La compasión
Víctor Manuel Guzmán
Villena
victormanuelguzman@yahoo.com
Se puede definir como un estado
mental que no es violento, no causa daño y no es agresivo.
Se trata de una actitud mental basada en el deseo de que los
demás se liberen de su sufrimiento, y está asociado
con un sentido de compromiso, la responsabilidad y el respeto
a los demás.
En la palabra tibetana Tse
-wa denota que se trata de un estado mental que implica el deseo
de cosas buenas para uno mismo. Para desarrollar el sentimiento
de compasión, puede empezarse por el deseo de liberarse
uno mismo del sufrimiento, para luego cultivarlo, incrementarlo
y dirigirlo hacia los demás.
Mucha gente confunde compasión
con el apego. Aquí tenemos que establecer primero una
distinción entre dos clases de amor o compasión.
La primera se halla matizada por el apego, se ama a otro esperando
que el otro nos ame a su vez.
Esta compasión es bastante
parcial y sesgada, y una relación basada exclusivamente
en ella es inestable. Una relación apoyada en la percepción
e identificación de la persona como un amigo puede conducir
a un cierto apego emocional y a una sensación de proximidad.
Pero si se produce un cambio en la situación, un desacuerdo
o algo que nos haga enojar, cambia la perspectiva y desaparece
el como como amigo.
El apego emocional se evapora
entonces y, en lugar de amor y preocupación, quizá
se experimente odio. Así pues, ese amor basado en el apego
puede hallarse estrechamente vinculado al odio.
La verdadera compasión
es la que se halla libre del apego. No obedece a que tal o cual
persona sea querida sino que deben ser reconocidos todos los
seres humanos. Desear que todas sean felices y que superen el
sufrimiento como me puede suceder a mí.
Sobre esta base de reconocimiento
de esta igualdad, se desarrolla un sentido de afinidad. Tomando
eso como fundamento, se puede sentir compasión por el
otro, al margen de considerarlo amigo o enemigo.
Tal compasión se basa
en los derechos fundamentales del otro y no en nuestra proyección
mental. De este modo se genera amor y compasión, la verdadera
compasión.
Viendo la distinción
entre estas dos clases de compasión, es necesario cultivar
la verdadera que puede ser algo muy importante en nuestra vida
cotidiana.
En el matrimonio, por ejemplo,
existe generalmente un componente de apego emocional. Pero si
interviene también la verdadera compasión, basada
en el respeto mutuo como seres humanos, esa unión tiende
a durar mucho tiempo.
En el caso del apego emocional
sin compasión, en cambio ese vínculo es más
inestable con tendencia al fracaso.
Y siendo el amor y la compasión
un sentimiento subjetivo, es necesario hacer diferencias. La
verdadera compasión es fuerte, amplia y profunda.
El amor y la compasión
verdaderos son estables, más fiables. Por ejemplo, observa
a un pez sufriendo intensamente, como se debate con el anzuelo
en su boca y no puedes soportar el dolor. No se debe a ninguna
conexión especial con el pez, en este caso la compasión
surge simplemente del reconocimiento de que ese otro ser también
tiene sentimientos, experimenta dolor y tiene derecho a no sufrir.
Así pues, esa compasión,
no mezclada con el deseo de apego, es mucho más sana y
perdurable. Así pues, creo que cuanto más plenamente
comprendemos el sufrimiento, tanto más profunda será
nuestra capacidad de compasión.
Y cuando se tiene mayor conciencia
del sufrimiento del otro puede intensificar nuestra capacidad
para la compasión. De hecho, la compasión supone,
por definición, abrirse al sufrimiento del otro, compartirlo.
Pero, hay una cuestión
básica: ¿por qué deseamos asumir el sufrimiento
del otro cuando ni siquiera queremos soportar el propio? La mayoría
de nosotros hace todo lo posible por evitar el dolor hasta el
punto de tomar calmantes. Entonces, ¿por qué asumir
deliberadamente el sufrimiento del otro?Al generar compasión,
al asumir el sufrimiento del otro, también se puede experimentar
inicialmente un cierto grado de incomodidad, una sensación
de que aquello es insoportable.
Pero, el sentimiento es diferente
porque, por debajo de la incomodidad, hay un grado de alerta
y determinación, ya que se asume voluntaria y deliberadamente
el sufrimiento del otro con un propósito elevado.
Aparece un sentimiento de conexión
y compromiso, la voluntad de abrirse a los demás, una
sensación de plenitud en lugar de desánimo. Y el
ejemplo del atleta es determinante. Mientras se halla sometido
a un entrenamiento riguroso, el atleta sufre mucho, trabaja,
suda, se esfuerza.
Puede ser un experiencia dolorosa
y agotadora. Pero él no la ve como tal, sino que asume
como una experiencia asociada con un sentido: el goce.
Si esa persona, sin embargo, se viera sometida a cualquier otro
trabajo físico que no formara parte de su entrenamiento
pensaría: ¿por qué tengo que someterme a
este suplicio?. Así pues, en la actitud mental radica
la gran diferencia.
Los beneficios de la compasión
mejora la salud física y la salud emocional. Induce a
una sensación de felicidad y serenidad, ya que la vida
altruista constituye un componente básico para la felicidad,
por estar asociada a un incremento de energía y autoestima
y una especie de euforia.
También nos proporciona
una interacción que es emocionalmente nutritiva e igualmente
esa serenidad del que ayuda vinculada con el alivio de perturbaciones
disminuye el estrés. Por tanto el generar compasión
se empieza a reconocer que no se desea el sufrimiento y que se
tiene derecho a alcanzar la felicidad.
Eso es algo que se puede verificarse
con facilidad. Se reconoce luego que las demás personas,
como uno mismo, no desean sufrir y tienen derecho a alcanzar
la felicidad. Eso es convierte en la base para empezar a generar
compasión.
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