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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Los gigantes de Sumpa

En tiempos muy lejanos, tan distantes que ni el más viejo de los narradores de cuentos y leyendas podría precisar, había en la población de Sumpa (lo que hoy es el cantón de Santa Elena) una especie de rey o cacique, muy admirado y respetado por su valentía y talento, a quien llamaban Tumbe.

Dicen las leyendas, que inmediatamente acabado el Diluvio Universal, llegaron a Sumpa algunos de los primeros hombres que repoblaron la Tierra. Y como la encontraron buena para la vida humana y pródiga para la agricultura y pesca, se establecieron desde la orilla del mar, hasta bien avanzado el interior.

Tumbe tenía dos hijos, Quitumbe y Otoya. Como era un gobernante emprendedor y ambicioso, envió en expedición a Quitumbe, con el encargo de descubrir nuevas tierras y añadirlas a su reino. Y Quitumbe las descubrió, tanto al norte, como al sur. Fundó el pueblo de Tumbes y puso los cimientos de algunas ciudades importantes como la que después sería la bella Quito.

Catari, un antiguo narrador de historias, de esos que antes de la llegada de los españoles eran llamados quipucamayos, afirmaba que Quitumbe dejó un descendiente llamado Guayanay, padre de Atau, quien a su vez engendró a Manco Cápac, primer monarca dl Perú,
A la muerte de Tumbe, le sucedió en su mando su hijo segundo, Otoya,

valiente y esforzado, pero cruel, además de aficionado a las bebidas alcohólicas y otros vicios. Fueron tantos sus abusos y maldades, que un grupo de sumpeños descontentos se unieron secretamente para darle muerte y así librar a Sumpa del tirano. Mas Otoya fue alertado a tiempo y tomó venganza de sus enemigos, quitándoles la vida.

Un día sorprendió a Otoya un grupo de aborígenes con noticias inquietantes, habían divisado en el mar, cerca de las costas, una inmensa balsa. La tripulaban sujetos de tamaño descomunal: tan grandes como dioses o demonios. El más corpulento de los sumpeños apenas alcanzaría a llegar a sus rodillas. Sus cabezas eran de tamaño de hombres pequeños. Sus bocas parecían aberturas de toneles. Tupidas selvas de cabello colgaban a sus espaldas. Cada brazo parecía un largo arbusto o una boa. Los ojos eran saltones y rojizos. En sus orejas podían caber pequeños gatos.

Vinieron de muy lejos. Y al llegar a la playa, se tendieron cuan largos eran a descansar. Sus poderosos ronquidos, ladrantes, pitantes, raspantes y rugientes, parecían una tempestad marina.

Tras descansar algunas horas, acarrearon leña arrancando de raíz arbusto y matorrales. De dos zancadas cazaron decenas de llamas, las asaron al fuego y las engulleron hasta quedar satisfechos. A prudente distancia y ocultos, temblando de terror, seguían sus movimientos los sumpeños.

En un pequeño cerro de amplia plataforma, ubicado cerca de lo que hoy es el balneario de Salinas, establecieron los gigantes su residencia, en una especie de fortaleza hecha con piedras de la zona. Desde allí partían en periódicas excursiones que arrasaban cuanto hallaban al paso: hombres, rebaños, sembríos, viviendas, todo desaparecía bajo sus plantas. Un día invadieron la residencia del cruel Otaya y le quitaron la vida.

Varias veces hicieron frente los valerosos sumpeños a los gigantes. Pero fue vano sacrificio; equivalía a pelear armado con una aguja frente a alguien que llevaban una espada o una lanza. Esos actos valientes terminaron siempre en desbandada despavorida de los naturales. En respuesta a aquella resistencia. Los gigantes aumentaron su crueldad. Disgregaron a los sumpeños. Obligándolos a esconderse en la montaña o en cuevas conocidas únicamente por ellos.

Y fueron tanto los crímenes de los gigantes llegados a Sumpa de quien sabe que remotas tierras. Y fueron tanto los clamores de los sumpeños, que Pachacamac, el dios a quien veneraban, amaban y gemían, envió a un emisario con el encargo de salvarlos.

Vino este armado de una flecha incandescente, con la que liquidó a los invasores. De los gigantes grandes como casas y crueles como fieras, quedaron únicamente huesos calcinados, que fueron cubiertos por la tierra. Osamentas que en diversas oportunidades han sido cubiertas por arqueólogos y atribuidas a animales que habitaron en planeta antes del Diluvio.

Con aquel acto de justicia de Pachacamac, los sumpeños recobraron su tierra y la felicidad.

Cuando vayas a Santa Elena ­la antigua y privilegiada Sumpa- pide que te lleven a conocer las descomunales Sillas o Troncos y las profundas Cisternas o Pozos de los Gigantes. Los abuelos d los más viejos habitantes de la región aseguran que tales construcciones fueron labradas en las rocas por los formidables invasores.

 
 
 
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