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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Mejía muere en España

César Augusto Alarcón Costta

El Ecuador habló en España y su voz inspiró a la conciencia hispanoamericana en las Cortes de Cádiz, a través de la vibrante palabra del más famoso de los oradores de la época, el doctor José Mejía Lequerica, llamado el "Mirabeau americano".

Hijo del abogado José Mejía del Valle y de doña Joaquina Lequerica, nació en Quito el 24 de mayo de 1775, en medio de una sociedad atiborrada por títulos nobiliarios, complejos y prejuicios; creció con el estigma de ser hijo ilegítimo, pero su inteligencia fue sobresaliente y la fuerza de su voluntad impertérrita para superarse y vencer. Mejía perteneció a esa estirpe de seres humanos que vienen al mundo para conducir a los pueblos por el sendero de la libertad y la dignidad.

Su talento brillaba con luz propia; según se cuenta "podía citar un discurso a la primera vez que lo escuchaba". El Precursor de nuestra Independencia doctor Eugenio de Santa Cruz y Espejo, reconoció en el joven Mejía esa extraordinaria capacidad y le dijo "escucha mis lecciones; yo te guiaré por el camino de la verdad".

Estudiante infatigable

Frente a la injusticia y la incomprensión social, José Mejía no se refugió en la queja inútil ni se abandonó en el resentimiento absurdo. La grandeza de su alma no estaba para las cosas pequeñas. Hizo del estudio su camino y del saber su recurso.

Conforme lo recuerda Hugo Alemán, en 1792 se graduó de bachiller. En 1796 en la Universidad de Santo Tomás obtuvo el título de Maestro de Artes. El mismo año ganó el concurso para profesor de Latín y Retórica, y contrajo matrimonio con Manuela Espejo Aldaz, hermana del Precursor fallecido un año antes. En 1800 se graduó en Sagrada Teología, disciplina en la cual inicialmente se le negó la entrega del correspondiente título, hasta junio 1806 en que le fue conferido luego de los reclamos pertinentes. En 1800 fue designado profesor de la cátedra de Filosofía y al mismo tiempo fue alumno de Jurisprudencia Civil y Derecho Canónico. 1805 Bachiller en Medicina.

Investigador botánico

En 1803, cuando el sabio granadino Francisco José Caldas, visitó nuestra Patria con propósitos científicos y conoció los trabajos de investigación botánica realizados por Mejía, entusiasmado y solemne dijo: "¡Ah! Señores, es preciso una alma grande y emprendedora, un espíritu vasto y atrevido para elevarse sobre sus compatriotas para arruinar con una mano las preocupaciones y substituir en su lugar los conocimientos útiles que hacen el apoyo y la esperanza de la sociedad. Esto es lo que acaba de verificar a nuestros ojos este joven digno de mejor fortuna y acreedor a un eterno reconocimiento. Ilustre juventud que actualmente os educáis bajo de tan sabio preceptor, felicitaos, dad gracias a la Providencia por haber nacido en tiempos tan felices".

Frente al talento, nunca faltan las sombras empeñadas en negarle los espacios y las oportunidades. Pero Mejía no se dejó derrotar ni se detuvo, en su interior la fuerza de los ideales y el coraje de su genio se proyectaban con singular entereza en la trascendencia de los postulados eternos. Su vigorosa individualidad encarnaba el espíritu de la Patria y estaba destinada a los grandes escenarios.

El viaje a España

En 1806 junto a su amigo José M. Matheu, Conde de Puñonrostro, emprendió viaje a España. En 1808 cuando el ejército francés de Napoleón invadió el suelo ibérico, Mejía tomó las armas y participó en las célebres jornadas del 2 de Mayo en defensa de Madrid. Más tarde salió para Sevilla. Dos años después, el 24 de septiembre de 1810, en la Isla de León se instaló la reunión de las Cortes Generales y Extraordinarias, que cinco meses después se trasladaron al Oratorio de San Felipe Neri en el puerto Cádiz.

Diputado en Cádiz

Para estas Cortes José Mejía Lequerica fue elegido Diputado Suplente en representación del Virreinato de Santa Fe. Su presencia deslumbró a la Cortes, su elocuencia arrasó en los debates, su conocimiento era tan amplio como profundo en todos los ámbitos del pensamiento humano.

Allí fructificaron los años de metódico estudio. Filosofía, derecho, teología, medicina, botánica, latín, ciencia y literatura, todo lo sabía y todo lo fundamentaba. Pero más que erudito, fue un sabio que distinguía lo justo de lo injusto, lo cierto de lo falso, lo superficial de lo esencial.

Su elocuencia fue tan sutil como profundo su argumento, su ingenio político era tan agudo como perspicaz su reflexión, su americanismo fue tan radical como ardiente su ideal libertario. Junto a la tribuna parlamentaria Mejía dirigió el periódico "La Abeja" y participó en aquél que por nombre tuvo "La Alianza". Infatigable propagandista de las nuevas ideas no dejó un solo día de trabajar por la causa de los pueblos, la libertad de imprenta, la monarquía constitucional, los derechos hispanoamericanos y abolición de las mitas.

A las ocho de la noche del 27 de octubre de 1813 en Cádiz, víctima de la fiebre amarilla, se apagó la luz de la vida de uno de los más grandes ecuatorianos, que honró el nombre de la Patria en España. Desde entonces José Mejía Lequerica es el testimonio latente de lo que es puede llegar a ser cada joven ecuatoriano que desafía la dificultad, estudia con rigor y lucha con decisión.

Cuando el 11 de junio de 1897 el general Eloy Alfaro puso el Ejecútese al Decreto de creación del Instituto Nacional Mejía de Quito, lo hizo para inspirar con su ejemplo a los nuevos forjadores de la Patria, capaces de ascender con esfuerzo, perseverancia y heroísmo hacia la cumbre por la aspereza, como dice su lema: "PER ASPERA AD ASTRA".

 
 
 
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