Enrique Noboa Arízaga
Vencedor de la muerte, volvió
Eduardo,
sin terrestre envoltura y sin edad,
a la Posada de la Soledad
donde la parca le asestó su dardo.
Puso el pie en el umbral y
abrió la puerta,
recorrió las estancias familiares
y allí miró, cubierta de pesares,
dormida en el sillón, la dulce Berta.
Su mesa de trabajo estaba intacta,
desnudo el lienzo sobre el caballete.
La luz de la ventana que arremete
su fiesta de color con que le impacta.
Miró a su alrededor.
Todo lo mismo.
La mano intemporal en las paredes,
la que pintó la mano de otros seres,
surgiendo desde el fondo del abismo.
Junto al horno de barro, hallole
a su hija
cociendo el dulce pan de su memoria.
Ella rescata con amor la historia
de su padre genial, bella y prolija.
Se llama soledad. En su homenaje
escrito está su nombre en la Posada
y, desde allí, la hija bienamada
lanza a los cuatro vientos su mensaje
Encontró a Nicolás,
el noble hermano,
visible entre la niebla del recuerdo
y entre los dos llegaron al acuerdo
de darle a la Posada rostro humano.
Y... Kingman, otra vez, está
en su casa,
entre pinceles, lienzos y colores;
sigue pintando angustias y dolores
su mano que a la gloria le atenaza.
Desde aquel día, con la eternidad
vive la Estancia de la Soledad.
(Lunes, 10 de junio del 2002)