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La pintura de Enrique Estuardo
Álvarez
Fatalidad y silencio
Jorge Antonio e Silva
Asociación Paulista de Críticos del Arte
Hay un clima de ausencia en
la obra de Enrique Estuardo Álvarez. Es como si sus personajes
aguardaran por un momento epifánico que les condujera
a un encuentro festivo con lo sagrado, aunque todos se reconozcan
profanadores de algún orden desconocido. Esa característica
se extiende por toda la historia, teniendo el pasado en intento
de diálogo con el presente; va por los medios de comunicación
masivos; pasa por la ancestralidad indígena y llega al
propio artista cuando se disloca como metáfora de sus
representaciones. Otro elemento se hace presente en la densa
iconografía del artista: la duda como método de
descubiertas subjetivas que se renuevan a cada paseo de la mirada
sobre sus cuadros de realidad disimulada. Es imposible ser indiferente
a esos juegos de imágenes metonímicas que proponen
indagaciones sin indicar una respuesta al fruidor. Este, delante
de la implacable paleta de Álvarez, invoca a la vacuidad
de la condición humana, el extrañamiento de su
propia realidad y la duda como principio de todo el conocimiento
acerca del hombre. Hay un diálogo astuto hecho de simulaciones
calculadas. Desesperadamente, en la espacialidad geométricamente
premeditada, en escenario de rara belleza y monumentalidad, oro
y oscuridad difusa, persiste un habla de decodificación
personal entre el pasado y el presente, entre artista y obra,
entre obra y espectador. Es como si el silencio ordenara esferas
cósmicas en estado de letargo en el movimiento preciso
en dirección a la nada. Son signos del sublime hecho de
grandeza, inquietación, obscuridad, magnificiencia, asombro
y respecto. La incógnita del destino humano está
plasmada en su dibujo primoroso, herido de muerte por manchas
expresionistas que desvían la atención. En la visualidad
teatral de Enrique Estuardo Álvarez, la permanencia de
la tragedia indica que, en esencia, el hombre es el mismo en
todas las cuadraturas del universo, porque el arte es capaz de
universalizar el dolor y éste se vuelve derecho de cada
uno y experimento necesario de la purificación por la
catarsis que a todo apacigua. Vuelve universalidad lo que es
particular. Su espátula es implacable en la libertad formal
al disponer elementos dispares en un mismo espacio de representación,
conectando fragmentos de manera que la pintura se vuelva una
multidisciplinariedad alterada por el acaso que se une en la
gestualidad suelta de borrones. Al hacer de la rasura el acabado
nos recuerda la imprecisión cultural latina abierta al
occidente y, aún así, reticente en valores antropológicos,
como la cultura Inca que no se entrega a la seducción
progresista, aunque con ella dialogue sin pérdidas. La
opción por la disolución de colores enfatiza el
contrapunto entre la transitoriedad y la permanencia, en la medida
en que es atenuada por la mancha o por la diluición de
colores escurridos. Al utilizar la palabra escrita como expresión
plástica, torna el arte visualidad pura, tensionada por
la indefinición como geratriz de discursos renovados en
el espectador. La palabra, que podría ser utilizada como
soporte en la decodificación de la obra, no explícita
una intención. Puede conducir la lectura hacia la duda
porque desconecta la imagen de su realidad formal, adaptándola
a un indicativo abstracto, como abstractas son las ideas. Esos
experimentos no se agotan en la bidimensionalidad una vez que
transitan por la pintura escultórica. Enrique Estuardo
Álvarez redimensiona la expresión latina al lanzar
mano de registros ancestrales, actualizándolos teatralmente
con libertad expresiva universalizadora, como que conspirando
en contra de la mesmice y justificando el clásico adágio:
Ars Longa Vita Brevis est.
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