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Tras las huellas de Caspicara
Francisca Gómez Moral
Corría la segunda mitad
del siglo XVIII. La ciudad de Quito era un pequeño pueblo
de pocas almas, profundamente religioso, dedicado al arte y entregado
a la plegaria. Tenía el privilegio de haber albergado
la primera escuela de artes y oficios del sur del continente,
dentro del convento de San Francisco por cuyos claustros deambulaban,
apenas instalada el alba, jóvenes artistas, acaso niños,
dispuestos a emprender su jornada una vez cumplidos los ejercicios
religiosos como era de rigor.
En este ambiente de recogimiento
surgieron verdaderos genios de la pintura y la escultura que
hicieron de Quito un floreciente centro de producción
artística cuya fama se extendía de norte a sur.
Entre los escultores destaca Caspicara. Muy poco se sabe de él.
No hay documento que acredite su nombre verdadero, la fecha de
su nacimiento, o su defunción. Se dice que fue un indio
de "pura sangre", llamado Manuel Chili a quien la tradición
bautizó de "Caspicara", " piel de palo",
"cáscara de palo" o "cáscara de
madera" en una clara alusión a su oficio. Se dice
también que fue discípulo del ilustre imaginero
Don Bernardo de Legarda, de quien heredó el dominio en
el movimiento y la cromática y la magia en la expresión
de sus obras.
Lo único cierto es que
a él se le atribuyen magníficas tallas, mezcla
de sensualidad y delicadeza, de conocimiento y de instinto, de
vigor y de abandono que impulsa a los estudiosos de la historia
del arte a seguir escarbando en el pasado, en busca de nuevos
indicios que confirmen estas atribuciones. Mientras tanto los
químicos, celosos de ese empeño, pero seguros de
que la búsqueda solo es efectiva cuando se realiza en
varios frentes, ponen también su conocimiento al servicio
de esta causa.
Es así como se inicia
el estudio de la obra del maestro desde el punto de vista químico.
Una ínfima cantidad de muestra basta y la tecnología
hace el resto. Un haz de radiaciones se mete en las entrañas
de la capa pictórica y deja al descubierto los elementos
presentes. La idea es establecer un perfil del autor en base
a la composición química de los pigmentos por él
utilizados. Conseguido esto, será posible determinar si
una obra en cuestionamiento, sometida al mismo análisis,
encaja o no dentro de este patrón con lo que se tendría
una mayor seguridad respecto a la autoría.
El proceso es bastante complejo.
Independientemente de las limitaciones de la técnica analítica,
existen muchos imponderables que podrían, eventualmente,
deformar los resultados del análisis y dar lugar a interpretaciones
erróneas. No obstante, los especialistas, asumen este
reto y, sorteando los obstáculos, continúan con
la investigación que podrá conducirnos a una definición
en torno a las obras objeto de discusión.
Se acerca el momento en que
olvidemos la vieja expresión "atribuido a Caspicara"
y hablemos con certeza de la obra del maestro.
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