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Pedro Páramo y el complejo
de culpa
MIGUEL ROBERTO GAVILANES
El pesado universo construido
por Rulfo, circunscrito a Comala y la Media Luna, funciona como
una intrigante metáfora del PURGATORIO de la mitología
cristiana. Ambas participan a nivel simbólico de una ubicuidad
espacial, de un no-espacio, de un no-tiempo, de una intemporalidad;
ambas parecen retener en su seno "almas" en espera
de expiación de culpas.
Dimensiones
La idea de una dimensión
suprahumana es tan antigua como los mitos de la creación:
el hades griego, como lugar de destino de los muertos, con su
río y su barquero (Caronte-Abundio Martínez), el
sheol, el gehenna de los judíos, que originariamente se
referían a una dimensión infernal, pasaron a formar
otra región intermedia a fines de la Alta Edad Media y
teológicamente aceptada como purgatorio a raíz
de inmensa e intensa difusión de La Comedia del Dante,
logrando el tres -tan caro al catolicismo- de las dimensiones
pos-mortales: Infierno, purgatorio y paraíso.
PURGATORIO: lugar donde las almas, incompletamente purificadas,
acaban de purgar sus culpas antes de obtener el privilegio de
los goces celestiales. Esta definición que trae cualquier
diccionario, es suficiente para ubicar nuestro ensayo. El purgatorio
es el sitio intermedio, de tránsito, donde se desprenden
de las culpas. Revisemos qué es la culpa.
Mitos y símbolos
Paúl Ricoer, en La simbólica
del mal, refiriéndose al mito de la caída Adánica,
establece tres niveles de omisión al mandato divino: la
mancha, el pecado y la culpa. La primera constituye una idea
del mal como algo externo al ser humano; la segunda como una
interiorización del mal; la última como el reconocimiento
del delito. Este tercer nivel desencadena el proceso de recuperación
de la gracia. Ese "soy culpable" y "debo obtener
el perdón" es lo que se ha denominado como complejo
de culpa.
Pocos personajes rulfianos escapan al remordimiento: Juan Preciado,
quien llega a Comala como Telémaco en busca de su padre,
es uno de ellos. Susana San Juan a quien Rulfo la coloca -tanto
como Dante a Beatriz- "a centenares de metros, encima de
todas las nubes {...} escondida en la inmensidad de Dios, detrás
de Su Divina Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte
y adonde no llegan mis palabras", proyecta una incestuosa
relación con Bartolomé San Juan. Pero ella es "una
mujer que no era de este mundo".
Pero la concepción de la culpa como mancha resulta demasiado
evidente en el de Donis y su hermana, incestuosos amantes, a
quienes ni el obispo perdona, sobre todo en la hermana, en quien
se verifica el pecado como mancha: "¿No me ve el
pecado? ¿No ve esas manchas moradas como de jiote que
me llenan de arriba abajo?".
La mirada hacia atrás
El complejo de culpa se instala,
en mayor o menor grado, en los demás personajes de la
novela. Si pretender un rastreo exhaustivo, pasemos revista a
esos "grandes culpables" y sobre todo en tres de ellos:
el licenciado Gerardo Trujillo, abogado, el padre Rentería
y Pedro Páramo, terrateniente de la Media Luna.
Gerardo Trujillo ha sido seleccionado por razones evidentes:
representa a la ley, pero el "derecho civil" se ha
colocado al lado del poder económico, personificado por
Lucas Páramo al inicio y luego por Pedro, su hijo. Trujillo
los ha servido a ambos. Pedro Páramo lo utiliza para salvar
a su hijo Miguel de la cárcel "cuando menos unas
quince veces".
Este esbirro es mencionado por primera vez en un traspaso de
propiedad: el rancho "Puerta de piedra" para Damasio
y así comprar el servilismo de ambos y la seguridad en
sus servicios.
Cuando Gerardo está viejo y la situación es conflictiva
debido a los desmanes revolucionarios, el remordimiento lo acosa
y decide retirarse a Sayula a vivir en paz con la jugosa gratificación
que espera recibir luego de tantos años de servilismo.
"Ustedes los abogados tienen esa ventaja dictamina
Pedro Páramo- pueden llevarse su patrimonio a todas partes,
mientras no les rompan el hocico.
Complicidades
Trujillo no quiere continuar
siendo cómplice de "ciertas irregularidades"
en los papeles, ciertos testimonios que "pueden prestarse
a malos manejos". Pero mal paga el diablo a sus devotos:
la recompensa esperada no se manifiesta.
Al contrario, la humillación es lapidaria: ha tenido que
acallar con sus propios recursos a las numerosas víctimas
de Miguel Páramo: "¡Date de buenas que vas
a tener un hijo güerito!". Mil pesos es el costo de
un silencio de toda una vida. "Aquí tienes,
Gerardo. Cuídalos muy bien porque no retoñan."
{...} "-Si, tampoco los muertos retoñan -y agregó-desgraciadamente."
Delegaciones divinas
El Padre Rentería inútil
decirlo- representa al poder religioso y es uno de los ejes actanciales
que cruza la mayor parte del relato.
De allí que su personal remordimiento, su culpa personal,
sea una de las mejor logradas por Rulfo. Ha omitido la caridad
para con los pobres: no celebra misa por los deudos que no puedan
pagarlas.
La muerte de Miguel Páramo inicia su conflicto. Como hombre
es reacio a perdonar la doble ofensa recibida de Miguel Páramo
a su familia: la muerte de su hermano y la violación de
su sobrina. Como religioso debe hacerlo. Ante tal disyuntiva,
el sonido metálico lo inclina al indulto: "El padre
Rentería recogió las monedas una por una y se acercó
al altar." -"Son tuyas dijo- Él puede
comprar la salvación. Tú sabes si éste es
el precio. En cuanto a mí, Señor, me pongo a tus
plantas para pedirte lo justo o lo injusto [...] Por mí,
condénalo, Señor ".
Su reflexión posterior es esclarecedora: "Todo esto
que sucede es por mi culpa -se dijo- El temor de ofender
a quienes me sostienen. Pero esta es la verdad; ellos me dan
mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones
no llenan el estómago" Se retira esa noche a su particular
Huerto de los Olivos donde se siente muerto. Luego irá
a Contla, donde se confiesa con el cura del lugar, quien le dice:
"Ese hombre de quien no quieres mencionar su nombre ha despedazado
tu iglesia y tú se lo has consentido. ¿Qué
se puede esperar de ti, padre? ¿Qué has hecho de
la fuerza de Dios? [...] No, padre, mis manos no son lo suficientemente
limpias para darte la absolución. Tendrás que buscarla
en otra parte." Todos sabemos dónde buscará
la omisión de su culpa: la guerra de los cristeros.
Autores y cómplices
Pedro Páramo, el poder
omnipresente, es el gestor intelectual de todo el mal de Comala:
un pueblo que nace con él y que desaparece cuando él
lo dispone: tras el circo que se forma luego de la muerte de
su único amor Susana San Juan--, ese amor infantil
que será su verdadero purgatorio. Pedro Páramo
nunca vivió: estuvo muerto siempre: Abundio Martínez
lo único que efectúa es desmoronar esa imagen momificada
del Amo de Comala.
Lucas-Pedro-Miguel Páramos son apenas esto: un rencor
vivo. Están condenados a balbucear su culpa para siempre
en el Purgatorio de Comala.
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