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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

La casa: el espacio y la memoria

Adriana Balladares

Independientemente de su construcción física, su topografía, identificamos la casa como un lugar que nos ampara, como nuestra fortaleza, ese sitio en que no solamente nos sentimos seguros en nuestra intimidad, sino donde descansamos, reponemos energías y planificamos las acciones con las que vamos a enfrentar la fortuna o adversidad que eventualmente nos ofrece la vida.

La madre

La identificación de la casa - refugio, nos trae a la memoria el primer gran resguardo de nuestra vida: la madre, no solo en los términos físicos de que fue en su vientre donde se configuró nuestro ser, sino también de aquel regazo protector que nos enseñó a agregar valores de intimidad a esa personalidad en formación de nuestra niñez, a ese trozo de poesía que se desprendía de sus canciones de cuna.

Pero quizá lo más importante de la casa es que puede ser aprehendida en su dimensión real, esto es, como el espacio en el que habitamos, así como en una dimensión irreal, la de nuestros sueños, en la que la evocación, la fantasía, permite identificarla como el escenario cósmico de nuestros proyectos, anhelos y aspiraciones.

Dicho de otra forma, el espacio se construye y nos construye, asignamos a cada lugar una función porque entendemos que es la que mejor puede cumplir, y al hacerlo, proyectamos una forma de ser y existir que tiende a mantenerse en términos generacionales, mientras se mantengan los códigos éticos y estéticos que corresponden a nuestro contexto social.

Los recuerdos

De hecho, los recuerdos están alejados de nuestra realidad, pero rompen las limitaciones temporales, para fusionarse en nuestra memoria a través de un proceso de elaboración de símbolos, cuyo vínculo objetivo y objetivante es el espacio, en el que cada uno de esos rincones entrega a un acto una significación e inclusive un mobiliario: de temor y acechanza cuando son obscuros y apartados (como un sótano o debajo de las escaleras), de alegría vinculante cuando son claros y de fácil acceso (como el rincón de la chimenea en la sala), de intimidad ensoñadora que nos conduce a lo onírico (como el dormitorio con su lecho), o de extroversión familiar y eventualmente social (como el comedor con sus espacios jerárquicamente delimitados).

Retorno

En esta cotidianeidad, la casa tiene tales características de familiaridad, que siempre retornamos a ella, independientemente de lo que hagamos, constituyéndose en un emblema de fijeza ante lo pasajero, de confianza ante lo eventual, de seguridad y fortaleza ante la debilidad que proyectan nuestras limitaciones, de una poesía cotidiana documentada con nuestras experiencias externas, valorizadas con los detalles que se incorporan a nuestra memoria, en un ejercicio que no solo nos permite ver el pasado, leerlo; sino también proyectar nuestro futuro.

Pero no es lo mismo la casa del campo que la casa de la ciudad, en aquella, su relativo aislamiento infiere sentimientos de una soledad familiar, de una luz que atrae al caminante con una promesa de protección y abrigo que nos hace recordar insistentemente la cálida protección del claustro materno, más aún, de un lugar en el que la vida humana se concentra y organiza para defenderse de las inclemencias naturales, al tiempo que se prepara para el bregar de un mañana en que con seguridad, se continuará extrayendo de la naturaleza los frutos necesarios para el diario sustento.

Por el contrario, la casa de la ciudad, sobre todo el edificio de apartamentos, es un espacio de privacidad en un mundo colectivo, pero al mismo tiempo de un conjunto de seres solitarios, que se aíslan unos de otros a través del sólido símbolo de una puerta, y unas familias de otras, a través del símbolo aún más sólido de una pared.

Hay quienes apologizan de esta diferencia, asignando a la vivienda campesina un contenido romántico, que mantiene al individuo en contacto con la naturaleza, con sus rumores y fragancias y por lo tanto, con una existencia bucólica, sosegada, que contrasta violentamente con la residencia urbana, a la que se identifica con el frío del asfalto, ruidos y smog vehiculares y consecuentemente, con ritmos precipitados, llenos de stress, de angustia.

Fortaleza de puertas abiertas

Como quiera que sea, sin embargo, una cosa es indiscutible, más allá de su estructura física, inclusive, de las relaciones de propiedad, nuestra casa, nuestro refugio, nuestra fortaleza, el centro de nuestro universo, es nuestro hogar, en el que igualmente soñamos, nos organizamos y nos movilizamos para intentar la conquista de esos sueños, y en donde acumulamos el botín de aquella conquista, nuestros recuerdos objetivados de cada circunstancia vivida.

No importa si es una cabaña o un lugar en un edificio de apartamentos, si es un castillo con corazón de choza, o una choza con pretensiones de castillo, mientras tenga una puerta que se abra ante nuestra presencia, nos acoja con calor de hogar, nos permita nuestra perduración familiar y nos brinde su discreta oscuridad en la que sacar a flote nuestros miedos y aspiraciones, es seguro que no solo por tradición idiomática, sino porque así sintamos la identificación casa - hogar, seguiremos diciendo "me voy a mi casa".

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador