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Julio Verne, cien años
después
Adicta: culpable y confesa
Rosalía Arteaga Serrano
rarteaga@otca.org.br
Creo que algunos de los primeros
libros que captaron mi atención y me volvieron para siempre
una adicta total, culpable y confesa a la lectura, fueron escritos
por el genial autor: Julio Verne, por lo que tengo una deuda
de gratitud eterna, de allí que quería, a través
de esta columna, rendirle un homenaje, ahora, cuando se conmemoran
cien años de su nacimiento.
Me parece que esta deuda que
tengo, es compartida por innumerables personas a lo largo y ancho
del mundo, en los más diversos idiomas, personas que seguramente,
sobre todo niños y adolescentes, sintieron su imaginación
fue estimulada por los escritos de este hombre visionario, que
se adelantó a su tiempo, y que muchas veces fue precursor
y orientó los avances y las exploraciones de la ciencia,
inclusive décadas más tarde.
Es difícil encontrar personas de mi generación
por ejemplo, que no se hayan sentido fascinadas y deleitadas
por libros como Veinte mil leguas de viaje submarino, De la Tierra
a la Luna o La vuelta al mundo en 80 días la descripción
de las profundidades del mar, la utilización de naves
que pueden deslizarse hasta el fondo del mar, la fabulosa presencia
del capitán Nemo, o el globo aerostático capaz
de recorrer el mundo, poniendo alas a los sueños permanentes
del ser humano por volar.
Pero también debo decir
que fui también seducida por otros libros, tal vez, menos
conocidos del autor como Los Hijos del Capitán y seducida
por todos los exóticos y maravillosos escenarios que nos
creaba y recreaba a lo largo de sus páginas, dejando que
la imaginación volara, a rienda suelta, cual caballo desbocado,
abriendo puertas hacia mundos nuevos, desconocidos, mágicos,
en los que sin embargo, se ponían de relieve los conocimientos
de Julio Verne sobre avances en el ámbito de las ciencias;
una pequeña pista, un indicio de lo que podrá ser
inventado, y su imaginación y la nuestra, la de todos
sus lectores, de todas las edades no reconocía fronteras.
Así, Julio Verne, el
viejo de barbas blancas, como generalmente era retratado, se
transformó en un antiguo y generoso conocido para muchos,
para todos aquellos que hemos querido encontrar en la lectura,
no solamente una fuente de aprendizaje, sino de diversión,
de maravilla contenida en las páginas, aquello que ahora
se llama como "lúdico" y que es parte tan relevante
de la vida de las personas.
Claro que los tiempos han cambiado
y que, por ejemplo, las imágenes han tomado el lugar de
muchas palabras, por eso yo no recomendaría a los profesores
de literatura o a los papás justamente empeñados
en que sus hijos adquieran ese saludable hábito de lectura,
yo no recomendaría a los neolectores, salvo en casos muy
especiales, empezar a crear esta adicción, leyendo algunas
de las obras de Verne, la televisión, el cine han hecho
que las treinta o cuarenta páginas que le toma el celebérrimo
autor para descubrir el fondo del mar, sean fácilmente
sustituidos por una toma, el paseo de segundos de una cámara
filmadora, que en instantes nos muestra como es realmente el
fondo del mar, y allí viene una nociva competencia entre
páginas y palabras escritas. Por ello, infinidad de chicos
forzados por sus maestros a leer obras como las que comentamos,
encuentran que leer es aburrido.
En los tiempos actuales hay
que empezar por lecturas diferentes, y ya cuando el hábito
y hasta la adicción se han introducido en estos jóvenes
organismos, se puede pasar a leer a Verne, y ahí si, con
seguridad estos neolectores se quedarán cautivados con
su relato, encontrando que las descripciones, las novelas del
genial Julio Verne, no han pasado de moda, siguen tan actuales
como el enigmático capitán Nemo, que ha dado lugar
a muchas creaciones cinematográficas y televisivas.
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