero tampoco queremos un cine que nos
apuñale, que nos haga sangrar, que nos acerque al gozo
perverso de lo que no queremos ser. Queremos un cine que nos
mire de frente, que nos abrace, que nos someta, pero que nos
haga creer que otro mundo es posible.
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