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Morainville: el francés
al que no podemos olvidar
Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec
En 1736 llegó la Misión
Geodésica Francesa a los territorios de lo que hoy se
denomina Ecuador, -y en cuyas tierras permaneció hasta
1746-, Misión que tuvo la finalidad de determinar la forma
de la tierra, asunto que, entonces, se debatía en las
academias europeas con inusitado interés y no con poca
beligerancia, especialmente entre los cientistas franceses e
ingleses.
El cuerpo científico constituido como la Misión
de la Academia de Ciencias de París lo conformaron Luis
Godin, Bouguer, Charles Marie de La Condamine como académicos,
Jussieu médico y naturalista botánico, Senierges,
cirujano y botánico, Verguin, ingeniero de marina y dibujante,
Couplet capitán de fragata, Morainville ingeniero, Godin
de Odonais instrumentalista y Hugot relojero e instrumentalista.
Cuando los geodésicos arribaron a la Presidencia de Quito,
los expedicionarios abrieron espacios de conocimiento y aprendizaje,
legitimando las inquietudes culturales de algunos criollos de
la época. En ese sentido, puedo aseverar que el esfuerzo
expedicionario produjo una experiencia científica internacional
que no solo involucró a Francia y el resto de Europa,
sino que alimentó las necesidades culturales y científicas
locales americanas.
Cabe señalar el papel importantísimo que jugaron
cada uno de los miembros enviados por la Academia de París.
De hecho, la participación de los mentalizadores del proyecto
y líderes de la expedición como Godin y La Condamine,
han sido profundamente analizados, no habiendo ocurrido lo propio
respecto de la participación de los otros miembros que,
por el protagonismo adquirido por los líderes de la Misión,
han sido, a mi entender, opacados y poco nombrados en la historiografía
correspondiente a la Misión Geodésica. En rigor,
notables como el resto del equipo técnico, son el ingeniero
Morainville y el relojero e instrumentalista Hugot, quienes paradójicamente
fueron los únicos de la Compañía que se
quedaron definitivamente en Quito.
Es menester rescatar el papel de uno de estos miembros que fue
permanentemente reconocido por la Misión y especialmente
por La Condamine. Me refiero al Señor J. de Morainville,
y de quien, gracias a La Condamine, ha sido posible conocer de
su rol protagónico como ingeniero, especialización
que le permitió elaborar el "mapa de la ciudad de
Quito", levantado en 1741, mapa que se constituyó
en el tercero en la historia de la ciudad.
Morainville fue, durante toda la expedición, el técnico
de mayor apoyo y de confianza personal de La Condamine, cumpliendo,
además, otros roles protagónicos tanto en las mediciones
como en el análisis de la geografía, la flora y
la fauna que fueron encontrando a su paso los miembros de la
Misión. En 1748, también, apoyó en el diseño
de las torres de una de las iglesias más importantes de
lo que hoy es el Ecuador, santuario denominado "El Quinche".
Así mismo he de resaltar su aporte técnico y científico
en la construcción de la Iglesia de Cicalpa, cerca de
la ciudad de Riobamba, en cuya localidad encontró prematuramente
la muerte.
Pero la contribución más importante de Morainville
tiene que ver cuando, en 1738, se vinculó a la expedición
de estudio de la Provincia de Loja. Dicha expedición,
dirigida por la Condamine y por Jussieu, se desplazó a
la zona sur del Ecuador (Zaraguro) para conocer y estudiar el
árbol de la quina o cascarilla, a partir del cual se extraían
los componentes que curaban la penosa enfermedad de la malaria,
conocida, además, como paludismo, y que por aquel entonces
afectaba indistintamente al viejo mundo y a las Américas.
Vale recordar en este punto que la fama de la quina venía
desde 1630 cuando el médico aborigen y cacique de la tribu
de los Malacatos, bautizado por los Jesuítas como Pedro
Leiva, inició con esta planta el tratamiento exitoso de
las fiebres terciarias (paludismo) en su propio lugar de origen,
tratamiento que, luego, se difundió principalmente en
la región andina. Dicha terapia, muchos años más
tarde, se trasladó a algunos lugares de Europa Occidental,
-especialmente a España y a Italia-, por medio de la vía
correspondiente al de la orden Jesuítica quienes, inclusive,
llegaron a comercializar el polvo de la cascarilla en el continente
europeo, lugar desde el cual, paradójicamente, llegó
a América tan grave enfermedad.
Con oportunidad de los estudios emprendidos por parte del referido
equipo de investigación en la ciudad de Loja, Morainville
dibujó, por primera ocasión en el mundo, a la planta
de la Quina que, como queda dicho, era ya utilizada en Europa
para enfrentar a la malaria. Así contribuyó el
ingeniero y dibujante francés a uno de los aportes científicos
más interesantes y desconocidos en la etnobotánica
y en la etnomedicina del siglo 18, cuya repercusión bordeó
todo el siglo 19 y respecto de cuya circunstancia los ecuatorianos
debemos al francés en mención un homenaje permanente,
tanto más que su talento estuvo constantemente al servicio
de esta su segunda Patria.
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