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Rumicucho: emblema de nuestras
raíces
Por los costados de la ciudad
de Quito, existen lugares históricos dignos de conocerlos
y admirarlos: regiones del Ilaló se imponenal oriente
en medio de horizontes amarillos, enriquecidos por pequeñas
elevaciones, al pie de las cuales la vegetación verde
nos transporta; y, lasfuentes de agua alegran a las ruinas tendidas
como ornamentos renovados.
Otra de las riquezas históricas
es la de Rumicucho. Ruinas situadas a cuatro kilómetros
de San Antonio de Pichincha. Este Pucará, posiblemente,
es fortaleza prehispánica que mide más de 600 metros
de largo, 135 metros de ancho y 25 de altura. Cuando se limpiaron
sus alrededores, por manos expertas de investigadores, vio elevarse
su historia y se estima que los vestigios de piedra, cerámica,
alfarería son restos culturales de "500 ó
1.500 años de la presente era".
Rumicucho, viene de 'rumi':
piedra, y 'cucho': rincón; es decir, 'fortaleza de piedra',
ubicada en un rincón destinado a significativos ceremoniales.
Se diría cántaro vacío que recibe el aire
y brilla la piedra por el coraje del sol, que lleva el músculo
del cóndor; allí los gestos y las piadosas manos
de hace siglos se secan y todo se transforma en barro y piedra
tostados por el sol y arrullados por los riscos fatigados.
Este pucará, construido
con piedra gris y sobre una región seca, cuenta con habitaciones,
corredores y pequeños caminos. Ahí se efectuaban
ceremonias religiosas al Dios Sol. Actualmente, el Banco Central
organizó un museo que exhibe cucharillas de hueso, objetos
tallados en concha, piedra o madera y vestigios cerámicos
que facilitan la promoción turística del monumento
histórico Rumicucho, cuyos vestigios culturales y sus
atributos necesitan ser conocidos y apreciados.
El reconocimiento de ambientes
y los procesos que van desarrollándose como fuerza de
unidad, invitan a relacionar y completar la región facilitando
vías de comunicación y otras articulaciones y combinaciones
sociales.
Ahí en Rumicucho, retorcida
sonríe la tierra gris. Las terrazas y desniveles del pucará
reciben esperanza del infinito azul, mientras la silueta de alguna
bailarina preincásica sobre esas terrazas, mueve las cucharas
de hueso o los vestigios de piedra endurecidos por los soles
y los vientos.
Desde las terrazas, la leyenda arrugada persiste en enviar suspiros
de ancestros. Al oriente, los recibe el río Monjas y la
montaña Marca; y, al fondo el silencioso Pululahua destaca
su ojo conformado por matices y asentamientos.
Solamente el eco de remotos
cacicazgos imprime sangre arrulladora y olor ancestral del maíz
que asciende al corazón del Pichincha para alegrar el
rostro fruncido de los dioses.
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