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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Un capítulo desconcertante en la política

Los pueblos necesitan un auténtico liderazgo para avanzar con fe, esperanza y optimismo por el sendero del progreso.

César Augusto Alarcón Costta

El general Alberto Enríquez Gallo, ejerció la Jefatura Suprema entre el 23 de octubre de 1937 y el 10 de agosto de 1938, su corto mandato dejó un saldo positivo especialmente por las leyes de corte social que dictó. Al término de su gestión, dos acontecimientos merecen destacarse por su singular particularidad: el primero su firme determinación de no aceptar ser elegido presidente constitucional, lo que rompió la rutina de los anteriores procesos de retorno al orden constitucional; y, segundo, la norma que puso en vigencia para aquella convocatoria, en virtud de la cual, cada provincia eligió tres diputados constituyentes: un conservador, un liberal y un socialista, independientemente del número de habitantes o de la preferencia política del electorado.

<b>Asamblea Constituyente</b>

El 10 de agosto de 1938 se reunió la Asamblea Constituyente, empezó sus labores y eligió como Presidente Interino al liberal doctor Manuel María Borrero. Ninguno de los tres bloques legislativos tuvo mayoría por sí solo y todo dependía de las alianzas que se forjaban. El entendimiento entre liberales y socialistas hizo posible la elaboración de la nueva Constitución Política, que incorporó conceptos e instituciones jurídicas novedosas, como la senaduría funcional para artesanos, empleados públicos y pequeños propietarios, la distribución de tierras, el dominio del Estado sobre las riquezas del subsuelo, así como la disposición que impedía elegir como presidente a quien sea abogado de empresas extranjeras.

La Carta Fundamental fue aprobada en medio de un tenso ambiente político que desembocó el 1 de diciembre con la renuncia del Presidente Interino, quien por cierto no promulgó la nueva Constitución. La incertidumbre puso al Ecuador al borde de una nueva dictadura. Los diputados conservadores no participaron en los diálogos para la elección del nuevo mandatario. Liberales y socialistas asumieron el desafío. El nombre del joven político guayaquileño Francisco Arízaga Luque de las filas liberales, se perfilaba como una alternativa, sin embargo no pudo estructurarse la mayoría indispensable para su elección.

<b>Nuevo presidente</b>

En las primeras horas de la madrugada del 2 de diciembre, los socialistas "para salvar la democracia" decidieron votar incondicionalmente a favor del Director del Partido Liberal el doctor Aurelio Mosquera Narváez, quien esa misma madrugada asumió de manera formal la Presidencia Constitucional de la República. Pocas horas después estructuró su gabinete con miembros de su partido, lo que generó nuevas tensiones especialmente en las filas del marginado sector socialista.

Los primeros días de la nueva administración, transcurrieron bajo la turbulenta atmósfera contaminada por el inminente peligro desestabilizador que confrontaba por un lado a la destitución del flamante mandatario y por otro a la disolución de la Constituyente y el consiguiente rompimiento de la Constitución, que como se anotó, no llegó a ser promulgada, aunque sirvió de marco jurídico para la elección de Mosquera Narváez.

<b>Ruptura constitucional</b>

Para el 14 de diciembre de 1938, las cosas llegaron al punto de lo insostenible. El ministro de Defensa Galo Plaza Lasso, dispuso que las fuerzas armadas disuelvan la Asamblea Constituyente y varios de los diputados fueron a dar con sus huesos en la cárcel. Jurídicamente se rompió el régimen de derecho y fue violentada la Constitución, sin embargo, en ella misma el Presidente se fundamentó para convocar inmediatamente a nuevas elecciones de diputados para el Congreso Extraordinario, que se reunió el 1 de febrero de 1939, bajo la Presidencia del doctor Carlos Alberto Arroyo del Río.

Como era de esperarse, una de las primeras decisiones de este Congreso fue dejar sin efecto a la Constitución de 1938 y declarar en vigencia a la de 1906. De esta manera el Presidente Mosquera Narváez, dio inicio a su efímero gobierno que concluyó el 17 de noviembre de 1939 en que falleció, víctima de una afección tan sorpresiva como violenta.

La atribulada vida política ecuatoriana de los años 30 del siglo XX, fue una dramática expresión de lo que sucede a las naciones cuando pierden la dirección de la historia y el sentido de los acontecimientos. Debemos aprender las lecciones de la historia para no caer reiterativa y neciamente en los mismos errores que tanto retardan el desarrollo. Los pueblos necesitan un auténtico liderazgo para avanzar con fe, esperanza y optimismo por el sendero del progreso.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador