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NACIMIENTO DEL ESTADO ECUATORIANO
Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec
Después del triunfo
de Sucre, -el 24 de mayo de 1822-, sobre los realistas en la
Batalla de Pichincha, los notables de la ciudad de Quito con
entusiasmo inusitado promovieron la iniciativa de la incorporación
de su región a Colombia. Tal resolución se constituyó
en una voluntad similar a la que semanas atrás, y sobre
el mismo asunto, la ciudad de Cuenca, mediante los grupos de
poder, había expresado su opinión favorable.
No obstante, el conflicto alrededor
de las determinaciones que tuvieron Cuenca y Quito se encendió
debido a las adversas ideas que sobre la incorporación
a Colombia expresaron importantes sectores sociales y económicos
de Guayaquil, quienes debido a su continua relación con
los mercados peruanos, -como efecto de la creciente actividad
cacaotera-, habían favorecido un sinnúmero de vinculaciones
que impidieron, inicialmente, la anexión de Guayaquil
a Colombia, asunto que solo pudo ser resuelto debido a las gestiones
y presiones, -de toda naturaleza-, ejercidas por Simón
Bolívar para favorecer la constitución del Distrito
del Sur y la anexión completa de dicho distrito a Colombia.
A partir de la anexión
a Colombia, diversas circunstancias históricas fueron
promoviendo en el Distrito del Sur un debate sostenido referente
a la conveniencia o no de la autonomía respecto de Colombia.
Ciertamente que el debate estuvo
exacerbado, además, por razones vinculadas a los conflictos
con el Perú o debido a la presencia de determinadas crisis
económicas que regional e indistintamente afectaron al
Distrito del Sur, en medio de disputas internas por el poder.
Finalmente, las apetencias
económicas y políticas locales, -en medio de una
confrontación regional-, y con un telón de fondo
que dio cuenta de la carencia de un proyecto nacional, fue configurando,
entre muchos otros factores, el detonante para la ruptura frente
a Colombia y el intento de propiciar un espacio propio del Distrito
del Sur, consolidación esta que se fabricó en medio
de rencillas internas, de contradicciones de toda índole
y de disputas estériles.
Fue al calor de estos antecedentes
cuando el 13 de mayo de 1830 algunos sectores de la ciudadanía
de Quito resolvieron "constituir un Estado Libre e independiente,
con los pueblos comprendidos en el Distrito del Sur y los más
que quieran incorporarse, mediante las relaciones de naturaleza
y de recíproca conveniencia".
Semanas después de esta
declaración se promovió la reunión de la
primera Asamblea Constituyente, la misma que se convocó
y congregó en la ciudad de Riobamba a fin de dictar la
primera Carta Magna de lo que hasta entonces constituía
el Distrito del Sur y que para efectos de la conformación
de un Estado soberano e independiente se abocó, inicialmente,
a definir un nombre propio con el cual se reconociera al naciente
estado.
En efecto, -y debido a las
disputas intraregionales-, se dejó de lado la designación
del nuevo Estado con el nombre de Quito, -conforme las razones
históricas imponían-, y se buscó un nombre
que permitiera el que las diversos sectores sociales y económicos
de las tres regiones del nuevo país, -Quito, Guayaquil
y Cuenca-, lo encontraran como razonable para superar cualquier
impase. El nombre de Ecuador, entonces, apareció como
la gran solución rememorando, además, la designación
que respecto de nuestro espacio geográfico lo hicieran
los miembros de la misión geodésica francesa cuando
llegaron a nuestro territorio para efectuar estudios sobre la
línea Equinoccial.
En medio de la transacción
referida nació el Estado Ecuatoriano, constituido fundamentalmente
por tres regiones claramente diferenciadas y con deficientes
relaciones entre si. Por el contrario sus nexos, como he inferido
en estas líneas, estuvieron marcadas, inicialmente, por
las relaciones con el norte de Colombia y con el sur del Perú.
La desarticulación económica,
social, cultural y política del nuevo Estado constituyó
uno de los conflictos de identidad del Ecuador de 1830 y han
sido esos mismos rasgos estructurales los que han dificultado
la construcción del Estado-Nacional, asunto que, de una
u otra manera, se ha arrastrado a lo largo de la vida republicana
del país en sus ya 175 años de existencia.
El origen del Ecuador puede
explicarnos, entonces, algunas de las dificultades por las cuales
constantemente ha vivido la Patria. Pero sobretodo debe advertirnos
que somos la expresión del complejo mundo de lo diverso,
aquella riqueza intrínseca a partir de la cual debemos
consolidar al Ecuador dotándole de un futuro promisorio
y construyendo un presente conforme los requerimientos de los
diversos rincones del país, en los cuales debemos mirarnos
mutuamente, a fin de edificar la utopía del país
soberano, solidario y unido, realidad por la que tantos y tantos
ecuatorianos han luchado bordeando todo tipo de sacrificio.
La consolidación del
Ecuador, al bordear el nuevo milenio, deberá proyectarse
en la construcción de una auténtica democracia,
en la búsqueda permanente de un orden estructural y supraestructural
diferentes al que prevalece y en la constante acción para
superar todo tipode inequidad. '
Una práctica de esta
naturaleza nos dotarà de la auténtica Patria que
requerimos para vivir con dignidad y seguros de que el porvenir
no se constituye en un grito desesperado, sino en un eco que
agiganta nuestro propio destino y el de nuestros hijos.
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