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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

El terremoto de Riobamba

César Augusto Alarcón Costta

Cuando el registro del tiempo señalaba las 07h48 del día sábado 4 de febrero de 1797, uno de los más impetuosos terremotos que recuerda nuestra memoria histórica, con terrorífica violencia sacudió el suelo desde Popayán hasta Loja. El centro andino de nuestra geografía, fue el escenario donde todo parecía trastocarse con valles que se elevaron y colinas se que hundieron, numerosos manantiales desaparecieron y otros sorpresivamente brotaron; ningún puente quedó en pie en esta región y buena parte de lo ríos se represaron.

Conforme las crónicas de la época, esta catástrofe telúrica estuvo precedida por drásticos cambios en el clima y de fuertes bramidos originados en las profundidades de la tierra. Del Tungurahua y el Altar brotó lava y descendió lodo, el Quilotoa y el Igualata despidieron gases, los cerros Puchulagua y Saraurco también lanzaron emanaciones volcánicas, del mismo modo que desde la Moya de Pelileo y Llimbi de Quero. Se dice que a esa hora, la tierra tembló por cuatro interminables minutos y que el cataclismo tuvo fuertes réplicas, el mismo día a las diez de la mañana, a las cuatro de la tarde y once de la noche.

Con extraordinario detalle se conservan las noticias de estos sucesos en los informes remitidos al Consejo de Indias de España, por el entonces Presidente de la Real Audiencia de Quito, Don Luis Muñoz de Guzmán.

Las prolijas investigaciones efectuadas por el Arzobispo Federico González Suárez en esos archivos, hacen posible conocer la magnitud tragedia, sus pavorosos efectos y al espectro de la muerte que sin contemplaciones se esparció con inaudita crudeza. En Quito cayeron las torres de las iglesias: Catedral, Santo Domingo, San Agustín, La Merced. La ciudad de Latacunga fue seriamente afectada; en Ambato se desplomó la iglesia Matriz y fue tal el grado de destrucción de sus casas que perdió la condición de villa; Guaranda fue asolada y Alausí arrasada. En más de veinte mil se calculó el número de víctimas fatales dejadas por este espantoso macrosismo.

La antigua Riobamba

La antigua ciudad de Riobamba construida sobre la ancestral Liribamba, capital de los Puruhaes, fue la más afectada de todas. Su magnífica estructuración urbanística quedó completamente destruida. Según lo recoge Carlos Freire Heredia, en su obra "Chimborazo, provincia mágica en la mitad del mundo", allí se levantaban ocho iglesias: la de los dominicos construida en 1590, de los agustinos en 1592, de los franciscanos en 1596, de las conceptas en 1600, de los jesuitas en 1647, de los mercedarios en 1760, de los betlehemitas en 1776, además estaban los templos del Santo Cristo, San Blas, Nuestra Señora de las Nieves.

Las calles eran rectas, planas, anchas y adoquinadas, tenía cinco plazas y en sus señoriales casas nacieron grandes forjadores de nuestra Patria, como el sabio Pedro Vicente Maldonado y el historiador padre Juan de Velasco.

Ese fatídico 4 de febrero, el cerro Cullca se vino abajo y sepultó al barrio de la Merced, el río de Agua Santa que corría por la ciudad cambió de curso y a su paso causó una fatal inundación. Preciso es visitar ahora Cicalpa o Villa la Unión en Cajabamba, cantón Colta, para constatar a través de las pocas ruinas que están visibles, la grandeza de lo que fue esa notable urbe a finales del siglo XVIII.

El espiritu riobambeño

El desastre causado por la naturaleza fue atroz y desolador, pero no pudo doblegar al espíritu de los riobambeños, que en medio de la tragedia recobraron su ímpetu y con coraje emprendieron la reconstrucción.(19, p. 6) El 21 de marzo del mismo año 1797, se realizó un cabildo abierto para discutir y decidir el lugar donde volverían a edificar Riobamba. Surgieron dos propuestas: unos se inclinaban por la llanura de Gatazo y otros por la de Tapi. Intenso fue el debate con argumentos a favor y en contra de cada una, al final de la reunión se delegó a José Antonio Lizarzaburu, Andrés Falconí y Vicente Antonio de León para que estudien y emitan un informe. Con seriedad y agilidad trabajaron en su misión y presentaron el correspondiente informe a la Real Audiencia, a la que además de recomendar la reconstrucción en Tapi, consignaban su fundamentado criterio sobre la factibilidad de llevar agua desde Licán.

La llanura de Tapi

El 17 de junio de 1797, el Presidente de la Audiencia Muñoz de Guzmán decretó el traslado de Riobamba a Tapi. Sin embargo, el 10 de julio Ignacio Velasco y Unda, Procurador Síndico de Riobamba, solicitó que se revoque esa decisión, ante lo cual, el Presidente nombró a Bernardo Darquea, Corregidor de Ambato, para que elabore un informen definitivo.

El trabajo fue muy minuciosos y persuasivo, a tal punto que todos los pobladores el 29 de septiembre, acogieron a la llanura de Tapi como el nuevo asiento para su ciudad. Darquea además, hizo el plano de la nueva ciudad, el mismo que a pesar de sus innovadoras proyecciones que contemplaba espacios verdes, lamentablemente no fue seguido en la construcción.

En el transcurso del año 1798 se construyó la acequia para conducir el agua desde Licán. El 3 de febrero de 1799, Luis Francisco Héctor de Carondelet tomó posesión del cargo como vigésimo noveno Presidente de la Real Audiencia de Quito en lugar de Muñoz de Guzmán que viajó con destino a Chile. Entre las primeras decisiones adoptadas por el flamante dignatario, figuró la disposición para que los habitantes de la destruida ciudad se trasladen a Tapi, llanura en la que desde entonces se encuentra la hermosa Riobamba.

 
 
 
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