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La suerte y lo extraordinario
- Víctor Manuel Guzmán
Villena
- victormanuelguzman@yahoo.com
Si comer manzanas un día
nos alimentara, y al día siguiente nos matara; si nuestro
vecino fuera tan pronto un hombre agradable como un homicida
maníaco; la vida humana y la sociedad no lo resistiría;
en realidad no podría haberse desarrollado. Pero la regularidad
y la normalidad del orden establecido no lo es todo en el reino
humano. El azar y la casualidad irrumpe con frecuencia y trastocan
dicha regularidad, provocando "sin saber cómo ni
por qué" acontecimientos que afectan de forma considerable
nuestro bienestar y nuestro infortunio. Y es justo aquí
donde la suerte entra en escena. Tanto la suerte como la fortuna
son notoriamente vanas. Según dice Horacio: "La fortuna,
feliz en su cruel acción, y obstinada al jugar su juego
perverso, siempre cambiando sus inconstantes honores, favoreciéndome
ahora a mí o algún otro."
La suerte es la antítesis
de una expectativa razonable. Se manifiesta ella misma de forma
más llamativa en situaciones contraindicadas, acontecimientos
que son sorprendentes porque se oponen a todo tipo de previsión
plausible. Algunos de los ejemplos fundamentales de sucesos que
deberían sorprendernos son aquellos que están fuera
de nuestro control y aquellos cuya eventualidad es inherentemente
azarosa. La suerte crece entre la probabilidad y la realidad,
entre lo que se puede esperar razonablemente (lo que por lógica
debería ocurrir) y lo que realmente ocurre. Cuando ambos
coinciden, la suerte desaparece, el individuo que obtiene una
ganancia previsible es afortunado, pero no tiene suerte. Pero
cuando lo bueno o lo malo entra en acción en circunstancias
en las que la realidad está en desacuerdo con una expectativa
razonable, entonces, la suerte, ya sea buena o aciaga, entra
en escena.
Sin embargo, un acontecimiento
feliz o infeliz puede ser un asunto de suerte desde el punto
de vista del receptor, incluso si es fruto de una estrategia
deliberada por otros. (Un secreto benefactor que nos envía
un cheque con una importante cantidad representa un golpe de
buena suerte, a pesar de que sea algo que él haya planeado
desde hace años.) De tal forma que incluso si alguien
distinto de la persona afectada es capaz de predecir un acontecimiento
inesperado, el acontecer en cuestión entra en el terreno
de la suerte para aquellos que están implicados.
Las cosas buenas
Hay, en general, tres caminos
para alcanzar las cosas buenas de la vida tal como son la salud,
la riqueza y el éxito, y otros similares: en teoría
se pueden lograr mediante el esfuerzo y el trabajo duro (al viejo
estilo), o gracias a la fortuna (por nacimiento y herencia),
o simplemente teniendo suerte ganando en la "lotería
de la vida". Por regla general, para la mayoría de
nosotros y durante la mayor parte del tiempo, las cosas buenas
son fruto del esfuerzo, la planificación, el trabajo y
la tenacidad.
La suerte representa una forma
de obtenerlas más fácilmente, como si se tratara
de un "regalo de los dioses". (Y, por supuesto, funciona
en los dos sentidos: lo que la buena suerte da, la mala suerte
se lo lleva). La suerte viene a ser un atajo que nos permite
alcanzar las cosas buenas de la vida.
Con buena suerte obtenemos
algo por nada, un nacimiento inesperado e inmerecido. Normalmente
las cosas buenas que nos pasan son fruto de nuestra habilidad,
nuestro esfuerzo, mientras que todo lo malo que nos ocurre lo
achacamos, en consecuencia, a nuestros defectos. Pero la suerte
nos proporciona una ruta alternativa. Para aquellos que tienen
los favores de la suerte, "un golpe de buena suerte es tan
bueno como un saco de sabiduría" (tal y como dice
el refrán). Cuando uno reconoce que tiene buena suerte,
la reacción natural no sólo es de sorpresa, sino
también de placer. Tener un favor que llevarse al cuerpo
como un juego de circunstancias que se nos han anticipado y que
no se han pedido es algo que uno tiene la obligación de
encontrar agradable.
Lo esperable
Entre los Presidentes del Ecuador,
Jaime Roldós fue afortunado porque las circunstancias
le situaron para alcanzar el sillón presidencial, pero
Oswaldo Hurtado tuvo suerte al poder llegar a él a través
de un accidente de su antesesor. Puesto que la suerte implica
que las cosas acontezcan para bien o para mal de forma imprevisible,
se deduce que hay que considerar que la gente tiene suerte siempre
que alcance el éxito más allá del nivel
razonable de expectación que sus cualidades heredadas
y sus condiciones adquiridas indicarían. Y por el contrario,
aquellos que fracasan más allá del nivel razonable
de expectación que indican sus defectos, sus deficiencias
y sus déficits personales habría que pensar que
simplemente tienen mala suerte. Por lo tanto, siempre que las
cosas discurran por cauces normales, naturales y tal y como se
espera que discurran, la suerte no está en escena.
La suerte implica un alejamiento
de lo esperable, y su lugar en el escenario de los asuntos humanos
se asegura por el hecho de que las condiciones de la vida son
irregulares, ya sean éstas de carácter social,
político o astrológico; las cosas no discurren
siempre por cauces normales y regulares. Incluso Homero se duerme
a veces, y personas como Muhammad Alí o Michael Shumacher
pueden tener un mal día a pesar de ser casi invencibles.
Siempre es un regalo
No importa lo que la buena
suerte nos depare, es siempre un regalo; siempre que la suerte
esté implicada, no exige que pongamos a prueba nuestro
talento ni que realicemos ningún esfuerzo, y ningún
mérito está en juego. Por el contrario, sea lo
que sea lo que la mala suerte nos quite, deja nuestros méritos
intactos; nuestra valía no sufre disminución alguna
cuando la suerte está en juego, no exige una disminución
de nuestros talentos ni un fracaso de nuestro esfuerzo. La suerte
afecta a nuestra condición personal, pero no refleja nuestra
valía personal. Alfaro, Allende, Guevara, Lincoln fueron
asesinados. Harry Truman, Ronald Reagan el Papa Juan Pablo II
sobrevivieron a los intentos de asesinatos. (En el caso de Truman
salió totalmente ileso y se puede decir que tuvo suerte).
En este contexto, ningún mérito particular se añade
a un lado de la dicotomía, ni ningún defecto especial
al otro. Cuando decimos que es así como la suerte funciona,
lo hemos dicho todo.
La casualidad se manifiesta
de forma más notable cuando las circunstancias improbables
ocurren en realidad. Tenemos especialmente suerte cuando las
cosas nos son favorables a pesar de nuestra inacción,
o incluso más, a pesar de los malos consejos y las acciones
equivocadas. Y por ende, tenemos especialmente mala suerte cuando
las cosas nos salen mal a pesar de haber hecho todo lo preciso
para que salieran bien.
El enfermo que se recupera
de repente a pesar de haber tomado las medicinas que no debía,
tiene suerte; el que empeora a pesar de estar tomando la medicación
precisa y siguiendo el tratamiento adecuado, tiene mala suerte.
En tales casos, la lógica del sentido común de
la situación concreta señala en una dirección,
mientras que los dictados del destino señalan en dirección
contraria. El funcionamiento de la suerte se manifiesta claramente
en los aconteceres favorables y adversos que no tienen porque
darse en absoluto "por lógica".
Entre mil acciones bursátiles
algunas están destinadas a subir mientras que otras no,
independientemente de que el momento sea propicio o no. La gente
tiene participaciones en estas acciones. Por lo tanto, siempre
habrá perdedores y ganadores. Y, dado lo azaroso del asunto,
la diferencia entre ellos dependerá generalmente única
y exclusivamente de la suerte.
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