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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

La Revolución Marcista, ¿puso fin a la 'Carta de la esclavitud'?

Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec

El 6 de marzo de 1845, hace 158 años, se produjo un 'golpe de estado' en contra del entonces presidente del Ecuador, el General Juan José Flores. Dicho pronunciamiento, de otro lado, proclamó la nueva administración presidencial en manos de un gobierno provisional constituido por José Joaquín de Olmedo, Vicente Ramón Roca y Diego Noboa. Este hecho político fue el corolario a una administración despótica y vertical que Flores había iniciado seis años atrás.

En efecto, en 1839 el General Flores logró, a base de hábiles maniobras, que el Congreso Nacional le designara Presidente del Ecuador para remplazar a Vicente Rocafuerte, quien concluía, entonces, el mandato Presidencial. El régimen floreano, en efecto, debía finalizar su periodo en 1843, pero la apetencia de Flores de mantenerse en el poder provocó que este se proclamara Jefe Supremo, luego de deslegitimar al Congreso que no había podido reunirse por una serie de irregularidades en las elecciones parlamentarias, y convocó a una Asamblea Constituyente con el claro propósito de prolongarse en el ejercicio del gobierno.

La Asamblea Constituyente, sobre la cual tuvo absoluto control Flores, se reunió en Quito y aprobó el proyecto constitucional remitido por el Jefe Supremo quien proponía que el Congreso Nacional se reuniría sólo cada cuatro años, que los diputados duraran en sus funciones ocho años, -periodo idéntico al del mandato Presidencial-, y los senadores doce. De otro lado se estableció, en claro favor a Flores, la norma constitucional para reconocer como ecuatorianos a quienes "fueren nativos de otros países colombianos, estuviesen casados con ecuatoriana y tuviesen una propiedad de 30 mil pesos". La constituyente, entonces, aprobó lo que se conoció como la "Carta de la esclavitud", con la cual gobernó el régimen conservador de Flores.

Importantes sectores porteños, entonces, conspiraron permanentemente y, a pretexto de enfrentar el dominio extranjero, propiciaron la asonada del 6 de marzo de 1845, la misma que tuvo visos regionalistas al extremo que el emblema nacional, a propósito del golpe, fue remplazado por la bandera del 9 de octubre de 1820. No obstante, bien vale identificar que en la conjura de 1845 hubo ya algunos matices liberales, aunque importantes sectores oligárquicos guayaquileños fueron los que entusiástamente buscaron el derrocamiento de Flores en el entorno de las contradicciones del manejo del poder político.

Flores abandonó el poder luego de una serie de acuerdos a los que llegó con los golpistas, asunto estos que se convinieron en la hacienda 'La Virginia', de propiedad de Olmedo. Los acuerdos, que incluían entregarle recursos a Flores para que subsistiera en Europa y el compromiso de no perseguir a sus tropas y aliados, no fueron cumplidos, posteriormente, por los nuevos Asambleístas Constitucionales que, reunidos en Cuenca, promulgaron una nueva Constitución, respecto de la cual se debe rescatar dos hechos que denotan el trasfondo ideológico y político de dichos asambleístas: el haber devuelto al clero la posibilidad para que pueda, nuevamente, acceder a la legislatura y el de restarle atribuciones al poder ejecutivo. Dicha Constituyente, luego de muchos intentos de elección interna, nombró cómo nuevo Presidente del Ecuador a Vicente Ramón Roca.

Distintos sectores sociales dijeron, luego de los acontecimientos que brevemente he reseñado, que a partir de la promulgación en Cuenca de la nueva Constitución fue "abolida la carta de la esclavitud". No obstante, el control del poder en pocas manos; la persistencia de confrontaciones regionales que debilitan la construcción del estado nacional; las contradicciones sociales y económicas que fraccionan y enfrentan dolorosamente a los ecuatorianos; las segregaciones culturales, raciales étnicas y religiosas que perviven en contraposición al objetivo de la unidad en medio de la diversidad; el oportunismo y la corrupción que se expanden estructuralmente entre los círculos del poder; el sometimiento y la pérdida de la soberanía nacional a intereses que no son de los ecuatorianos; todo ello entre otras cosas, siguen siendo, desde entonces hasta la fecha, parte consustancial de la realidad ecuatoriana. Continúan, dichas aberraciones, levantándose, hirientes sobre el pecho de nuestra propia dignidad, para afrentarnos y, paradójicamente, para remecer nuestra conciencia y memoria y, -en grito estridente y acusador-, recordarnos que persisten nuevas formas de esclavitud, de vasallaje e ignominia.

No se debe procurar tan solo relevar a un mandatario por otro, -asunto este también de importancia cuando es imprescindible en la vida de los pueblos-, se trata de promover un serio compromiso personal frente a nuestra lacerante realidad y de abrir un espacio en medio de la cotidianidad para reivindicar nuestra Patria, para construir un futuro promisorio, democrático y equitativo para nuestro país y su pueblo que nos dé, entonces y sólo entonces, el derecho de mirar a los ojos a nuestros semejantes, a nuestros padres y hermanos y, sobre todo, a nuestros hijos.

No es conveniente, entonces, proyectar únicamente la rebeldía como instrumento para alcanzar dignidades, pues, como dice Ingenieros, esta rebeldía será un gesto del animal hambriento y su éxito tendrá el precio de la complicidad con los vicios de los amos. Es imprescindible, por el contrario, auspiciar la justicia como única fórmula para desarraigar el fracaso al que condena un Estado a su gente cuando no piensa, ante todo, en la raza humana.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador