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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

El ánfora de la vida

Víctor Manuel Guzmán Villena
victormanuelguzman@yahoo.com

El mundo está dispuesto como una gran ánfora, dentro de la cual los que lo habitamos nos agitamos sin cesar. Cada colectividad; cada escuela, taller, oficina, fabrica; cada hogar, pueblo, ciudad, nación está en constante y eterno movimiento y transformación. Este movimiento es símil como cuando agitamos una vasija que contenga objetos de una misma especie pero de diverso tamaño, veremos como la Ley de la Gravitación coloca a cada objeto en el puesto que le corresponde a su tamaño; los pequeños al fondo, los medianos al medio y los grandes arriba. La misma Ley que precipita al fondo a los pequeños objetos y encumbra arriba a los grandes; se cumple así consciente o inconscientemente, con cada uno de nosotros en la Gran Anfora de la Vida.

Esta Ley de Gravitación Moral eleva y mantiene a unos seres arriba y a otros los precipita y conserva en lo bajo. Ella nos lleva a cada uno al puesto que toca a nuestro respectivo tamaño. Los objetos inertes una vez en el sitio que les cupo con el movimiento, allí se quedan. En cambio nosotros podemos mudar de tamaño y por consiguiente de lugar; de aquí poco importa el puesto que nos haya tocado al venir al mundo: si nos empequeñecemos, la ley de Gravitación nos llevará abajo; si nos agrandamos, nos podrá arriba.

Es natural que el hombre tenga la tendencia a ascender. Todos quisieran subir, pero no todos están dispuestos a pagar el precio que ello cuesta; no todos quieren someterse al requisito previo de adquirir tamaño, desenvolviendo las facultades morales, intelectuales y físicas; capacitándose para merecer.

Algunos, gracias a la fuerza ciega de un trastorno o también al favor logran encumbrarse a la mayor altura de la que les corresponde a su verdadero tamaño. Empero, el haber subido no impide el caer, y así tarde o temprano, vuelven abajo, con frecuencia en forma lastimosa.

Nadie puede burlar al Anfora de la Vida, sus leyes son ciegas e implacables por ser leyes morales y por tanto no podemos alterarlas como las escritas en los estatutos humanos.

Hacia arriba o hacia abajo

Adonde quiera que volvamos la mirada veremos el Anfora de la Vida, agitándose y clasificando a los hombres de acuerdo a su estatura interior. Veremos seres que suben y seres que descienden. Pero ¿quienes son esos que van paso a paso, escalón por escalón avanzando lenta pero seguramente? Acaso serán los futuros grandes del Anfora. Seres que tienen una idea fija: crecer y engrandecerse, pero no con la grandeza del mal o el poder mal concebido, en el que se combinan sólo elementos materiales y en la cual no entra ningún elemento moral. Ahora miremos a quienes descienden. Distinguiremos entre ellos a los creyentes de cualquier poder menos el de sí mismos; a los cobardes, vanidosos, corruptos; a los que quieren tomarse todo por asalto o sorpresa; a los abúlicos y fatalistas, a los ególatras y a los farsantes. Entre ellos distinguiremos algunos aparentemente encumbrados, pero que por sus maromas han originado el sacudimiento del Anfora, la Ley de Gravitación.

El mundo deja caer y morir todo lo que es apariencia vana, todo lo que no representa para el género humano una virtud o una idea bien concebida y con sana intención.

Cómo mantener nuestro lugar

Pero cualquiera que sea el puesto que ocupemos, si queremos mantenernos en él, tenemos que mantener nuestro tamaño. Si nos volvemos insuficientes para ocuparla, iremos abajo inexorablemente. ¿Hay algún ser viviente que pueda subsistir y desarrollar sin nutrirse? No para crecer, pero tan sólo para conservar la vida, tenemos que compensar las pérdidas por desgaste. El desgaste es natural en los hombres como en las cosas. La vida rutinaria tenemos que abandonar para continuar adelante, haciendo cada día cosas diferentes, ya que si nos acomodamos a nuestro estado actual degeneramos. Si proseguimos alimentándonos con los mismos pensamientos, haciendo las cosas en forma idéntica, el jugo de nuestra vida se evapora. La verdadera rutina de la vida debe reverdecer con nueva savia cada día. El secreto del perpetuo atraso de muchos individuos es su conformidad con su estado. Todos estamos obligados a mejorar, porque todos podemos mejorar. El maestro, el obrero, el empleado público, el ejecutivo, el gobernante, el soldado, el sacerdote, todos tenemos que aprender nuevas cosas y buscar nuevas posibilidades de adelanto, ya que de otra manera nos fosilizamos.

Cada época de nuestra vida es preparación. Todo aprendizaje es una serie de principios no de conclusiones, y así cada cima que alcanzamos es el comienzo de una próxima ascensión. En la ruta ascendente, el límite es el infinito. No hay otra meta. No hay plenitud de perfección, de grandeza ni de sabiduría en momento alguno de la vida humana. Isaac Newton después de dar al mundo la nueva ciencia de la gravitación universal exclamó: "Paréceme ser un niño que juega con unos pocos guijarros a la orilla del mar, en tanto que el gran océano de la verdad reposa todo inexplorado ante mí." Así suele expresarse la sabiduría y la evolución interna.

Todos podemos ir para arriba

Algunos de nosotros hemos comenzado la vida en la altura, a flor del ánfora; en la comodidad, el privilegio, el abrigo de la riqueza, de un nombre o de una posición. Otros en cambio hemos empezado muy abajo, desde el fondo, donde se amontonan los desconocidos de la miseria y de la nada. Inmensas son las rocas que sostienen una montaña, pero en la pequeñez de una hormiga hay más grandeza porque hay una facultad de movimiento y cambio.

Cualquiera que sea el sitio en que nos hallemos tenemos una prerrogativa: crecer, desarrollar, moverse, es decir elevarse. Y cuando el incesante movimiento de la ánfora, el mundo lo ve ascender, la gran escala que conduce a la ilimitada altura de perfección y progreso, parte directamente desde el lugar donde ahora descansan nuestros pies.
Con el próximo paso podemos subir un escalón. Es preciso dar el primero, ¡ahora! Pero cada cual quiere subir prontamente: la mayoría quisiera subir de un solo golpe diez o cincuenta escalones. Temeridad que ocasiona los fracasos definitivos.

Muchos que tienen audacia para dar saltos temerarios, son incapaces de subir pacientemente uno a uno, escasos escalones.

No se resuelven a subir de esta manera y cuando dan el gran salto, caen malamente. Mientras mayor la altura, más grave la caída. Por cierto no se va a inferir de aquí que un hombre no haya de experimentar fracasos en sus tentativas de ascenso. Ciertas caídas son beneficiosas, más aún, son necesarias.

Regresamos a dar nuestro primer paso, subir el primer escalón, hacer el primer esfuerzo, resolver la dificultad más próxima, la que primero nos sale al encuentro, que bien puede ser nuestra propia no aceptación a someternos a una disciplina.

Tenemos que ir a la meta pulgada a pulgada, escalón por escalón, y conforme vamos avanzando, iremos descubriendo el próximo peldaño, y el próximo y afirmando mejor nuestros pies y nuestro equilibrio.
Como examinemos y resolvamos las dificultades que se presenten ,

nuestra carga irá más liviana, más soportable y proseguiremos animosos, teniendo a nuestro favor un vencimiento más que estimula el avance en pos del ideal que ilumina nuestra vida. Como desenvolvemos aptitudes y nos volvemos más capaces, los obstáculos se achican, disminuyen, porque los vemos desde arriba, con más amplia y certera visión. Y cada día se vuelve más digno de vivirse, porque nuestros horizontes se ensanchan a medida que vamos ascendiendo.

 
 
 
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