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Asterión el "Animal
Sagrado"
Leyla Piedad Escobar
Amar con su incesante ir y
venir, arma y rompe olas que como cuernos de la abundancia traen
a las orillas de la playa toda clase de objetos y de vez en cuando,
seres que viven en las profundidades de sus entrañas,
arrojándolos a un mundo distinto, en el que no todo es
extremadamente bueno, ni extremadamente malo.
Allí en la soledad de
una playa abandonada un ser se abre paso a como de lugar y avanza
en busca de protección de un refugio. Es "Asterión"
-el minotauro, resultado de la furiosa unión entre Pasifae
y el hermoso toro blanco regalo de Poseidón a Minos- que
recorre incansable los pasillos de su laberinto y comienza a
contarnos que se le "acusa de soberbia, y tal vez de misantropía,
y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré
a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de
mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo
número es infinito) están abiertas día y
noche a los hombres y también a los animales. Que entre
el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí
ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud
y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra
en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en
Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no
hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es
que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré
que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay
una cerradura?"
Las palabras y frases salen
atropelladas de los labios de Asterión (Eduardo Velásquez,
actor argentino). Son murmullo y torrente, como prueba de la
ambivalencia que reina en el interior de este hombre-minotauro.
La puesta en escena de este
cuento fantástico de Jorge Luis Borges, que se está
presentando en Quito, corresponde al coreógrafo Wilson
Pico, quien propone una visión muy singular del mito,
expone un espacio paradójico donde el actor fija simbólicamente
dos lecturas en su cuerpo danza y teatro- la del Minotauro
y del victimario.
Velásquez consigue ese
propósito al convertirse en un narrador protagonista y
enseñarnos el mundo de este personaje, asumiendo actitudes
que muestran al Animal Sagrado corriendo por las galerías,
agazapándose y cubriéndose de la vista de posibles
enemigos y cuando hombre meditando "sobre la casa. «cualquier
lugar es otro lugar», porque son infinitos, porque para
él la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho,
es el mundo» Para Asterión la casa es todo el mundo,
porque es el único mundo que conoce".
Pico y Velásquez responden
al reto, es decir que su trabajo es de orden superior y exige
el máximo de desarrollo de las posibilidades de las disciplinas
de la danza y el teatro. La plasticidad que logra Velásquez
con su cuerpo, sus manos, su rostro y su voz, atrapan al espectador
no solo a estar en el escenario sino a asumir la propuesta de
Borges de ir desde nuestro interior al exterior, de la fuerza
a la contemplación, de la multiplicidad a la unidad, del
espacio a la ausencia del espacio, del tiempo a la ausencia del
tiempo. Nos conduce al centro inmóvil del laberinto en
el que se encuentra el monstruo, o el dios ( pues la monstruosidad
es a veces atributo divino), ese centro que siempre es secreto,
en el que la soledad es nuestro único compañero,
en donde estamos nosotros, frente a nosotros, libres, pero acompañados
de todos nuestros miedos y tormentos.
Como en la versión clásica,
este cuento hace que nos preguntemos si ¿acaso nosotros
también estamos en un laberinto, donde somos prisioneros
aunque todas las puertas estén abiertas y podamos elegir
salir de ella, elegir lo que queremos hacer de nuestra vida,
no podemos hacerlo. Quizá la única manera de escapar
es la muerte?
Un excelente trabajo de Wilson Pico y Eduardo Velásquez
que se presentará luego en Argentina y después
en varios escenarios del ecuatorianos
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