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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Luis Vargas Torres: la inmolación del héroe

Roque Rivas Zambrano

Quienes ordenaron su fusilamiento pensaron que con la ejecución del coronel Luis Vargas Torres, sofocarían la llama liberal que envolvía el país por eso años. Pero se equivocaron. La inmolación del coronel agigantó la revuelta que desembocó en la revolución del 5 de junio de 1895.

Vargas Torres, ejecutado por el caamañismo el 19 de marzo de 1887, es uno de los mayores iconos del hombre libertario del Ecuador. Vivió apenas 27 años, pero fueron suficientes para dar un aporte extraordinario a la causa liberal y el país.

En 1882, convertido ya en un luchador implacable, liquidó sus bienes y viajó a Panamá para entregar su dinero al general Alfaro para la compra de armas que servirían para combatir al dictador Ignacio de Veintimilla.

Desde Panamá partió con abundante material bélico hacia Esmeraldas y el 6 de enero de 1883, luego de un duro combate, ocupó la ciudad. Ese mismo año fue elegido diputado, pero no pudo ejercer el cargo; fue obligado a exiliarse otra vez en Panamá.

Allí armó otra expedición con el general Alfaro y volvió a ocupar Esmeraldas. Pero los contratiempos se sucedieron y en 1885 se exilió en Lima, desde donde continuó conspirando.

Frente a la arremetida liberal el Congreso estableció en 1886 la pena de muerte para quienes fueran sorprendidos en afanes revolucionarios. Sin embargo, Vargas Torres no se arredró, atacó por Loja; invadió Catacocha, Celica y después ocupó Loja al mando de 300 revolucionarios.

El gobierno, preocupado, envió tropas desde Cuenca al mando del coronel Antonio Vega Muñoz; estos avanzaron sobre Loja y la tomaron en dura lucha el 7 de diciembre de 1886.

Vargas Torres luchó hasta el final pero cayó prisionero, junto con 27 oficiales y 42 soldados de tropa. Fue trasladado a Cuenca, con grillos, y encerrado en un calabozo inmundo.

El 4 de enero de 1887 se instaló el Consejo de Guerra y el coronel asumió personalmente su defensa. Pero el Consejo lo condenó a la pena capital junto con José Cavero, Jacinto Nevárez, Filomeno Pesántez y Manuel Piñárez.

Los sentenciados pidieron gracia e invocaron la "magnanimidad" del gobierno, pero el coronel Vargas Torres no lo hizo. Horas después escribió a su madre diciéndole que él no pediría la gracia del perdón ni la conmutación de la pena, porque creía indigno de un hombre implorar al enemigo.

El 18 de marzo entraron en su celda un militar, un religioso y dos civiles; fueron a comunicarle la pena de muerte. El cura le ofreció sus servicios religiosos pero él los rechazó.

Cartas de despedida

La noche del 19 escribió la carta de despedida a su madre y su opúsculo titulado: "Al borde de mi tumba".

"Madre -le dijo en su carta- comprendo que este mi último adiós te hará sufrir mucho, muchísimo. Pero ¿cómo irme a la eternidad sin despedirme de los seres más queridos que tengo en este mundo: de ti, Madre querida, de María, de Esther, de Teresa y de Delfinita? ¡Ah! mucho sufrirás con mi partida. Yo también sufro mucho con dejarte. Pero allá, libre de la ferocidad de los hombres... te esperaré para darte el abrazo que me privan aquí, en la tierra, los hombres inhumanos, separándome de ti.

Después de pocas horas dejaré de existir, derramando mi sangre en el patíbulo. Muy bien sabes que ningún crimen he cometido y que sólo por ser un honrado ciudadano, amante del progreso de la Patria, voy a recibir esa muerte. Pero ¡Ah, si soy un criminal...! mucho has llorado, mucho has sufrido...

Aquellos insensatos que me matan por satisfacer una ruin venganza, creen contener el vuelo de la revolución con este crimen, y no saben esos infelices que lo que hacen es darle mas aire y mas espacio. ¡Quiera Dios, Madre mía, que sea yo la última víctima que presencien los pueblos!...

Algunos días ha que no veo a Jorge, pero creo que está en esta ciudad. No puedo verlo, pues estoy absolutamente incomunicado, y ojalá que no le vea para que mi corazón no flaquee y no asomen lágrimas a mis ojos, pues si asomasen, creerían mis enemigos que la cobardía dominaba mi corazón.

Con él les dejo algunos recuerdos... No puedo más... Las lágrimas acuden a mis ojos sin cesar y mi corazón desfallece. Adiós Madre querida. Adiós. No desesperes. Tus hijos necesitan de tu apoyo y tus sufrimientos te abren el camino de la felicidad. Adiós. Adiós... Cuenca, en mi prisión, 19 de marzo de 1887".

Otra carta está dirigida a los amigos y coidearios políticos. A ellos les dice: "No desmayen en el sagrado propósito de salvar la Patria... Quiera Dios que al calor de mi sangre, que se derramará en el patíbulo, se enderezca el corazón de los buenos ciudadanos y salven nuestro pueblo".

El fusilamiento

El domingo 20 de marzo de 1887, los soldados fueron formados en la plaza para formar una barrera entre el pueblo y el condenado a muerte. De pronto, un estremecimiento sacudió a todos: del portón del cuartel, vestido de negro, con los labios apretados, en medio de dos sacerdotes salió el coronel...

Eran las siete y veinte minutos de la mañana. Marchaba con paso firme, sin vacilar. "La escolta era del Batallón Azuay y la mandaba el teniente coronel Enrique Sigüenza.

Había caminado cincuenta pasos desde el portón del cuartel cuando se escuchó la voz de ¡alto! dada por el auditor de guerra, Dr. Mariano Vidal, quien ordenaba silencio para que todos le oyeran leer la sentencia.

- "Va a procederse a dar cumplimiento a la sentencia de pena capital en la persona de Luis Vargas Torres. Se hace presente que quien protestare correrá igual suerte", recitó.

El joven coronel movió la cabeza. Alzó los ojos y vio en el balcón del cuartel a sus compañeros de prisión; los que pidieron el perdón habían sido llevados a que lo viesen morir. A ellos dijo en voz muy varonil:

- "Compañeros: ¡hasta la eternidad!"
Y volviéndose al teniente coronel Sigüenza, preguntó:

- "¿Dónde debo colocarme..? Terminemos de una vez".

 
 
 
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