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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Morainville: el francés al que no podemos olvidar

Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec

En 1736 llegó la Misión Geodésica Francesa a los territorios de lo que hoy se denomina Ecuador, -y en cuyas tierras permaneció hasta 1746-, Misión que tuvo la finalidad de determinar la forma de la tierra, asunto que, entonces, se debatía en las academias europeas con inusitado interés y no con poca beligerancia, especialmente entre los cientistas franceses e ingleses.
El cuerpo científico constituido como la Misión de la Academia de Ciencias de París lo conformaron Luis Godin, Bouguer, Charles Marie de La Condamine como académicos, Jussieu médico y naturalista botánico, Senierges, cirujano y botánico, Verguin, ingeniero de marina y dibujante, Couplet capitán de fragata, Morainville ingeniero, Godin de Odonais instrumentalista y Hugot relojero e instrumentalista.
Cuando los geodésicos arribaron a la Presidencia de Quito, los expedicionarios abrieron espacios de conocimiento y aprendizaje, legitimando las inquietudes culturales de algunos criollos de la época. En ese sentido, puedo aseverar que el esfuerzo expedicionario produjo una experiencia científica internacional que no solo involucró a Francia y el resto de Europa, sino que alimentó las necesidades culturales y científicas locales americanas.
Cabe señalar el papel importantísimo que jugaron cada uno de los miembros enviados por la Academia de París. De hecho, la participación de los mentalizadores del proyecto y líderes de la expedición como Godin y La Condamine, han sido profundamente analizados, no habiendo ocurrido lo propio respecto de la participación de los otros miembros que, por el protagonismo adquirido por los líderes de la Misión, han sido, a mi entender, opacados y poco nombrados en la historiografía correspondiente a la Misión Geodésica. En rigor, notables como el resto del equipo técnico, son el ingeniero Morainville y el relojero e instrumentalista Hugot, quienes paradójicamente fueron los únicos de la Compañía que se quedaron definitivamente en Quito.
Es menester rescatar el papel de uno de estos miembros que fue permanentemente reconocido por la Misión y especialmente por La Condamine. Me refiero al Señor J. de Morainville, y de quien, gracias a La Condamine, ha sido posible conocer de su rol protagónico como ingeniero, especialización que le permitió elaborar el "mapa de la ciudad de Quito", levantado en 1741, mapa que se constituyó en el tercero en la historia de la ciudad.
Morainville fue, durante toda la expedición, el técnico de mayor apoyo y de confianza personal de La Condamine, cumpliendo, además, otros roles protagónicos tanto en las mediciones como en el análisis de la geografía, la flora y la fauna que fueron encontrando a su paso los miembros de la Misión. En 1748, también, apoyó en el diseño de las torres de una de las iglesias más importantes de lo que hoy es el Ecuador, santuario denominado "El Quinche". Así mismo he de resaltar su aporte técnico y científico en la construcción de la Iglesia de Cicalpa, cerca de la ciudad de Riobamba, en cuya localidad encontró prematuramente la muerte.
Pero la contribución más importante de Morainville tiene que ver cuando, en 1738, se vinculó a la expedición de estudio de la Provincia de Loja. Dicha expedición, dirigida por la Condamine y por Jussieu, se desplazó a la zona sur del Ecuador (Zaraguro) para conocer y estudiar el árbol de la quina o cascarilla, a partir del cual se extraían los componentes que curaban la penosa enfermedad de la malaria, conocida, además, como paludismo, y que por aquel entonces afectaba indistintamente al viejo mundo y a las Américas.
Vale recordar en este punto que la fama de la quina venía desde 1630 cuando el médico aborigen y cacique de la tribu de los Malacatos, bautizado por los Jesuítas como Pedro Leiva, inició con esta planta el tratamiento exitoso de las fiebres terciarias (paludismo) en su propio lugar de origen, tratamiento que, luego, se difundió principalmente en la región andina. Dicha terapia, muchos años más tarde, se trasladó a algunos lugares de Europa Occidental, -especialmente a España y a Italia-, por medio de la vía correspondiente al de la orden Jesuítica quienes, inclusive, llegaron a comercializar el polvo de la cascarilla en el continente europeo, lugar desde el cual, paradójicamente, llegó a América tan grave enfermedad.
Con oportunidad de los estudios emprendidos por parte del referido equipo de investigación en la ciudad de Loja, Morainville dibujó, por primera ocasión en el mundo, a la planta de la Quina que, como queda dicho, era ya utilizada en Europa para enfrentar a la malaria. Así contribuyó el ingeniero y dibujante francés a uno de los aportes científicos más interesantes y desconocidos en la etnobotánica y en la etnomedicina del siglo 18, cuya repercusión bordeó todo el siglo 19 y respecto de cuya circunstancia los ecuatorianos debemos al francés en mención un homenaje permanente, tanto más que su talento estuvo constantemente al servicio de esta su segunda Patria.

 
 
 
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