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La Revolución
Marcista, ¿puso fin a la 'Carta de la esclavitud'?
Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec
El 6 de marzo de 1845, hace
158 años, se produjo un 'golpe de estado' en contra
del entonces presidente del Ecuador, el General Juan José
Flores. Dicho pronunciamiento, de otro lado, proclamó
la nueva administración presidencial en manos de un gobierno
provisional constituido por José Joaquín de Olmedo,
Vicente Ramón Roca y Diego Noboa. Este hecho político
fue el corolario a una administración despótica
y vertical que Flores había iniciado seis años
atrás.
En efecto, en 1839 el General
Flores logró, a base de hábiles maniobras, que
el Congreso Nacional le designara Presidente del Ecuador para
remplazar a Vicente Rocafuerte, quien concluía, entonces,
el mandato Presidencial. El régimen floreano, en efecto,
debía finalizar su periodo en 1843, pero la apetencia
de Flores de mantenerse en el poder provocó que este se
proclamara Jefe Supremo, luego de deslegitimar al Congreso que
no había podido reunirse por una serie de irregularidades
en las elecciones parlamentarias, y convocó a una Asamblea
Constituyente con el claro propósito de prolongarse en
el ejercicio del gobierno.
La
Asamblea Constituyente, sobre la cual tuvo absoluto control Flores,
se reunió en Quito y aprobó el proyecto constitucional
remitido por el Jefe Supremo quien proponía que el Congreso
Nacional se reuniría sólo cada cuatro años,
que los diputados duraran en sus funciones ocho años,
-periodo idéntico al del mandato Presidencial-, y los
senadores doce. De otro lado se estableció, en claro
favor a Flores, la norma constitucional para reconocer como ecuatorianos
a quienes "fueren nativos de otros países colombianos,
estuviesen casados con ecuatoriana y tuviesen una propiedad de
30 mil pesos". La constituyente, entonces, aprobó
lo que se conoció como la "Carta de la esclavitud",
con la cual gobernó el régimen conservador de Flores.
Importantes sectores porteños,
entonces, conspiraron permanentemente y, a pretexto de enfrentar
el dominio extranjero, propiciaron la asonada del 6 de marzo
de 1845, la misma que tuvo visos regionalistas al extremo que
el emblema nacional, a propósito del golpe, fue remplazado
por la bandera del 9 de octubre de 1820. No obstante, bien vale
identificar que en la conjura de 1845 hubo ya algunos matices
liberales, aunque importantes sectores oligárquicos guayaquileños
fueron los que entusiástamente buscaron el derrocamiento
de Flores en el entorno de las contradicciones del manejo del
poder político.
Flores
abandonó el poder luego de una serie de acuerdos a los
que llegó con los golpistas, asunto estos que se convinieron
en la hacienda 'La Virginia', de propiedad de Olmedo. Los acuerdos,
que incluían entregarle recursos a Flores para que subsistiera
en Europa y el compromiso de no perseguir a sus tropas y aliados,
no fueron cumplidos, posteriormente, por los nuevos Asambleístas
Constitucionales que, reunidos en Cuenca, promulgaron una nueva
Constitución, respecto de la cual se debe rescatar dos
hechos que denotan el trasfondo ideológico y político
de dichos asambleístas: el haber devuelto al clero la
posibilidad para que pueda, nuevamente, acceder a la legislatura
y el de restarle atribuciones al poder ejecutivo. Dicha Constituyente,
luego de muchos intentos de elección interna, nombró
cómo nuevo Presidente del Ecuador a Vicente Ramón
Roca.
Distintos sectores sociales
dijeron, luego de los acontecimientos que brevemente he reseñado,
que a partir de la promulgación en Cuenca de la nueva
Constitución fue "abolida la carta de la esclavitud".
No obstante, el control del poder en pocas manos; la persistencia
de confrontaciones regionales que debilitan la construcción
del estado nacional; las contradicciones sociales y económicas
que fraccionan y enfrentan dolorosamente a los ecuatorianos;
las segregaciones culturales, raciales étnicas y religiosas
que perviven en contraposición al objetivo de la unidad
en medio de la diversidad; el oportunismo y la corrupción
que se expanden estructuralmente entre los círculos del
poder; el sometimiento y la pérdida de la soberanía
nacional a intereses que no son de los ecuatorianos; todo ello
entre otras cosas, siguen siendo, desde entonces hasta la fecha,
parte consustancial de la realidad ecuatoriana. Continúan,
dichas aberraciones, levantándose, hirientes sobre el
pecho de nuestra propia dignidad, para afrentarnos y, paradójicamente,
para remecer nuestra conciencia y memoria y, -en grito estridente
y acusador-, recordarnos que persisten nuevas formas de esclavitud,
de vasallaje e ignominia.
No
se debe procurar tan solo relevar a un mandatario por otro, -asunto
este también de importancia cuando es imprescindible en
la vida de los pueblos-, se trata de promover un serio compromiso
personal frente a nuestra lacerante realidad y de abrir un espacio
en medio de la cotidianidad para reivindicar nuestra Patria,
para construir un futuro promisorio, democrático y equitativo
para nuestro país y su pueblo que nos dé, entonces
y sólo entonces, el derecho de mirar a los ojos a nuestros
semejantes, a nuestros padres y hermanos y, sobre todo, a nuestros
hijos.
No es conveniente, entonces,
proyectar únicamente la rebeldía como instrumento
para alcanzar dignidades, pues, como dice Ingenieros, esta rebeldía
será un gesto del animal hambriento y su éxito
tendrá el precio de la complicidad con los vicios de los
amos. Es imprescindible, por el contrario, auspiciar la justicia
como única fórmula para desarraigar el fracaso
al que condena un Estado a su gente cuando no piensa, ante todo,
en la raza humana.
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