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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Fernando Manrique y la máquina del espíritu

Víctor Manuel Guzmán Villena
victormanuelguzman@yahoo.com

Es claro que los aportes de Manrique al arte ecuatoriano se dan dentro de presupuestos decididamente modernistas.

Curiosa aquella vida de exilio que tenía Fernando Manrique. Nos veíamos todos los días, comíamos y nos reuníamos muchos universitarios en su taller para hablar de la rara facultad del ser humano para interpretar una mancha.

Optamos que no hay que partir de una hoja blanca, porque ahí uno solo proyecta lo que se conoce. Si uno parte de las manchas y las lee por el método alucinatorio, podrá ver cosas que vienen del deseo oculto, que era la espontaneidad, la lucidez de la idea creadora. Esta fase nos gustó mucho y fue allí que aprendimos a apreciar la calidad del artista que está en el contenido de su grito y en la calidad de su obra que reside en su carga de coraje poético.

En sus obras, Manrique demuestra que su talento creativo ha sido siempre, a la par de una aguda percepción del espíritu, carácter de los distintos periodos que le ha correspondido vivir. Así lo ratifica su reciente producción, la cual hace gala de un contenido diferente, permitiendo hablar no solo de una nueva etapa en su trayectoria, sino de una sincera participación en los intereses y argumentos que han empezado a nutrir las definiciones artísticas en los inicios del siglo XXI.

Es claro que los aportes de Manrique al arte ecuatoriano se dan dentro de presupuestos decididamente modernistas. Entre sus obras cuentan temas con alusiones a la mitología de las culturas amerindias que poblaron las tierras que hoy ocupa el Ecuador, y su trabajo constituye inequívoca señal de su entusiasmo por el rescate de la identidad nacional, mediante su aporte investigativo -que muy pocos artistas lo hacen-, para luego plasmarlo con pureza de la formas, el orden y la coherencia estructural con la que consigue introducir en su espacio elementos descriptivos y figurativos que complementan aun más su importante realización.

Los árboles son motivo reiterado de su obra, haciendo perceptivos ciertos mensajes de su alquimia interior, del cambio de visión del mundo y de la transformación que llena los deseos más profundos del corazón, visualiza dualidad, karma, lo andrógino que tenemos todos los seres humanos, energía vital, vibración -que es el tercer principio hermético-, los planos de la conciencia, y nos recuerda en su obra al alquimista que utiliza la llama del color, para esa transmutación.

También nos presenta la visión única del mundo que con su magia nos quiere decir que está presente. La fuerza telúrica de los volcanes es parte de la producción de Manrique, con vastas extensiones del espacio atemporal conteniendo a la montaña en su lugar predominante, por lo que establece un vocabulario de imágenes que entrelazan la relación del ser humano con la naturaleza y que constituyeron los dioses principales de las altas culturas, en los cuales Manrique estableció su propio criterio y su interpretación simbólica.

Y hoy, a los tantos años vemos a Fernando Manrique trabajando con esa misma energía y en las particulares formas creadas por él, que siguen seduciéndonos. Siempre mantiene las máximas cotas artísticas: la calidad plástica, el interés temático el orden compositivo y cromático.
Muy pocos son los artistas que a su edad han logrado el reconocimiento profundo.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador