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La historia de Ibarra
Víctor Manuel
Guzmán
victormanuelguzman@yahoo.com
No es
fácil explicar las circunstancias, hechos y motivaciones
acontecidos desde tiempo atrás, para justificar el retorno
a la historia narrada a escala humana, aunque hayan hoy futurólogos
de la historia que proclaman su capacidad de prever el pasado,
que a diferencia del futuro no puede devolvernos el golpe de
nuestras propias y fracasadas predicciones.
Pero no es el caso que se ha
propuesto el maestro de historia y cronista de la ciudad de Ibarra,
Roberto Morales Almeida, quien con intuición, obsesiva
mirada puesta en los estudios de los procesos, de las decisiones
individuales y de las grandes multitudes con nombres y apellidos,
hombres y mujeres vuelven a la vida a través de la memoria
histórica y que las ha condensado en un proyecto denominado
Monografía de Ibarra.
Este proyecto muy difícil de hacerlo en los tiempos de
crisis y corrupción y de quemeimportismo de las entidades
culturales y relacionadas con el desarrollo nacional o regional.
Lo han ido labrando golpe a golpe con el cincel de la voluntad,
hasta convertirse hasta esta fecha en cinco volúmenes,
donde han participado los más connotados investigadores
de la historia, de Imbabura como de otras regiones del país,
conocidos y noveles, vivos y otros muertos, pero que van dejando
un huella de sabiduría y honestidad intelectual.
El grupo de Amigos de Ibarra
se unieron en 1995 presididos por don Abelardo Morán Muñoz
(fallecido); Roberto Morales como director de publicaciones;
Fausto Yépez Almeida como director de relaciones públicas,
y el apoyo del diario 'La Verdad', tomaron la iniciativa y la
voluntad de entregar al país un estudio completo de la
historia de Imbabura.
La característica que definen los diversos trabajos que
se presentan en los volúmenes se marca en la capacidad
para asimilar hechos y personajes, capacidad para enunciarlos
y un punto de vista desde el que dirigir la mirada, la investigación,
la puesta en escena, en fin la narración. Se ha escrito
que los hechos relacionados con el pasado, cuando se coleccionan
sin arte, son compilaciones; y las compilaciones, sin duda, pueden
ser útiles pero no ordenan, ni trazan la historia.
La historia de una vida o de
un hecho relevante por tal o cual motivo, para el resto es una
invitación a un viaje: un itinerario de lugares, testimonios
y fechas, de paisajes, de paisanajes, de esa espuma de los días
sobre la que late el pulso indeleble de los hechos. La idea ciceroniana
de que la historia -las vidas y los hechos que configuran las
historia- es testigo de las edades, luz de verdad, vida de la
memoria y maestra de la vida es muy optimista, pero ésta
es una de las razones por las que hoy los lectores anhelan buscar
historias. Conciliar la unidad de hechos dispersos en las memorias,
conjugar la macrohistoria y la microhistoria constituye un elemento
esencial de cualquier historia.
Trazar el pasado o bien el
presente se apodera con fuerza de quien traza ese pasado, o se
pierde en la bruma y se recrea, después, algo sin el hilo
invisible que ilumine las estancias que permanecen ahí,
a la espera, a lo largo de los años. Invisibles hasta
entonces, la clave es recuperar esos momentos ciegos, de las
vidas y hechos. La historia son obras de un tiempo, no de demiurgos,
sino de una época; son obras que muestran cómo
la vida es una historia verídica con personajes al centro
y alrededor un laberinto de un ir y venir de acontecimientos.
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