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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

El robo de los vasos sagrados y las ostias

César Augusto Alarcón Costta

Eran las primeras horas de la mañana del miércoles 20 de enero de 1649, cuando el capellán se disponía a dar misa en la capilla del convento de Santa Clara de Quito, ubicada en la actual calle Rocafuerte, descubre que la urna del Santísimo Sacramento, los vasos sagrados y las ostias no estaban en su lugar y tampoco aparecían por ningún sitio. Conforme lo relata el historiador y Arzobispo de Quito Federico González Suárez, en su "Historia General de la República del Ecuador", lo que en un momento parecía extraño e insólito, en pocos minutos constituyó una espantosa certeza, la comunidad estaba ante una profanación, lo sagrado había sido objeto de robo. Las religiosas del convento desconcertadas cayeron en la más exaltada angustia y lloraban sin consuelo.

La alarma se propagó por toda la ciudad con la velocidad del rayo, inmediatamente el Obispo Agustín de Ugarte y Saravia y el Presidente de la Real Audiencia Martín de Arriola, llegaron a la capilla y con ellos todo el pueblo de Quito, cuya profunda religiosidad estaba conmocionada. Nadie podía imaginar como pudo haberse efectuado un atentado de esta magnitud contra los símbolos sagrados de la divinidad.

El encuentro

Sin pérdida de tiempo empezó la búsqueda. La urna y las ostias fueron encontradas el mismo día, tiradas entre los matorrales de la quebrada de Jerusalén, ubicada donde hoy es la avenida 24 de Mayo. Los sacerdotes las recogieron con toda solemnidad y las llevaron al templo, mientras el pueblo dramáticamente expresaba su dolor y quebranto. Acto seguido se celebró una misa en la que los fieles comulgaron con aquellas ostias.

Inmediatamente, las autoridades de la Audiencia iniciaron las investigaciones y el Obispo dictó la excomunión tanto para los autores del sacrilegio como para quien o quienes los encubrieren. Dos días después el copón, el velo y los corporales aparecieron en la puerta de la Iglesia de San Francisco.

La procesión

Este suceso constituyó uno de los más terribles agravios a la espiritualidad del pueblo de Quito, que no hallaba paz ni sosiego. Los días siguientes fueron lóbregos y fatídicos. El quebranto moral se vio agravado con un brote epidémico en la ciudad. Como los responsables continuaban ocultos y ante esta nueva amenaza, el Obispo convocó para el viernes 29 de enero a las 4 de la tarde, a todas las cofradías, autoridades y fieles para realizar una rogativa en la Catedral. A las siete de la noche subió al púlpito el predicador jesuita Alonso de Rojas y pronunció un sermón que conmovió la conciencia de todos los presentes.

A las ocho de la noche todo el pueblo, vestido de negro en señal de penitencia, dio inicio a una procesión que en absoluto silencio - a la cabeza iba el Obispo y al final el Presidente de la Audiencia- entre lágrimas, autocastigos y cirios encendidos recorrió las principales calles haciendo estaciones en los templos de Santo Domingo, Santa Catalina, San Agustín, La Concepción, La Merced, San Francisco, Santa Clara y la Compañía, hasta que regresó a la Catedral cuando ya eran las dos de la mañana.

Desde ese día todos guardaron el más riguroso luto, fueron días de pesadumbre, mortificación y tormento. Todos compartían el mismo sentimiento de culpa ante la ofensa proferida contra Dios. Mujeres y hombres; niños y adultos; blancos, mestizos e indios; autoridades civiles y eclesiásticos, todos vistieron de negro hasta el 4 de abril, Sábado Santo, en que se celebró la Pascua de la Resurrección.

Los autores

Poco después se trajo en procesión a la Virgen de Guápulo y se dio inicio a una novena, en cuyo octavo día, 20 de abril, una indígena informó que los autores del sacrilegio fueron un mestizo y tres indígenas que estaban escondidos en la vecina población de Conocoto. Inmediatamente fueron conducidos a Quito, donde declararon su delito, sumariamente enjuiciados fueron condenados a morir en la horca, tras lo cual sus cadáveres fueron descuartizados. El móvil había sido apoderarse de las joyas de la capilla, pero como no las encontraron, se apoderaron los objetos sagrados que luego los abandonaron al filo de la quebrada.

La Capilla del Robo

Una nueva procesión se realizó hasta el lugar donde se encontró el copón y las ostias. Autoridades y pueblo en unidad de acto asistieron a la misa y en la que el padre Alonso Rojas, volvió a predicar un sermón de extraordinario impacto en todos los asistentes. Por disposición del Obispo, en ese mismo sitio se construyó una capilla, a la que se le puso el nombre de "Jerusalén", que fue inaugurada el 20 de enero de 1650, precisamente al cumplirse un año del acontecimiento. Desde entonces, el pueblo de Quito la conoce con el nombre de "Capilla del Robo".

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador