Fernando
Manrique y la máquina del espíritu
- Víctor Manuel Guzmán
Villena
- victormanuelguzman@yahoo.com
Es claro que los aportes
de Manrique al arte ecuatoriano se dan dentro de presupuestos
decididamente modernistas.
Curiosa aquella vida de exilio
que tenía Fernando Manrique. Nos veíamos todos
los días, comíamos y nos reuníamos muchos
universitarios en su taller para hablar de la rara facultad del
ser humano para interpretar una mancha.
Optamos que no hay que partir
de una hoja blanca, porque ahí uno solo proyecta lo que
se conoce. Si uno parte de las manchas y las lee por el método
alucinatorio, podrá ver cosas que vienen del deseo oculto,
que era la espontaneidad, la lucidez de la idea creadora. Esta
fase nos gustó mucho y fue allí que aprendimos
a apreciar la calidad del artista que está en el contenido
de su grito y en la calidad de su obra que reside en su carga
de coraje poético.
En sus obras, Manrique demuestra
que su talento creativo ha sido siempre, a la par de una aguda
percepción del espíritu, carácter de los
distintos periodos que le ha correspondido vivir. Así
lo ratifica su reciente producción, la cual hace gala
de un contenido diferente, permitiendo hablar no solo de una
nueva etapa en su trayectoria, sino de una sincera participación
en los intereses y argumentos que han empezado a nutrir las definiciones
artísticas en los inicios del siglo XXI.
Es claro que los aportes de
Manrique al arte ecuatoriano se dan dentro de presupuestos decididamente
modernistas. Entre sus obras cuentan temas con alusiones a la
mitología de las culturas amerindias que poblaron las
tierras que hoy ocupa el Ecuador, y su trabajo constituye inequívoca
señal de su entusiasmo por el rescate de la identidad
nacional, mediante su aporte investigativo -que muy pocos artistas
lo hacen-, para luego plasmarlo con pureza de la formas, el orden
y la coherencia estructural con la que consigue introducir en
su espacio elementos descriptivos y figurativos que complementan
aun más su importante realización.
Los árboles son motivo
reiterado de su obra, haciendo perceptivos ciertos mensajes de
su alquimia interior, del cambio de visión del mundo y
de la transformación que llena los deseos más profundos
del corazón, visualiza dualidad, karma, lo andrógino
que tenemos todos los seres humanos, energía vital, vibración
-que es el tercer principio hermético-, los planos de
la conciencia, y nos recuerda en su obra al alquimista que utiliza
la llama del color, para esa transmutación.
También nos presenta
la visión única del mundo que con su magia nos
quiere decir que está presente. La fuerza telúrica
de los volcanes es parte de la producción de Manrique,
con vastas extensiones del espacio atemporal conteniendo a la
montaña en su lugar predominante, por lo que establece
un vocabulario de imágenes que entrelazan la relación
del ser humano con la naturaleza y que constituyeron los dioses
principales de las altas culturas, en los cuales Manrique estableció
su propio criterio y su interpretación simbólica.
Y hoy, a los tantos años
vemos a Fernando Manrique trabajando con esa misma energía
y en las particulares formas creadas por él, que siguen
seduciéndonos. Siempre mantiene las máximas cotas
artísticas: la calidad plástica, el interés
temático el orden compositivo y cromático.
Muy pocos son los artistas que a su edad han logrado el reconocimiento
profundo.
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