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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Asterión el "Animal Sagrado"

Leyla Piedad Escobar

Amar con su incesante ir y venir, arma y rompe olas que como cuernos de la abundancia traen a las orillas de la playa toda clase de objetos y de vez en cuando, seres que viven en las profundidades de sus entrañas, arrojándolos a un mundo distinto, en el que no todo es extremadamente bueno, ni extremadamente malo.

Allí en la soledad de una playa abandonada un ser se abre paso a como de lugar y avanza en busca de protección de un refugio. Es "Asterión" -el minotauro, resultado de la furiosa unión entre Pasifae y el hermoso toro blanco regalo de Poseidón a Minos- que recorre incansable los pasillos de su laberinto y comienza a contarnos que se le "acusa de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz  de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?"

Las palabras y frases salen atropelladas de los labios de Asterión (Eduardo Velásquez, actor argentino). Son murmullo y torrente, como prueba de la ambivalencia que reina en el interior de este hombre-minotauro.

La puesta en escena de este cuento fantástico de Jorge Luis Borges, que se está presentando en Quito, corresponde al coreógrafo Wilson Pico, quien propone una visión muy singular del mito, expone un espacio paradójico donde el actor fija simbólicamente dos lecturas en su cuerpo ­ danza y teatro- la del Minotauro y del victimario.

Velásquez consigue ese propósito al convertirse en un narrador protagonista y enseñarnos el mundo de este personaje, asumiendo actitudes que muestran al Animal Sagrado corriendo por las galerías, agazapándose y cubriéndose de la vista de posibles enemigos y cuando hombre meditando "sobre la casa. «cualquier lugar es otro lugar», porque son infinitos, porque para él la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo» Para Asterión la casa es todo el mundo, porque es el único mundo que conoce".

Pico y Velásquez responden al reto, es decir que su trabajo es de orden superior y exige el máximo de desarrollo de las posibilidades de las disciplinas de la danza y el teatro. La plasticidad que logra Velásquez con su cuerpo, sus manos, su rostro y su voz, atrapan al espectador no solo a estar en el escenario sino a asumir la propuesta de Borges de ir desde nuestro interior al exterior, de la fuerza a la contemplación, de la multiplicidad a la unidad, del espacio a la ausencia del espacio, del tiempo a la ausencia del tiempo. Nos conduce al centro inmóvil del laberinto en el que se encuentra el monstruo, o el dios ( pues la monstruosidad es a veces atributo divino), ese centro que siempre es secreto, en el que la soledad es nuestro único compañero, en donde estamos nosotros, frente a nosotros, libres, pero acompañados de todos nuestros miedos y tormentos.

Como en la versión clásica, este cuento hace que nos preguntemos si ¿acaso nosotros también estamos en un laberinto, donde somos prisioneros aunque todas las puertas estén abiertas y podamos elegir salir de ella, elegir lo que queremos hacer de nuestra vida, no podemos hacerlo. Quizá la única manera de escapar es la muerte?
Un excelente trabajo de Wilson Pico y Eduardo Velásquez que se presentará luego en Argentina y después en varios escenarios del ecuatorianos

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador