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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

La pintura de Enrique Estuardo Álvarez

Fatalidad y silencio

Jorge Antonio e Silva
Asociación Paulista de Críticos del Arte

Hay un clima de ausencia en la obra de Enrique Estuardo Álvarez. Es como si sus personajes aguardaran por un momento epifánico que les condujera a un encuentro festivo con lo sagrado, aunque todos se reconozcan profanadores de algún orden desconocido. Esa característica se extiende por toda la historia, teniendo el pasado en intento de diálogo con el presente; va por los medios de comunicación masivos; pasa por la ancestralidad indígena y llega al propio artista cuando se disloca como metáfora de sus representaciones. Otro elemento se hace presente en la densa iconografía del artista: la duda como método de descubiertas subjetivas que se renuevan a cada paseo de la mirada sobre sus cuadros de realidad disimulada. Es imposible ser indiferente a esos juegos de imágenes metonímicas que proponen indagaciones sin indicar una respuesta al fruidor. Este, delante de la implacable paleta de Álvarez, invoca a la vacuidad de la condición humana, el extrañamiento de su propia realidad y la duda como principio de todo el conocimiento acerca del hombre. Hay un diálogo astuto hecho de simulaciones calculadas. Desesperadamente, en la espacialidad geométricamente premeditada, en escenario de rara belleza y monumentalidad, oro y oscuridad difusa, persiste un habla de decodificación personal entre el pasado y el presente, entre artista y obra, entre obra y espectador. Es como si el silencio ordenara esferas cósmicas en estado de letargo en el movimiento preciso en dirección a la nada. Son signos del sublime hecho de grandeza, inquietación, obscuridad, magnificiencia, asombro y respecto. La incógnita del destino humano está plasmada en su dibujo primoroso, herido de muerte por manchas expresionistas que desvían la atención. En la visualidad teatral de Enrique Estuardo Álvarez, la permanencia de la tragedia indica que, en esencia, el hombre es el mismo en todas las cuadraturas del universo, porque el arte es capaz de universalizar el dolor y éste se vuelve derecho de cada uno y experimento necesario de la purificación por la catarsis que a todo apacigua. Vuelve universalidad lo que es particular. Su espátula es implacable en la libertad formal al disponer elementos dispares en un mismo espacio de representación, conectando fragmentos de manera que la pintura se vuelva una multidisciplinariedad alterada por el acaso que se une en la gestualidad suelta de borrones. Al hacer de la rasura el acabado nos recuerda la imprecisión cultural latina abierta al occidente y, aún así, reticente en valores antropológicos, como la cultura Inca que no se entrega a la seducción progresista, aunque con ella dialogue sin pérdidas. La opción por la disolución de colores enfatiza el contrapunto entre la transitoriedad y la permanencia, en la medida en que es atenuada por la mancha o por la diluición de colores escurridos. Al utilizar la palabra escrita como expresión plástica, torna el arte visualidad pura, tensionada por la indefinición como geratriz de discursos renovados en el espectador. La palabra, que podría ser utilizada como soporte en la decodificación de la obra, no explícita una intención. Puede conducir la lectura hacia la duda porque desconecta la imagen de su realidad formal, adaptándola a un indicativo abstracto, como abstractas son las ideas. Esos experimentos no se agotan en la bidimensionalidad una vez que transitan por la pintura escultórica. Enrique Estuardo Álvarez redimensiona la expresión latina al lanzar mano de registros ancestrales, actualizándolos teatralmente con libertad expresiva universalizadora, como que conspirando en contra de la mesmice y justificando el clásico adágio: Ars Longa Vita Brevis est.

 
 
 
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