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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Pedro Páramo y el complejo de culpa

MIGUEL ROBERTO GAVILANES

El pesado universo construido por Rulfo, circunscrito a Comala y la Media Luna, funciona como una intrigante metáfora del PURGATORIO de la mitología cristiana. Ambas participan a nivel simbólico de una ubicuidad espacial, de un no-espacio, de un no-tiempo, de una intemporalidad; ambas parecen retener en su seno "almas" en espera de expiación de culpas.

Dimensiones

La idea de una dimensión suprahumana es tan antigua como los mitos de la creación: el hades griego, como lugar de destino de los muertos, con su río y su barquero (Caronte-Abundio Martínez), el sheol, el gehenna de los judíos, que originariamente se referían a una dimensión infernal, pasaron a formar otra región intermedia a fines de la Alta Edad Media y teológicamente aceptada como purgatorio a raíz de inmensa e intensa difusión de La Comedia del Dante, logrando el tres -tan caro al catolicismo- de las dimensiones pos-mortales: Infierno, purgatorio y paraíso.
PURGATORIO: lugar donde las almas, incompletamente purificadas, acaban de purgar sus culpas antes de obtener el privilegio de los goces celestiales. Esta definición que trae cualquier diccionario, es suficiente para ubicar nuestro ensayo. El purgatorio es el sitio intermedio, de tránsito, donde se desprenden de las culpas. Revisemos qué es la culpa.

Mitos y símbolos

Paúl Ricoer, en La simbólica del mal, refiriéndose al mito de la caída Adánica, establece tres niveles de omisión al mandato divino: la mancha, el pecado y la culpa. La primera constituye una idea del mal como algo externo al ser humano; la segunda como una interiorización del mal; la última como el reconocimiento del delito. Este tercer nivel desencadena el proceso de recuperación de la gracia. Ese "soy culpable" y "debo obtener el perdón" es lo que se ha denominado como complejo de culpa.
Pocos personajes rulfianos escapan al remordimiento: Juan Preciado, quien llega a Comala como Telémaco en busca de su padre, es uno de ellos. Susana San Juan a quien Rulfo la coloca -tanto como Dante a Beatriz- "a centenares de metros, encima de todas las nubes {...} escondida en la inmensidad de Dios, detrás de Su Divina Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras", proyecta una incestuosa relación con Bartolomé San Juan. Pero ella es "una mujer que no era de este mundo".
Pero la concepción de la culpa como mancha resulta demasiado evidente en el de Donis y su hermana, incestuosos amantes, a quienes ni el obispo perdona, sobre todo en la hermana, en quien se verifica el pecado como mancha: "¿No me ve el pecado? ¿No ve esas manchas moradas como de jiote que me llenan de arriba abajo?".

La mirada hacia atrás

El complejo de culpa se instala, en mayor o menor grado, en los demás personajes de la novela. Si pretender un rastreo exhaustivo, pasemos revista a esos "grandes culpables" y sobre todo en tres de ellos: el licenciado Gerardo Trujillo, abogado, el padre Rentería y Pedro Páramo, terrateniente de la Media Luna.
Gerardo Trujillo ha sido seleccionado por razones evidentes: representa a la ley, pero el "derecho civil" se ha colocado al lado del poder económico, personificado por Lucas Páramo al inicio y luego por Pedro, su hijo. Trujillo los ha servido a ambos. Pedro Páramo lo utiliza para salvar a su hijo Miguel de la cárcel "cuando menos unas quince veces".
Este esbirro es mencionado por primera vez en un traspaso de propiedad: el rancho "Puerta de piedra" para Damasio y así comprar el servilismo de ambos y la seguridad en sus servicios.
Cuando Gerardo está viejo y la situación es conflictiva debido a los desmanes revolucionarios, el remordimiento lo acosa y decide retirarse a Sayula a vivir en paz con la jugosa gratificación que espera recibir luego de tantos años de servilismo. "Ustedes los abogados tienen esa ventaja ­dictamina Pedro Páramo- pueden llevarse su patrimonio a todas partes, mientras no les rompan el hocico.

Complicidades

Trujillo no quiere continuar siendo cómplice de "ciertas irregularidades" en los papeles, ciertos testimonios que "pueden prestarse a malos manejos". Pero mal paga el diablo a sus devotos: la recompensa esperada no se manifiesta.
Al contrario, la humillación es lapidaria: ha tenido que acallar con sus propios recursos a las numerosas víctimas de Miguel Páramo: "¡Date de buenas que vas a tener un hijo güerito!". Mil pesos es el costo de un silencio de toda una vida. "­Aquí tienes, Gerardo. Cuídalos muy bien porque no retoñan." {...} "-Si, tampoco los muertos retoñan -­y agregó-desgraciadamente."

Delegaciones divinas

El Padre Rentería ­inútil decirlo- representa al poder religioso y es uno de los ejes actanciales que cruza la mayor parte del relato.
De allí que su personal remordimiento, su culpa personal, sea una de las mejor logradas por Rulfo. Ha omitido la caridad para con los pobres: no celebra misa por los deudos que no puedan pagarlas.
La muerte de Miguel Páramo inicia su conflicto. Como hombre es reacio a perdonar la doble ofensa recibida de Miguel Páramo a su familia: la muerte de su hermano y la violación de su sobrina. Como religioso debe hacerlo. Ante tal disyuntiva, el sonido metálico lo inclina al indulto: "El padre Rentería recogió las monedas una por una y se acercó al altar." -­"Son tuyas ­dijo- Él puede comprar la salvación. Tú sabes si éste es el precio. En cuanto a mí, Señor, me pongo a tus plantas para pedirte lo justo o lo injusto [...] Por mí, condénalo, Señor ".
Su reflexión posterior es esclarecedora: "Todo esto que sucede es por mi culpa ­-se dijo- El temor de ofender a quienes me sostienen. Pero esta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago" Se retira esa noche a su particular Huerto de los Olivos donde se siente muerto. Luego irá a Contla, donde se confiesa con el cura del lugar, quien le dice: "Ese hombre de quien no quieres mencionar su nombre ha despedazado tu iglesia y tú se lo has consentido. ¿Qué se puede esperar de ti, padre? ¿Qué has hecho de la fuerza de Dios? [...] No, padre, mis manos no son lo suficientemente limpias para darte la absolución. Tendrás que buscarla en otra parte." Todos sabemos dónde buscará la omisión de su culpa: la guerra de los cristeros.

Autores y cómplices

Pedro Páramo, el poder omnipresente, es el gestor intelectual de todo el mal de Comala: un pueblo que nace con él y que desaparece cuando él lo dispone: tras el circo que se forma luego de la muerte de su único amor ­Susana San Juan--, ese amor infantil que será su verdadero purgatorio. Pedro Páramo nunca vivió: estuvo muerto siempre: Abundio Martínez lo único que efectúa es desmoronar esa imagen momificada del Amo de Comala.
Lucas-Pedro-Miguel Páramos son apenas esto: un rencor vivo. Están condenados a balbucear su culpa para siempre en el Purgatorio de Comala.

 
 
 
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