Ignacio de Veintemilla es
derrotado en Quito
La Patria venció
al régimen de oprobio y vergüenza. La unidad nacional
cumplió su objetivo: derrocar al ignominioso gobierno.
César Augusto Alarcón
Costta
Gobernaba el Ecuador el general
Ignacio de Veintemilla, quien habiendo sido nombrado Comandante
de la Plaza de Guayaquil por el Presidente doctor Antonio Borrero,
el 8 de septiembre de 1876 se proclamó Jefe Supremo y
Capitán General de los Ejércitos, con el pretexto
de derogar la Constitución de la República, más
conocida como la "Carta Negra", que fue aprobada por
la Asamblea Constituyente de 1896 y refrendada en plebiscito
en julio de ese mismo año.
Los dos primeros años
de gobierno dictatorial de Veintemilla corrieron en medio de
confrontaciones políticas, al cabo de las cuales convocó
a la Asamblea Constituyente que se reunió entre enero
y marzo de 1878 en Ambato, con el propósito de aprobar
la nueva Constitución y elegir como Presidente Constitucional
al mismo general Veintemilla.
Durante su administración,
la dinámica del mercado mundial auspició el auge
en las exportaciones ecuatorianas de cacao y cascarilla, generando
extraordinarios ingresos que levantaron fortunas privadas y al
mismo tiempo dotó al gobierno de enormes recursos, lamentablemente
derrochados en los continuos agasajos palaciegos, fiestas populares,
incremento de sueldos a la burocracia y sectores militares. A
esta favorable coyuntura económica, además contribuyó
la guerra del Pacífico en la que Chile derrotó
a la coalición de Perú y Bolivia.
Atropellos
Veintemilla pensó que
a cambio de pan y circo se puede ultrajar la dignidad de la Patria,
y amparado en las facultades extraordinarias concedidas por la
mayoría servil del Congreso, atropelló los derechos
ciudadanos y agredió a la dignidad nacional. El escritor
liberal Miguel Valverde fue apresado y flagelado, Eloy Alfaro
fue apresado en Guayaquil, Juan Montalvo desterrado.
Además durante su administración
ocurrieron dos asesinatos escandalosos: el del Arzobispo de Quito
Ignacio Checa y Barba el 30 de marzo de 1877, envenenado con
estricnina colocada en el cáliz con el que celebró
la misa de Viernes Santo; y el del político conservador
que se perfilaba como candidato a la Presidencia de la República,
Vicente Piedrahita ocurrido el 4 de septiembre de 1878 en su
casa de la hacienda "La Palestina" a orillas del río
Daule. A todo esto se sumó el denigrante espectáculo
de escándalo e irrespeto desbordado salido de sus continuos
festines y francachelas.
Voz de la conciencia
Durante este oprobioso gobierno,
Juan Montalvo se convirtió en la voz de la conciencia
nacional. En las páginas de "Las Catilinarias"
inmortalizó su intransigente lucha. En uno de sus pasajes
escribió: "... don Gabriel García Moreno fue
tirano: inteligencia, audacia, ímpetu; sus acciones atroces
fueron siempre consumadas con admirable franqueza ... Ignacio
Veintemilla no ha sido ni será jamás tirano: la
mengua de su cerebro es tal, que no va gran trecho de él
a un bruto. Su corazón no late; se revuelca en un montón
de cieno".
El 26 de marzo de 1882, en
vísperas de concluir el período constitucional
el general Veintemilla, sin otra razón que su apasionada
adicción al poder, se volvió a proclamar Jefe Supremo
con apoyo de algunas municipalidades.
Veintemilla no sabía
que si bien la corrupción puede comprar, vender y alquilar
conciencias bastardas, en cambio no puede impunemente ultrajar
la dignidad de la Patria. El Ecuador no resistía más,
desde todos los confines se levantó un coro de voces que
lo repudiaban. No eran las banderías partidistas, sino
es espíritu de la Patria el que inflamaba el alma, la
mente y corazón de los ecuatorianos. Liberales, conservadores,
progresistas, intelectuales, artesanos, todos emprendieron la
lucha por la restauración moral.
En enero de 1883 las fuerzas
confluyeron en su común propósito de derrocar al
régimen de la indignidad. Dos grandes movimientos surgieron
en forma simultánea. El uno en la costa liderado por Eloy
Alfaro como Jefe Supremo de Esmeraldas y Manabí; el otro
en la sierra, con Ezequiel Landázuri y Pedro Lizarzaburu
desde Carchi e Imbabura, José María Sarasti desde
Chimborazo y Tungurahua, Francisco Javier Salazar desde el sur
por Loja y Azuay, los tres avanzaron hacia Quito, la asediaron
desde el día 8 de enero, el 9 combatieron en sus calles
y el 10 sometieron a las fuerzas gubernamentales dirigidas por
la sobrina del dictador, la valiente Marieta de Veintemilla.
El día 14 el pueblo
de Quito reunido en la Plaza de San Francisco eligió al
Pentavirato integrado por José María Sarasti, Luis
Cordero, José María Plácido Caamaño,
Agustín Guerrero y Pedro Carbo; con sus respectivos suplentes:
Ezequiel Landázuri, Pedro Ignacio Lizarzaburu, Antonio
Flores, Pablo Herrera y Rafael Pérez Pareja.
Las fuerzas liberales de Alfaro
y las restauradoras de la sierra se dirigieron a Guayaquil, último
reducto del dictador. En forma conjunta atacaron por el norte
y el occidente: desde antes del amanecer del 9 de julio de 1883,
el cerro de Santa Ana, el cementerio, el cerro del Carmen y el
manicomio fueron escenario de las operaciones, los últimos
combates tuvieron lugar en el Estero Salado.
La Patria venció al
régimen de oprobio y vergüenza. La unidad nacional
cumplió su objetivo: derrocar al ignominioso gobierno.
No se trató de una crisis económica sino de la
lucha contra la degradación moral. Esta fue una formidable
manifestación del Ecuador profundo y ancestral, que no
se resigna ante el abuso ni se abandona ante la prepotencia.
A través de la historia nuestro pueblo ha protagonizado
extraordinarias páginas de heroísmo y valor en
defensa de su dignidad y libertad.
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