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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Tras las huellas de Caspicara

Francisca Gómez Moral

Corría la segunda mitad del siglo XVIII. La ciudad de Quito era un pequeño pueblo de pocas almas, profundamente religioso, dedicado al arte y entregado a la plegaria. Tenía el privilegio de haber albergado la primera escuela de artes y oficios del sur del continente, dentro del convento de San Francisco por cuyos claustros deambulaban, apenas instalada el alba, jóvenes artistas, acaso niños, dispuestos a emprender su jornada una vez cumplidos los ejercicios religiosos como era de rigor.

En este ambiente de recogimiento surgieron verdaderos genios de la pintura y la escultura que hicieron de Quito un floreciente centro de producción artística cuya fama se extendía de norte a sur. Entre los escultores destaca Caspicara. Muy poco se sabe de él. No hay documento que acredite su nombre verdadero, la fecha de su nacimiento, o su defunción. Se dice que fue un indio de "pura sangre", llamado Manuel Chili a quien la tradición bautizó de "Caspicara", " piel de palo", "cáscara de palo" o "cáscara de madera" en una clara alusión a su oficio. Se dice también que fue discípulo del ilustre imaginero Don Bernardo de Legarda, de quien heredó el dominio en el movimiento y la cromática y la magia en la expresión de sus obras.

Lo único cierto es que a él se le atribuyen magníficas tallas, mezcla de sensualidad y delicadeza, de conocimiento y de instinto, de vigor y de abandono que impulsa a los estudiosos de la historia del arte a seguir escarbando en el pasado, en busca de nuevos indicios que confirmen estas atribuciones. Mientras tanto los químicos, celosos de ese empeño, pero seguros de que la búsqueda solo es efectiva cuando se realiza en varios frentes, ponen también su conocimiento al servicio de esta causa.

Es así como se inicia el estudio de la obra del maestro desde el punto de vista químico. Una ínfima cantidad de muestra basta y la tecnología hace el resto. Un haz de radiaciones se mete en las entrañas de la capa pictórica y deja al descubierto los elementos presentes. La idea es establecer un perfil del autor en base a la composición química de los pigmentos por él utilizados. Conseguido esto, será posible determinar si una obra en cuestionamiento, sometida al mismo análisis, encaja o no dentro de este patrón con lo que se tendría una mayor seguridad respecto a la autoría.

El proceso es bastante complejo. Independientemente de las limitaciones de la técnica analítica, existen muchos imponderables que podrían, eventualmente, deformar los resultados del análisis y dar lugar a interpretaciones erróneas. No obstante, los especialistas, asumen este reto y, sorteando los obstáculos, continúan con la investigación que podrá conducirnos a una definición en torno a las obras objeto de discusión.

Se acerca el momento en que olvidemos la vieja expresión "atribuido a Caspicara" y hablemos con certeza de la obra del maestro.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador