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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Mena Franco: El Arte como forma de amar

Marco Antonio Rodríguez

La pintuna -la verdadera pintura- es otra manera de amar. Esto se evidencia en el arte de Bolívar Mena Franco (1913 - 1995)- Alejado de esa palabra de salón 'fama', exiliado en su estudio, acentuando día a día una vida de ascetismo y disciplina proverbiales, el maestro nos legó una obra signada por la ternura y la poesía, que alcanzó niveles de inusual reconocimiento para nuestras artes plásmicas, en museos y galerías norteamericanos y europeas.
Es, desde la atadura, desde la intersección de la reflexión y la sensibilidad, desde donde emerge la obra del maestro Mena Franco. En cada ciclo, en cada cuadro suyo, se constata cómo va forjando con claridad incesante los elementos formales antes de amalgamarlos sobre los soportes, y este recurso no disminuye en lo más nimio su espontaneidad, una de las claves más apreciables de su vasta, prodigiosa obra pictórica.
Intuitivamente desplegó una potestad absoluta de sus trazos caligráficos -que es otro de los atributos preciosos de los grandes artistas-, pero ese atributo, Mena Franco lo cultivó diariamente, omitiendo sábados, domingos y días de guardar, en un destino de trabajo. Jamás se dio tregua alguna para explorar zahondar, aventurar, innovar, los misterios del arte, su esencia, sin interesarle los réditos que este arduo ejercicio habría de depararle.
En su período inicial, Mena Franco trabajó tema indigenista, convirtiéndose en uno de los más fervorosos exponentes de esta corriente, junto a Kingman, Paredes, Luis Moscoso, Galo Galecio, José Enrique Guerrero, Leonardo Tejada. Más tarde, empezaría a erigir su propio mundo, poblado por figuras y rostros insuflados de inocencia.
Elucidaciones de nuestra luz última, la más secreta, la más oculta, porque en ella, tal vez, se aloja el amor. Sueños entre la materia u la luz. sueños de ensalmador (recuérdense el ritual de los 'druidas' convirtiendo sus visiones en esplendorosas obras artísticas multisemánticas). Revelación de sustancias en donde su maestría despliega o encoge ­según los requerimientos de la obra- irradiaciones provenientes de su propio espíritu. Rostros entrañables, volcados a sus propias interioridades, a su propio, intransferible corazón. Los rostros del maestro no se repiten, en tanto son reflejo de sus búsquedas anímicas y estéticas fusionadas en un solo acto germinador. Rostros afligidos o sosegados, meditativos o distantes, amorosos o profundos, sombríos o esquivos, regocijados con persistencia inexorable por su arte. Desmesurados vacíos que simulan ojos insondables que seducen al espectador. Manos estilizadas averiguando siempre, por eso su creador las demacra y alarga, las adelgaza y extiende hacia un infinito sin respuesta.
Cuando nos acercamos a los motivos alquímicos fundamentales de las intuiciones concluyentes del maestro, nos asombra su cercanía. Pocos artistas logran su magia. Nunca son simplemente colores los que usa, son colores (y algo más que eso) que individualizan pana siempre sus inagotables sueños. Ya no son, entonces, posesión del mundo, sino que se edifican como don de un hombre, la sangre de un hombre, la verdad elemental hallada en la contemplación de toda una vida.
Ecuador está en deuda con la vida y la obra de Bolívar Mena Franco, uno de los más hondos y sensitivos pintores sigloventinos. Nada se ha hecho para reconocer su existencia ejemplar y su incentivo. Ya era hora entonces de develar su genio. "Guardar silencio, es lo que sin saben lo quieren todos al escribir o al pintar", sostiene Maunrice Blanchot. Si de algo estoy seguro es que el maestro lo supo siempre.

 
 
 
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