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La casa: el espacio y la memoria
Adriana Balladares
Independientemente de su construcción
física, su topografía, identificamos la casa como
un lugar que nos ampara, como nuestra fortaleza, ese sitio en
que no solamente nos sentimos seguros en nuestra intimidad, sino
donde descansamos, reponemos energías y planificamos las
acciones con las que vamos a enfrentar la fortuna o adversidad
que eventualmente nos ofrece la vida.
La madre
La identificación de
la casa - refugio, nos trae a la memoria el primer gran resguardo
de nuestra vida: la madre, no solo en los términos físicos
de que fue en su vientre donde se configuró nuestro ser,
sino también de aquel regazo protector que nos enseñó
a agregar valores de intimidad a esa personalidad en formación
de nuestra niñez, a ese trozo de poesía que se
desprendía de sus canciones de cuna.
Pero quizá lo más
importante de la casa es que puede ser aprehendida en su dimensión
real, esto es, como el espacio en el que habitamos, así
como en una dimensión irreal, la de nuestros sueños,
en la que la evocación, la fantasía, permite identificarla
como el escenario cósmico de nuestros proyectos, anhelos
y aspiraciones.
Dicho de otra forma, el espacio
se construye y nos construye, asignamos a cada lugar una función
porque entendemos que es la que mejor puede cumplir, y al hacerlo,
proyectamos una forma de ser y existir que tiende a mantenerse
en términos generacionales, mientras se mantengan los
códigos éticos y estéticos que corresponden
a nuestro contexto social.
Los recuerdos
De hecho, los recuerdos están
alejados de nuestra realidad, pero rompen las limitaciones temporales,
para fusionarse en nuestra memoria a través de un proceso
de elaboración de símbolos, cuyo vínculo
objetivo y objetivante es el espacio, en el que cada uno de esos
rincones entrega a un acto una significación e inclusive
un mobiliario: de temor y acechanza cuando son obscuros y apartados
(como un sótano o debajo de las escaleras), de alegría
vinculante cuando son claros y de fácil acceso (como el
rincón de la chimenea en la sala), de intimidad ensoñadora
que nos conduce a lo onírico (como el dormitorio con su
lecho), o de extroversión familiar y eventualmente social
(como el comedor con sus espacios jerárquicamente delimitados).
Retorno
En esta cotidianeidad, la casa
tiene tales características de familiaridad, que siempre
retornamos a ella, independientemente de lo que hagamos, constituyéndose
en un emblema de fijeza ante lo pasajero, de confianza ante lo
eventual, de seguridad y fortaleza ante la debilidad que proyectan
nuestras limitaciones, de una poesía cotidiana documentada
con nuestras experiencias externas, valorizadas con los detalles
que se incorporan a nuestra memoria, en un ejercicio que no solo
nos permite ver el pasado, leerlo; sino también proyectar
nuestro futuro.
Pero no es lo mismo la casa
del campo que la casa de la ciudad, en aquella, su relativo aislamiento
infiere sentimientos de una soledad familiar, de una luz que
atrae al caminante con una promesa de protección y abrigo
que nos hace recordar insistentemente la cálida protección
del claustro materno, más aún, de un lugar en el
que la vida humana se concentra y organiza para defenderse de
las inclemencias naturales, al tiempo que se prepara para el
bregar de un mañana en que con seguridad, se continuará
extrayendo de la naturaleza los frutos necesarios para el diario
sustento.
Por el contrario, la casa de
la ciudad, sobre todo el edificio de apartamentos, es un espacio
de privacidad en un mundo colectivo, pero al mismo tiempo de
un conjunto de seres solitarios, que se aíslan unos de
otros a través del sólido símbolo de una
puerta, y unas familias de otras, a través del símbolo
aún más sólido de una pared.
Hay quienes apologizan de esta
diferencia, asignando a la vivienda campesina un contenido romántico,
que mantiene al individuo en contacto con la naturaleza, con
sus rumores y fragancias y por lo tanto, con una existencia bucólica,
sosegada, que contrasta violentamente con la residencia urbana,
a la que se identifica con el frío del asfalto, ruidos
y smog vehiculares y consecuentemente, con ritmos precipitados,
llenos de stress, de angustia.
Fortaleza de puertas abiertas
Como quiera que sea, sin embargo,
una cosa es indiscutible, más allá de su estructura
física, inclusive, de las relaciones de propiedad, nuestra
casa, nuestro refugio, nuestra fortaleza, el centro de nuestro
universo, es nuestro hogar, en el que igualmente soñamos,
nos organizamos y nos movilizamos para intentar la conquista
de esos sueños, y en donde acumulamos el botín
de aquella conquista, nuestros recuerdos objetivados de cada
circunstancia vivida.
No importa si es una cabaña
o un lugar en un edificio de apartamentos, si es un castillo
con corazón de choza, o una choza con pretensiones de
castillo, mientras tenga una puerta que se abra ante nuestra
presencia, nos acoja con calor de hogar, nos permita nuestra
perduración familiar y nos brinde su discreta oscuridad
en la que sacar a flote nuestros miedos y aspiraciones, es seguro
que no solo por tradición idiomática, sino porque
así sintamos la identificación casa - hogar, seguiremos
diciendo "me voy a mi casa".
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