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El terremoto de Riobamba
César Augusto Alarcón
Costta
Cuando el registro del tiempo
señalaba las 07h48 del día sábado 4 de febrero
de 1797, uno de los más impetuosos terremotos que recuerda
nuestra memoria histórica, con terrorífica violencia
sacudió el suelo desde Popayán hasta Loja. El centro
andino de nuestra geografía, fue el escenario donde todo
parecía trastocarse con valles que se elevaron y colinas
se que hundieron, numerosos manantiales desaparecieron y otros
sorpresivamente brotaron; ningún puente quedó en
pie en esta región y buena parte de lo ríos se
represaron.
Conforme las crónicas
de la época, esta catástrofe telúrica estuvo
precedida por drásticos cambios en el clima y de fuertes
bramidos originados en las profundidades de la tierra. Del Tungurahua
y el Altar brotó lava y descendió lodo, el Quilotoa
y el Igualata despidieron gases, los cerros Puchulagua y Saraurco
también lanzaron emanaciones volcánicas, del mismo
modo que desde la Moya de Pelileo y Llimbi de Quero. Se dice
que a esa hora, la tierra tembló por cuatro interminables
minutos y que el cataclismo tuvo fuertes réplicas, el
mismo día a las diez de la mañana, a las cuatro
de la tarde y once de la noche.
Con extraordinario detalle
se conservan las noticias de estos sucesos en los informes remitidos
al Consejo de Indias de España, por el entonces Presidente
de la Real Audiencia de Quito, Don Luis Muñoz de Guzmán.
Las prolijas investigaciones
efectuadas por el Arzobispo Federico González Suárez
en esos archivos, hacen posible conocer la magnitud tragedia,
sus pavorosos efectos y al espectro de la muerte que sin contemplaciones
se esparció con inaudita crudeza. En Quito cayeron las
torres de las iglesias: Catedral, Santo Domingo, San Agustín,
La Merced. La ciudad de Latacunga fue seriamente afectada; en
Ambato se desplomó la iglesia Matriz y fue tal el grado
de destrucción de sus casas que perdió la condición
de villa; Guaranda fue asolada y Alausí arrasada. En más
de veinte mil se calculó el número de víctimas
fatales dejadas por este espantoso macrosismo.
La antigua Riobamba
La antigua ciudad de Riobamba
construida sobre la ancestral Liribamba, capital de los Puruhaes,
fue la más afectada de todas. Su magnífica estructuración
urbanística quedó completamente destruida. Según
lo recoge Carlos Freire Heredia, en su obra "Chimborazo,
provincia mágica en la mitad del mundo", allí
se levantaban ocho iglesias: la de los dominicos construida en
1590, de los agustinos en 1592, de los franciscanos en 1596,
de las conceptas en 1600, de los jesuitas en 1647, de los mercedarios
en 1760, de los betlehemitas en 1776, además estaban los
templos del Santo Cristo, San Blas, Nuestra Señora de
las Nieves.
Las calles eran rectas, planas,
anchas y adoquinadas, tenía cinco plazas y en sus señoriales
casas nacieron grandes forjadores de nuestra Patria, como el
sabio Pedro Vicente Maldonado y el historiador padre Juan de
Velasco.
Ese fatídico 4 de febrero,
el cerro Cullca se vino abajo y sepultó al barrio de la
Merced, el río de Agua Santa que corría por la
ciudad cambió de curso y a su paso causó una fatal
inundación. Preciso es visitar ahora Cicalpa o Villa la
Unión en Cajabamba, cantón Colta, para constatar
a través de las pocas ruinas que están visibles,
la grandeza de lo que fue esa notable urbe a finales del siglo
XVIII.
El espiritu riobambeño
El desastre causado por la
naturaleza fue atroz y desolador, pero no pudo doblegar al espíritu
de los riobambeños, que en medio de la tragedia recobraron
su ímpetu y con coraje emprendieron la reconstrucción.(19,
p. 6) El 21 de marzo del mismo año 1797, se realizó
un cabildo abierto para discutir y decidir el lugar donde volverían
a edificar Riobamba. Surgieron dos propuestas: unos se inclinaban
por la llanura de Gatazo y otros por la de Tapi. Intenso fue
el debate con argumentos a favor y en contra de cada una, al
final de la reunión se delegó a José Antonio
Lizarzaburu, Andrés Falconí y Vicente Antonio de
León para que estudien y emitan un informe. Con seriedad
y agilidad trabajaron en su misión y presentaron el correspondiente
informe a la Real Audiencia, a la que además de recomendar
la reconstrucción en Tapi, consignaban su fundamentado
criterio sobre la factibilidad de llevar agua desde Licán.
La llanura de Tapi
El 17 de junio de 1797, el
Presidente de la Audiencia Muñoz de Guzmán decretó
el traslado de Riobamba a Tapi. Sin embargo, el 10 de julio Ignacio
Velasco y Unda, Procurador Síndico de Riobamba, solicitó
que se revoque esa decisión, ante lo cual, el Presidente
nombró a Bernardo Darquea, Corregidor de Ambato, para
que elabore un informen definitivo.
El trabajo fue muy minuciosos
y persuasivo, a tal punto que todos los pobladores el 29 de septiembre,
acogieron a la llanura de Tapi como el nuevo asiento para su
ciudad. Darquea además, hizo el plano de la nueva ciudad,
el mismo que a pesar de sus innovadoras proyecciones que contemplaba
espacios verdes, lamentablemente no fue seguido en la construcción.
En el transcurso del año
1798 se construyó la acequia para conducir el agua desde
Licán. El 3 de febrero de 1799, Luis Francisco Héctor
de Carondelet tomó posesión del cargo como vigésimo
noveno Presidente de la Real Audiencia de Quito en lugar de Muñoz
de Guzmán que viajó con destino a Chile. Entre
las primeras decisiones adoptadas por el flamante dignatario,
figuró la disposición para que los habitantes de
la destruida ciudad se trasladen a Tapi, llanura en la que desde
entonces se encuentra la hermosa Riobamba.
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