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El robo de los vasos sagrados
y las ostias
César Augusto Alarcón
Costta
Eran las primeras horas de
la mañana del miércoles 20 de enero de 1649, cuando
el capellán se disponía a dar misa en la capilla
del convento de Santa Clara de Quito, ubicada en la actual calle
Rocafuerte, descubre que la urna del Santísimo Sacramento,
los vasos sagrados y las ostias no estaban en su lugar y tampoco
aparecían por ningún sitio. Conforme lo relata
el historiador y Arzobispo de Quito Federico González
Suárez, en su "Historia General de la República
del Ecuador", lo que en un momento parecía extraño
e insólito, en pocos minutos constituyó una espantosa
certeza, la comunidad estaba ante una profanación, lo
sagrado había sido objeto de robo. Las religiosas del
convento desconcertadas cayeron en la más exaltada angustia
y lloraban sin consuelo.
La alarma se propagó
por toda la ciudad con la velocidad del rayo, inmediatamente
el Obispo Agustín de Ugarte y Saravia y el Presidente
de la Real Audiencia Martín de Arriola, llegaron a la
capilla y con ellos todo el pueblo de Quito, cuya profunda religiosidad
estaba conmocionada. Nadie podía imaginar como pudo haberse
efectuado un atentado de esta magnitud contra los símbolos
sagrados de la divinidad.
El encuentro
Sin pérdida de tiempo
empezó la búsqueda. La urna y las ostias fueron
encontradas el mismo día, tiradas entre los matorrales
de la quebrada de Jerusalén, ubicada donde hoy es la avenida
24 de Mayo. Los sacerdotes las recogieron con toda solemnidad
y las llevaron al templo, mientras el pueblo dramáticamente
expresaba su dolor y quebranto. Acto seguido se celebró
una misa en la que los fieles comulgaron con aquellas ostias.
Inmediatamente, las autoridades
de la Audiencia iniciaron las investigaciones y el Obispo dictó
la excomunión tanto para los autores del sacrilegio como
para quien o quienes los encubrieren. Dos días después
el copón, el velo y los corporales aparecieron en la puerta
de la Iglesia de San Francisco.
La procesión
Este suceso constituyó
uno de los más terribles agravios a la espiritualidad
del pueblo de Quito, que no hallaba paz ni sosiego. Los días
siguientes fueron lóbregos y fatídicos. El quebranto
moral se vio agravado con un brote epidémico en la ciudad.
Como los responsables continuaban ocultos y ante esta nueva amenaza,
el Obispo convocó para el viernes 29 de enero a las 4
de la tarde, a todas las cofradías, autoridades y fieles
para realizar una rogativa en la Catedral. A las siete de la
noche subió al púlpito el predicador jesuita Alonso
de Rojas y pronunció un sermón que conmovió
la conciencia de todos los presentes.
A las ocho de la noche todo
el pueblo, vestido de negro en señal de penitencia, dio
inicio a una procesión que en absoluto silencio - a la
cabeza iba el Obispo y al final el Presidente de la Audiencia-
entre lágrimas, autocastigos y cirios encendidos recorrió
las principales calles haciendo estaciones en los templos de
Santo Domingo, Santa Catalina, San Agustín, La Concepción,
La Merced, San Francisco, Santa Clara y la Compañía,
hasta que regresó a la Catedral cuando ya eran las dos
de la mañana.
Desde ese día todos
guardaron el más riguroso luto, fueron días de
pesadumbre, mortificación y tormento. Todos compartían
el mismo sentimiento de culpa ante la ofensa proferida contra
Dios. Mujeres y hombres; niños y adultos; blancos, mestizos
e indios; autoridades civiles y eclesiásticos, todos vistieron
de negro hasta el 4 de abril, Sábado Santo, en que se
celebró la Pascua de la Resurrección.
Los autores
Poco después se trajo
en procesión a la Virgen de Guápulo y se dio inicio
a una novena, en cuyo octavo día, 20 de abril, una indígena
informó que los autores del sacrilegio fueron un mestizo
y tres indígenas que estaban escondidos en la vecina población
de Conocoto. Inmediatamente fueron conducidos a Quito, donde
declararon su delito, sumariamente enjuiciados fueron condenados
a morir en la horca, tras lo cual sus cadáveres fueron
descuartizados. El móvil había sido apoderarse
de las joyas de la capilla, pero como no las encontraron, se
apoderaron los objetos sagrados que luego los abandonaron al
filo de la quebrada.
La Capilla del Robo
Una nueva procesión
se realizó hasta el lugar donde se encontró el
copón y las ostias. Autoridades y pueblo en unidad de
acto asistieron a la misa y en la que el padre Alonso Rojas,
volvió a predicar un sermón de extraordinario impacto
en todos los asistentes. Por disposición del Obispo, en
ese mismo sitio se construyó una capilla, a la que se
le puso el nombre de "Jerusalén", que fue inaugurada
el 20 de enero de 1650, precisamente al cumplirse un año
del acontecimiento. Desde entonces, el pueblo de Quito la conoce
con el nombre de "Capilla del Robo".
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