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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Julio Verne, cien años después

Adicta: culpable y confesa

Rosalía Arteaga Serrano
rarteaga@otca.org.br

Creo que algunos de los primeros libros que captaron mi atención y me volvieron para siempre una adicta total, culpable y confesa a la lectura, fueron escritos por el genial autor: Julio Verne, por lo que tengo una deuda de gratitud eterna, de allí que quería, a través de esta columna, rendirle un homenaje, ahora, cuando se conmemoran cien años de su nacimiento.

Me parece que esta deuda que tengo, es compartida por innumerables personas a lo largo y ancho del mundo, en los más diversos idiomas, personas que seguramente, sobre todo niños y adolescentes, sintieron su imaginación fue estimulada por los escritos de este hombre visionario, que se adelantó a su tiempo, y que muchas veces fue precursor y orientó los avances y las exploraciones de la ciencia, inclusive décadas más tarde.
Es difícil encontrar personas de mi generación por ejemplo, que no se hayan sentido fascinadas y deleitadas por libros como Veinte mil leguas de viaje submarino, De la Tierra a la Luna o La vuelta al mundo en 80 días la descripción de las profundidades del mar, la utilización de naves que pueden deslizarse hasta el fondo del mar, la fabulosa presencia del capitán Nemo, o el globo aerostático capaz de recorrer el mundo, poniendo alas a los sueños permanentes del ser humano por volar.

Pero también debo decir que fui también seducida por otros libros, tal vez, menos conocidos del autor como Los Hijos del Capitán y seducida por todos los exóticos y maravillosos escenarios que nos creaba y recreaba a lo largo de sus páginas, dejando que la imaginación volara, a rienda suelta, cual caballo desbocado, abriendo puertas hacia mundos nuevos, desconocidos, mágicos, en los que sin embargo, se ponían de relieve los conocimientos de Julio Verne sobre avances en el ámbito de las ciencias; una pequeña pista, un indicio de lo que podrá ser inventado, y su imaginación y la nuestra, la de todos sus lectores, de todas las edades no reconocía fronteras.

Así, Julio Verne, el viejo de barbas blancas, como generalmente era retratado, se transformó en un antiguo y generoso conocido para muchos, para todos aquellos que hemos querido encontrar en la lectura, no solamente una fuente de aprendizaje, sino de diversión, de maravilla contenida en las páginas, aquello que ahora se llama como "lúdico" y que es parte tan relevante de la vida de las personas.

Claro que los tiempos han cambiado y que, por ejemplo, las imágenes han tomado el lugar de muchas palabras, por eso yo no recomendaría a los profesores de literatura o a los papás justamente empeñados en que sus hijos adquieran ese saludable hábito de lectura, yo no recomendaría a los neolectores, salvo en casos muy especiales, empezar a crear esta adicción, leyendo algunas de las obras de Verne, la televisión, el cine han hecho que las treinta o cuarenta páginas que le toma el celebérrimo autor para descubrir el fondo del mar, sean fácilmente sustituidos por una toma, el paseo de segundos de una cámara filmadora, que en instantes nos muestra como es realmente el fondo del mar, y allí viene una nociva competencia entre páginas y palabras escritas. Por ello, infinidad de chicos forzados por sus maestros a leer obras como las que comentamos, encuentran que leer es aburrido.

En los tiempos actuales hay que empezar por lecturas diferentes, y ya cuando el hábito y hasta la adicción se han introducido en estos jóvenes organismos, se puede pasar a leer a Verne, y ahí si, con seguridad estos neolectores se quedarán cautivados con su relato, encontrando que las descripciones, las novelas del genial Julio Verne, no han pasado de moda, siguen tan actuales como el enigmático capitán Nemo, que ha dado lugar a muchas creaciones cinematográficas y televisivas.

 
 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador