Luis Vargas Torres: la inmolación
del héroe
Roque Rivas Zambrano
Quienes ordenaron su fusilamiento
pensaron que con la ejecución del coronel Luis Vargas
Torres, sofocarían la llama liberal que envolvía
el país por eso años. Pero se equivocaron. La inmolación
del coronel agigantó la revuelta que desembocó
en la revolución del 5 de junio de 1895.
Vargas Torres, ejecutado por
el caamañismo el 19 de marzo de 1887, es uno de los mayores
iconos del hombre libertario del Ecuador. Vivió apenas
27 años, pero fueron suficientes para dar un aporte extraordinario
a la causa liberal y el país.
En 1882, convertido ya en un
luchador implacable, liquidó sus bienes y viajó
a Panamá para entregar su dinero al general Alfaro para
la compra de armas que servirían para combatir al dictador
Ignacio de Veintimilla.
Desde Panamá partió
con abundante material bélico hacia Esmeraldas y el 6
de enero de 1883, luego de un duro combate, ocupó la ciudad.
Ese mismo año fue elegido diputado, pero no pudo ejercer
el cargo; fue obligado a exiliarse otra vez en Panamá.
Allí armó otra
expedición con el general Alfaro y volvió a ocupar
Esmeraldas. Pero los contratiempos se sucedieron y en 1885 se
exilió en Lima, desde donde continuó conspirando.
Frente a la arremetida liberal
el Congreso estableció en 1886 la pena de muerte para
quienes fueran sorprendidos en afanes revolucionarios. Sin embargo,
Vargas Torres no se arredró, atacó por Loja; invadió
Catacocha, Celica y después ocupó Loja al mando
de 300 revolucionarios.
El gobierno, preocupado, envió
tropas desde Cuenca al mando del coronel Antonio Vega Muñoz;
estos avanzaron sobre Loja y la tomaron en dura lucha el 7 de
diciembre de 1886.
Vargas Torres luchó
hasta el final pero cayó prisionero, junto con 27 oficiales
y 42 soldados de tropa. Fue trasladado a Cuenca, con grillos,
y encerrado en un calabozo inmundo.
El 4 de enero de 1887 se instaló
el Consejo de Guerra y el coronel asumió personalmente
su defensa. Pero el Consejo lo condenó a la pena capital
junto con José Cavero, Jacinto Nevárez, Filomeno
Pesántez y Manuel Piñárez.
Los sentenciados pidieron gracia
e invocaron la "magnanimidad" del gobierno, pero el
coronel Vargas Torres no lo hizo. Horas después escribió
a su madre diciéndole que él no pediría
la gracia del perdón ni la conmutación de la pena,
porque creía indigno de un hombre implorar al enemigo.
El 18 de marzo entraron en
su celda un militar, un religioso y dos civiles; fueron a comunicarle
la pena de muerte. El cura le ofreció sus servicios religiosos
pero él los rechazó.
Cartas de despedida
La noche del 19 escribió
la carta de despedida a su madre y su opúsculo titulado:
"Al borde de mi tumba".
"Madre -le dijo en su
carta- comprendo que este mi último adiós te hará
sufrir mucho, muchísimo. Pero ¿cómo irme
a la eternidad sin despedirme de los seres más queridos
que tengo en este mundo: de ti, Madre querida, de María,
de Esther, de Teresa y de Delfinita? ¡Ah! mucho sufrirás
con mi partida. Yo también sufro mucho con dejarte. Pero
allá, libre de la ferocidad de los hombres... te esperaré
para darte el abrazo que me privan aquí, en la tierra,
los hombres inhumanos, separándome de ti.
Después de pocas horas
dejaré de existir, derramando mi sangre en el patíbulo.
Muy bien sabes que ningún crimen he cometido y que sólo
por ser un honrado ciudadano, amante del progreso de la Patria,
voy a recibir esa muerte. Pero ¡Ah, si soy un criminal...!
mucho has llorado, mucho has sufrido...
Aquellos insensatos que me
matan por satisfacer una ruin venganza, creen contener el vuelo
de la revolución con este crimen, y no saben esos infelices
que lo que hacen es darle mas aire y mas espacio. ¡Quiera
Dios, Madre mía, que sea yo la última víctima
que presencien los pueblos!...
Algunos días ha que
no veo a Jorge, pero creo que está en esta ciudad. No
puedo verlo, pues estoy absolutamente incomunicado, y ojalá
que no le vea para que mi corazón no flaquee y no asomen
lágrimas a mis ojos, pues si asomasen, creerían
mis enemigos que la cobardía dominaba mi corazón.
Con él les dejo algunos
recuerdos... No puedo más... Las lágrimas acuden
a mis ojos sin cesar y mi corazón desfallece. Adiós
Madre querida. Adiós. No desesperes. Tus hijos necesitan
de tu apoyo y tus sufrimientos te abren el camino de la felicidad.
Adiós. Adiós... Cuenca, en mi prisión, 19
de marzo de 1887".
Otra carta está dirigida
a los amigos y coidearios políticos. A ellos les dice:
"No desmayen en el sagrado propósito de salvar la
Patria... Quiera Dios que al calor de mi sangre, que se derramará
en el patíbulo, se enderezca el corazón de los
buenos ciudadanos y salven nuestro pueblo".
El fusilamiento
El domingo 20 de marzo de 1887,
los soldados fueron formados en la plaza para formar una barrera
entre el pueblo y el condenado a muerte. De pronto, un estremecimiento
sacudió a todos: del portón del cuartel, vestido
de negro, con los labios apretados, en medio de dos sacerdotes
salió el coronel...
Eran las siete y veinte minutos
de la mañana. Marchaba con paso firme, sin vacilar. "La
escolta era del Batallón Azuay y la mandaba el teniente
coronel Enrique Sigüenza.
Había caminado cincuenta
pasos desde el portón del cuartel cuando se escuchó
la voz de ¡alto! dada por el auditor de guerra, Dr. Mariano
Vidal, quien ordenaba silencio para que todos le oyeran leer
la sentencia.
- "Va a procederse a dar
cumplimiento a la sentencia de pena capital en la persona de
Luis Vargas Torres. Se hace presente que quien protestare correrá
igual suerte", recitó.
El joven coronel movió
la cabeza. Alzó los ojos y vio en el balcón del
cuartel a sus compañeros de prisión; los que pidieron
el perdón habían sido llevados a que lo viesen
morir. A ellos dijo en voz muy varonil:
- "Compañeros:
¡hasta la eternidad!"
Y volviéndose al teniente coronel Sigüenza, preguntó:
- "¿Dónde
debo colocarme..? Terminemos de una vez".
|