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Quito tanguero
Jorge Pasquel Villamar
Sin más autoridad que
la intención de cantarlo, de gozando bailarlo, de al vivir
asumirlo, el tango me halaga y me acongoja, me enciende, me entristece,
me recuerda lo vivido, desde el borde oculto de la nostalgia
mía.
Es que el tango posiblemente es la menos moralista de todas las
propuestas musicales, sin pasar por ello a la rusticidad de lo
barato, ni a la cursilería que da la sensualidad tontamente
desbordada o el manejo procaz y poco estético de ritmos
y músicas que por su perecible contextura están
condenados a desaparecer sin pena ni gloria, así como
aparecen y punto.
Los seres humanos, con el pasar de los tiempos, somos capaces
de tener la sutileza de transformar la cólera en pasividad,
el rencor en templanza, la congoja en esperanza y todas en humor.
Si uno se acostumbra a ver el lado cómico de las cosas,
lo descubre en cualquier ocasión , aun en las más
trágicas.
Este es el más depurado elixir para el espíritu,
que por cierto no nos deja de hacer saber que el mundo no es
perfecto, pero preferimos que no nos lo recuerden, pues sabemos
que el optimista a los mejor es solo un pesimista desmemoriado.
Considerando, posiblemente, ganadores en esta lid, como has sido
dicho, solo a los necios, que son a los únicos a quienes
les está permitida la felicidad.
Pero mejor aprovechemos las líneas de este ensayo para
hablar de nuestro invitado: el tango, y con él de su personaje
central y primigenio.
UN GIGOLO EN EL SUBURBIO
Difícilmente a excepción
de Gardel y a la altura de Karl Marx, Sigmund Freud y el economista
John Maynard Keynes, pocos han insidido tanto en nuestro tiempo,
han tenido tantos constantes seguidores y admiradores como le
'Zorzal Criollo', quien nación en la antigua capital de
Aquitania, Tolouse, Francia, en la maternidad del Hospital de
la Grave, a las dos de la mañana del 11 de diciembre de
1890. Registrado con el nombre de Charles Romuald Gardes. De
padre desconocido; su madre, Berthe Gardes, modesta obrera de
una lavandería, emigra hasta el Río de la Plata
cuando Carlitos tenía apenas dos años.
Sin embargo de la aparente claridad de su origen, siempre fue
motivo de dudas y acoso el indagar por su lugar de nacimiento,
al punto de que él, harto de contestar acerca de lo mismo,
algún momento solo se limitó a decir a un periodista
incisivo: "nací en Buenos Aires a los dos años".
Pese a lo cual nunca quedó zanjada dicha duda, que ha
sido alimentada por el afán de querer hacerle hijo directo
de algún otro terruño de América, al 'francesito',
que para efecto de la única verdad posible nace en el
corazón de quien le escucha, cada vez que se le oye cantar,
pudiendo ser en el alma de los quiteños o quiteñas,
venidos de todas partes de la Patria; que más da, si con
cada nota lo vivimos plenamente a él y al tango mismo.
UN HIMNO A LA DIÁSPORA
Este ritmo irreverente, mezcla
de milonga, habanera y candombe, con vocablos del lunfardo (dialecto
ítalo-porteño) de los marginados y perseguidos
y con su danza herencia del fandango español, es la viva
imagen premonitoria de los dolorosos aconteceres de nuestros
pueblos, aún del éxodo de los miles de ecuatorianos
que siguen dejando la Patria, buscando sobrevivir con la dignidad
robada por los malos gobernantes, ajenos a sus más mínimas
expectativas de vida. De Allí el contenido semiótico
de la filosofía gardeliana, que apenas está siendo
encontrada en cada acontecimiento de la vida cotidiana de América
Latina.
Con ello hablamos de los exiliados externos, de los que huyen
de la Patria, como de la multitudinaria presencia de los exiliados
internos. Aquellos que nos vemos obligados muchas veces a callar
o a n ser escuchados, ante el latrocinio y la perversidad con
la que se maneja el pródigo legado de todos, la esperanza
y el derecho a una vida más placentera, con educación,
con el cuidado adecuado de la salud y la justicia como doctrina
de equidad.
En el enmarque tanguero de Alfredo Le Pera "Mi Buenos Aires
querido / cuándo yo te vuelva a ver, / no habrá
más penas ni olvido".
LATINOAMÉRICA
Con la dimensión de
ésta música, caracterizada por el rescate de las
esencias telúricas de toda ésta música latinoamericana,
como es el caso del pasillo, con sus hermosas notas impregnadas
de similar nostalgia y pasión, tanto como en las zambas
y chacarreras, o en os guaynitos, valses, danzones y otros, que
son la semblanza misma del desarraigo al que están expuestos
permanentemente nuestros pueblos.
Aunque el tiempo siempre se propone borrar de nuestra memoria
los acontecimientos que dan identidad a nuestra ciudad, necios
al olvido los quiteños recordamos a personajes, algunos
conocidos y otros vivamente referidos por nuestros padres, como
el maestro Aldaz, zapatero de oficio, cuyo taler estaba ubicado
en la calle Vargas 333 y Oriente, donde, llegadas las horas de
la noche, era convocada la bohemia al modesto taller de zapatería,
cnvirtiéndose éste, com por arte de magia, en una
esquina de arrabal amargo, a su propio modo."Cuna de tauras
y cantores / broncas y entreveros / de todos mis amores Cargado
con su magia al compás del más puro espíritu
porteño, ladeados los bártulos de trabajo, tgomando
lso trastes de matar a lo torero, el taller daba lugar al bulín,
donde a los rumores de milonga, aparecían en la puerta,
listas al rito de la noche "a la cuenta del otario', más
de una 'sola, fané, descayangayada' seducida por los rumores
de la milonga.
UNA HERMANDAD DE ARRABAL
La voz del 'Señor de
los tristes', el Carlitos, con su tesitura cargada de registro
seminal de un barítono brillante, convocaba al respeto
a su propia feligresía. Es que el tango es uan especie
de religión en la axiología del gran suburbio,
por elo es que ante este pequeño dios, peinado a la gomina,
con capilla propia, entre voces tan bajas, como comulgando se
escuchaban las primeras notas de un bandoneón, tangos
como 'El Pañuelito' de J. Filiberto, 'Rencor' de Luis
Amador, mientras la carne tarifada en algún rincón
del barrio La Tola paraba la oreja, también imbuida por
'Sus ojo se cerraron', 'El día que me quieras', 'Yira,
yira' de Enrique Santos Discépolo, sabedores todos de
que este mundo más de una vez está 'rechiflao en
su tristeza'.
Es que el tango así como es, culpable confeso de una tenaz
misoginia, 'de las mujeres mejor no hay que hablar', con el aparente
contrasentido de que fueron las damas que se incineraron al conocer
de la temprana muerte del 'morocho', hacen que el varón
en el compás de la danza, aunque por cierto la dirige,
lo haga de ese modo solo, con la consigna de que la mujer sea
quien se luzca en el arrebol del baile, entreviendo por el amplio
corte de su falda ceñida, toda su gracia, sensual y ascendente
com les empinadas calles de nuestra hermosa ciudad, bien curvadas
y sensuales, coronando hermosos montículos de adorable
panorama.
Rincones tangueros
Bueno, pero si usted quiere
hacer tango, porque a éste se lo hace, no solo se lo canta
o se lo baila, Quito siempre en la noch está lisot a recibirle
en algún tango bar como el CAFELIBRO, la Buhardilla -antes
'Uno Café Tango'-, o en cualquiera de las escuelas de
tango al norte o sur de la ciudad , donde aun los jóvenes
y adolescentes lo disfrutan y aprenden, como 'Al Sur del Alma
Tango', dirigida por el profesor Daniel Alcoleas y la maestra
Rosana Valdez. O en el 'Esteban Grill'. O donde usted se encuentre
'amurado', abandonado o abandonada en su propio cotorr, cuando
se le ocurra pensar en esa 'Lejana tierra mía', o en esos
distantes 'veinticinco abriles que no volverán'.
Una anécdora borgiana
Esto es el tango, de alguna
manera también así lo es Quito, peor hablo de éste
tango concebido en el lamento de nuestro melodrama continental,
de aquel que Jorge Luis Borges evocaba cuando un periodista le
preguntó al salir del Teatro Colón de Bujenos Aires,
en el estreno de una obra de Astor Paizzolla, ¿qué
le parecía la obra de éste joven discípulo
de Aníbal Troilo, músico brillante educado en Nueva
York? El tal solo contestó lacónicamente: "Monumental,
pero después de esto como no quisiera escuchar un tango".
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