Un capítulo desconcertante
en la política
Los pueblos necesitan un
auténtico liderazgo para avanzar con fe, esperanza y optimismo
por el sendero del progreso.
César Augusto Alarcón
Costta
El general Alberto Enríquez
Gallo, ejerció la Jefatura Suprema entre el 23 de octubre
de 1937 y el 10 de agosto de 1938, su corto mandato dejó
un saldo positivo especialmente por las leyes de corte social
que dictó. Al término de su gestión, dos
acontecimientos merecen destacarse por su singular particularidad:
el primero su firme determinación de no aceptar ser elegido
presidente constitucional, lo que rompió la rutina de
los anteriores procesos de retorno al orden constitucional; y,
segundo, la norma que puso en vigencia para aquella convocatoria,
en virtud de la cual, cada provincia eligió tres diputados
constituyentes: un conservador, un liberal y un socialista, independientemente
del número de habitantes o de la preferencia política
del electorado.
<b>Asamblea Constituyente</b>
El 10 de agosto de 1938 se
reunió la Asamblea Constituyente, empezó sus labores
y eligió como Presidente Interino al liberal doctor Manuel
María Borrero. Ninguno de los tres bloques legislativos
tuvo mayoría por sí solo y todo dependía
de las alianzas que se forjaban. El entendimiento entre liberales
y socialistas hizo posible la elaboración de la nueva
Constitución Política, que incorporó conceptos
e instituciones jurídicas novedosas, como la senaduría
funcional para artesanos, empleados públicos y pequeños
propietarios, la distribución de tierras, el dominio del
Estado sobre las riquezas del subsuelo, así como la disposición
que impedía elegir como presidente a quien sea abogado
de empresas extranjeras.
La Carta Fundamental fue aprobada
en medio de un tenso ambiente político que desembocó
el 1 de diciembre con la renuncia del Presidente Interino, quien
por cierto no promulgó la nueva Constitución. La
incertidumbre puso al Ecuador al borde de una nueva dictadura.
Los diputados conservadores no participaron en los diálogos
para la elección del nuevo mandatario. Liberales y socialistas
asumieron el desafío. El nombre del joven político
guayaquileño Francisco Arízaga Luque de las filas
liberales, se perfilaba como una alternativa, sin embargo no
pudo estructurarse la mayoría indispensable para su elección.
<b>Nuevo presidente</b>
En las primeras horas de la
madrugada del 2 de diciembre, los socialistas "para salvar
la democracia" decidieron votar incondicionalmente a favor
del Director del Partido Liberal el doctor Aurelio Mosquera Narváez,
quien esa misma madrugada asumió de manera formal la Presidencia
Constitucional de la República. Pocas horas después
estructuró su gabinete con miembros de su partido, lo
que generó nuevas tensiones especialmente en las filas
del marginado sector socialista.
Los primeros días de
la nueva administración, transcurrieron bajo la turbulenta
atmósfera contaminada por el inminente peligro desestabilizador
que confrontaba por un lado a la destitución del flamante
mandatario y por otro a la disolución de la Constituyente
y el consiguiente rompimiento de la Constitución, que
como se anotó, no llegó a ser promulgada, aunque
sirvió de marco jurídico para la elección
de Mosquera Narváez.
<b>Ruptura constitucional</b>
Para el 14 de diciembre de
1938, las cosas llegaron al punto de lo insostenible. El ministro
de Defensa Galo Plaza Lasso, dispuso que las fuerzas armadas
disuelvan la Asamblea Constituyente y varios de los diputados
fueron a dar con sus huesos en la cárcel. Jurídicamente
se rompió el régimen de derecho y fue violentada
la Constitución, sin embargo, en ella misma el Presidente
se fundamentó para convocar inmediatamente a nuevas elecciones
de diputados para el Congreso Extraordinario, que se reunió
el 1 de febrero de 1939, bajo la Presidencia del doctor Carlos
Alberto Arroyo del Río.
Como era de esperarse, una
de las primeras decisiones de este Congreso fue dejar sin efecto
a la Constitución de 1938 y declarar en vigencia a la
de 1906. De esta manera el Presidente Mosquera Narváez,
dio inicio a su efímero gobierno que concluyó el
17 de noviembre de 1939 en que falleció, víctima
de una afección tan sorpresiva como violenta.
La atribulada vida política
ecuatoriana de los años 30 del siglo XX, fue una dramática
expresión de lo que sucede a las naciones cuando pierden
la dirección de la historia y el sentido de los acontecimientos.
Debemos aprender las lecciones de la historia para no caer reiterativa
y neciamente en los mismos errores que tanto retardan el desarrollo.
Los pueblos necesitan un auténtico liderazgo para avanzar
con fe, esperanza y optimismo por el sendero del progreso.
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