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Mena
Franco: El Arte como forma de amar
Marco Antonio Rodríguez
La pintuna -la verdadera pintura-
es otra manera de amar. Esto se evidencia en el arte de Bolívar
Mena Franco (1913 - 1995)- Alejado de esa palabra de salón
'fama', exiliado en su estudio, acentuando día a día
una vida de ascetismo y disciplina proverbiales, el maestro nos
legó una obra signada por la ternura y la poesía,
que alcanzó niveles de inusual reconocimiento para nuestras
artes plásmicas, en museos y galerías norteamericanos
y europeas.
Es, desde la atadura, desde la intersección de la reflexión
y la sensibilidad, desde donde emerge la obra del maestro Mena
Franco. En cada ciclo, en cada cuadro suyo, se constata cómo
va forjando con claridad incesante los elementos formales antes
de amalgamarlos sobre los soportes, y este recurso no disminuye
en lo más nimio su espontaneidad, una de las claves más
apreciables de su vasta, prodigiosa obra pictórica.
Intuitivamente desplegó una potestad absoluta de sus trazos
caligráficos -que es otro de los atributos preciosos de
los grandes artistas-, pero ese atributo, Mena Franco lo cultivó
diariamente, omitiendo sábados, domingos y días
de guardar, en un destino de trabajo. Jamás se dio tregua
alguna para explorar zahondar, aventurar, innovar, los misterios
del arte, su esencia, sin interesarle los réditos que
este arduo ejercicio habría de depararle.
En su período inicial, Mena Franco trabajó tema
indigenista, convirtiéndose en uno de los más fervorosos
exponentes de esta corriente, junto a Kingman, Paredes, Luis
Moscoso, Galo Galecio, José Enrique Guerrero, Leonardo
Tejada. Más tarde, empezaría a erigir su propio
mundo, poblado por figuras y rostros insuflados de inocencia.
Elucidaciones de nuestra luz última, la más secreta,
la más oculta, porque en ella, tal vez, se aloja el amor.
Sueños entre la materia u la luz. sueños de ensalmador
(recuérdense el ritual de los 'druidas' convirtiendo sus
visiones en esplendorosas obras artísticas multisemánticas).
Revelación de sustancias en donde su maestría despliega
o encoge según los requerimientos de la obra- irradiaciones
provenientes de su propio espíritu. Rostros entrañables,
volcados a sus propias interioridades, a su propio, intransferible
corazón. Los rostros del maestro no se repiten, en tanto
son reflejo de sus búsquedas anímicas y estéticas
fusionadas en un solo acto germinador. Rostros afligidos o sosegados,
meditativos o distantes, amorosos o profundos, sombríos
o esquivos, regocijados con persistencia inexorable por su arte.
Desmesurados vacíos que simulan ojos insondables que seducen
al espectador. Manos estilizadas averiguando siempre, por eso
su creador las demacra y alarga, las adelgaza y extiende hacia
un infinito sin respuesta.
Cuando nos acercamos a los motivos alquímicos fundamentales
de las intuiciones concluyentes del maestro, nos asombra su cercanía.
Pocos artistas logran su magia. Nunca son simplemente colores
los que usa, son colores (y algo más que eso) que individualizan
pana siempre sus inagotables sueños. Ya no son, entonces,
posesión del mundo, sino que se edifican como don de un
hombre, la sangre de un hombre, la verdad elemental hallada en
la contemplación de toda una vida.
Ecuador está en deuda con la vida y la obra de Bolívar
Mena Franco, uno de los más hondos y sensitivos pintores
sigloventinos. Nada se ha hecho para reconocer su existencia
ejemplar y su incentivo. Ya era hora entonces de develar su genio.
"Guardar silencio, es lo que sin saben lo quieren todos
al escribir o al pintar", sostiene Maunrice Blanchot. Si
de algo estoy seguro es que el maestro lo supo siempre.
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